Economía comunitaria, la riqueza invisible
Alberto Jiménez Merino
Al
igual que los oficios, miles de actividades económicas comunitarias no han
podido acceder a ser tema de estudio o análisis en las aulas educativas ni en los
programas de investigación, aun cuando el objetivo es preparar a los niños y jóvenes
para mejorar y transformar la realidad caracterizada por altos niveles de
pobreza.
La
actividad económica comunitaria no está en las políticas de acompañamiento
técnico por falta de organización productiva y rentabilidad, ni en las
políticas financieras en donde claramente son inelegibles para la banca privada
y, en la banca social, ha sido insuficiente. Tampoco se han desarrollado
esquemas propios de microfinanciamiento comunitario más allá de prestamistas;
y, no hay suficientes servicios técnicos para las actividades productivas y
económicas: insumos, máquinas, equipos, envases, empaques o servicios genéticos
pecuarios.
En
esta larga lista, de lo citado anteriormente, se incluyen la pesca con artes
inadecuadas, la cría de animales y el pastoreo de áreas naturales, actividades
agrícolas y agroindustriales, extracción de leña, materiales pétreos y tierra
de monte, artesanías, elaboración de carbón, alimentos o bebidas fermentadas, todo
esto, practicado por las familias pobres y convertidas en costumbres y/o
tradiciones en la mayoría de los casos.
La
primera razón por la que muchos emprendimientos y actividades modestas,
que he denominado empíricos, nunca merecieron una mención en las aulas y
menos en los programas de investigación, servicios técnicos y microfinancieros,
es porque reproducen la pobreza de las familias y lo que se requiere es
remontar esa condición con una profesión que, incluso, nos aleje de ese entorno,
desconociendo que los oficios y emprendimientos sostienen más del 60% de
la economía de las 199 mil localidades
de México.
De
niño, mis primeras actividades productivas fueron criar aves y cerdos, pescar, vender
limones, tamales de elote, sandía y guajes en la plaza de los martes. Vendí
leña a quienes hacían pan en la cabecera municipal; y, con el limón, conocí las
caídas drásticas de precio de una semana a otra.
Varios
de mis compañeros de escuela vendían pinole de maíz tostado en conos de papel
periódico o de estraza, y desistieron cuando había riesgo de adquirir y heredar
un apodo según su actividad. Otros vendían, pero no sabían cobrar, fiaban, y el
emprendimiento quebraba. El riesgo del apodo y la pena de emprender actividades
tan insignificantes para los demás, han sido miedos que muy pocos han resistido,
especialmente después de los 10 años.
El
tostado de semillas de calabaza para comer, hacer pasta verde de pipián,
jamoncillo o dulce de calabaza, está muy arraigado en el sur y centro de Puebla.
El precio de venta del kilogramo de semilla cruda no rebasa los 60 pesos, sin
embargo, ya tostada, alcanza los 150, pero tostada y sin cáscara en los
supermercados rebasa los 600 pesos. Pese a ello, muchos se ofenden cuando se
les recomienda producir y vender pepitas de calabaza, que crecen más rápido,
con menos humedad y menor costo que el maíz. Su rendimiento supera los 600 kilos
por hectárea.
La Cambia, un ejercicio
ancestral de trueque entre las comunidades de una región para hacerse de bienes,
intercambiando excedentes, tiene más de 2 mil 500 participantes y más de 5 mil
productos diferentes, pero en el estado de Puebla ya solo se ve en Chietla y
San Pedro Cholula, y en menor escala en algunas ferias patronales.
Los
tianguis, ferias patronales, plazas y mercados regionales siguen siendo el
punto de encuentro entre vendedores y compradores en las áreas rurales, con una
gran cantidad de productos frescos y procesados, cultivados y silvestres,
varios de recolección, caza y pesca. Hay alimentos, utensilios, herramientas,
equipos, artesanías, ropa, muebles, insumos para la producción, conservas de
frutas y hortalizas, animales y productos pecuarios, fauna silvestre, tierra de
monte, productos forestales maderables y no maderables, carbón, leña... todos,
o en su mayoría, obtenidos de procesos productivos con escasa tecnificación y
tecnología que en muchos casos ha derivado en deterioro ambiental difícil de
revertir con efectos drásticos en los pueblos.
Pero,
el sistema educativo nos ilusionó a todos para ser universitarios, olvidando
los oficios y emprendimientos de la infancia, y nos envolvió con otras
temáticas, alejadas de aquello que es el trabajo diario de las familias. Quienes
hemos pasado por las universidades no tuvimos la visión ni la intención, por ignorancia,
para incluir en nuestras tesis profesionales las necesidades que habíamos
conocido y vivido. Algunos como yo, pedimos la sugerencia del maestro para
hacer la tesis y aceptamos teorías o modas temporales de otras latitudes donde
ellos habían estudiado, ajenas a nuestras necesidades.
Lo
anterior, solo saturó las bibliotecas institucionales de investigaciones de
escasa o nula aplicación a la vida nacional. La débil enseñanza del
conocimiento de los recursos naturales, educación financiera o creación y
administración de empresas durante la educación formal nos ha llevado a
serios problemas de deterioro ambiental y pobreza, heredando la tarea y
responsabilidad a la educación continua con muy pocos medios y recursos.
Sin
capacitación es imposible cualquier transformación; y, revertir la pobreza pasa
por la generación de riqueza a través de la creación de empresas, a partir de
los emprendimientos existentes o futuros. Un buen inicio para retomar el
desarrollo comunitario, con o sin reforma educativa, es promover que cada
estudiante identifique los problemas de su comunidad, los priorice y atienda,
al menos uno, como parte de sus tareas, estancias, tesinas, reportes o tesis
profesionales.











