miércoles, 16 de noviembre de 2016

Su Majestad Imperial es esperado en Washington. Por Francisco Baeza


[@paco_baeza_].

—La prensa pasó de un aplomo inverosímil a la consternación más completa y, luego, al terror—. Yegveni Tarle narra el regreso de Napoleón a París, desde su exilio mediterráneo. El ánimo de los franceses y los titulares de los diarios, escribe, se ajustaban conforme la pesadilla cobraba forma: —“La hiedra ha desembarcado en Golfe-Juan”. “El ogro avanza hacia Grasse”. “El usurpador ha entrado en Grenoble”. “Bonaparte ha ocupado Lyon”. “Napoleón se aproxima a Fontaineblue”. “Su Majestad Imperial es esperado hoy en su fiel ciudad de País”—…
Probablemente, ni siquiera Donald Trump esperara que la noche de la elección fuera “una velada tan hermosa e importante”. En las últimas semanas, el neoyorquino invocaba a los fantasmas de la conspiración y el fraude para justificar su fracaso. Al advertir que podría desconocer el resultado de la elección estaba preparándose no para gestionar la derrota sino para capitalizarla. Nigel Farage, decíamos, le animaba a hacer guerra de trincheras.
Los demócratas, más optimistas, calcularon que llegarían a Washington siguiendo la ruta de las grandes ciudades. Sin embargo, sus triunfos en Philadelphia y Pittsburgh (500,000 votos de diferencia), en Detroit y Pontiac (350,000), y en Milwaukee y Madison (300,000) no fueron suficientes para llevarse los votos de Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Los azules pasaron de largo Auburn, Sanford o Windham, ciudades rurales de poquísimos habitantes gracias a las cuales el de enfrente arañó un inesperado y potencialmente determinante voto en Maine. ¡Ahí, en la América profunda, se decidió la elección!
Hoy, el dedo inquisidor señala a quienes se tragaron el reality show. A ellos, Trump se les reveló como un mesías, como el líder carismático que interpreta su voluntad y su espíritu. El discurso incendiario del oportunista detonó los reclamos una sociedad furiosa con las instituciones y con los políticos tradicionales. Los estadounidenses están molestos: —Sus estándares de vida han caído drásticamente. Han perdido sus empleos. Han perdido sus pensiones —comenta Naomi Klein, autora de de The Shock doctrine (Random House, 2007) —Ven un futuro para sus hijos aún peor que su precario presente—. La explicación sería igualmente válida al otro lado de la frontera y al otro extremo del mar.
Trump es resultado de la fractura del marco de confianza entre los gobernantes y los gobernados…
La victoria de Donald Trump nos sorprendió a todos; a todos, excepto a uno. ¡Un brindis por Luis Videgaray!
El principal acierto de Videgaray, el que lo eleva al altar de los estadistas y abre una nueva etapa en la relación bilateral, fue establecer un canal de comunicación directo con la familia del entonces candidato —por Raymundo Riva Palacio sabemos que despreció rutas más formales, por ejemplo, la de Carlos Salinas de Gortari, vía James Baker, o la de Claudia Ruiz Massieu, vía Paul Ryan—. En Washington, Trump es un outsider; no debe sorprendernos, pues, que sus hijos, Donald Jr., Eric e Ivanka, integren su equipo de transición ni que escuche su consejo para gobernar el país. En enero, los Trump mudarán sus oficinas del 725 5th Ave. al 1600 Pennsylvania Ave.
Luis —Luis, a secas —apuntó alto. Su objetivo fue Jared Kushner, esposo de Ivanka. El empresario, de 35 años, es la persona que más influye en la toma de decisiones del presidente electo…
Durante la campaña, The Washington Post fue la piedra en el zapato de Donald Trump. Hoy, Jeff Bezos le da la bienvenida. Y así, todos.
Su Majestad Imperial es esperado en su (in)fiel ciudad de Washington. Las reglas del juego han cambiado.

