jueves, 2 de abril de 2026

ONDAS ALFA.

 


Caperucita salió de cacería

 

Dicen que después de aquella historia incómoda con el lobo —esa que todos conocemos, pero nadie cuenta igual— Caperucita no volvió a ser la misma. No porque se volviera más prudente, ni más sabia, ni más cautelosa. No. Eso sería muy aburrido. Caperucita hizo algo mucho más interesante… le agarró gusto al bosque.

 

Al principio fue casual. Un paseo nocturno aquí, una caminata con adrenalina allá. Pero poco a poco, sin darse cuenta, empezó a buscar algo muy específico. No flores, no caminos seguros, no destinos claros. No. Caperucita empezó a salir de cacería. Y no cualquier cacería. Cacería de lobos.

 

Porque una vez que has sentido esa mezcla de emoción, incertidumbre y riesgo, algo cambia. El corazón late distinto, la mente se enfoca, el cuerpo se activa. Y entonces aparece esa sensación tan engañosa como adictiva: “esto sí se siente vivo”. Y claro que se siente vivo… porque el cerebro no distingue entre peligro y emoción intensa. Solo registra activación.

 

Así que ahí estaba Caperucita, ya no como víctima, sino como cazadora. Caminando por el bosque con esa seguridad que da la experiencia mal interpretada. Ya no le temblaba la voz, ya no dudaba, ya no preguntaba. Ahora sabía reconocer a un lobo a la distancia. O eso creía.

 

Aquí la historia empieza a ponerse interesante, si, una nueva historia.

 

En psicología hemos descubierto algo que Caperucita todavía no había terminado de entender: no es lo mismo reconocer el patrón que saber manejarlo. No es lo mismo ver al lobo… que poder salir ileso de él. Pero eso no detuvo a Caperucita. Al contrario. Cada encuentro se convirtió en una historia que contar. “Este sí estaba interesante”, “este sí era distinto”, “este casi lo logro”. Y así, entre relatos y carcajadas, se fue construyendo una narrativa que hoy escuchamos por todos lados: “hay que vivir intensamente”, “el amor sin riesgo no es amor”, “si no te mueve, no vale la pena”.

 

El problema es que nadie te cuenta la segunda parte de esa historia. Ya que, el riesgo puede sentirse emocionante. Pero la emoción no siempre es sinónimo de bienestar. He ahí la trampa, esa que no sale en las películas ni en las conversaciones de sobremesa: el cerebro puede engancharse más con lo incierto que con lo estable. Otra parte de este cuento lo escribe la neurociencia, que nos dice que lo impredecible activa el sistema de recompensa de una forma muy particular. No es la certeza lo que más engancha… es la variación. Lo que aparece y desaparece. Lo que promete y luego se retira. Lo que nunca termina de definirse. Es en ese juego, que el cerebro entra en un bucle de búsqueda constante. No porque haya amor… sino porque hay expectativa.

 

Caperucita se volvió experta en eso. En leer señales ambiguas, en interpretar silencios, en encontrar significado donde apenas había consistencia. Ya no buscaba conexión. Buscaba sensación.

Pero hay algo que el bosque no negocia. El lobo puede ser interesante, puede ser seductor, puede incluso parecer distinto… pero sigue siendo lobo. Atrapar al lobo no lo domestica. Entenderlo no lo transforma. Soportarlo no lo vuelve seguro. El problema no es que el lobo sea lo que es. El problema es creer que, esta vez, contigo… será diferente.

 

Entre cacería y cacería, Caperucita empezó a acumular algo que no estaba en sus planes. No eran trofeos, no eran historias épicas, no eran finales felices. Eran residuos emocionales. Cansancio, confusión, una ligera desconfianza que se iba colando en su forma de mirar. Nada dramático, nada evidente… pero persistente.

 

El riesgo tiene algo que el éxtasis no tiene: consecuencias que duran más tiempo. Ese momento de intensidad, ese chispazo de emoción, ese “esto sí se siente” … dura poco. Pero lo que deja, lo que desacomoda, lo que desgasta… eso se queda más tiempo del que quisiéramos admitir.

 

Un día cualquiera, sin anunciarlo a nadie, Caperucita dejó de salir. Se sentó. Respiró. Y por primera vez en mucho tiempo dejó de mirar hacia afuera. Pues mientras más buscas afuera algo que te haga sentir vivo, menos te preguntas por qué necesitas tanta intensidad para sentirte así.

 

Y ahí, en ese silencio incómodo, apareció la pregunta que cambia todo: ¿Qué estoy buscando realmente cuando salgo al bosque? ¿Es conexión… o es distracción? ¿Es encuentro… o es escape? ¿Es amor… o es adrenalina emocional?

 

Fue ahí donde entendió que no necesitas arriesgarte constantemente para sentirte vivo. Solo necesitas dejar de perderte de ti mismo. Cuando una persona está desconectada de sí, busca intensidad. Pero cuando empieza a encontrarse, ya no necesita tanto ruido para sentirse.

 

Caperucita no dejó de caminar el bosque. Eso sería ingenuo. El bosque sigue existiendo. Los lobos también. Pero dejó de salir de cacería. Al final, no se trata de evitar el bosque… se trata de dejar de buscar en él lo que solo puedes encontrar en ti.

 

Porque en la cacería de fieras, cazador y presa, cambian de lugar en un abrir y cerrar de ojos.

