Cuando rendirse significa ganar
Hay
una escena que se repite en muchas relaciones y que, si somos honestos, todos
hemos protagonizado alguna vez. La conversación empieza con un desacuerdo
pequeño: un comentario fuera de tono, un olvido, un gesto que incomodó. Pero en
cuestión de minutos, la conversación deja de tratar sobre el hecho y se
convierte en otra cosa. Ya no estamos hablando de lo que pasó. Estamos
defendiendo nuestra versión. Nuestro punto. Nuestra razón. Y sin darnos cuenta,
el objetivo cambia: ya no queremos entender, queremos ganar.
Lo
curioso es que, en las relaciones de pareja, ganar casi siempre significa
perder.
Porque
cuando la prioridad es tener la razón, la escucha se vuelve selectiva. Solo
atendemos aquello que confirma nuestra postura y descartamos el resto. Este
fenómeno tiene un nombre en psicología: sesgo de confirmación. Es esa tendencia
a buscar, recordar e interpretar la información de manera que refuerce lo que
ya creemos. En una discusión de pareja, este sesgo actúa como un filtro
invisible. Escuchamos, pero no para comprender, sino para responder. Para
contraargumentar. Para demostrar que el otro está equivocado.
Y
entonces aparece esa frase que, aunque suena inteligente, suele ser
profundamente destructiva: “Eso no es así”.
A
partir de ahí comienza un proceso silencioso de invalidación. Corregimos la
emoción del otro. Le explicamos por qué no debería sentirse así. Le demostramos
que su interpretación es exagerada, ilógica o equivocada. Nos colocamos, sin
darnos cuenta, en el lugar del que sabe, del que entiende mejor la realidad. El
problema no es el desacuerdo. El problema es la posición desde la que hablamos:
la del que tiene la verdad frente al que está equivocado.
En
ese momento la conversación deja de ser un encuentro y se convierte en un
juicio.
Muchas
veces esta actitud no nace de la soberbia, sino del miedo. Miedo a reconocer
que hicimos algo que lastimó. Miedo a equivocarnos. Miedo a perder la imagen de
persona razonable, justa o coherente que tenemos de nosotros mismos. Defender
la razón se vuelve una forma de proteger la identidad. Si el otro tiene razón,
entonces yo fallé. Y aceptar eso, para muchas personas, resulta emocionalmente
amenazante.
Así,
en lugar de asumir el impacto de nuestras acciones, nos concentramos en
defender la intención. “Yo no quise decir eso”. “Estás malinterpretando”.
“Estás exagerando”. Técnicamente, puede que tengamos razón. Pero
emocionalmente, la relación ya está perdiendo.
La
responsabilidad afectiva introduce aquí una idea incómoda pero necesaria: en
una relación, el impacto importa más que la intención.
No
se trata de aceptar culpas que no corresponden ni de someterse a cualquier
reclamo. Se trata de reconocer que la experiencia emocional del otro es real,
aunque no coincida con nuestra lógica. Cuando respondemos con argumentos para
desacreditar lo que el otro siente, el mensaje implícito no es “estás
equivocado”, sino “tu mundo interno no es válido”. Y eso duele mucho más que el
problema inicial.
Aquí
es donde rendirse empieza a tomar otro significado.
Rendirse
no es perder la discusión. Rendirse es abandonar la necesidad de tener la razón
a toda costa. Es soltar el impulso de corregir, explicar o defenderse
inmediatamente. Es hacer algo mucho más difícil: detenerse y mirar el efecto
que nuestras palabras o acciones tuvieron en la otra persona.
Desde
la psicología de pareja sabemos que las relaciones no se rompen por los
conflictos, sino por la incapacidad de reparar. La reparación no comienza con
una explicación brillante ni con una defensa lógica. Comienza con una frase
simple y poderosa: “Entiendo que eso te haya dolido”.
Notemos
algo importante. Esa frase no implica que el otro tenga razón en todo. No
significa que nuestra intención haya sido mala. No es una admisión de culpa
absoluta. Es un reconocimiento del impacto. Y ese reconocimiento tiene un
efecto regulador inmediato en el vínculo. Cuando una persona se siente
comprendida, baja la defensa. Cuando se siente invalidada, la aumenta.
El
problema es que muchas veces confundimos empatía con rendición total. Pensamos
que si validamos al otro estamos cediendo terreno, perdiendo autoridad o
aceptando una versión que no compartimos. Pero la validación emocional no es un
acuerdo intelectual. Es un acto de conexión.
Y
aquí aparece otra trampa frecuente: creer que entendemos al otro solo porque
sentimos algo al escucharlo. La resonancia emocional —esa sensación de captar
el estado del otro— no es lo mismo que comprender su experiencia. Comprender
implica preguntar, explorar y, sobre todo, aceptar que no tenemos acceso
directo a la mente de nuestra pareja. Sin embargo, en las discusiones solemos
actuar como si supiéramos exactamente lo que el otro piensa, siente o pretende.
Interpretamos sus intenciones, completamos sus pensamientos y respondemos a esa
versión imaginada.
La
responsabilidad afectiva exige lo contrario: pasar del “yo ya sé” al “quiero
entender”.
Este
cambio implica un acto de humildad emocional. Implica reconocer que nuestra
perspectiva es solo una de las posibles. Que nuestra interpretación puede estar
incompleta. Que, a veces, lo que el otro necesita no es una explicación, sino
sentirse visto.
Tal
vez el cambio que muchas relaciones necesitan no es más razón, sino más
humildad. La humildad de aceptar que nuestra perspectiva no es la única. La
humildad de mirar nuestras defensas antes de señalar las del otro. La humildad
de entender que el amor no crece en el terreno de la superioridad, sino en el
de la responsabilidad compartida.
Y
quizá ahí esté la verdadera invitación: dejar de intentar ser la persona que
siempre tiene la razón, para empezar a ser la persona que cuida el vínculo.
Porque
cuando el objetivo deja de ser ganar la discusión y pasa a ser comprender al
otro, algo cambia profundamente.
Y
entonces, rendirse… deja de ser perder.
Y se
convierte, por fin, en una forma de ganar.
Sanar
es amar.










