El
día en que el mundo dejó de ser seguro
Hay
pérdidas que nos dejan extrañando a alguien. Otras también cambian nuestra
manera de sentirnos a salvo. Comprender lo que nos ocurre puede ayudarnos a
vivir con el dolor sin tener que defendernos continuamente de él.
Por Koko
Lemus Abreu
Licenciado
en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación
Hay un
momento particularmente cruel después de perder a alguien: descubrir que el
mundo continúa funcionando con absoluta indiferencia. Los automóviles siguen
circulando, las personas hacen planes para el fin de semana y alguien se queja
porque su café está demasiado frío. Todo parece conservar una normalidad que
resulta casi ofensiva. Uno quisiera preguntarles si acaso no se han enterado de
lo que ocurrió. Cómo pueden seguir con sus vidas cuando la nuestra acaba de
cambiar de una manera que todavía no conseguimos comprender. Y, sin embargo,
ahí estamos, intentando responder mensajes, resolver asuntos pendientes y
aceptar que la ausencia de alguien puede modificar hasta las cosas más pequeñas
de nuestra existencia.
La muerte
de una persona amada tiene una capacidad desconcertante para alterar nuestra
relación con lo cotidiano. Una silla vacía puede convertirse en el lugar más
difícil de una casa. El teléfono conserva un número al que ya no podemos llamar
y, durante algún tiempo, seguimos esperando escuchar una voz que conocemos de
memoria. A veces conseguimos recordar con cariño y hasta sonreír. Otras, una
canción inesperada nos deja sin palabras. Hay días en los que sentimos que
podemos continuar con nuestra vida y otros en los que levantarnos de la cama
exige un esfuerzo que nadie alcanza a imaginar. La gente suele llamar a todo
esto duelo, una palabra demasiado pequeña para la cantidad de experiencias que
intenta describir.
Quizá una
de las partes más difíciles sea la manera en que los demás comienzan a medir
nuestro dolor. Al principio recibimos llamadas, abrazos y ofrecimientos de
ayuda. Después las conversaciones recuperan sus temas habituales y aparece una
expectativa silenciosa: ya deberíamos estar mejor. Algunos se atreven a
decirlo. “Tienes que seguir adelante”, “él o ella no querría verte así”, “debes
aceptar lo que pasó”. Son frases que generalmente nacen de la buena intención,
aunque pueden dejarnos con la sensación de que estamos haciendo algo mal. Como
si existiera una manera correcta de extrañar a alguien y hubiéramos olvidado
aprenderla.
La
psicología lleva décadas intentando comprender cómo respondemos a la pérdida.
Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que el duelo debía atravesar
determinadas etapas hasta alcanzar la aceptación. La experiencia clínica y la
investigación han mostrado una realidad bastante más diversa. Hay personas que
experimentan una tristeza intensa durante meses y conservan la capacidad de
disfrutar algunos momentos. Otras sienten alivio después de una enfermedad
prolongada y posteriormente se culpan por ello. Algunas necesitan hablar
constantemente de quien murió, mientras otras prefieren guardar silencio.
Ninguna de estas respuestas, considerada de manera aislada, permite determinar
cómo está afrontando alguien su pérdida.
También
existen muertes que dejan algo más que tristeza. Una llamada durante la
madrugada, un accidente inesperado o las circunstancias de una despedida pueden
quedar asociados con una sensación de amenaza que persiste mucho después de lo
ocurrido. La persona sabe que el acontecimiento terminó, pero su cuerpo
reacciona ante determinados recuerdos como si todavía hubiera algo que temer.
El sonido de una ambulancia puede acelerar el corazón. Un teléfono que suena a
una hora inusual puede provocar una angustia inmediata. Incluso la demora de un
familiar en regresar a casa puede despertar pensamientos que antes apenas
habríamos considerado.
Estas
reacciones pueden aparecer cuando una experiencia dolorosa ha quedado vinculada
con el miedo. Nuestro sistema nervioso aprende a reconocer señales de peligro
y, después de determinados acontecimientos, puede responder con demasiada
intensidad ante estímulos que recuerdan lo sucedido. La mente comprende que
estamos en otro momento de nuestra vida, pero esa información no siempre basta
para tranquilizarnos. Algunas personas comienzan a evitar lugares relacionados
con la pérdida. Otras necesitan comprobar repetidamente que sus seres queridos
están bien. Son intentos comprensibles de recuperar cierta seguridad, aunque
pueden terminar restringiendo la vida cotidiana.
