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jueves, 12 de mayo de 2022
martes, 17 de octubre de 2017
La violencia como instrumento político
—[La atmósfera del parlamento] es
turbia, como de taberna después de una noche crapulosa. No está ahí nuestro
sitio […] ¡Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara y las
estrellas! Seguramente, José Antonio Primo de Rivera sea el mejor exponente de
la utilización de la violencia como instrumento político. El fundador de la
Falange Española (FE) creía que para acceder al poder en la España republicana
no era admisible “otra dialéctica que la de los puños”. En su corta vida, la FE
se dedicaría a una campaña de desestabilización cuyo objetivo sería forzar la
caída del régimen azañista y que, en su clímax, terminaría con las vidas del
teniente José del Castillo y del monárquico alfonsino José Calvo Sotelo, en
represalia. El doble crimen convencería a los sectores más moderados de la
oposición, políticos y militares, de que el régimen, en efecto, había
colapsado. Días después, ocurrió el Alzamiento.
La utilización de la violencia como
instrumento político es cosa común en México, pues la debilidad institucional
facilita que el Estado sea tomado como rehén por agentes externos a él. Los
saqueos de enero, dirigidos por grupos organizados a los que se sumaron
ladrones comunes y de ocasión que aprovecharon la oportunidad inédita en un
siglo de delinquir sin consecuencias, se explican como parte de una campaña de
desestabilización cuyo objetivo era no derribar al régimen peñista, pero
condicionarlo. Aquello evidenció la fractura entre Enrique Peña Nieto y Carlos
Salinas de Gortari, consumada al arrebatársele a éste el monopolio de la
relación bilateral México-Estados Unidos y al apartársele de la carrera
presidencial en la que tenía anotada a su sobrina. Si el presidente pensaba
responsabilizar, luego, al concuñísimo José Antonio González Anaya de la muerte
de la gallina de los huevos de oro petrolera y birlar a su familia el negociazo
de la exploración y la explotación de hidrocarburos, la contraofensiva del
expresidente le hizo recular.
Con éste antecedente en mente, los
siguientes meses invitan más a la reflexión que al optimismo. Después de dos
décadas largas desde su última transición violenta, la de 1994, México aún no
ha exorcizado sus fantasmas. Rebasado el régimen peñista y con la tensión
política y social in crescendo, y, sobre todo, percibiéndose (casi)
inevitable un relevo presidencial que pasaría a retiro —y sin pensión— a
Salinas, acabándose para él, según Federico Berrueto, “la política y los negocios […] y los gobernadores que le abren
tesorería y le hacen homenajes, y los políticos que le visitan y le rinden
tributo real y figurado”, los rumorólogos adictos a los desenlaces trágicos han ido
recuperando las palabras favoritas de su glosario, magnicidio, golpe, Salinas.
El colapso del régimen peñista y el
resurgimiento violento del salinismo, especialmente si esto implicara un
desenlace trágico, no sería deseable para nadie, ni para el sacrificado en el
altar de Mammon, por supuesto, ni para el presidente, sospechoso habitual de
las teorías conspirativas. No lo sería, desde luego, para el país, porque lo
atraparía entre la espada y la pared del caos venezolano o la salida autoritaria.
Quienes sí podrían beneficiarse del desmadre nacional, sugiere Alberto Peralta,
serían quienes frente al establishment “dieran muestras de heroísmo y dignidad”. Hipócritamente, habría que
añadir…
Decía José Antonio Primo de Rivera que,
“al final, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado a la
civilización”. Decía civilización por no decir Estado totalitario o nacionalsindicalismo o
alguna patraña fascista-católica de la época.
Con esa misma retórica engañosa hay
quienes hoy se dicen salvadores del Estado de Derecho por no decirse de la
política y los negocios de sus patrones.
Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 17 de octubre de 2017.
martes, 19 de julio de 2016
80° aniversario del golpe de Estado en España
Francisco
Baeza [@paco_baeza_]
Éste fin de semana se
celebró el 80° aniversario del golpe de Estado que arrastró a España a la
guerra civil. El clima de crispación social y política que le precedió se
repite en muchos escenarios modernos. En Turquía, por ejemplo, la última
asonada ocurre mientras Recep Tayyip Erdogan malabarea las guerras en el
Kurdistán y en Siria, la crisis migratoria y la amenaza del terrorismo…
Guardando
distancias, la España de 1936 y el México de 2016 son semejantes:
La España de
entonces estaba dividida entre los partidarios de la Segunda República y los
nostálgicos del ancien
regime. Las elecciones generales de principios de año dieron
muestra de la polarización de su sociedad. Según Jorge Fernández-Coppel, en
Niceto Alcalá-Zamora: Asalto a la República (La esfera de los libros, 2011),
los candidatos ligados al oficialismo obtuvieron 4,363,903 votos (48.1%); los
candidatos ligados a la oposición, 4,155,153 (45.8%.)
En los márgenes
del proceso democrático se movía la Falange Española de José Antonio Primo de
Rivera, un partido político de corte fascista-católico que apenas había
obtenido 6,800 votos (0.07%).
Los camisas
viejas apostaban por el terror como método conscientes de que no habían las
condiciones para acceder al poder por la vía institucional. En el acto fundacional
de la agrupación, dos años antes, José Antonio había dicho: “[La atmósfera del
parlamento] es turbia, como de taberna después de una noche crapulosa. No está
ahí nuestro sitio […] ¡Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara y
las estrellas!” Animaba a sus huestes repitiéndoles que “al final, siempre ha
sido un pelotón de soldados el que ha salvado a la civilización”.
Entre febrero y
julio de 1936, con los ecos de las elecciones generales de fondo, la Falange
Española protagonizó una campaña de violencia política con el propósito de
crear un clima de tensión permanente que forzara la caída del régimen. La
campaña confirmaría la percepción de que las autoridades eran incapaces de
imponer el orden y justificaría la necesidad de formar un gobierno de
transición en el que destacaran militares y políticos de línea dura.
Entre el 12 y el
13 de julio la violencia política alcanzó su clímax. El día 12, una escuadra
falangista asesinó a José del Castillo, teniente de la Guardia de Asalto; al
día siguiente, los compañeros de del Castillo le vengaron asesinando a José
Calvo Sotelo, jefe parlamentario de los monárquicos alfonsinos. El doble crimen
convenció a los sectores más moderados de la oposición, civiles y militares, de
que el régimen, en efecto, había perdido el control del país. El día 17,
sobrevino el Alzamiento…
En México, la
situación social y política invita más a la reflexión que al optimismo:
A pesar de tener
los números a su favor – un lujo que José Antonio no pudo darse –, Andrés
Manuel López Obrador, parece tentado a abandonar la
vía institucional para incorporarse a la vía de la desestabilización,
a través de la cual podría acceder al poder sin necesidad de pasar por el
incierto trance de las urnas. Su amistad con la CNTE, en cuyo maderamen se
confunden maestros y guerrilla, sugiere que su sitio en el quehacer nacional
podría hallarse en la calle, en los plantones y los bloqueos; al aire libre,
bajo el cielo claro y las estrellas.
López Obrador no
controla la violencia, ni la celebra ni la enaltece – lo que sí hizo José
Antonio –, pero se beneficia de ella. MORENA es una alternativa política
solo porque el gobierno federal ha probado ser incapaz de atajar los muchos y
variados conflictos que se derivan del hartazgo social. No es fortuito que su
líder reclame la cabeza de Miguel Ángel Osorio Chong, el único funcionario
federal con la inteligencia para, al menos, no empeorar las cosas…
En 2018, cualquier
escenario será posible. El proceso electoral pondrá a prueba la fortaleza de
nuestras instituciones.
