Dr. Jekyll y M. Hyde: El monstruo que se niega a
reconocerse
Por Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias
Pedagógicas y Doctor en Educación
¿Quiénes somos cuando
pretendemos no ver lo que todos ven?
Hay personas capaces de destruir una relación
durante una discusión y, veinte minutos después, sentarse a cenar convencidas
de que no hicieron nada extraordinario. Otras humillan a un compañero de
trabajo y aseguran que solamente estaban poniendo orden. También conocemos a
quienes presumen de honestidad mientras administran cuidadosamente sus
mentiras. Lo curioso es que muchas de estas personas creen sinceramente en sus
propias virtudes. Cuando alguien les señala la contradicción, responden con una
frase que parece diseñada para clausurar cualquier discusión: Yo no soy así.
Todos hemos tenido alguna experiencia semejante.
Podemos defender una idea durante años y traicionarla en cuestión de segundos.
Basta una crítica inesperada para que el hombre tolerante se convierta en un
pequeño tirano. Una humillación puede despertar una agresividad que creíamos
superada. Somos falibles y nuestra capacidad para comportarnos de acuerdo con
nuestros principios cambia según las circunstancias. Hay días en los que
conseguimos responder con sensatez y otros en los que una provocación menor basta
para exhibir nuestras contradicciones. Lo verdaderamente inquietante comienza
cuando nos empeñamos en negar lo ocurrido.
Robert Louis Stevenson comprendió algo de esta
condición humana cuando publicó, en 1886, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Su protagonista es
un médico respetable que descubre cómo transformarse en Edward Hyde, un
individuo capaz de satisfacer impulsos que Jekyll considera incompatibles con
su posición social. La historia suele reducirse a la lucha entre el bien y el
mal, pero contiene una observación psicológica más profunda: Jekyll desea
conservar intacta su reputación mientras disfruta de una existencia que
contradice sus principios. Hyde le ofrece la posibilidad de actuar sin sentirse
identificado con las consecuencias.
No necesitamos beber una sustancia misteriosa para
conseguir algo parecido. Basta con elaborar una explicación suficientemente
convincente sobre nuestro comportamiento. Podemos atribuir una reacción
agresiva al cansancio, justificar una mentira por las circunstancias o
responsabilizar a otra persona de nuestro enojo. Algunas explicaciones serán
razonables. Otras funcionarán como coartadas que nos permiten seguir creyendo
que somos exactamente quienes decimos ser.
En 1957, el psicólogo Leon Festinger desarrolló la
teoría de la disonancia cognitiva, que explica la tensión que puede surgir
cuando nuestras creencias y conductas resultan incompatibles. Nos gusta pensar
que somos personas coherentes, aunque la experiencia cotidiana ofrezca
abundantes pruebas de lo contrario. Cuando aparece una contradicción
importante, podemos modificar nuestro comportamiento o revisar nuestras
convicciones. También podemos reinterpretar lo ocurrido hasta encontrar una
explicación que resulte menos incómoda.
Imaginemos a un hombre que se considera
profundamente respetuoso. Durante una discusión ridiculiza a su pareja y
utiliza información íntima para lastimarla. Horas después asegura que fue
provocado y que cualquiera habría reaccionado de la misma manera. Quizá estaba
molesto y quizá recibió comentarios hirientes. Sin embargo, ninguna de esas
circunstancias elimina su participación en lo sucedido. Reconocerlo exigiría
aceptar que fue capaz de hacer algo que condena cuando lo observa en otras
personas. Resulta más sencillo defender la propia identidad que examinar el
comportamiento.
La mente humana tiene una notable capacidad para
elaborar explicaciones que preservan una imagen favorable de nosotros mismos.
Esto no significa que vivamos engañándonos deliberadamente. Muchas veces
creemos en nuestras justificaciones porque las hemos repetido hasta
incorporarlas a nuestra historia personal. Encontramos atenuantes donde antes
exigíamos responsabilidad y concedemos excepciones a principios que
considerábamos innegociables. La disonancia cognitiva ayuda a comprender por
qué podemos convertirnos en abogados extraordinariamente hábiles de nuestras
propias contradicciones.
Jekyll representa también una aspiración bastante
extendida: convertirse en una persona libre de aquellas emociones que considera
indignas. La vergüenza resulta especialmente incómoda para quien necesita
parecer competente. El miedo puede ser intolerable para alguien que ha
construido su identidad alrededor de la fortaleza. La envidia contradice la
imagen de quien presume alegrarse siempre por los éxitos ajenos. Entonces
intentamos ocultar esas emociones y, en ocasiones, terminamos negándonos a
reconocerlas incluso ante nosotros mismos.
El psicólogo James Gross ha estudiado ampliamente
la regulación emocional. Una de las estrategias que describe es la supresión
expresiva, mediante la cual inhibimos las manifestaciones externas de una
emoción que ya se encuentra activada. Podemos sentir una intensa tristeza y mantener
una expresión neutral durante una reunión. Esta capacidad resulta útil en
numerosas circunstancias, pero ocultar una emoción no garantiza que
desaparezca. Las investigaciones muestran que podemos reducir sus señales
visibles mientras la experiencia emocional continúa presente.
Pensemos en el hombre que nunca admite sentirse
herido. Cuando alguien lo critica, responde con sarcasmo. Si su pareja le
pregunta por qué está molesto, asegura que no le sucede nada. Cuando un
compañero cuestiona su trabajo, interpreta el comentario como una falta de
respeto. Es posible que haya aprendido a reconocer la agresividad como una
expresión aceptable de autoridad, mientras considera vergonzoso admitir que se
sintió humillado. Su dificultad para aceptar determinadas emociones puede
limitar las respuestas que considera disponibles.
