La
mujer que no sabía nada
Por
Koko Lemus Abreu
Alma
abrió los ojos a las seis con cuarenta y siete de la mañana y descubrió que no
sabía qué significaban las seis con cuarenta y siete. Había unos números verdes
flotando sobre una caja negra junto a la cama y, aunque podía leerlos, no tenía
la menor idea de por qué alguien habría puesto una máquina a contar números
durante toda la noche. Tampoco sabía por qué estaba acostada junto a un hombre
de cincuenta y tantos años que dormía boca arriba con la boca abierta y
producía un sonido grave, intermitente, vagamente industrial. Lo observó
durante algunos segundos intentando decidir si debía gritar, golpearlo o
escapar. Eligió la opción más civilizada: le dio un empujón con el codo. El
hombre abrió los ojos y murmuró: “¿Qué pasa, Alma?”. Ella se incorporó de
golpe. Acababa de descubrir dos cosas extraordinarias: aquel desconocido sabía
su nombre y, aparentemente, ella se llamaba Alma.
“¿Quién
eres?”, preguntó. El hombre dejó de bostezar. “¿Cómo que quién soy?”. “Eso
pregunté”. Hubo un silencio breve durante el cual él pareció buscar alguna
señal de broma en el rostro de su esposa. No la encontró. “Soy Roberto”. Alma
procesó el dato. Roberto. El nombre no produjo absolutamente nada. Ningún
recuerdo, ninguna emoción, ninguna escena. “¿Y qué haces en mi cama?”. Roberto
tardó unos segundos en contestar. “Nuestra cama”, corrigió. “Soy tu marido”.
Aquella información era considerablemente más grave que la anterior. Alma miró
su mano izquierda. Había un anillo. Lo examinó como quien encuentra una pieza
arqueológica. “¿Y esto?”. “Nuestra argolla de matrimonio”. Alma volvió a
mirarlo. “¿Contigo?”. Roberto comenzó a preocuparse. Ella también, aunque por
razones diferentes.
En
menos de veinte minutos Alma descubrió que tenía cincuenta y dos años, llevaba
veintisiete casada con Roberto, era madre de dos hijos llamados Mariana y
Diego, vivía desde hacía dieciocho años en aquella casa y tenía una perra
llamada Frida que, mientras todos intentaban explicarle quién era, insistía en
lamerle los pies con una familiaridad que Alma consideró francamente abusiva.
El problema no era que hubiera olvidado algunas cosas. Había olvidado todas las
cosas. Conservaba el lenguaje, podía caminar, sabía utilizar objetos
elementales y comprendía conceptos básicos, pero su autobiografía había desaparecido.
Su vida estaba ahí, perfectamente organizada alrededor de ella, solo que Alma
era la única persona que no había recibido el instructivo.
Cuando
Mariana bajó corriendo las escaleras y trató de abrazarla, Alma retrocedió
instintivamente. “Soy yo, mamá”. Aquella palabra produjo un silencio brutal.
Mamá. Alma sabía perfectamente qué significaba ser madre. Lo que no sabía era
que ella lo fuera. Miró a la joven que tenía enfrente buscando desesperadamente
algún indicio que confirmara semejante responsabilidad. Los ojos, la nariz,
algún gesto. Nada. “¿Eres mi hija?”. Mariana comenzó a llorar. “Sí”. Alma
sintió culpa por hacer llorar a una desconocida y después sintió una culpa
todavía más extraña al comprender que aquella desconocida, según todos los presentes,
había salido de su cuerpo veinticuatro años antes. “Perdóname”, dijo, porque
todavía recordaba para qué servían las disculpas, aunque no recordara a quién
debía ofrecérselas.
