El hombre que se seguía la cola
En toda oficina existe un Ramiro. Si
usted cree que en la suya no hay ninguno, quizá convenga que cierre este
artículo, vaya al baño, se mire fijamente en el espejo y regrese dentro de unos
minutos. Ramiro era de esos hombres que confunden estar ocupados con ser
importantes y estar preocupados con ser inteligentes. Llegaba antes que todos,
se iba después que todos y caminaba por los pasillos con el gesto solemne de
quien acaba de descubrir que un meteorito se dirige a la Tierra, aunque en
realidad solo iba por un café. Su verdadera pasión no era trabajar. Era
anticipar. Anticipaba problemas, conflictos, crisis, accidentes, errores,
malentendidos y catástrofes que nadie más podía ver. No porque fuera un
visionario. Porque eran imaginarios.
Cada lunes comenzaba igual. Apenas
tomaban asiento en la sala de juntas, Ramiro aclaraba la garganta y anunciaba
con la gravedad de un cirujano que entra a informar a una familia:
"Tenemos un problema". El equipo entero se tensaba. "¿Cuál problema?",
preguntaba alguien. Entonces venía la magia. "Todavía ninguno, pero podría
ocurrir". Después desplegaba una presentación donde explicaba que existía
una remota posibilidad de que un proveedor incumpliera una entrega, aunque jamás
hubiera incumplido una sola. Cuando alguien señalaba ese detalle, Ramiro
respondía con seguridad: "Precisamente por eso es peligroso. Nadie
sospecha de quien nunca falla". Había que reconocerle algo: poseía la
extraordinaria capacidad de sonar profundo mientras decía tonterías.
Su mente funcionaba como una fábrica
de futuros alternativos. Si un cliente firmaba un contrato por tres años,
Ramiro pasaba la semana analizando las razones por las que podría cancelarlo en
cualquier momento. Si un proyecto avanzaba sin contratiempos, se dedicaba a
buscar escenarios donde inevitablemente terminaría en desastre. Si alguien
mencionaba una oportunidad, él encontraba tres amenazas, dos crisis
reputacionales y una posible intervención internacional. Vivía en una especie
de multiverso de problemas potenciales donde cada decisión terminaba mal y
donde, curiosamente, él era el único capaz de salvar a la humanidad
corporativa.
Lo más fascinante era que se
consideraba tremendamente productivo. Y desde cierta perspectiva tenía razón.
Trabajaba muchísimo. Elaboraba reportes interminables, diseñaba protocolos
preventivos, organizaba reuniones urgentes y enviaba correos electrónicos a
horas en las que solo los delincuentes y los recién nacidos permanecen
despiertos. El problema era que la mayor parte de su esfuerzo estaba destinada
a combatir amenazas que existían exclusivamente dentro de su cabeza. Era como
un cazador profesional de monstruos invisibles. O un bombero especializado en
apagar incendios dibujados con crayones.
Una vez pasó dos semanas enteras
desarrollando un plan para contener una crisis reputacional que jamás ocurrió.
Otra vez convocó tres reuniones extraordinarias para prevenir un conflicto
entre departamentos que ninguno de los involucrados sabía que existía. Su obra
maestra fue un documento de treinta y siete páginas destinado a responder a una
posible caída del sistema informático. El sistema nunca cayó. Quienes sí
colapsaron fueron los compañeros obligados a leer el documento.
Con el tiempo, las bromas comenzaron
a circular por la oficina. Algunos le llamaban "El Profeta". Otros
preferían "Nostradamus". Un diseñador particularmente inspirado lo
bautizó como "ChatGPT con ansiedad". Sin embargo, el apodo que más se
popularizó fue otro. Le decían "El Perro". No porque fuera fiel, ni
porque fuera amigable, sino porque pasaba el día persiguiéndose la cola. Lo
curioso es que Ramiro interpretaba aquellas burlas como señales de admiración. "Me
tienen envidia", comentaba mientras removía su café. "Es normal que
se sientan amenazados". Nadie quiso arruinarle la ilusión explicándole que
sentirse amenazado por Ramiro era como sentirse intimidado por una ardilla
hiperactiva.
Lo verdaderamente cómico era
observar cómo justificaba cada uno de sus fracasos lógicos. Si una catástrofe
no ocurría, concluía que su intervención había sido decisiva para evitarla.
"¿Ven?", decía orgulloso. "Por eso es importante anticiparse".
Si alguien señalaba que jamás había existido evidencia de que el problema fuera
real, respondía con paciencia pedagógica: "Eso es porque actué a
tiempo". Había construido un sistema perfecto. Si el desastre llegaba, él
tenía razón por haberlo previsto. Si no llegaba, también tenía razón por
haberlo evitado. Era una máquina de fabricar confirmaciones para sí mismo.
Una tarde, durante la evaluación
anual de desempeño, decidió demostrar de una vez por todas su valor
estratégico. Entró a la reunión con una presentación monumental. Había
gráficas, indicadores, mapas de riesgo, tablas comparativas y diagramas tan
complejos que parecían planos para construir una estación espacial. Después de
cuarenta minutos de exposición, su director permaneció en silencio observando.
Finalmente le preguntó: "Ramiro, de todos los riesgos que preveías este
año, ¿cuántos ocurrieron?". La pregunta produjo una pausa incómoda. Ramiro
revisó sus diapositivas, consultó sus notas y respondió con una sonrisa
triunfal: "Ninguno". Su director asintió lentamente. "Entiendo.
¿Y cómo sabes que los preveniste y no que simplemente nunca iban a
suceder?". Por primera vez en mucho tiempo, Ramiro no tuvo una respuesta
inmediata. Fue un momento histórico. Casi una experiencia paranormal.
Aquella noche llegó a casa agotado.
Como siempre. Se sentó en el sillón y comenzó a repasar mentalmente la
conversación. Tal vez su jefe quería despedirlo. Tal vez estaban preparando una
reestructura. Tal vez alguien había hablado mal de él. Tal vez había una
conspiración. Tal vez. Tal vez. Tal vez. Durante tres horas enteras imaginó
escenarios, ensayó respuestas y diseñó estrategias de supervivencia
profesional. Al día siguiente descubrió que su jefe simplemente había salido
temprano porque tenía cita con el dentista.
Ahí estaba la tragedia disfrazada de
comedia. Ramiro había dedicado años enteros a prepararse para vivir. Había
confundido la preocupación con la responsabilidad, la anticipación con la
inteligencia y la ansiedad con el compromiso. Mientras los demás resolvían los
problemas que aparecían, él se ocupaba de los que todavía no nacían. Mientras
los demás trabajaban en la realidad, él administraba una franquicia de futuros
imaginarios.
Lo más irónico es que ninguna de las
desgracias que tanto temía terminó alcanzándolo. No perdió el empleo. No quebró
la empresa. No llegó la crisis monumental. No colapsó el sistema. No se hundió
el proyecto. Todas aquellas tragedias murieron antes de nacer. La única que
realmente ocurrió fue otra. Una que nadie notó. Mientras corría detrás de cada
posible problema, Ramiro se perdió la vida que estaba sucediendo frente a él.
Descubrió demasiado tarde que no estaba persiguiendo amenazas. Estaba persiguiéndose
la cola. Y como ocurre con todos los que convierten la preocupación en una
forma de existencia, terminó exactamente donde empezó. Solo que más cansado,
más viejo y absolutamente convencido de que si hubiera tenido un poco más de
tiempo para preocuparse, todo habría salido mejor.
Sanar es amar.









