Los sueños y el camino a nuestro mundo interno
Hay
algo desconcertante en despertar después de un sueño intenso y tardar unos
segundos en aceptar que nada de aquello ocurrió. El cuerpo, sin embargo, parece
no haberse enterado. El corazón sigue acelerado. Queda una sensación rara en el
estómago. A veces permanece miedo, otras veces tristeza, deseo o una vergüenza
difícil de explicar. Después aparece la pregunta inevitable: ¿por qué soñé eso?
Internet
tiene respuestas para casi todo. Soñar con agua puede anunciar cambios. Perder
los dientes, inseguridad. Una casa tendría que ver con la personalidad. Los
animales cuentan con su propio catálogo de significados. El problema es que
basta consultar dos páginas distintas para encontrar interpretaciones
contradictorias. El lobo que en un sitio anuncia peligro, en otro simboliza
fortaleza y en un tercero representa protección.
En
el episodio “La intérprete de sueños” de Ondas Alfa la frecuencia de tu ser,
Paty hace exactamente eso después de una pesadilla recurrente. Busca el
significado de una imagen que comienza a inquietarla y encuentra una
explicación que parece encajar demasiado bien. A partir de ese momento empieza
a mirar ciertas situaciones de su vida cotidiana de otra manera. Hasta aquí
podemos contar. El resto conviene escucharlo porque lo interesante de su
historia aparece precisamente cuando la pregunta deja de ser qué significa el
sueño y empieza a dirigirse hacia ella misma.
La
psicología lleva más de un siglo discutiendo qué hacemos con ese material
extraño que aparece mientras dormimos. Sigmund Freud colocó los sueños en un
lugar privilegiado dentro del psicoanálisis. Consideraba que podían ofrecer
acceso indirecto a deseos y conflictos que no aparecían abiertamente en la
conciencia. Su teoría sobre el cumplimiento de deseo forma parte de un modelo
desarrollado a finales del siglo XIX y principios del XX, y muchas de sus
afirmaciones no pueden trasladarse sin más a la investigación científica
contemporánea. Hay, sin embargo, una idea que conserva interés clínico: prestar
atención a las asociaciones de la persona que soñó.
Eso
cambia bastante las cosas. Un perro no tiene necesariamente el mismo
significado para alguien que creció jugando con uno que para una persona
mordida durante la infancia. Una estación de tren puede ser irrelevante para
cualquiera y provocar una cadena completa de recuerdos en alguien que se
despedía ahí de su padre. La imagen aislada aporta poco. Importa aquello que
despierta en quien la recuerda.
Carl
Gustav Jung amplió esta forma de mirar los sueños. Entre sus ideas aparece la
función compensatoria: algunos contenidos oníricos podrían mostrar aspectos de
la experiencia que nuestra actitud consciente está dejando fuera. Pensemos en
alguien que sostiene durante semanas que “todo está perfecto”, mientras duerme
mal, se irrita con facilidad y sueña repetidamente que no encuentra una salida.
Una lectura jungiana no exigiría declarar que esa puerta tiene un significado
universal. La discrepancia entre el relato consciente y lo que aparece
alrededor de él ya merece atención.
Aquí
comienza a tomar forma una pregunta bastante más interesante sobre el
inconsciente.
Hablar
de “mundo inconsciente” suele evocar una especie de sótano psicológico lleno de
recuerdos escondidos esperando salir. La imagen es atractiva, aunque simplifica
demasiado el asunto. Distintas escuelas de psicología utilizan el término de
maneras diferentes. Para el psicoanálisis clásico, el inconsciente está
relacionado con deseos, conflictos y defensas que permanecen fuera del acceso
consciente. En Jung aparecen además aquellos aspectos de nosotros mismos que
nuestra identidad consciente tiene dificultades para reconocer.
La
psicología contemporánea utiliza otros conceptos para estudiar fenómenos que
también ocurren fuera de la deliberación consciente: procesamiento automático,
aprendizaje implícito, asociaciones, sesgos, respuestas emocionales y hábitos
adquiridos. Buena parte de nuestra actividad mental ocurre sin que estemos
narrándonos cada paso.
No
necesitamos decidir conscientemente cómo mover cada músculo cuando caminamos.
Tampoco revisamos de manera voluntaria todas las experiencias anteriores antes
de sentir desconfianza hacia alguien. Hay aprendizajes que influyen en lo que
percibimos y hacemos sin presentarse primero como una explicación verbal.
Eso
permite hablar del inconsciente sin atribuirle poderes sobrenaturales.
