Caperucita salió de cacería
Dicen que
después de aquella historia incómoda con el lobo —esa que todos conocemos, pero
nadie cuenta igual— Caperucita no volvió a ser la misma. No porque se volviera
más prudente, ni más sabia, ni más cautelosa. No. Eso sería muy aburrido.
Caperucita hizo algo mucho más interesante… le agarró gusto al bosque.
Al
principio fue casual. Un paseo nocturno aquí, una caminata con adrenalina allá.
Pero poco a poco, sin darse cuenta, empezó a buscar algo muy específico. No
flores, no caminos seguros, no destinos claros. No. Caperucita empezó a salir
de cacería. Y no cualquier cacería. Cacería de lobos.
Porque
una vez que has sentido esa mezcla de emoción, incertidumbre y riesgo, algo
cambia. El corazón late distinto, la mente se enfoca, el cuerpo se activa. Y
entonces aparece esa sensación tan engañosa como adictiva: “esto sí se
siente vivo”. Y claro que se siente vivo… porque el cerebro no distingue
entre peligro y emoción intensa. Solo registra activación.
Así que
ahí estaba Caperucita, ya no como víctima, sino como cazadora. Caminando por el
bosque con esa seguridad que da la experiencia mal interpretada. Ya no le
temblaba la voz, ya no dudaba, ya no preguntaba. Ahora sabía reconocer a un
lobo a la distancia. O eso creía.
Aquí la historia empieza a
ponerse interesante, si, una nueva historia.
En
psicología hemos descubierto algo que Caperucita todavía no había terminado de
entender: no es lo mismo reconocer el patrón que saber manejarlo. No es lo
mismo ver al lobo… que poder salir ileso de él. Pero eso no detuvo a
Caperucita. Al contrario. Cada encuentro se convirtió en una historia que
contar. “Este sí estaba interesante”, “este sí era distinto”, “este casi lo
logro”. Y así, entre relatos y carcajadas, se fue construyendo una narrativa
que hoy escuchamos por todos lados: “hay que vivir intensamente”, “el amor
sin riesgo no es amor”, “si no te mueve, no vale la pena”.
El
problema es que nadie te cuenta la segunda parte de esa historia. Ya que, el
riesgo puede sentirse emocionante. Pero la emoción no siempre es sinónimo de
bienestar. He ahí la trampa, esa que no sale en las películas ni en las
conversaciones de sobremesa: el cerebro puede engancharse más con lo incierto
que con lo estable. Otra parte de este cuento lo escribe la neurociencia, que
nos dice que lo impredecible activa el sistema de recompensa de una forma muy
particular. No es la certeza lo que más engancha… es la variación. Lo que
aparece y desaparece. Lo que promete y luego se retira. Lo que nunca termina de
definirse. Es en ese juego, que el cerebro entra en un bucle de búsqueda
constante. No porque haya amor… sino porque hay expectativa.
Caperucita se volvió experta en
eso. En leer señales ambiguas, en interpretar silencios, en encontrar
significado donde apenas había consistencia. Ya no buscaba conexión. Buscaba
sensación.
Pero hay
algo que el bosque no negocia. El lobo puede ser interesante, puede ser
seductor, puede incluso parecer distinto… pero sigue siendo lobo. Atrapar al
lobo no lo domestica. Entenderlo no lo transforma. Soportarlo no lo vuelve
seguro. El problema no es que el lobo sea lo que es. El problema es creer que,
esta vez, contigo… será diferente.
Entre
cacería y cacería, Caperucita empezó a acumular algo que no estaba en sus
planes. No eran trofeos, no eran historias épicas, no eran finales felices.
Eran residuos emocionales. Cansancio, confusión, una ligera desconfianza que se
iba colando en su forma de mirar. Nada dramático, nada evidente… pero
persistente.
El riesgo
tiene algo que el éxtasis no tiene: consecuencias que duran más tiempo. Ese
momento de intensidad, ese chispazo de emoción, ese “esto sí se siente” … dura
poco. Pero lo que deja, lo que desacomoda, lo que desgasta… eso se queda más
tiempo del que quisiéramos admitir.
Un día
cualquiera, sin anunciarlo a nadie, Caperucita dejó de salir. Se sentó.
Respiró. Y por primera vez en mucho tiempo dejó de mirar hacia afuera. Pues
mientras más buscas afuera algo que te haga sentir vivo, menos te preguntas por
qué necesitas tanta intensidad para sentirte así.
Y ahí, en
ese silencio incómodo, apareció la pregunta que cambia todo: ¿Qué estoy
buscando realmente cuando salgo al bosque? ¿Es conexión… o es distracción? ¿Es
encuentro… o es escape? ¿Es amor… o es adrenalina emocional?
Fue ahí
donde entendió que no necesitas arriesgarte constantemente para sentirte vivo.
Solo necesitas dejar de perderte de ti mismo. Cuando una persona está
desconectada de sí, busca intensidad. Pero cuando empieza a encontrarse, ya no
necesita tanto ruido para sentirse.
Caperucita
no dejó de caminar el bosque. Eso sería ingenuo. El bosque sigue existiendo.
Los lobos también. Pero dejó de salir de cacería. Al final, no se trata de
evitar el bosque… se trata de dejar de buscar en él lo que solo puedes
encontrar en ti.
Porque en
la cacería de fieras, cazador y presa, cambian de lugar en un abrir y cerrar de
ojos.
Sanar es
amar.

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