Fieles
difuntos 2026, recuerdo y reconocimiento
Alberto
Jiménez Merino
La muerte no es el final, sino
una continuación y una transformación de la vida: el río no desaparece al
entrar en el océano, sino que se integra en una totalidad mayor. Así como la
semilla sueña con la primavera debajo de la nieve, la muerte es solo un cambio
de estado en el viaje del espíritu. La muerte es la continuidad de la vida
(Jalil Gibrán). Es de forma inevitable aún, el cierre de un ciclo biológico.
El primero de noviembre está
dedicado a todos los santos, conocidos y anónimos, que ya están en el cielo. Y
el día dos, se dedica a todos los fieles difuntos que necesitan oración. En
México, los recordamos poniendo una ofrenda con flores, cosas y alimentos que
más les gustaban.
También vamos a sus tumbas a
visitarlos y rezar oraciones, recordando pasajes destacados en su vida y
honrando su memoria, buscando hacerlo con el mayor honor, alegría y devoción.
Nuestros difuntos estarán con nosotros mientras su recuerdo perdure.
En esta ocasión, quiero recordar
con afecto y cariño a personas cercanas que influyeron y, con ello, cambiaron
el curso de mi vida y mi destino. Son fieles difuntos que viven en mi mente, que
recuerdo con cariño, afecto y reconocimiento. Su intervención impulsó mi
formación como individuo, como profesionista y mi desempeño en el servicio a
los demás.
Evodio
Merino Gil y Lidia Córdova Muñiz, mis abuelos maternos,
pilares visibles de nuestra familia, guiando con cariño, firmeza y carácter el
desarrollo de sus integrantes. De mi abuelo tomé la determinación y el espíritu
de aventura. Fue el primer trabajador migrante de nuestra familia, bracero en
California en 1946. De mi abuela, la bondad, la solidaridad, el servicio y el
respeto a los demás. Ahí empezó la búsqueda y encuentro del privilegio de
servir, base fundamental de la felicidad personal.
Austreberto
Rosas Guerrero. Fue mi
maestro de quinto año de primaria en Tecomatlán, Puebla. En términos
futbolísticos fue mi descubridor, quien le dijo a mis padres que me siguieran
apoyando para estudiar, que no me fuera a quedar en el pueblo. Una tarde de
abril de 1971, estando yo presente, destacó mi gusto por la escuela, la
puntualidad antes que él y mi dedicación al estudio. Nunca pude pagar todo lo
que hizo por mí.
Jesús
Zavaleta. Nunca lo conocí, no supe de dónde era, fue quien ayudó y
orientó a mi papá en la gestión para poder llegar al internado indígena José
Amarillas, en Tlaxcala, Tlaxcala, en donde cursé el sexto año de primaria. Fue
quien me cortó la rama para empezar a volar: un proceso necesario,
indispensable y recomendable para cualquiera en la construcción de su destino.
Miguel
Jiménez Véliz, mi padre. Nació en Tecomatlán, en 1935. Mucho
de lo que soy, lo debo a él. Me enseñó a trabajar, a respetar, a servir, la
honestidad, a tener fe y esperanza; a encontrar soluciones y a hacer el mayor
bien posible.
Sembraba de temporal y riego.
Utilizó la noria mixteca, una especie de rueda de la fortuna movida por la
corriente del río mixteco para subir el agua en cantaros hacia un sistema de
canoas y canales que la llevaban a las parcelas. Después, en 1966 llegaron las
motobombas para el río y para los pozos. Se olvidaron las norias.
Miguel Jiménez Veliz fue
también el primer sembrador de praderas en la Mixteca Poblana. En 1991, en el
predio Palo Blanco, de Miguel Yzita Méndez, se sembraron por primera vez en la
historia ganadera de la Mixteca las primeras 5 hectáreas de pasto Buffel y 2 de
pasto Llanero. Así nació el Programa
Bordos, pasto y ganado, praderas y represas que, durante el gobierno de
Manuel Bartlett (1993-1999), se sembraron más de 10 mil hectáreas y se
realizaron mil 200 obras de captación de agua, lo que permitió alargar el
periodo de ordeña de las vacas, de noviembre a febrero, más crías y más carne,
más fauna silvestre, así como la recarga de acuíferos regionales.
Amado
Martínez Martínez. Fue un gran productor de café, originario de
Hueytamalco, Puebla. Es el primer sembrador comercial de bambú en nuestro
estado. Impulsó la industrialización de este importante recurso forestal
cultivado en la Sierra Nororiente de Puebla desde el año 2000.
Carlos
Manuel Castaños Martínez, como rector de la Universidad Autónoma
Chapingo (UACH), ya que en 1989 me apoyó para asistir como ponente, al XVI
Congreso Internacional de Pastizales en Niza, Francia, y a la Segunda Reunión
de Investigadores en Semillas Forrajeras, en Corvallis, Oregon, Estado Unidos. Firmó
el Convenio UACH-FIRA Banco de México, para impulsar la investigación en producción
de semillas forrajeras, y me apoyó para la publicación de mi primer libro La
Producción de Forrajes en México.
Placido
Flores Pacheco. Productor de mezcal de Santa María Xoyatla,
Tepeojuma, Puebla. Fue quien encabezó la primera gira de intercambio tecnológico
sobre agave, al frente de 40 productores poblanos, a los Valles Centrales de
Oaxaca, en el año 2000, punto de partida del desarrollo del mezcal poblano.
Melquiades
Sánchez Millán. Originario de Atlequizayán, Puebla;
campesino, productor de café, que demostró el potencial productivo de este
cultivo hasta 140 quintales (costales de 58 kg) por hectárea, con 5 prácticas
agroecológicas: retención de agua en cultivo, adición de materia orgánica,
poda, control de plagas y aumento de densidad de plantación hasta 5 mil plantas
por hectárea, utilizando la variedad Costa Rica directo al sol.
Rafael
Guillaumin Fentanes. Fue un gran promotor del cultivo del bambú en
Huatusco, Veracruz, y recibió en 2003 a 40 productores poblanos de diversos
municipios en una gira de intercambio tecnológico, que permitió avanzar más
rápido en la adopción de esta opción productiva en más de 150 municipios
poblanos.
¡Honor y Gloria a la memoria de nuestros
fieles difuntos!