La batalla de Poltava, en julio de 1709, significó el
principio del fin del Imperio sueco y de la autonomía ucraniana, y abrió las
compuertas de Europa al Imperio ruso. Mientras Carlos XII e Iván Mazepa
cruzaban el Prut en dirección al exilio, Pedro El Grande, triunfante, esbozó su
testamento político. El documento, dirigido “a todos los descendientes y a los
sucesores del trono y del gobierno ruso”, definiría la política exterior de su
país los siguientes tres siglos. —Deberemos influir en los congresos —recomendó el zar
—corromperlos para participar en las elecciones de los reyes, hacer nombrar a
nuestros herederos y protegerlos.
Andrés Manuel López Obrador ha tomado a guasa la
sugerencia de que Vladimir Putin estaría interesado en participar en el proceso
electoral mexicano y en ayudar a su causa. —Ya no soy El Peje —bromeó López Obrador, bajando el pelotazo
torpe que le envió Javier Lozano. —¡SoyAndrésManuelovich! [sic muy
riguroso atribuible al nuevo golpeador de la campaña priísta]. La especulación
cobró fuerza a partir de la publicación de un artículo de Frida Ghitis,
para The Washington Post titulado A mexican presidential candidate
is getting an unexpected boost from Trump and Putin. La autora cita al
general H. R. McMaster, consejero de seguridad nacional de Estados Unidos,
quien en una conferencia en la Jamestown Foundation,
el think tank fundado por Arkady Shevchenko cuyo
propósito original fue servir de plataforma a otros desertores soviéticos,
aseguró que hay indicios de que Rusia “está llevando a cabo una campaña sofisticada de
desinformación y propaganda [en México]”.
La posible injerencia de Rusia en el proceso electoral
de México no debería tomarse a guasa. Durante dos décadas, Moscú ha utilizado
toda suerte de herramientas tecnológicas para intervenir en procesos
electorales más allá de su esfera de influencia histórica con el objetivo
desestabilizar y debilitar a los regímenes democráticos cercanos a Washington
y, en la medida de sus posibilidades, para llevar al poder a candidatos útiles
a sus intereses, usualmente, políticos populistas de extrema derecha. Y de
paso, también, para fortalecer su propio régimen: en palabras de Ghitis, “si
quienes viven en países democráticos se desencantan de sus sistemas, es menos
probable que los rusos exijan algo parecido en casa”. Con un sentido
estratégico, pues, Rusia se ha colado en una veintena de elecciones. En cada
caso su injerencia se ha hecho sentir de diferente manera, pero en lo general,
su modus operandi ha sido siempre el mismo:
mediante financiamiento a partidos políticos amigos y mediante la divulgación
información a a través de Russia Today (RT)
y Sputnik News, sus canales oficiosos, o de WikiLeaks,
su proxy. Está muy bien documentado el trasiego de oro ruso al Front national,
a la Lega Nord o a Alternative für
Deutschland; igualmente está muy bien documentada la utilización de los
medios pro rusos para influir en la opinión pública en Estados Unidos, en el
Reino Unido o en Catalunya.
No sería sorprenderte, entonces, que los rusos
quisieran colarse, también, en las elecciones mexicanas. Si Moscú ha incordiado
a Washington en una veintena de países tecnológicamente mejor defendidos que el
nuestro, ¿por qué no intentaría tocarle las narices en su patio trasero, donde
las instituciones democráticas ya son débiles y donde la opinión pública ya
está viciada? ¿Por qué desaprovecharía la oportunidad de abrirle otro frente al
anaranjado ayudando a llevar al poder a un candidato respondón y que le es
ideológicamente afín? Esto, por supuesto, no implica que exista alguna
complicidad entre López Obrador y Putin; no hay pruebas de que MORENA haya
recibido un solo rublo y seguramente eso no pasará, pero sí podemos constatar
la hiperactividad de RT en México y anticipar que aumentará en los momentos
definitorios del proceso electoral. No es poca cosa, dicho sea de paso, que
algunos de los principales asesores de López Obrador disfruten de protagonismo
en el portal…
Pedro El Grande veía a las potencias que le rodeaban
“en un estado de senectud próximo a la caducidad”. —Serán fácilmente
conquistadas —vaticinó el zar. Vladimir Putin ve igual a las democracias
occidentales y les vaticina idéntico destino.
El interés ruso en la decadente democracia mexicana,
hasta donde sus alcances sean ciertos, añadiría incertidumbre a un proceso
electoral de por sí, incierto.







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