El 14 de julio de 1789, la Asamblea
Constituyente, el consejo extraordinario convocado por Luis XVI para atajar la
difícil situación económica por la que atravesaba Francia, votó sobre el
derecho de veto del rey a las leyes que aprobasen los futuros diputados, lo que
supondría conservar su poder intacto. El conde de Clermont-Tonnerre presidía la
sesión. Los representantes de la clase más privilegiada, del alto clero y de la
nobleza votaron a favor de ratificar el poder del monarca; los representantes
del Tercer Estado, el estamento burgués y campesino, votaron en contra. Los
primeros se colocaron a la derecha del presidente; los segundos, a su
izquierda. De aquel baile de perruques nacieron
la derecha y la izquierda, una asociada con la élite; la otra, con el vulgo…
—Yo no veo que la candidata de MORENA esté a favor de la
despenalización del aborto o de los matrimonios igualitarios —respondió Oscar González Yáñez
a la propuesta de Andrés Manuel López Obrador de construir una gran coalición
de izquierdas rumbo a 2018. López Obrador llama izquierda a lo que no lo es.
Los partidos políticos asociados con la izquierda, el PRD, el PT, se han
desnaturalizado; incapaces de conseguir triunfos electorales en solitario, han
renunciado a su identidad, es decir, al conjunto de rasgos específicos que
representan los valores de su electorado y que les diferencian de las otras
fuerzas políticas, y han amistado con la élite a la que deberían combatir.
Ideológica y programáticamente, MORENA, no es más de izquierda que aquellos ni
lo es su pragmático líder. El Movimiento es un antisistema, un receptor
eficiente del hartazgo social, venga de donde venga, ¡no un crisol en donde
articular a grupos afines!
A nivel cupular los términos y
condiciones de la propuesta de López Obrador son inaceptables. López Obrador se considera con
la autoridad para capitanear la revolución moral del país; exige, en consecuencia, el
reconocimiento dogmático de su liderazgo como condición previa para dialogar
con los mortales. Lo que propone no es una alianza estratégica sino “la rendición y sumisión de la izquierda [sic, porque
¡¿cuál izquierda?!]”, en palabras de Ricardo Alemán. La autoridad del tabasqueño,
avalada por una reputación intachable y por la fortaleza de su marca, tiende a
deformarse en autoritarismo. MORENA, su partido,
carece de los mecanismos más elementales de democracia interna, no tiene otros
procesos de selección y controles de calidad de sus cuadros que el vo. bo. del dirigente.
El Movimiento paga un precio alto, altísimo para erigirse como un monolito…
La izquierda original, la francesa, no
era más homogénea ni más fácil de conciliar que las izquierdas modernas. En el
convento de La Anunciación convivían personajes disímiles y a menudo
antagónicos como La Fayette y Mirabeau; Duport, Bernave y de Lameth o
Robespierre.
Andrés Manuel López Obrador sabe que una
gran coalición de izquierdas [sic, ibídem] es
imposible. El objetivo real del tabasqueño es desfondar a sus antiguos aliados.







0 comentarios:
Publicar un comentario