jueves, 13 de agosto de 2026

ONDAS ALFA.


 

La mujer que no sabía nada

Por Koko Lemus Abreu


Alma abrió los ojos a las seis con cuarenta y siete de la mañana y descubrió que no sabía qué significaban las seis con cuarenta y siete. Había unos números verdes flotando sobre una caja negra junto a la cama y, aunque podía leerlos, no tenía la menor idea de por qué alguien habría puesto una máquina a contar números durante toda la noche. Tampoco sabía por qué estaba acostada junto a un hombre de cincuenta y tantos años que dormía boca arriba con la boca abierta y producía un sonido grave, intermitente, vagamente industrial. Lo observó durante algunos segundos intentando decidir si debía gritar, golpearlo o escapar. Eligió la opción más civilizada: le dio un empujón con el codo. El hombre abrió los ojos y murmuró: “¿Qué pasa, Alma?”. Ella se incorporó de golpe. Acababa de descubrir dos cosas extraordinarias: aquel desconocido sabía su nombre y, aparentemente, ella se llamaba Alma.

“¿Quién eres?”, preguntó. El hombre dejó de bostezar. “¿Cómo que quién soy?”. “Eso pregunté”. Hubo un silencio breve durante el cual él pareció buscar alguna señal de broma en el rostro de su esposa. No la encontró. “Soy Roberto”. Alma procesó el dato. Roberto. El nombre no produjo absolutamente nada. Ningún recuerdo, ninguna emoción, ninguna escena. “¿Y qué haces en mi cama?”. Roberto tardó unos segundos en contestar. “Nuestra cama”, corrigió. “Soy tu marido”. Aquella información era considerablemente más grave que la anterior. Alma miró su mano izquierda. Había un anillo. Lo examinó como quien encuentra una pieza arqueológica. “¿Y esto?”. “Nuestra argolla de matrimonio”. Alma volvió a mirarlo. “¿Contigo?”. Roberto comenzó a preocuparse. Ella también, aunque por razones diferentes.

En menos de veinte minutos Alma descubrió que tenía cincuenta y dos años, llevaba veintisiete casada con Roberto, era madre de dos hijos llamados Mariana y Diego, vivía desde hacía dieciocho años en aquella casa y tenía una perra llamada Frida que, mientras todos intentaban explicarle quién era, insistía en lamerle los pies con una familiaridad que Alma consideró francamente abusiva. El problema no era que hubiera olvidado algunas cosas. Había olvidado todas las cosas. Conservaba el lenguaje, podía caminar, sabía utilizar objetos elementales y comprendía conceptos básicos, pero su autobiografía había desaparecido. Su vida estaba ahí, perfectamente organizada alrededor de ella, solo que Alma era la única persona que no había recibido el instructivo.

Cuando Mariana bajó corriendo las escaleras y trató de abrazarla, Alma retrocedió instintivamente. “Soy yo, mamá”. Aquella palabra produjo un silencio brutal. Mamá. Alma sabía perfectamente qué significaba ser madre. Lo que no sabía era que ella lo fuera. Miró a la joven que tenía enfrente buscando desesperadamente algún indicio que confirmara semejante responsabilidad. Los ojos, la nariz, algún gesto. Nada. “¿Eres mi hija?”. Mariana comenzó a llorar. “Sí”. Alma sintió culpa por hacer llorar a una desconocida y después sintió una culpa todavía más extraña al comprender que aquella desconocida, según todos los presentes, había salido de su cuerpo veinticuatro años antes. “Perdóname”, dijo, porque todavía recordaba para qué servían las disculpas, aunque no recordara a quién debía ofrecérselas.