Conviene
distinguir estas experiencias del dolor propio del duelo. Extrañar
profundamente a alguien no significa que exista un trauma psicológico. Tampoco
una muerte repentina conduce necesariamente a desarrollar un trastorno por
estrés postraumático. La diferencia requiere considerar las circunstancias de
la pérdida, las reacciones que aparecen y cuánto afectan nuestra vida. Hay
personas que sufren intensamente sin presentar un trastorno mental. Reconocerlo
importa porque vivimos en una época en la que parece necesario ponerle un
diagnóstico a cualquier emoción difícil. El sufrimiento humano merece atención
incluso cuando no cumple los criterios de una enfermedad.
Después
de una muerte también podemos comenzar a desconfiar de nuestra propia memoria.
Repasamos conversaciones, recuperamos pequeños desacuerdos y recordamos
decisiones que entonces parecían insignificantes. “Debí haber llamado”,
“tendría que haber insistido”, “si hubiera llegado antes”. La mente construye
versiones alternativas de lo ocurrido y nos coloca dentro de ellas con una
capacidad de anticipación que nunca tuvimos. Ahora conocemos el desenlace y
juzgamos nuestras decisiones pasadas como si también lo hubiéramos conocido
entonces. A veces esa revisión contiene responsabilidades que necesitamos
reconocer. En muchas otras ocasiones termina convirtiéndose en una acusación
imposible de resolver.
La culpa
puede ser especialmente dolorosa porque mantiene una conversación permanente
con alguien que ya no puede responder. Nos reprochamos una palabra dicha
durante una discusión, una visita que pospusimos o una llamada que dejamos para
después. Olvidamos que las relaciones humanas transcurren entre obligaciones
cotidianas y momentos de cansancio. Nadie vive cada encuentro pensando que
podría ser el último. Si lo hiciéramos, probablemente nos resultaría imposible
llevar una vida ordinaria. El amor que sentimos por alguien tampoco puede
medirse por una decisión aislada, tomada sin conocer lo que estaba por suceder.
En
ocasiones, detrás de esa culpa aparece una pregunta dolorosa: ¿cómo pudo
ocurrir algo así si yo estaba pendiente, si lo amaba, si creía que todo estaba
bien? Una pérdida inesperada puede modificar nuestras creencias acerca de la
seguridad. Sabemos que la vida es incierta, pero necesitamos confiar en cierta
continuidad para hacer planes. Esperamos que nuestros familiares regresen a
casa y que las conversaciones interrumpidas puedan retomarse. Cuando una muerte
rompe esas expectativas, algunas personas comienzan a vivir con la impresión de
que cualquier tranquilidad es provisional. Cuesta volver a confiar en aquello
que antes parecía tan natural.
La
sensación de seguridad también se construye dentro de nuestras relaciones. Hay
personas cuya presencia nos ayuda a sentirnos tranquilos sin que seamos
plenamente conscientes de ello. Son aquellas a quienes llamamos cuando algo nos
preocupa o con quienes compartimos una noticia antes de contársela a nadie más.
Cuando mueren, desaparece una forma de compañía que participaba en nuestra
manera de afrontar la vida. Por eso podemos sentirnos desorientados incluso en
nuestra propia casa. Sabemos dónde están las cosas y cómo funcionan nuestras
rutinas, pero falta alguien cuya presencia daba sentido a una parte de ellas.
A veces
el dolor aparece precisamente cuando intentamos recuperar una actividad
agradable. Salimos a cenar, reímos durante una conversación y, por un instante,
conseguimos disfrutar. Después llega la culpa. Nos preguntamos cómo pudimos
pasar un buen momento cuando esa persona ya no está. Algunas personas
interpretan esos instantes de bienestar como una forma de abandono. Sin
embargo, nuestra capacidad de experimentar alegría no determina cuánto hemos
amado. Podemos conservar una relación afectiva con quien murió mediante los
recuerdos y las cosas que seguimos valorando de esa persona. El vínculo cambia
porque las circunstancias cambiaron, pero su significado puede continuar
formando parte de nuestra vida.
