Vampiros
emocionales ¿Dónde? ... ¡Yo!
La ciencia tiene noticias poco halagadoras para quienes disfrutan identificando personas tóxicas: todos hemos utilizado alguna vez a los demás para sentirnos mejor. El problema comienza cuando confundimos el apoyo emocional con un servicio de atención disponible las veinticuatro horas.
Halloween
nos ha regalado una colección bastante respetable de monstruos. Algunos tienen
colmillos, otros necesitan una buena dosis de maquillaje y unos cuantos
sobreviven gracias a una industria cinematográfica que insiste en resucitarlos
cada diez años. Sin embargo, existe una criatura que no necesita cementerios,
castillos ni permiso de los estudios Universal para seguir apareciendo. Habita
en las oficinas, participa en las reuniones familiares y tiene una habilidad
extraordinaria para enviar mensajes de WhatsApp justo cuando alguien está
intentando dormir. Me refiero al vampiro emocional, ese personaje al que
solemos identificar con admirable facilidad siempre que se trate de otra
persona.
Internet
ha convertido la cacería en un deporte de participación masiva. Basta escribir
«vampiros emocionales» en cualquier buscador para encontrar artículos que
prometen enseñarnos a reconocerlos. Los hay narcisistas, victimistas,
controladores y especialistas en convertir un café de veinte minutos en una
audiencia judicial de cuatro horas. El diagnóstico popular es sencillo: si
alguien te agota, probablemente sea un vampiro. Si además te llama para
contarte sus problemas, la sentencia parece definitiva. Lo curioso es que nadie
parece preguntarse cuántas veces hemos ocupado nosotros el lugar del acusado.
Conviene
aclarar algo antes de sacar los ajos. La psicología no reconoce al «vampiro
emocional» como una categoría diagnóstica. No aparece en los manuales clínicos
como una enfermedad ni existe una prueba científica que permita identificar a
estas criaturas. Es una metáfora popular que describe relaciones percibidas
como demandantes o agotadoras. Puede resultar útil para hablar de ciertos
comportamientos, aunque también permite una operación bastante cómoda:
convertir en defecto de personalidad ajena aquello que preferiríamos no
examinar en nosotros mismos.
Porque
todos necesitamos algo de los demás. Aprobación, compañía, consuelo,
reconocimiento. Algunas personas requieren escuchar que hicieron bien su
trabajo; otras necesitan confirmar que su pareja sigue queriéndolas después de
una discusión. También están quienes preguntan cinco veces si alguien está
molesto y consideran sospechosa cualquier respuesta que contenga menos de tres
signos de admiración. La necesidad de tranquilidad puede adquirir formas bastante
creativas. La pregunta interesante es qué ocurre cuando nuestra estabilidad
emocional comienza a depender de conseguir una respuesta específica.
Durante
décadas, buena parte de nuestra cultura psicológica popular ha celebrado la
autosuficiencia emocional como si el adulto saludable debiera comportarse como
una isla con buena conexión a internet. Se supone que una persona madura
controla sus emociones, resuelve sus problemas y recurre a los demás únicamente
cuando todo lo anterior ha fracasado. La neurociencia social ofrece una
descripción menos heroica y bastante más cercana a nuestra historia evolutiva.
James
Coan y sus colaboradores desarrollaron la llamada Social Baseline Theory,
una propuesta según la cual el cerebro humano funciona bajo la expectativa de
contar con recursos sociales disponibles. Las relaciones cercanas pueden
modificar la manera en que percibimos las amenazas y el esfuerzo necesario para
afrontarlas. Desde esta perspectiva, la presencia de otras personas no
constituye simplemente un complemento agradable de nuestra vida. Forma parte de
las condiciones en las que nuestro sistema nervioso ha aprendido a funcionar.
En un
conocido estudio publicado en 2006, Coan, Hillary Schaefer y Richard Davidson
observaron mediante resonancia magnética funcional la respuesta de mujeres
casadas mientras anticipaban posibles descargas eléctricas. En algunas
condiciones estaban solas; en otras sostenían la mano de un desconocido o la de
su esposo. El contacto con la pareja se asoció con una menor respuesta en
regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento de amenazas,
especialmente cuando la calidad matrimonial era mayor. Los resultados no
significan que tomar una mano apague el miedo ni que las parejas funcionen como
sedantes naturales. Muestran que una relación cercana puede influir sobre la
manera en que el cerebro responde a una situación amenazante.