Después
llegaron las preguntas. ¿Sabes dónde estás? No. ¿Sabes qué día es? No. ¿Sabes
quién es el presidente? Tampoco, aunque Alma pensó que, considerando las caras
de los demás, quizá aquella fuera la menos urgente de sus ignorancias. Roberto
llamó a emergencias y durante las siguientes horas su vida se convirtió en una
conferencia sobre ella misma. Fotografías, nombres, fechas, médicos, preguntas,
estudios, historias. Cada persona parecía poseer una pieza del rompecabezas y
todos esperaban que, al mostrársela, Alma exclamara: “¡Claro!”. Pero nada
ocurría. Le enseñaron una fotografía de su boda. Allí estaba ella, mucho más
joven, abrazada al desconocido que ahora decía llamarse Roberto. “Parecemos
contentos”, comentó. Roberto sonrió por primera vez aquella mañana. “Lo
estábamos”. Alma levantó una ceja. “¿Estábamos?”. “Estamos”, corrigió
rápidamente.
Al
volver a casa comenzó la verdadera tragedia, que resultó tener una sorprendente
cantidad de comedia doméstica. Alma tenía que aprender quién era y, además,
tenía que aprender cómo se suponía que debía ser Alma. Descubrió que tomaba
café sin azúcar porque Roberto preparó una taza y se la entregó así. Dio un
sorbo y puso una cara espantosa. “¿Yo tomo esto?”. “Todas las mañanas”. “Pues
Alma tenía muy mal gusto”. Descubrió que cocinaba porque encontró varios
recipientes etiquetados con su letra. Descubrió que odiaba el cilantro porque
Diego se lo advirtió antes de que probara una salsa. Lo probó de todas formas y
decidió que aquella versión anterior de sí misma quizá tenía razón en algo.
Pero
cada descubrimiento exigía un esfuerzo agotador. Abrir un cajón significaba
encontrarse con veinte objetos cuya importancia desconocía. Sonaba el teléfono
y aparecía “Laura”. ¿Quién demonios era Laura? Roberto explicaba que era su
hermana. Alma contestaba y una mujer decía “hermanita” con una intimidad que
ella no había autorizado. Entraba al supermercado y tenía frente a sí cuarenta
marcas de detergente sin saber cuál compraba normalmente. Elegir cereal se
convertía en una investigación de mercado. Vestirse requería estudiar qué
prendas parecían combinar entre sí. Incluso cepillarse los dientes podía
producir una pregunta: ¿por qué utilizaba aquella pasta dental y no otra?
Al
tercer día estaba exhausta. Entonces comenzó a ocurrir algo interesante. Alma
empezó a crear reglas.
El
café de la lata azul era el que Roberto preparaba por las mañanas. La taza
blanca era la suya. Frida comía después de las siete. Mariana llamaba casi
todas las noches. El hombre del puesto de frutas se llamaba Ernesto y parecía
confiable porque le había dicho “qué bueno verla, señora Alma” sin intentar
venderle mangos demasiado maduros. La vecina de enfrente hablaba muchísimo. El
horno tardaba más de lo que indicaba la perilla. Roberto dejaba las llaves
siempre en lugares distintos y después preguntaba dónde estaban, una costumbre
que Alma consideró irritante incluso sin disponer de veintisiete años de
antecedentes para confirmarlo.
Su
cerebro estaba trabajando horas extras. Clasificaba. Comparaba. Descartaba.
Establecía relaciones. Una información recibía más importancia que otra.
Algunas personas comenzaban a resultarle familiares. Algunos procedimientos
dejaban de requerir atención consciente. El mundo, que tres días antes había
sido una avalancha insoportable de información, empezaba lentamente a
organizarse. Con el orden llegó el alivio.
Una
mañana Roberto le preguntó si quería café. “En la taza blanca”, respondió ella
sin pensarlo. Se quedó inmóvil. Acababa de utilizar una expectativa. Ya sabía
algo antes de comprobarlo. Sabía dónde estaba su taza. Durante unos segundos
sostuvo aquel objeto entre las manos con una emoción desproporcionada para una
pieza de cerámica de supermercado. Su cerebro había comenzado nuevamente a
construir un mundo.
