Tengo que confesar que desde su llegada al trabajo me gustó, tenía algo en la
mirada que no era por el gris claro de sus ojos, sino algo diferente, más bien una
profundidad a través de la cual se expresa el alma, y lo que decían era que
estaba necesitado de cariño, entonces, no pude más que sentir ternura,
evidentemente no es lo primero que noté de él, de eso me di cuenta con el paso
de los días.
Lo que sí llamó poderosamente mi atención desde un principio fue su físico,
mide un metro con ochenta y cinco, debe pesar más de noventa kilos y aunque
parece un gigante, luce delgado, su cabello castaño es muy claro, casi blondo,
su piel blanca no es pálida sino sonrosada, tiene manos grandísimas, sonrisa de
niño travieso y de su mirada, aunque hay mucho más que decir, sólo diré que
mirarlo era hipnotizante, quizá por lo raro del color de sus ojos, quizá por la
sensación que te daba de parecer que tenías de frente a un lobo y de hecho le
apodábamos “Lobito”.
La verdad es que su llegada a la cocina del restaurante fue un verdadero
alboroto, hacía todo cómo le daba la gana, cosa que a la encargada no le
gustaba, pero tampoco le decía algo porque lo importante era sacar el servicio;
mientras que yo desde mi puesto de mesero lo observaba con cada día más
interés y con cada vez más ganas de abrazarlo, besarlo, saber lo que era tener a
semejante toro blanco encima, no quiero exagerar en esta descripción de los
acontecimientos, pero esa es la verdad, lo deseaba como a ninguno y lo peor es
que yo no era el único.
En la cocina también le gustaba a una estúpida que se sentía una reina por ser
delgadita, cosa que nunca le envidié porque yo también poseía un vientre plano
y una cintura maravillosa, mi verdadero problema con Fernanda es que se fijó en
él y sólo por eso mereció mi hipocresía y desprecio.
Sin duda a las demás mujeres también les parecía atractivo pero disimulaban su
gusto por él, y Jorge, un chico amanerado a quien apodábamos "La Chiquita",
también lo trataba con cierta coquetería, aunque él no me preocupaba porque
esa actitud la tenía con todo mundo, fuera hombre o mujer, y en cuanto le dije
que Manuel “lobito” me gustaba, hizo todo por ayudarme, además le gustaba
otro chico.
Manuel además era simpático y agradable, a todos hacía reír y con él la cocina
parecía una eterna fiesta, cosa que a veces me molestaba porque yo debía
atender mesas y no participar del desmadre que armaban, eso lo supo
aprovechar muy bien Fernanda que era cada vez más encimosa, y él no daba
signos de desprecio ante su liviana actitud. Cierta tarde Manuel me dijo:
–¿Qué onda mi Dani, como van las mesas? –Se me acercó rodeándome con
uno de sus brazos por los hombros.
–Bien Lobito, ay la llevo, ¿no ves que conmigo la gente fluye y hay buena
propina?– Respondí como queriendo llevarle el juego.
Después de un rato de plática como para romper el hielo, me comenzó a
describir a cada una de las mujeres de la cocina sin dejar de lado a las meseras.
–A la Fernanda si me la ando cogiendo, aunque está feita de la cara, no se le ve
mal cuerpo, o tú ¿cómo ves?
–Sí, ya me di cuenta que le gustas – traté de evadir mi opinión con esa
respuesta.
–Pero a mí no me gusta, nomás la quiero para un acostón, está feita, además
tengo novia.
Entonces pensé que yo no tenía posibilidades con él, básicamente porque soy
hombre, luego por ser moreno, pues él, según sus propias palabras, "prefería la
carne blanca".
–¿Y a ti, cómo te gustan mi Dani?
–A mí, nadie de aquí me gusta – respondí.
–Están re feas ¿verdad?– Y se alejó riéndose, para seguir con sus labores.
El detalle es que aunque sabía que Manuel no era gay y que ni por equivocación
podría fijarse en mí, acercarme a él era mi prioridad, poco a poco comenzamos
a ser una especie de confidentes, aunque sólo en el trabajo y por alguna extraña
razón me buscaba cada vez más para hacerme plática, ponía cualquier excusa
para llamarme y decirme algo, desde lo que pensaba sobre los demás, hasta
sus situaciones fuera del trabajo.
Un día propuso la idea de salir todos los del restaurante a echar unas copas,
entonces, La Chiquita y yo nos encargamos de organizarlo todo...
Esa tarde todos parecían animados y dispuestos a terminar el turno para salir a
bailar, tomar unas cervezas y convivir cómo los compañeros que éramos, sin
embargo, llegada la noche, la primera en desaparecer fue Fernanda, dijo que no
le habían dado permiso y que su papá iría a recogerla, cosa que evidentemente
me alegró demasiado, después y poco a poco, todos se iban arrepintiendo y al
final sólo nos quedamos: la Chiquita, Esteban, Manuel y yo.
Esteban y Manuel querían llevarnos a un putero, La Chiquita y yo ni locos
queríamos ir a un lugar de esos y los convencimos que sería más barato
comprar cosas y tomarlas en casa de alguno de nosotros y pues como mi casa
era la mas cercana, ahí se armó la fiesta.
Sentados todos en la pequeña sala que tenía, comenzamos a tomar, a jugar la
baraja, el dominó, a contarnos intimidades, a fumar marihuana, escuchar buena
música; después de unas tres botellas y cuatro churros, aquello ya estaba muy
animado y La Chiquita propuso jugar la famosa botella, evidentemente porque
además de querer acercarme a Manuel, quería mínimo besar a Esteban, y ellos
sin inhibición alguna aceptaron el juego.
Ya para la sexta botella más o menos a las cuatro de la mañana, estábamos
todos en calzones, La Chiquita y Esteban ya se habían lamido mutuamente un
pezón y besado el ombligo, mientras que Manuel y yo ya nos habíamos besado
de piquito, ya me había mordido una nalga y pasado la lengua desde la cadera
hasta el cuello por la espalda. Lo demás lo recuerdo entre sueños, pero terminó
como una noche con mucho sexo.
Cuando desperté, la cabeza no la soportaba, me sentí desnudo en el sillón más
grande de la sala y me espanté, inmediatamente después sentí a Manuel detrás
de mí, abrazándome y también desnudo, sentí su pene acariciando mis nalgas y
comencé a recordar lo que había pasado; mi espanto fue porque pensé que se
molestaría y que quizás hasta me golpearía, mas cuando me quise levantar,
ejerció fuerza contra mí para no dejarme ir y más dormido que despierto me dijo:
–¿A dónde vas?
–Tengo frío, voy por algo para taparnos –Respondí y me dejó separarme de él,
en mi cuarto se encontraban La Chiquita y Esteban, igualmente desnudos y
empiernados, tomé tres cobijas, con una los tapé a ellos, con la segunda tapé a
Manuel y me decidí ya no regresar a su lado, me quise ir a acostar al otro sillón y
me volvió a decir –¿Por qué te vas, qué no quieres dormir conmigo?
Me sorprendió mucho y tímidamente me acerqué, le eché encima la tercer
cobija, las levanté para entrar y él se acomodó para recibirme, yo no podía creer
eso que estaba pasando, le di la espalda, él me echó una de sus enormes
piernas encima y me besó el cuello para después quedarse dormido de nuevo,
abrazándome, yo sólo me retorcí de placer repegándole mi trasero para volver a
tocar su miembro con mis glúteos y me volví a dormir sintiendo su respiración en
la espalda...
Parte 1







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