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jueves, 12 de mayo de 2022
martes, 17 de octubre de 2017
La violencia como instrumento político
—[La atmósfera del parlamento] es
turbia, como de taberna después de una noche crapulosa. No está ahí nuestro
sitio […] ¡Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara y las
estrellas! Seguramente, José Antonio Primo de Rivera sea el mejor exponente de
la utilización de la violencia como instrumento político. El fundador de la
Falange Española (FE) creía que para acceder al poder en la España republicana
no era admisible “otra dialéctica que la de los puños”. En su corta vida, la FE
se dedicaría a una campaña de desestabilización cuyo objetivo sería forzar la
caída del régimen azañista y que, en su clímax, terminaría con las vidas del
teniente José del Castillo y del monárquico alfonsino José Calvo Sotelo, en
represalia. El doble crimen convencería a los sectores más moderados de la
oposición, políticos y militares, de que el régimen, en efecto, había
colapsado. Días después, ocurrió el Alzamiento.
La utilización de la violencia como
instrumento político es cosa común en México, pues la debilidad institucional
facilita que el Estado sea tomado como rehén por agentes externos a él. Los
saqueos de enero, dirigidos por grupos organizados a los que se sumaron
ladrones comunes y de ocasión que aprovecharon la oportunidad inédita en un
siglo de delinquir sin consecuencias, se explican como parte de una campaña de
desestabilización cuyo objetivo era no derribar al régimen peñista, pero
condicionarlo. Aquello evidenció la fractura entre Enrique Peña Nieto y Carlos
Salinas de Gortari, consumada al arrebatársele a éste el monopolio de la
relación bilateral México-Estados Unidos y al apartársele de la carrera
presidencial en la que tenía anotada a su sobrina. Si el presidente pensaba
responsabilizar, luego, al concuñísimo José Antonio González Anaya de la muerte
de la gallina de los huevos de oro petrolera y birlar a su familia el negociazo
de la exploración y la explotación de hidrocarburos, la contraofensiva del
expresidente le hizo recular.
Con éste antecedente en mente, los
siguientes meses invitan más a la reflexión que al optimismo. Después de dos
décadas largas desde su última transición violenta, la de 1994, México aún no
ha exorcizado sus fantasmas. Rebasado el régimen peñista y con la tensión
política y social in crescendo, y, sobre todo, percibiéndose (casi)
inevitable un relevo presidencial que pasaría a retiro —y sin pensión— a
Salinas, acabándose para él, según Federico Berrueto, “la política y los negocios […] y los gobernadores que le abren
tesorería y le hacen homenajes, y los políticos que le visitan y le rinden
tributo real y figurado”, los rumorólogos adictos a los desenlaces trágicos han ido
recuperando las palabras favoritas de su glosario, magnicidio, golpe, Salinas.
El colapso del régimen peñista y el
resurgimiento violento del salinismo, especialmente si esto implicara un
desenlace trágico, no sería deseable para nadie, ni para el sacrificado en el
altar de Mammon, por supuesto, ni para el presidente, sospechoso habitual de
las teorías conspirativas. No lo sería, desde luego, para el país, porque lo
atraparía entre la espada y la pared del caos venezolano o la salida autoritaria.
Quienes sí podrían beneficiarse del desmadre nacional, sugiere Alberto Peralta,
serían quienes frente al establishment “dieran muestras de heroísmo y dignidad”. Hipócritamente, habría que
añadir…
Decía José Antonio Primo de Rivera que,
“al final, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado a la
civilización”. Decía civilización por no decir Estado totalitario o nacionalsindicalismo o
alguna patraña fascista-católica de la época.
Con esa misma retórica engañosa hay
quienes hoy se dicen salvadores del Estado de Derecho por no decirse de la
política y los negocios de sus patrones.
Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 17 de octubre de 2017.