Sin
saberlo, Alma estaba descubriendo una de las habilidades más extraordinarias y
menos apreciadas de la mente humana: no tratar toda la información como si
fuera igualmente nueva. Vivir sería insoportable si cada mañana tuviéramos que
comprobar desde cero quién es nuestra pareja, cómo funciona una cuchara, si el
piso soportará nuestro peso o qué significa el sonido del teléfono. Nuestro
cerebro necesita construir regularidades, asignar confianza, reconocer patrones
y decidir qué información merece mayor atención. Necesita reducir
incertidumbre. De otro modo, preparar el desayuno exigiría aproximadamente la
capacidad intelectual de dirigir un aeropuerto internacional.
La
paradoja era deliciosa. Durante años Alma probablemente había cometido el mismo
pecado que cometemos todos: confiar demasiado en ciertas ideas, interpretar
rápidamente a las personas, anticipar conductas y convertir experiencias
repetidas en certezas. Ahora había conseguido accidentalmente la fantasía del
pensamiento crítico absoluto: no creer nada previamente. Y resultaba que era
horrible.
Sin
experiencias anteriores no había prejuicios, ciertamente, pero tampoco había
confianza. No había ideas cristalizadas, pero tampoco referencias. No existía
sesgo de confirmación, pero tampoco había nada que confirmar. Cada persona era
una incógnita. Cada situación debía analizarse. Cada decisión comenzaba desde
cero. Alma había despertado convertida en la mujer intelectualmente más abierta
del mundo y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa por no saber qué marca
de jabón comprar.
Comprendió
algo de esto una tarde, aunque naturalmente no utilizó palabras como
“ponderación de precisión” ni “procesamiento predictivo”. Estaba sentada frente
a una caja llena de fotografías que Mariana había llevado para ayudarla a
reconstruir recuerdos. Su hija sacó una imagen. Alma aparecía junto a otra
mujer, ambas riendo en una playa. “Es Teresa”, explicó Mariana. “Tu mejor
amiga”. Alma observó la fotografía. “¿Puedo confiar en ella?”. Mariana sonrió.
“Muchísimo”. Alma guardó silencio. “¿Cómo lo sabes?”. La muchacha iba a
contestar inmediatamente, pero se detuvo. “Porque siempre ha estado contigo”.
Alma volvió a mirar la fotografía. “Entonces tendré que confiar en que tú sabes
en quién confiaba yo”. Mariana se rio. “Supongo”. Alma también. Era absurdo:
para reconstruir su sistema de confianza necesitaba comenzar confiando en
alguien.
Aquella
noche escribió en una libreta los nombres de las personas que había conocido
durante esos días y junto a cada nombre anotó lo que sabía. Roberto: marido,
paciente, pierde las llaves, hace café horrible. Mariana: hija, sensible,
explica bien, aparentemente confiable. Diego: hijo, hace bromas cuando está
nervioso, llama menos pero aparece cuando hace falta. Teresa: amiga, pendiente
de comprobación. Frida: perra, excesivamente afectuosa, confiabilidad alta
excepto cerca de alimentos.
Alma
todavía no recuperaba sus recuerdos cuando, varios meses después, encontró
aquella primera libreta. Leyó las descripciones que había escrito sobre su
familia y comenzó a reír. Roberto seguía perdiendo las llaves, aunque ya no
siempre. Mariana seguía explicando bien las cosas, excepto cuando hablaba de
sus novios. Diego efectivamente llamaba poco, pero había resultado ser quien
mejor comprendía cuándo su madre necesitaba silencio.
Entonces
Alma comprendió algo que antes de perder la memoria probablemente nunca había
necesitado pensar. Una vida sin creencias sería imposible. Una vida gobernada
por creencias inamovibles sería apenas un poco menos imposible. Necesitamos
construir certezas provisionales, suficientes para levantarnos por la mañana
sin investigar nuevamente quién duerme a nuestro lado, pero lo bastante
flexibles para descubrir que esa persona puede sorprendernos.
Cerró
la libreta y Roberto preguntó desde la cocina: “¿Has visto mis llaves?”. Alma
estuvo a punto de responder que seguramente las había perdido otra vez. Se
detuvo. Miró la mesa, después el perchero y finalmente sus propios bolsillos.
Allí estaban.
Sanar
es amar.