 

Sanar es amar.


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ONDAS ALFA.

 


Caperucita salió de cacería

 

Dicen que después de aquella historia incómoda con el lobo —esa que todos conocemos, pero nadie cuenta igual— Caperucita no volvió a ser la misma. No porque se volviera más prudente, ni más sabia, ni más cautelosa. No. Eso sería muy aburrido. Caperucita hizo algo mucho más interesante… le agarró gusto al bosque.

 

Al principio fue casual. Un paseo nocturno aquí, una caminata con adrenalina allá. Pero poco a poco, sin darse cuenta, empezó a buscar algo muy específico. No flores, no caminos seguros, no destinos claros. No. Caperucita empezó a salir de cacería. Y no cualquier cacería. Cacería de lobos.

 

Porque una vez que has sentido esa mezcla de emoción, incertidumbre y riesgo, algo cambia. El corazón late distinto, la mente se enfoca, el cuerpo se activa. Y entonces aparece esa sensación tan engañosa como adictiva: “esto sí se siente vivo”. Y claro que se siente vivo… porque el cerebro no distingue entre peligro y emoción intensa. Solo registra activación.

 

Así que ahí estaba Caperucita, ya no como víctima, sino como cazadora. Caminando por el bosque con esa seguridad que da la experiencia mal interpretada. Ya no le temblaba la voz, ya no dudaba, ya no preguntaba. Ahora sabía reconocer a un lobo a la distancia. O eso creía.

 

Aquí la historia empieza a ponerse interesante, si, una nueva historia.

 

En psicología hemos descubierto algo que Caperucita todavía no había terminado de entender: no es lo mismo reconocer el patrón que saber manejarlo. No es lo mismo ver al lobo… que poder salir ileso de él. Pero eso no detuvo a Caperucita. Al contrario. Cada encuentro se convirtió en una historia que contar. “Este sí estaba interesante”, “este sí era distinto”, “este casi lo logro”. Y así, entre relatos y carcajadas, se fue construyendo una narrativa que hoy escuchamos por todos lados: “hay que vivir intensamente”, “el amor sin riesgo no es amor”, “si no te mueve, no vale la pena”.

 

El problema es que nadie te cuenta la segunda parte de esa historia. Ya que, el riesgo puede sentirse emocionante. Pero la emoción no siempre es sinónimo de bienestar. He ahí la trampa, esa que no sale en las películas ni en las conversaciones de sobremesa: el cerebro puede engancharse más con lo incierto que con lo estable. Otra parte de este cuento lo escribe la neurociencia, que nos dice que lo impredecible activa el sistema de recompensa de una forma muy particular. No es la certeza lo que más engancha… es la variación. Lo que aparece y desaparece. Lo que promete y luego se retira. Lo que nunca termina de definirse. Es en ese juego, que el cerebro entra en un bucle de búsqueda constante. No porque haya amor… sino porque hay expectativa.

 

Caperucita se volvió experta en eso. En leer señales ambiguas, en interpretar silencios, en encontrar significado donde apenas había consistencia. Ya no buscaba conexión. Buscaba sensación.

Pero hay algo que el bosque no negocia. El lobo puede ser interesante, puede ser seductor, puede incluso parecer distinto… pero sigue siendo lobo. Atrapar al lobo no lo domestica. Entenderlo no lo transforma. Soportarlo no lo vuelve seguro. El problema no es que el lobo sea lo que es. El problema es creer que, esta vez, contigo… será diferente.

 

Entre cacería y cacería, Caperucita empezó a acumular algo que no estaba en sus planes. No eran trofeos, no eran historias épicas, no eran finales felices. Eran residuos emocionales. Cansancio, confusión, una ligera desconfianza que se iba colando en su forma de mirar. Nada dramático, nada evidente… pero persistente.

 

El riesgo tiene algo que el éxtasis no tiene: consecuencias que duran más tiempo. Ese momento de intensidad, ese chispazo de emoción, ese “esto sí se siente” … dura poco. Pero lo que deja, lo que desacomoda, lo que desgasta… eso se queda más tiempo del que quisiéramos admitir.

 

Un día cualquiera, sin anunciarlo a nadie, Caperucita dejó de salir. Se sentó. Respiró. Y por primera vez en mucho tiempo dejó de mirar hacia afuera. Pues mientras más buscas afuera algo que te haga sentir vivo, menos te preguntas por qué necesitas tanta intensidad para sentirte así.

 

Y ahí, en ese silencio incómodo, apareció la pregunta que cambia todo: ¿Qué estoy buscando realmente cuando salgo al bosque? ¿Es conexión… o es distracción? ¿Es encuentro… o es escape? ¿Es amor… o es adrenalina emocional?

 

Fue ahí donde entendió que no necesitas arriesgarte constantemente para sentirte vivo. Solo necesitas dejar de perderte de ti mismo. Cuando una persona está desconectada de sí, busca intensidad. Pero cuando empieza a encontrarse, ya no necesita tanto ruido para sentirse.

 

Caperucita no dejó de caminar el bosque. Eso sería ingenuo. El bosque sigue existiendo. Los lobos también. Pero dejó de salir de cacería. Al final, no se trata de evitar el bosque… se trata de dejar de buscar en él lo que solo puedes encontrar en ti.

 

Porque en la cacería de fieras, cazador y presa, cambian de lugar en un abrir y cerrar de ojos.

 

Sanar es amar.


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