La
conclusión resulta poco conveniente para los defensores de la independencia
absoluta: estamos preparados para apoyarnos en otros. Cuando alguien nos
escucha después de una mala noticia, cuando buscamos compañía durante una
crisis o cuando una conversación nos ayuda a interpretar un problema, estamos
utilizando recursos de regulación emocional interpersonal. Existe toda una
línea de investigación dedicada a estudiar estos procesos. Jamil Zaki y Craig
Williams propusieron en 2013 un marco para comprender cómo las personas
modifican sus estados emocionales mediante la interacción social.
Por
supuesto, que algo forme parte de nuestro funcionamiento habitual no significa
que cualquier manera de hacerlo sea saludable. Comer también es una necesidad
humana y nadie recomendaría organizar toda la alimentación alrededor de las
máquinas expendedoras de una oficina. Con las relaciones ocurre algo parecido:
necesitamos apoyo, pero importa cómo lo buscamos, con qué frecuencia y qué
sucede cuando no lo conseguimos.
Imagina
que envías un mensaje y la otra persona tarda en responder. Al principio no
sucede nada extraordinario. Después comienzas a preguntarte si dijiste algo
inapropiado. Revisas la conversación anterior. Encuentras una frase que podría
interpretarse mal. Envías otro mensaje. Finalmente recibes una respuesta: «Todo
bien, estaba ocupado». Sientes alivio y continúas con tus actividades.
La escena
podría terminar ahí. Pero algunas veces, una hora después, aparece otra
pregunta: «¿Y si solamente dijo que todo estaba bien para evitar discutir?».
Entonces necesitas una nueva confirmación. Quizá la obtienes. También funciona.
Hasta que deja de funcionar.
La
psicología estudia este comportamiento bajo el concepto de reassurance
seeking, búsqueda de reafirmación o tranquilidad. Se trata de solicitar
información o confirmaciones para reducir dudas, amenazas percibidas o
preocupaciones. Buscar reafirmación puede ser perfectamente razonable.
Preguntar si alguien está molesto después de una discusión no constituye una
alteración psicológica. El patrón comienza a merecer atención cuando las
preguntas se repiten, las respuestas pierden rápidamente su efecto y la persona
necesita nuevas comprobaciones para recuperar tranquilidad.
Aquí
interviene un mecanismo conocido como reforzamiento negativo. El nombre puede
resultar engañoso: no significa que alguien nos castigue ni que estemos
haciendo algo moralmente negativo. Describe un proceso de aprendizaje en el que
una conducta se fortalece porque permite reducir o eliminar una experiencia
desagradable. Si preguntar disminuye la ansiedad, aumenta la posibilidad de que
volvamos a preguntar cuando aparezca una incertidumbre semejante.
El
inconveniente es que el alivio inmediato no siempre resuelve la preocupación
que lo provocó. Podemos terminar aprendiendo a buscar confirmaciones en lugar
de desarrollar mayor tolerancia a la incertidumbre. El cerebro encuentra una
solución rápida y, como cualquier administrador que descubre una manera de
reducir costos a corto plazo, comienza a utilizarla con entusiasmo, aunque las
consecuencias futuras no sean particularmente atractivas.
La
investigación sobre búsqueda excesiva de reafirmación, especialmente en el
contexto de la depresión y las relaciones interpersonales, ha mostrado
asociaciones entre estas conductas, el malestar emocional y las dificultades
relacionales. La relación es compleja: no todas las personas que solicitan
confirmaciones experimentan problemas clínicos, y tampoco puede afirmarse que
pedir tranquilidad cause por sí mismo depresión o rechazo. Lo que sí podemos
observar es que una conducta destinada a proteger una relación puede terminar
desgastándola cuando exige respuestas repetidas que nunca parecen suficientes.
Hasta
aquí hemos hablado de quien necesita tranquilidad. Falta considerar a quien
debe proporcionarla.
Las
relaciones afectivas implican responsabilidades mutuas. Una pareja que nunca
escucha, un amigo que sistemáticamente ignora las necesidades ajenas o una
familia que utiliza la indiferencia como castigo no pueden justificar cualquier
conducta apelando a los límites personales. El apoyo emocional forma parte de
los vínculos cercanos. Sin embargo, también existe una diferencia entre
solicitarlo y exigir que alguien esté disponible bajo nuestras condiciones.
