Max Weber define el Estado como “la
institución que, dentro de un territorio, monopoliza la violencia como medio de
dominación y que, con éste fin, ha expropiado todos los medios materiales a los
ciudadanos y los ha reunido en manos de sus dirigentes” (El político y el
científico, 1918). A partir de ésta definición es posible señalar dos de las
condiciones que hacen que un Estado sea exitoso: 1. El monopolio del uso de la
fuerza y 2. el control del territorio. Si el Estado no cumpliera con éstas
condiciones, sería fallido…
México no es un Estado fallido, pero
casi. El Estado mexicano es débil, corrupto. El crimen organizado le disputa,
con éxito, el monopolio del uso de la fuerza y el control del territorio. En lo
general, la gobernabilidad del país no está comprometida, pero hay señales de
una descomposición integral en todos los niveles de gobierno. Las últimas
noticias han exhibido la incapacidad de las instituciones para garantizar los
derechos y servicios mínimos y el fracaso de las estrategias federales en
materia de seguridad e impartición de justicia. Primero fue el controvertido informe del International Institute for
Strategic Studies (IISS),
el prestigioso tanque de pensamiento basado en el Reino Unido, que colocó a
México como el segundo país más violento del mundo; luego fue Palmarito, Puebla, el último episodio de un conflicto
agravado.
Ayer fue asesinado Javier Valdez, en Sinaloa. El cofundador de Ríodoce es el
séptimo periodista asesinado éste año. En su último informe, Reporteros sin fronteras señala que México
es uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Desde presidencia, responden
con la demagogia habitual: ¡nos invitan a todos a
volvernos locos!
Falla el Estado y fallamos todos. Léase
no como un acto de contrición sino como un juicio severo a una sociedad que ha
perdido sus valores morales. Por ello, la importancia de leer —y releer— a Alfonso Reyes, cuyas lecciones
conducen al ideal de país que todos queremos para las siguientes generaciones.
No es posible aquel paraíso agustiniano, la república amorosa; no, porque el
México de hoy no es muy diferente al que describía Juan Rulfo, cuyo centenario
celebramos estos días: —La lluvia menuda —escribía —le es extraña a éstas
tierras que solo saben de aguaceros. Lo que sí es posible es llevar las lecciones
alfonsinas de la teoría, a la práctica a través de instituciones virtuosas que
dirijan sus esfuerzos hacia la construcción de un país más justo, a la
realización de un mejor gobierno, una mejor sociedad, una mejor calidad de vida
para los ciudadanos…
Contrario a Max Weber, quien desconfía
tanto de los ciudadanos que urge a desarmarles, Agustín creía que el Estado,
como una extensión del Hombre, seguiría la tendencia natural de éste hacia el
bien. Ese ideal, muy alfonsino y, dicho sea de paso, muy lopezobradorista, es
incompatible con la realidad.
La recuperación del Estado mexicano pasa
únicamente por el fortalecimiento moral y político de sus instituciones.







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