Después llegaron las preguntas. ¿Sabes dónde estás? No. ¿Sabes qué día es? No. ¿Sabes quién es el presidente? Tampoco, aunque Alma pensó que, considerando las caras de los demás, quizá aquella fuera la menos urgente de sus ignorancias. Roberto llamó a emergencias y durante las siguientes horas su vida se convirtió en una conferencia sobre ella misma. Fotografías, nombres, fechas, médicos, preguntas, estudios, historias. Cada persona parecía poseer una pieza del rompecabezas y todos esperaban que, al mostrársela, Alma exclamara: “¡Claro!”. Pero nada ocurría. Le enseñaron una fotografía de su boda. Allí estaba ella, mucho más joven, abrazada al desconocido que ahora decía llamarse Roberto. “Parecemos contentos”, comentó. Roberto sonrió por primera vez aquella mañana. “Lo estábamos”. Alma levantó una ceja. “¿Estábamos?”. “Estamos”, corrigió rápidamente.

Al volver a casa comenzó la verdadera tragedia, que resultó tener una sorprendente cantidad de comedia doméstica. Alma tenía que aprender quién era y, además, tenía que aprender cómo se suponía que debía ser Alma. Descubrió que tomaba café sin azúcar porque Roberto preparó una taza y se la entregó así. Dio un sorbo y puso una cara espantosa. “¿Yo tomo esto?”. “Todas las mañanas”. “Pues Alma tenía muy mal gusto”. Descubrió que cocinaba porque encontró varios recipientes etiquetados con su letra. Descubrió que odiaba el cilantro porque Diego se lo advirtió antes de que probara una salsa. Lo probó de todas formas y decidió que aquella versión anterior de sí misma quizá tenía razón en algo.

Pero cada descubrimiento exigía un esfuerzo agotador. Abrir un cajón significaba encontrarse con veinte objetos cuya importancia desconocía. Sonaba el teléfono y aparecía “Laura”. ¿Quién demonios era Laura? Roberto explicaba que era su hermana. Alma contestaba y una mujer decía “hermanita” con una intimidad que ella no había autorizado. Entraba al supermercado y tenía frente a sí cuarenta marcas de detergente sin saber cuál compraba normalmente. Elegir cereal se convertía en una investigación de mercado. Vestirse requería estudiar qué prendas parecían combinar entre sí. Incluso cepillarse los dientes podía producir una pregunta: ¿por qué utilizaba aquella pasta dental y no otra?

Al tercer día estaba exhausta. Entonces comenzó a ocurrir algo interesante. Alma empezó a crear reglas.

El café de la lata azul era el que Roberto preparaba por las mañanas. La taza blanca era la suya. Frida comía después de las siete. Mariana llamaba casi todas las noches. El hombre del puesto de frutas se llamaba Ernesto y parecía confiable porque le había dicho “qué bueno verla, señora Alma” sin intentar venderle mangos demasiado maduros. La vecina de enfrente hablaba muchísimo. El horno tardaba más de lo que indicaba la perilla. Roberto dejaba las llaves siempre en lugares distintos y después preguntaba dónde estaban, una costumbre que Alma consideró irritante incluso sin disponer de veintisiete años de antecedentes para confirmarlo.

Su cerebro estaba trabajando horas extras. Clasificaba. Comparaba. Descartaba. Establecía relaciones. Una información recibía más importancia que otra. Algunas personas comenzaban a resultarle familiares. Algunos procedimientos dejaban de requerir atención consciente. El mundo, que tres días antes había sido una avalancha insoportable de información, empezaba lentamente a organizarse. Con el orden llegó el alivio.

Una mañana Roberto le preguntó si quería café. “En la taza blanca”, respondió ella sin pensarlo. Se quedó inmóvil. Acababa de utilizar una expectativa. Ya sabía algo antes de comprobarlo. Sabía dónde estaba su taza. Durante unos segundos sostuvo aquel objeto entre las manos con una emoción desproporcionada para una pieza de cerámica de supermercado. Su cerebro había comenzado nuevamente a construir un mundo.

