Los
relevos presidenciales se caracterizan por la inestabilidad que resulta de la
coincidencia del presidente saliente y el presidente entrante. Enrique Krauze
lo explica así: —El sistema tiene una falla política localizada justamente en
el sexto año de gobierno —escribe. —Una vez destapado su sucesor, el presidente
saliente asiste a la disminución ineluctable de su poder frente al poder creciente
de aquel. El autor de La presidencia imperial (Tusquets, 1997) lo ilustra con
el año en el que coincidieron Adolfo Ruíz Cortines y Adolfo López Mateos. Ese
año pasó todo lo que no pasó los cinco anteriores, se rebelaron los maestros,
los electricistas, los telegrafistas, los ferrocarrileros. ¿Por qué? Porque en
éstas horas grises del calendario político “existe cierta confusión que
favorece el reacomodo de otros poderes ávidos por ganar posiciones para el
siguiente sexenio”.
“El
presidente saliente asiste a la disminución ineluctable de su poder…” Enrique
Peña Nieto entró en sus horas grises muy, muy temprano; los escándalos
políticos que arrastra desde el inicio de su administración lo han mantenido
contra las cuerdas y la lucha fratricida por el control de la relación
bilateral México-Estados Unidos y de la sucesión presidencial ha anulado su
capacidad de interlocución. Decía Daniel Cosío Villegas que el presidente se
reservaba para sí dos atribuciones, la de elegir a su sucesor y la de elegir a
los miembros de su gabinete. Políticamente arruinado, el presidente en turno ni
lo uno ni lo otro. El 23 de noviembre, Luis Videgaray destapó al simpatizante
externo José Antonio Meade, asegurando que el pentasecretario “conducirá a
México con rumbo y claridad”. ¡De nada sirvió que su jefe quisiera guardar las
formas invitando a no despistarnos! EL 27, Carlos Salinas de Gortari movió
ficha: José Antonio González Anaya y Otto Granados se instalaron en las
secretarías de Hacienda y Crédito público y de Educación y Aurelio Nuño, a quien también ubicamos en la esfera de
influencia del expresidente, asumió la coordinación de la campaña del PRI.
¡Ay, la culebra!
“…frente
al poder creciente [de su sucesor]”. En la situación atípica en que el
presidente no halla la manera de controlar su propia sucesión, Andrés Manuel
López Obrador se percibe y es percibido como sucesor aparente. La afirmación no
es una especulación chaira sino un escenario real, tanto que en
los últimos días, Paul
Krugman y Standard
and poor’s han
debido enviar mensajes tranquilizadores a los mercados asegurándoles que el
susodicho no es tan peligroso como lo pintan. López Obrador ordena la sucesión.
Los dichos y las acciones del tabasqueño condicionan la agenda mediática, el
discurso presidencial, el comportamiento de los otros actores políticos, la
configuración de la boleta electoral. El 12 de diciembre, se registró como
precandidato a la presidencia. La realización del trámite inocuo tuvo, por
supuesto, un impacto mediático desproporcionado. ¡Y, de paso, al carajo la izquierda
aconfesional! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!
Aprovechándose
de la confusión, advirtiendo de una sucesión presidencial descontrolada y
adivinando un vacío de poder inédito, y percibiendo, también, que uno que no
está en su ánimo es el favorito para convertirse en su nuevo comandante en
jefe, las Fuerzas Armadas han dado un paso al frente. La línea entre lo militar
y lo civil se ha esfumado; los militares participan en la vida política del
país de una manera protagónica, declarando y exigiendo en su castrense
conveniencia. El estado de excepción de facto que proponen se formalizará en el
momento en que los legisladores aprueben la Ley de seguridad interior. La nueva
ley contempla, entre otros puntos, que “las manifestaciones de protesta social
o político-electorales que se realicen pacíficamente no serán consideradas una
amenaza a la seguridad interior”. En el papel, sería el presidente quien
determinaría si tal o cual manifestación entra en el rango de lo pacífico. Ésta
ambigüedad deliberada permitiría a los milicos utilizar su fuerza para
desconectar la protesta social de la elección presidencial…
México
navega al garete, disputándose su timón un presidente débil y un aspirante que
se percibe imparable. Los soldados, “atentos y vigorosos”, vigilan que el viaje
sea según su paz.
¿Quién
gobernará México en sus horas más críticas?







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