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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Su Majestad Imperial es esperado en Washington. Por Francisco Baeza


[@paco_baeza_].

—La prensa pasó de un aplomo inverosímil a la consternación más completa y, luego, al terror—. Yegveni Tarle narra el regreso de Napoleón a París, desde su exilio mediterráneo. El ánimo de los franceses y los titulares de los diarios, escribe, se ajustaban conforme la pesadilla cobraba forma: —“La hiedra ha desembarcado en Golfe-Juan”. “El ogro avanza hacia Grasse”. “El usurpador ha entrado en Grenoble”. “Bonaparte ha ocupado Lyon”. “Napoleón se aproxima a Fontaineblue”. “Su Majestad Imperial es esperado hoy en su fiel ciudad de País”—…
Probablemente, ni siquiera Donald Trump esperara que la noche de la elección fuera “una velada tan hermosa e importante”. En las últimas semanas, el neoyorquino invocaba a los fantasmas de la conspiración y el fraude para justificar su fracaso. Al advertir que podría desconocer el resultado de la elección estaba preparándose no para gestionar la derrota sino para capitalizarla. Nigel Farage, decíamos, le animaba a hacer guerra de trincheras.
Los demócratas, más optimistas, calcularon que llegarían a Washington siguiendo la ruta de las grandes ciudades. Sin embargo, sus triunfos en Philadelphia y Pittsburgh (500,000 votos de diferencia), en Detroit y Pontiac (350,000), y en Milwaukee y Madison (300,000) no fueron suficientes para llevarse los votos de Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Los azules pasaron de largo Auburn, Sanford o Windham, ciudades rurales de poquísimos habitantes gracias a las cuales el de enfrente arañó un inesperado y potencialmente determinante voto en Maine. ¡Ahí, en la América profunda, se decidió la elección!
Hoy, el dedo inquisidor señala a quienes se tragaron el reality show. A ellos, Trump se les reveló como un mesías, como el líder carismático que interpreta su voluntad y su espíritu. El discurso incendiario del oportunista detonó los reclamos una sociedad furiosa con las instituciones y con los políticos tradicionales. Los estadounidenses están molestos: —Sus estándares de vida han caído drásticamente. Han perdido sus empleos. Han perdido sus pensiones —comenta Naomi Klein, autora de de The Shock doctrine (Random House, 2007) —Ven un futuro para sus hijos aún peor que su precario presente—. La explicación sería igualmente válida al otro lado de la frontera y al otro extremo del mar.
Trump es resultado de la fractura del marco de confianza entre los gobernantes y los gobernados…
La victoria de Donald Trump nos sorprendió a todos; a todos, excepto a uno. ¡Un brindis por Luis Videgaray!
El principal acierto de Videgaray, el que lo eleva al altar de los estadistas y abre una nueva etapa en la relación bilateral, fue establecer un canal de comunicación directo con la familia del entonces candidato —por Raymundo Riva Palacio sabemos que despreció rutas más formales, por ejemplo, la de Carlos Salinas de Gortari, vía James Baker, o la de Claudia Ruiz Massieu, vía Paul Ryan—. En Washington, Trump es un outsider; no debe sorprendernos, pues, que sus hijos, Donald Jr., Eric e Ivanka, integren su equipo de transición ni que escuche su consejo para gobernar el país. En enero, los Trump mudarán sus oficinas del 725 5th Ave. al 1600 Pennsylvania Ave.
Luis —Luis, a secas —apuntó alto. Su objetivo fue Jared Kushner, esposo de Ivanka. El empresario, de 35 años, es la persona que más influye en la toma de decisiones del presidente electo…
Durante la campaña, The Washington Post fue la piedra en el zapato de Donald Trump. Hoy, Jeff Bezos le da la bienvenida. Y así, todos.
Su Majestad Imperial es esperado en su (in)fiel ciudad de Washington. Las reglas del juego han cambiado.

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