Hay cierta arrogancia en creer que una persona
emocionalmente madura debería experimentar únicamente sentimientos compatibles
con sus valores. Podemos amar a alguien y sentir resentimiento hacia esa
persona. Podemos alegrarnos por el éxito de un amigo y experimentar envidia. La
presencia de esas emociones no determina nuestro comportamiento ni cancela
nuestras convicciones. Lo que hacemos con ellas merece una evaluación distinta.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso,
desarrollada por Steven Hayes y sus colaboradores, encontramos otro fenómeno
que ayuda a comprender nuestras contradicciones: la evitación experiencial.
Consiste en intentar escapar o controlar experiencias internas desagradables,
especialmente cuando esos esfuerzos terminan perjudicándonos. Una persona puede
evitar conversaciones porque anticipa sentir vergüenza. Otra posterga
decisiones importantes para no experimentar incertidumbre. También podemos
mantenernos permanentemente ocupados porque detenernos nos obligaría a
reconocer pensamientos que preferimos ignorar.
La evitación suele funcionar a corto plazo. Cuando
escapamos de una situación desagradable, experimentamos alivio. Ese alivio
puede reforzar nuestra conducta y aumentar la probabilidad de que volvamos a
evitar situaciones semejantes. Imaginemos a alguien que lleva meses evitando
una conversación con su pareja sobre un comportamiento que ha deteriorado la
relación. Cada vez que surge el tema, cambia de conversación o argumenta que no
es el momento adecuado. Consigue tranquilidad inmediata, pero el problema permanece.
Con el tiempo, la relación comienza a organizarse alrededor de aquello que
ninguno de los dos consigue abordar.
Hay algo particularmente interesante en Jekyll: su
capacidad para observar las consecuencias de Hyde y continuar imaginando que
ambos pueden mantenerse separados. La ficción convierte esa contradicción en
una transformación física. Nosotros contamos con una versión menos espectacular
y bastante frecuente: insistimos en que nuestras acciones no representan
quiénes somos, incluso cuando forman parte de un patrón que otras personas
reconocen con facilidad.
La identidad humana necesita cierta continuidad.
Resultaría agotador revisar por completo nuestra personalidad después de cada
equivocación. También sería injusto definir a alguien exclusivamente por sus
peores momentos. Una persona puede cometer un acto egoísta sin que toda su
existencia quede reducida al egoísmo. Pero esa consideración no debería
convertirse en una licencia permanente para desconocer las consecuencias de sus
comportamientos.
Quizá una de las formas más sofisticadas de
autoengaño consiste en utilizar nuestras buenas cualidades para justificar las
malas acciones. “Soy una buena persona, por eso debieron provocarme demasiado
para que reaccionara así”. “Siempre he sido responsable, de modo que esta vez
tenía derecho a desentenderme”. “Jamás lastimaría deliberadamente a alguien,
así que lo que hice no pudo ser tan grave”. La reputación personal se convierte
entonces en una prueba de inocencia que sustituye al examen de los hechos.
También existe una dificultad emocional genuina
detrás de muchas de estas respuestas. Reconocer que lastimamos a alguien puede
despertar vergüenza. Aceptar que hemos actuado con cobardía amenaza la
identidad que construimos durante años. No siempre estamos preparados para
enfrentar esas contradicciones. A veces necesitamos tiempo y, en determinadas
circunstancias, ayuda profesional para comprenderlas sin caer en una
descalificación permanente de nosotros mismos.
Somos personas distintas según el contexto, aunque
esa variabilidad no nos convierte en individuos separados. Nuestra capacidad de
regulación emocional cambia con el cansancio y con la manera en que
interpretamos una situación. Podemos responder con serenidad ante una
dificultad considerable y perder la paciencia por un comentario aparentemente
insignificante. La conducta humana no siempre confirma las explicaciones que
ofrecemos sobre nosotros mismos.
La naturaleza humana es equivocarnos. Sentir
vergüenza cuando reconocemos lo sucedido. Lo abominable comienza a aparecer
cuando convertimos nuestra identidad en una coartada permanente y exigimos que
los demás ignoren aquello que nuestras acciones han dejado suficientemente
claro. Podemos insistir en que somos respetuosos mientras humillamos a alguien.
Podemos proclamarnos comprensivos mientras castigamos cualquier desacuerdo. La
contradicción adquiere otra dimensión cuando pretendemos que quienes reciben
las consecuencias de nuestros actos acepten nuestra versión de los hechos.
Quizá el monstruo contemporáneo se parezca menos a
Hyde de lo que imaginamos. Puede tener la apariencia impecable de Jekyll,
hablar con absoluta seguridad sobre sus principios y conservar una reputación
admirable. Incluso puede indignarse cuando alguien cuestiona su comportamiento.
Su característica más inquietante sería la incapacidad de reconocer una
evidencia que todos los demás han comenzado a observar.
Todos podemos tener un mal momento. Todos somos
capaces de actuar de una manera que después lamentamos. La diferencia empieza a
manifestarse en lo que hacemos cuando alguien nos enfrenta con lo sucedido.
Podemos escuchar, examinar nuestra participación y asumir las consecuencias.
También podemos continuar defendiendo una versión de nosotros mismos que
requiere negar la experiencia de quienes nos rodean.
Al final, El
extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde tal vez no sea acerca de cómo
pudo un hombre respetable convertirse en un monstruo. La pregunta es cuánto
tiempo puede alguien contemplar sus propias acciones y seguir convencido de que
pertenecen a otra persona.
Yo no soy así, decía
Jekyll. Hyde, mientras tanto, seguía haciendo exactamente lo mismo ¿Quién dices
ser tú, pero no ven los demás?
Sanar es amar.