Sin saberlo, Alma estaba descubriendo una de las habilidades más extraordinarias y menos apreciadas de la mente humana: no tratar toda la información como si fuera igualmente nueva. Vivir sería insoportable si cada mañana tuviéramos que comprobar desde cero quién es nuestra pareja, cómo funciona una cuchara, si el piso soportará nuestro peso o qué significa el sonido del teléfono. Nuestro cerebro necesita construir regularidades, asignar confianza, reconocer patrones y decidir qué información merece mayor atención. Necesita reducir incertidumbre. De otro modo, preparar el desayuno exigiría aproximadamente la capacidad intelectual de dirigir un aeropuerto internacional.

La paradoja era deliciosa. Durante años Alma probablemente había cometido el mismo pecado que cometemos todos: confiar demasiado en ciertas ideas, interpretar rápidamente a las personas, anticipar conductas y convertir experiencias repetidas en certezas. Ahora había conseguido accidentalmente la fantasía del pensamiento crítico absoluto: no creer nada previamente. Y resultaba que era horrible.

Sin experiencias anteriores no había prejuicios, ciertamente, pero tampoco había confianza. No había ideas cristalizadas, pero tampoco referencias. No existía sesgo de confirmación, pero tampoco había nada que confirmar. Cada persona era una incógnita. Cada situación debía analizarse. Cada decisión comenzaba desde cero. Alma había despertado convertida en la mujer intelectualmente más abierta del mundo y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa por no saber qué marca de jabón comprar.

Comprendió algo de esto una tarde, aunque naturalmente no utilizó palabras como “ponderación de precisión” ni “procesamiento predictivo”. Estaba sentada frente a una caja llena de fotografías que Mariana había llevado para ayudarla a reconstruir recuerdos. Su hija sacó una imagen. Alma aparecía junto a otra mujer, ambas riendo en una playa. “Es Teresa”, explicó Mariana. “Tu mejor amiga”. Alma observó la fotografía. “¿Puedo confiar en ella?”. Mariana sonrió. “Muchísimo”. Alma guardó silencio. “¿Cómo lo sabes?”. La muchacha iba a contestar inmediatamente, pero se detuvo. “Porque siempre ha estado contigo”. Alma volvió a mirar la fotografía. “Entonces tendré que confiar en que tú sabes en quién confiaba yo”. Mariana se rio. “Supongo”. Alma también. Era absurdo: para reconstruir su sistema de confianza necesitaba comenzar confiando en alguien.

Aquella noche escribió en una libreta los nombres de las personas que había conocido durante esos días y junto a cada nombre anotó lo que sabía. Roberto: marido, paciente, pierde las llaves, hace café horrible. Mariana: hija, sensible, explica bien, aparentemente confiable. Diego: hijo, hace bromas cuando está nervioso, llama menos pero aparece cuando hace falta. Teresa: amiga, pendiente de comprobación. Frida: perra, excesivamente afectuosa, confiabilidad alta excepto cerca de alimentos.

Alma todavía no recuperaba sus recuerdos cuando, varios meses después, encontró aquella primera libreta. Leyó las descripciones que había escrito sobre su familia y comenzó a reír. Roberto seguía perdiendo las llaves, aunque ya no siempre. Mariana seguía explicando bien las cosas, excepto cuando hablaba de sus novios. Diego efectivamente llamaba poco, pero había resultado ser quien mejor comprendía cuándo su madre necesitaba silencio.

Entonces Alma comprendió algo que antes de perder la memoria probablemente nunca había necesitado pensar. Una vida sin creencias sería imposible. Una vida gobernada por creencias inamovibles sería apenas un poco menos imposible. Necesitamos construir certezas provisionales, suficientes para levantarnos por la mañana sin investigar nuevamente quién duerme a nuestro lado, pero lo bastante flexibles para descubrir que esa persona puede sorprendernos.

Cerró la libreta y Roberto preguntó desde la cocina: “¿Has visto mis llaves?”. Alma estuvo a punto de responder que seguramente las había perdido otra vez. Se detuvo. Miró la mesa, después el perchero y finalmente sus propios bolsillos. Allí estaban.

Sanar es amar.