Tal vez
por eso resulte tan difícil responder cuando alguien nos pregunta cómo estamos.
Hay mañanas en las que la tristeza parece tolerable y tardes en las que un
recuerdo nos desarma. Podemos sentir gratitud por lo vivido y experimentar
enojo por lo que ya no tendremos. Estas contradicciones son frecuentes durante
el duelo. La recuperación tampoco sigue necesariamente una secuencia ordenada.
Algunas personas alternan momentos dedicados a recordar con otros en los que
necesitan atender asuntos prácticos o simplemente descansar de la intensidad
emocional. Poder hacerlo sin exigirse una reacción determinada puede facilitar
la adaptación.
Cuando el
miedo comienza a gobernar nuestras decisiones, cuando la culpa ocupa buena
parte de nuestros pensamientos o cuando el sufrimiento nos impide atender
nuestras necesidades cotidianas durante un periodo prolongado, buscar ayuda
psicológica puede ofrecernos una oportunidad para comprender lo que está
sucediendo. Una intervención adecuada permite distinguir las distintas
experiencias relacionadas con la pérdida y trabajar aquellas respuestas que se
han vuelto especialmente difíciles. En algunos casos será necesario atender
síntomas traumáticos mediante tratamientos específicos. En otros, el trabajo se
concentrará en las consecuencias de la ausencia y en la reorganización de la
vida cotidiana.
Hay algo
profundamente humano en necesitar tiempo para acostumbrarnos a que alguien ya
no está. Durante años aprendimos a reconocer su presencia y a contar con ella.
Su muerte exige modificar expectativas que se construyeron a través de
innumerables experiencias compartidas. Por eso podemos descubrirnos buscando su
nombre en el teléfono o imaginando lo que habría dicho ante una noticia. La
memoria conserva hábitos afectivos que tardan en cambiar. A veces esos pequeños
impulsos nos hacen llorar. Otras veces nos permiten recordar con una ternura
que creíamos perdida.
Quizá lo
más difícil de aceptar sea que nadie puede decirnos exactamente cuánto durará
el dolor ni cómo deberíamos sentirnos dentro de seis meses. Habrá recuerdos que
conservarán su capacidad de entristecernos y otros que adquirirán un
significado diferente. Podemos aprender a responder de otra manera ante aquello
que nos asusta y examinar con mayor justicia las responsabilidades que nos
atribuimos. También podemos necesitar ayuda para recuperar la confianza en
nuestra vida cotidiana. Nada de eso exige olvidar a quien murió.
Si has
perdido a alguien y todavía hay momentos en los que su ausencia te resulta
insoportable, no necesitas encontrar inmediatamente una explicación para cada
emoción. Puedes sentir tristeza sin tener que justificarla. Puedes recordar con
cariño y reconocer que hay cosas que aún te duelen. Si ciertas situaciones te
provocan miedo o si la culpa aparece constantemente, esas experiencias merecen
ser escuchadas con atención. A veces comprender qué está ocurriendo permite
encontrar formas más adecuadas de cuidarnos.
El mundo
continuará con sus horarios y sus conversaciones, aunque algunas mañanas
todavía nos parezca incomprensible. Habrá personas que no sepan qué decir y
otras que intenten apresurar nuestra recuperación porque les cuesta presenciar
el sufrimiento. Podemos pedirles compañía, incluso cuando no tengamos ganas de
hablar. Podemos decirles que necesitamos estar solos un rato. Y podemos
reconocer que hay días en los que apenas conseguimos hacer lo que tenemos
enfrente.
La
persona que murió seguirá faltando. Esa es una realidad que ninguna explicación
psicológica puede modificar. Con el tiempo, quizá podamos recordar sin sentir
que todo vuelve a ocurrir, recuperar cierta tranquilidad cuando alguien tarda
en llegar y dejar de juzgarnos por decisiones que tomamos sin conocer el
futuro. Habrá días difíciles, seguramente. También habrá momentos en los que la
vida vuelva a resultarnos agradable. Cuando eso ocurra, podremos permitirnos
disfrutarlos.
Seguir
viviendo no cancela lo que sentimos por quienes ya no están. Su recuerdo puede
acompañarnos mientras aprendemos a sentirnos seguros otra vez.
Sanar es
amar.









