Cierta
vez, en Nueva York, Umberto Eco se topó con un taxista paquistaní y muy
platicador. El chofer, curioso, quería saber todo sobre los italianos, qué
idioma hablaban, cuántos eran, quiénes eran sus enemigos. La última pregunta
tomó desprevenido al autor. ¿Enemigos? ¡Los italianos no tenían enemigos! Los
habían tenido antes, pero de aquello hacía mucho tiempo; su última guerra
databa de hacía medio siglo y la habían empezado con un adversario y terminado con
otro. Aquel episodio condujo a Eco a una reflexión profunda: ¡qué desgracia
para su pueblo no tener enemigos! Escribió: —Tener uno es importante para
definir nuestra identidad y para procurarnos un obstáculo respecto a cual medir
nuestro sistema de valores. —Y añadió: —Si no existe, es preciso construirlo.
Durante
una década larga, desde los días del desafuero, Andrés Manuel López Obrador ha
ido construyéndose un enemigo claro e inequívoco pero, a la vez, tan abstracto
que puede asociarse con cualquiera de sus rivales políticos y tan subjetivo que
puede reivindicársele en el momento más electoralmente oportuno. El fenómeno
López Obrador no sería posible sin la mafia del poder; la esperanza del cambio
verdadero, del gobierno honesto, transparente, austero que anuncia sería inocua
si los otros no representaran lo opuesto, el statu quo indeseable, el
régimen caracterizado por sus corruptelas, por sus engaños, por sus excesos. La
esquematización simplista resulta bien comprensible para un electorado despolitizado
cuyo razonamiento tiende al maniqueísmo. La estrategia de confrontación
hinchará las urnas del tabasqueño, casi por inercia, con los votos del enojo
social, del hartazgo, de la frustración.
Si
hubiera ganado la encuesta de MORENA [sic,
por la duda existencial], Enrique Cárdenas hubiera podido servirse
electoralmente de la mafia del poder por principio de transitividad.
Reinventado como aspirante a candidato independiente a la gubernatura de
Puebla, sin embargo, el exrector de la UDLAP enfrenta el reto de construirse un
enemigo propio, más concreto. Es cierto que el villano está clara e
inequívocamente identificado pero sus fechorías son difíciles de explicar o no
le parecen tan graves al gran público apantallado por “la transformación de
Puebla”. A ras de pavimento, el morenovallismo no se entiende o no
molesta. Luego, cambiar, ¿para qué? ¿Cómo explicarle el saqueo que se cuenta en cifras de doce
dígitos o la ingeniaría financiera engañosa de Evercore? ¿Cómo educarle que no se vale “robar poquito” o que el
desarrollo económico no justifica que la plataforma Audi se construyera con huachicol? ¿Cómo
capitalizar —y es en éste punto en el que los teóricos políticos perdemos los
papeles— la chingadera de que un solo grupo haya monopolizado los accesos y el
reparto del poder durante tanto tiempo?
Precisamente
para abortar cualquier forma de debate político que pudiera poner en duda su
legitimidad y su hegemonía, el régimen caciquil ha impuesto condiciones draconianas
a los únicos actores político-electorales que por su naturaleza pueden escapar
de su esfera de influencia. En 2015, un Congreso local sumiso aprobó una
reforma al Código de Instituciones y Procesos electorales que, entre otras
cosas, fijó como prerrequisito para participar en el proceso electoral que los
aspirantes a candidatos independientes deberían conseguir las firmas
equivalentes al 3% del padrón electoral repartidas en dos terceras partes de
los municipios o secciones y en un plazo de 20 días. Luego de analizar la
inconstitucional de la reforma, la Suprema Corte de Justicia de la Nación fijó
el 3% sobre la lista nominal y amplió el plazo a 30 días. ¡Atole con el dedo!…
Dice
Lisa, la perspicaz hija de Homero y Marge Simpson, parafraseando a Umberto Eco:
—Todos necesitamos un némesis. Sherlock Holmes tenía al Dr. Moriarty, Superman
tenía a El Pingüino, ¡incluso Maggie tiene un bebé que la ve feo!
Los
italianos tuvieron al increscioso alemanno, al
despreciable alemán, decía Giovanni Berchet; Andrés Manuel López Obrador tiene
a la mafia del poder, la protesta social tiene a Enrique Peña Nieto. ¿A quién
tenemos los poblanos?







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