Cuando
una persona necesita confirmaciones constantes, la otra puede comenzar a
experimentar cansancio o frustración. Quizá responda con menos paciencia,
reduzca su disponibilidad o establezca límites. Entonces aparece una
complicación: quien busca tranquilidad puede interpretar esa distancia como
evidencia de que sus temores eran correctos. La insistencia aumenta
precisamente cuando la otra persona comienza a retirarse.
La
situación puede adquirir una lógica bastante absurda. Alguien pregunta
repetidamente si su pareja está molesta. La pareja termina molesta porque le
han preguntado repetidamente si está molesta. La primera persona considera que
acaba de comprobar su sospecha. Técnicamente, el sistema funciona. El problema
es que produce el resultado que pretendía evitar.
Aceptar
que otra persona tiene límites no significa resignarse a recibir indiferencia.
Significa reconocer que el afecto no garantiza disponibilidad permanente. Una
pareja puede querernos y necesitar dormir. Un amigo puede preocuparse por
nosotros y no tener disposición para escuchar el mismo problema durante la
cuarta llamada del día. La calidad de una relación tampoco debería medirse por
la velocidad con la que alguien responde un mensaje.
Llegados
a este punto, la pregunta empieza a cambiar. Resulta relativamente sencillo
identificar a las personas que nos exigen demasiado. Es bastante menos
entretenido reconocer las ocasiones en que nuestra tranquilidad depende de
conseguir que alguien haga lo que esperamos.
Un
ejercicio sencillo consiste en recordar una situación reciente de malestar y
preguntarse qué respuesta necesitábamos recibir de otra persona para sentirnos
mejor. Después conviene observar cuánto duró el alivio y qué hicimos cuando esa
respuesta no llegó. Son preguntas de autoobservación, no una prueba
diagnóstica. Su utilidad consiste en identificar la función de nuestras
conductas.
Si
descubrimos que buscamos confirmaciones repetidamente, podemos comenzar a
diferenciar entre necesitar información y necesitar tranquilidad. Una pregunta
puede resolver una duda razonable; la quinta pregunta sobre el mismo asunto
quizá esté intentando conseguir otra cosa. Aprender a tolerar cierto grado de
incertidumbre permite ampliar nuestras opciones de respuesta. Desde enfoques
cognitivo-conductuales, la reducción gradual de comprobaciones innecesarias
puede utilizarse para trabajar determinados patrones de ansiedad, siempre
considerando las circunstancias particulares de cada persona.
También
podemos aprender a expresar necesidades emocionales sin convertirlas en
exigencias. Decir «me siento inseguro y me ayudaría hablar contigo cuando
puedas» ofrece una posibilidad de encuentro. Reclamar «si realmente te
importara, sabrías que necesito que me contestes» introduce una obligación
difícil de satisfacer. La primera formulación permite conversar sobre lo que
ocurre. La segunda puede transformar el malestar propio en una deuda que el
otro debe pagar.
Drácula
tenía una característica que complicaba considerablemente su vida social: no
podía verse reflejado en los espejos. La versión emocional de nuestro vampiro
parece haber heredado ese inconveniente. Puede reconocer con facilidad las
exigencias ajenas, pero le cuesta observar las propias. Sabe cuándo alguien
demanda demasiada atención, aunque encuentra explicaciones perfectamente
razonables para sus propias llamadas insistentes. Tiene una opinión muy clara
sobre los límites que deberían respetar los demás, especialmente cuando no
interfieren con sus necesidades.
Quizá por
eso la metáfora merece conservarse, aunque con algunas modificaciones. En lugar
de utilizarla para clasificar personas, puede servirnos para observar
comportamientos. Nadie se convierte en vampiro emocional por necesitar apoyo
durante una crisis. Tampoco por pedir tranquilidad después de una discusión. La
dificultad aparece cuando una forma de regulación se vuelve tan rígida que
comienza a condicionar nuestra conducta y la libertad de quienes nos rodean.
La
próxima vez que escuches hablar de vampiros emocionales, puedes revisar tu
lista de contactos si te parece entretenido. Probablemente encuentres varios
candidatos. Después considera hacer algo menos habitual: recordar a quién
llamas cuando necesitas tranquilidad, qué esperas escuchar y cómo reaccionas
cuando esa persona no está disponible.
No hace
falta comprar ajos ni estacas. Aunque, tratándose de Halloween, quizá convenga
conservar el espejo.
Sanar es
amar.