Etiquetas:
Columnista,
diálogos,
España,
francisco Baeza,
México,
políticos
martes, 19 de julio de 2016
80° aniversario del golpe de Estado en España
Francisco
Baeza [@paco_baeza_]
Éste fin de semana se
celebró el 80° aniversario del golpe de Estado que arrastró a España a la
guerra civil. El clima de crispación social y política que le precedió se
repite en muchos escenarios modernos. En Turquía, por ejemplo, la última
asonada ocurre mientras Recep Tayyip Erdogan malabarea las guerras en el
Kurdistán y en Siria, la crisis migratoria y la amenaza del terrorismo…
Guardando
distancias, la España de 1936 y el México de 2016 son semejantes:
La España de
entonces estaba dividida entre los partidarios de la Segunda República y los
nostálgicos del ancien
regime. Las elecciones generales de principios de año dieron
muestra de la polarización de su sociedad. Según Jorge Fernández-Coppel, en
Niceto Alcalá-Zamora: Asalto a la República (La esfera de los libros, 2011),
los candidatos ligados al oficialismo obtuvieron 4,363,903 votos (48.1%); los
candidatos ligados a la oposición, 4,155,153 (45.8%.)
En los márgenes
del proceso democrático se movía la Falange Española de José Antonio Primo de
Rivera, un partido político de corte fascista-católico que apenas había
obtenido 6,800 votos (0.07%).
Los camisas
viejas apostaban por el terror como método conscientes de que no habían las
condiciones para acceder al poder por la vía institucional. En el acto fundacional
de la agrupación, dos años antes, José Antonio había dicho: “[La atmósfera del
parlamento] es turbia, como de taberna después de una noche crapulosa. No está
ahí nuestro sitio […] ¡Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara y
las estrellas!” Animaba a sus huestes repitiéndoles que “al final, siempre ha
sido un pelotón de soldados el que ha salvado a la civilización”.
Entre febrero y
julio de 1936, con los ecos de las elecciones generales de fondo, la Falange
Española protagonizó una campaña de violencia política con el propósito de
crear un clima de tensión permanente que forzara la caída del régimen. La
campaña confirmaría la percepción de que las autoridades eran incapaces de
imponer el orden y justificaría la necesidad de formar un gobierno de
transición en el que destacaran militares y políticos de línea dura.
Entre el 12 y el
13 de julio la violencia política alcanzó su clímax. El día 12, una escuadra
falangista asesinó a José del Castillo, teniente de la Guardia de Asalto; al
día siguiente, los compañeros de del Castillo le vengaron asesinando a José
Calvo Sotelo, jefe parlamentario de los monárquicos alfonsinos. El doble crimen
convenció a los sectores más moderados de la oposición, civiles y militares, de
que el régimen, en efecto, había perdido el control del país. El día 17,
sobrevino el Alzamiento…
En México, la
situación social y política invita más a la reflexión que al optimismo:
A pesar de tener
los números a su favor – un lujo que José Antonio no pudo darse –, Andrés
Manuel López Obrador, parece tentado a abandonar la
vía institucional para incorporarse a la vía de la desestabilización,
a través de la cual podría acceder al poder sin necesidad de pasar por el
incierto trance de las urnas. Su amistad con la CNTE, en cuyo maderamen se
confunden maestros y guerrilla, sugiere que su sitio en el quehacer nacional
podría hallarse en la calle, en los plantones y los bloqueos; al aire libre,
bajo el cielo claro y las estrellas.
López Obrador no
controla la violencia, ni la celebra ni la enaltece – lo que sí hizo José
Antonio –, pero se beneficia de ella. MORENA es una alternativa política
solo porque el gobierno federal ha probado ser incapaz de atajar los muchos y
variados conflictos que se derivan del hartazgo social. No es fortuito que su
líder reclame la cabeza de Miguel Ángel Osorio Chong, el único funcionario
federal con la inteligencia para, al menos, no empeorar las cosas…
En 2018, cualquier
escenario será posible. El proceso electoral pondrá a prueba la fortaleza de
nuestras instituciones.
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