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jueves, 13 de agosto de 2026

ONDAS ALFA.


 

La mujer que no sabía nada

Por Koko Lemus Abreu


Alma abrió los ojos a las seis con cuarenta y siete de la mañana y descubrió que no sabía qué significaban las seis con cuarenta y siete. Había unos números verdes flotando sobre una caja negra junto a la cama y, aunque podía leerlos, no tenía la menor idea de por qué alguien habría puesto una máquina a contar números durante toda la noche. Tampoco sabía por qué estaba acostada junto a un hombre de cincuenta y tantos años que dormía boca arriba con la boca abierta y producía un sonido grave, intermitente, vagamente industrial. Lo observó durante algunos segundos intentando decidir si debía gritar, golpearlo o escapar. Eligió la opción más civilizada: le dio un empujón con el codo. El hombre abrió los ojos y murmuró: “¿Qué pasa, Alma?”. Ella se incorporó de golpe. Acababa de descubrir dos cosas extraordinarias: aquel desconocido sabía su nombre y, aparentemente, ella se llamaba Alma.

“¿Quién eres?”, preguntó. El hombre dejó de bostezar. “¿Cómo que quién soy?”. “Eso pregunté”. Hubo un silencio breve durante el cual él pareció buscar alguna señal de broma en el rostro de su esposa. No la encontró. “Soy Roberto”. Alma procesó el dato. Roberto. El nombre no produjo absolutamente nada. Ningún recuerdo, ninguna emoción, ninguna escena. “¿Y qué haces en mi cama?”. Roberto tardó unos segundos en contestar. “Nuestra cama”, corrigió. “Soy tu marido”. Aquella información era considerablemente más grave que la anterior. Alma miró su mano izquierda. Había un anillo. Lo examinó como quien encuentra una pieza arqueológica. “¿Y esto?”. “Nuestra argolla de matrimonio”. Alma volvió a mirarlo. “¿Contigo?”. Roberto comenzó a preocuparse. Ella también, aunque por razones diferentes.

En menos de veinte minutos Alma descubrió que tenía cincuenta y dos años, llevaba veintisiete casada con Roberto, era madre de dos hijos llamados Mariana y Diego, vivía desde hacía dieciocho años en aquella casa y tenía una perra llamada Frida que, mientras todos intentaban explicarle quién era, insistía en lamerle los pies con una familiaridad que Alma consideró francamente abusiva. El problema no era que hubiera olvidado algunas cosas. Había olvidado todas las cosas. Conservaba el lenguaje, podía caminar, sabía utilizar objetos elementales y comprendía conceptos básicos, pero su autobiografía había desaparecido. Su vida estaba ahí, perfectamente organizada alrededor de ella, solo que Alma era la única persona que no había recibido el instructivo.

Cuando Mariana bajó corriendo las escaleras y trató de abrazarla, Alma retrocedió instintivamente. “Soy yo, mamá”. Aquella palabra produjo un silencio brutal. Mamá. Alma sabía perfectamente qué significaba ser madre. Lo que no sabía era que ella lo fuera. Miró a la joven que tenía enfrente buscando desesperadamente algún indicio que confirmara semejante responsabilidad. Los ojos, la nariz, algún gesto. Nada. “¿Eres mi hija?”. Mariana comenzó a llorar. “Sí”. Alma sintió culpa por hacer llorar a una desconocida y después sintió una culpa todavía más extraña al comprender que aquella desconocida, según todos los presentes, había salido de su cuerpo veinticuatro años antes. “Perdóname”, dijo, porque todavía recordaba para qué servían las disculpas, aunque no recordara a quién debía ofrecérselas.

Después llegaron las preguntas. ¿Sabes dónde estás? No. ¿Sabes qué día es? No. ¿Sabes quién es el presidente? Tampoco, aunque Alma pensó que, considerando las caras de los demás, quizá aquella fuera la menos urgente de sus ignorancias. Roberto llamó a emergencias y durante las siguientes horas su vida se convirtió en una conferencia sobre ella misma. Fotografías, nombres, fechas, médicos, preguntas, estudios, historias. Cada persona parecía poseer una pieza del rompecabezas y todos esperaban que, al mostrársela, Alma exclamara: “¡Claro!”. Pero nada ocurría. Le enseñaron una fotografía de su boda. Allí estaba ella, mucho más joven, abrazada al desconocido que ahora decía llamarse Roberto. “Parecemos contentos”, comentó. Roberto sonrió por primera vez aquella mañana. “Lo estábamos”. Alma levantó una ceja. “¿Estábamos?”. “Estamos”, corrigió rápidamente.

Al volver a casa comenzó la verdadera tragedia, que resultó tener una sorprendente cantidad de comedia doméstica. Alma tenía que aprender quién era y, además, tenía que aprender cómo se suponía que debía ser Alma. Descubrió que tomaba café sin azúcar porque Roberto preparó una taza y se la entregó así. Dio un sorbo y puso una cara espantosa. “¿Yo tomo esto?”. “Todas las mañanas”. “Pues Alma tenía muy mal gusto”. Descubrió que cocinaba porque encontró varios recipientes etiquetados con su letra. Descubrió que odiaba el cilantro porque Diego se lo advirtió antes de que probara una salsa. Lo probó de todas formas y decidió que aquella versión anterior de sí misma quizá tenía razón en algo.

Pero cada descubrimiento exigía un esfuerzo agotador. Abrir un cajón significaba encontrarse con veinte objetos cuya importancia desconocía. Sonaba el teléfono y aparecía “Laura”. ¿Quién demonios era Laura? Roberto explicaba que era su hermana. Alma contestaba y una mujer decía “hermanita” con una intimidad que ella no había autorizado. Entraba al supermercado y tenía frente a sí cuarenta marcas de detergente sin saber cuál compraba normalmente. Elegir cereal se convertía en una investigación de mercado. Vestirse requería estudiar qué prendas parecían combinar entre sí. Incluso cepillarse los dientes podía producir una pregunta: ¿por qué utilizaba aquella pasta dental y no otra?

Al tercer día estaba exhausta. Entonces comenzó a ocurrir algo interesante. Alma empezó a crear reglas.

El café de la lata azul era el que Roberto preparaba por las mañanas. La taza blanca era la suya. Frida comía después de las siete. Mariana llamaba casi todas las noches. El hombre del puesto de frutas se llamaba Ernesto y parecía confiable porque le había dicho “qué bueno verla, señora Alma” sin intentar venderle mangos demasiado maduros. La vecina de enfrente hablaba muchísimo. El horno tardaba más de lo que indicaba la perilla. Roberto dejaba las llaves siempre en lugares distintos y después preguntaba dónde estaban, una costumbre que Alma consideró irritante incluso sin disponer de veintisiete años de antecedentes para confirmarlo.

Su cerebro estaba trabajando horas extras. Clasificaba. Comparaba. Descartaba. Establecía relaciones. Una información recibía más importancia que otra. Algunas personas comenzaban a resultarle familiares. Algunos procedimientos dejaban de requerir atención consciente. El mundo, que tres días antes había sido una avalancha insoportable de información, empezaba lentamente a organizarse. Con el orden llegó el alivio.

Una mañana Roberto le preguntó si quería café. “En la taza blanca”, respondió ella sin pensarlo. Se quedó inmóvil. Acababa de utilizar una expectativa. Ya sabía algo antes de comprobarlo. Sabía dónde estaba su taza. Durante unos segundos sostuvo aquel objeto entre las manos con una emoción desproporcionada para una pieza de cerámica de supermercado. Su cerebro había comenzado nuevamente a construir un mundo.

Sin saberlo, Alma estaba descubriendo una de las habilidades más extraordinarias y menos apreciadas de la mente humana: no tratar toda la información como si fuera igualmente nueva. Vivir sería insoportable si cada mañana tuviéramos que comprobar desde cero quién es nuestra pareja, cómo funciona una cuchara, si el piso soportará nuestro peso o qué significa el sonido del teléfono. Nuestro cerebro necesita construir regularidades, asignar confianza, reconocer patrones y decidir qué información merece mayor atención. Necesita reducir incertidumbre. De otro modo, preparar el desayuno exigiría aproximadamente la capacidad intelectual de dirigir un aeropuerto internacional.

La paradoja era deliciosa. Durante años Alma probablemente había cometido el mismo pecado que cometemos todos: confiar demasiado en ciertas ideas, interpretar rápidamente a las personas, anticipar conductas y convertir experiencias repetidas en certezas. Ahora había conseguido accidentalmente la fantasía del pensamiento crítico absoluto: no creer nada previamente. Y resultaba que era horrible.

Sin experiencias anteriores no había prejuicios, ciertamente, pero tampoco había confianza. No había ideas cristalizadas, pero tampoco referencias. No existía sesgo de confirmación, pero tampoco había nada que confirmar. Cada persona era una incógnita. Cada situación debía analizarse. Cada decisión comenzaba desde cero. Alma había despertado convertida en la mujer intelectualmente más abierta del mundo y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa por no saber qué marca de jabón comprar.

Comprendió algo de esto una tarde, aunque naturalmente no utilizó palabras como “ponderación de precisión” ni “procesamiento predictivo”. Estaba sentada frente a una caja llena de fotografías que Mariana había llevado para ayudarla a reconstruir recuerdos. Su hija sacó una imagen. Alma aparecía junto a otra mujer, ambas riendo en una playa. “Es Teresa”, explicó Mariana. “Tu mejor amiga”. Alma observó la fotografía. “¿Puedo confiar en ella?”. Mariana sonrió. “Muchísimo”. Alma guardó silencio. “¿Cómo lo sabes?”. La muchacha iba a contestar inmediatamente, pero se detuvo. “Porque siempre ha estado contigo”. Alma volvió a mirar la fotografía. “Entonces tendré que confiar en que tú sabes en quién confiaba yo”. Mariana se rio. “Supongo”. Alma también. Era absurdo: para reconstruir su sistema de confianza necesitaba comenzar confiando en alguien.

Aquella noche escribió en una libreta los nombres de las personas que había conocido durante esos días y junto a cada nombre anotó lo que sabía. Roberto: marido, paciente, pierde las llaves, hace café horrible. Mariana: hija, sensible, explica bien, aparentemente confiable. Diego: hijo, hace bromas cuando está nervioso, llama menos pero aparece cuando hace falta. Teresa: amiga, pendiente de comprobación. Frida: perra, excesivamente afectuosa, confiabilidad alta excepto cerca de alimentos.

Alma todavía no recuperaba sus recuerdos cuando, varios meses después, encontró aquella primera libreta. Leyó las descripciones que había escrito sobre su familia y comenzó a reír. Roberto seguía perdiendo las llaves, aunque ya no siempre. Mariana seguía explicando bien las cosas, excepto cuando hablaba de sus novios. Diego efectivamente llamaba poco, pero había resultado ser quien mejor comprendía cuándo su madre necesitaba silencio.

Entonces Alma comprendió algo que antes de perder la memoria probablemente nunca había necesitado pensar. Una vida sin creencias sería imposible. Una vida gobernada por creencias inamovibles sería apenas un poco menos imposible. Necesitamos construir certezas provisionales, suficientes para levantarnos por la mañana sin investigar nuevamente quién duerme a nuestro lado, pero lo bastante flexibles para descubrir que esa persona puede sorprendernos.

Cerró la libreta y Roberto preguntó desde la cocina: “¿Has visto mis llaves?”. Alma estuvo a punto de responder que seguramente las había perdido otra vez. Se detuvo. Miró la mesa, después el perchero y finalmente sus propios bolsillos. Allí estaban.

Sanar es amar.


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