También
ayuda a comprender por qué los sueños resultan tan seductores. Durante el
sueño, el cerebro sigue trabajando con información relacionada con memoria y
emoción. La investigación ha mostrado que experiencias recientes pueden
incorporarse al contenido onírico y mezclarse con recuerdos anteriores. Existe
incluso una línea de investigación conocida como hipótesis de continuidad entre
vigilia y sueño, según la cual preocupaciones, relaciones, emociones y
experiencias de nuestra vida despierta pueden reaparecer mientras dormimos.
No
necesariamente reaparecen de forma literal. Una discusión con el jefe puede
terminar convertida en una escena escolar. Una preocupación económica quizá no
produzca un sueño sobre facturas. Puede aparecer como la sensación de haber
perdido algo y no encontrarlo. El cerebro no parece tener demasiado interés en
respetar el guion original.
Durante
el sueño REM, asociado frecuentemente con sueños especialmente vívidos, se han
observado patrones de actividad en regiones vinculadas con el procesamiento
emocional y cambios en áreas relacionadas con el control ejecutivo. Eso ayuda a
explicar una peculiaridad bastante común: podemos aceptar situaciones
completamente absurdas y, al mismo tiempo, experimentar emociones muy reales.
Una
computadora aparece en medio de un bosque y no hacemos demasiadas preguntas. Un
amigo lleva el rostro de otra persona. Entramos a nuestra casa y de repente
estamos en una escuela que no visitamos desde hace treinta años.
Nada
de eso demuestra que exista un código oculto. Muestra que memoria y emoción
pueden recombinarse mientras dormimos.
El
problema comienza cuando confundimos intensidad con verdad. Sentir miedo
durante un sueño no demuestra que exista una amenaza externa. Soñar que nuestra
pareja nos engaña tampoco constituye evidencia de una infidelidad. Incluso
después de despertar podemos cometer un error parecido: una emoción genuina
puede impulsar una conclusión que todavía no cuenta con suficiente información.
Esto
ocurre también durante la vigilia. Una persona tarda en responder un mensaje y
aparece una certeza inmediata: está molesta conmigo. Dos compañeros dejan de
hablar cuando entro a una habitación y mi mente completa lo que desconoce.
Alguien hace una observación y paso el resto de la tarde repasándola.
Nuestro
mundo interno no se manifiesta únicamente cuando dormimos. A veces aparece en
aquello que repetimos sin entender muy bien por qué.
También
puede mostrarse en una frase que decimos con demasiada rapidez: “No me
importa”, “todo bien”, “ya lo superé”. Después nuestra conducta cuenta una
historia diferente. Revisamos el teléfono diez veces. Evitamos a determinada
persona. Pensamos durante horas en una conversación que supuestamente no nos
afectó. Esa discrepancia merece más atención que cualquier diccionario de
sueños.
Algo
parecido ocurre con ciertas reacciones que parecen exceder la situación que las
provocó. Una crítica relativamente pequeña produce una respuesta enorme. Una
persona nos irrita desde el primer minuto aunque no sepamos explicar qué hizo.
Sentimos culpa cuando ponemos un límite perfectamente razonable. Buscar una
causa inmediata puede ser tentador. Pero puede llevarnos a fabricar
explicaciones.
Una
forma más sensata consiste en observar patrones. ¿Qué emoción aparece
repetidamente? ¿En qué situaciones? ¿Qué decimos que sentimos y qué hacemos
después? ¿Qué asociaciones aparecen cuando dejamos de intentar encontrar una
respuesta correcta?
Estas
preguntas tienen parentesco con algunas técnicas psicodinámicas y con la
asociación libre, pero también pueden dialogar con enfoques actuales que
examinan pensamientos automáticos, conductas aprendidas y respuestas
emocionales.
El
objetivo cambia. Ya no estamos tratando de “descifrar el inconsciente”. Intentamos
reconocer información que normalmente pasa demasiado rápido frente a nosotros.
La
historia de Paty en “Ondas Alfa, la frecuencia de tu ser” trabaja precisamente
sobre esa diferencia. Su sueño contiene animales, compañeros de oficina y un
escenario improbable. La tentación inicial consiste en interpretar cada pieza.
Sin embargo, cuando empieza a hablar sobre lo que sintió y sobre ciertas situaciones
de su vida despierta, aparecen preguntas bastante más personales.
Una
de ellas tiene que ver con algo que hace incluso dentro del sueño. Otra surge
cuando descubre que quizá lleva tiempo diciendo que está bien con demasiada
facilidad. Hasta ahí. Contar más arruinaría una parte importante del episodio.
Los
sueños pueden servir como material de observación precisamente porque suspenden
parte de la lógica con la que solemos organizar nuestra versión cotidiana de
nosotros mismos. Una imagen inesperada puede provocar una asociación que nunca
habríamos buscado conscientemente. Eso no la convierte en verdad. Nos da una
pregunta. Y una buena pregunta suele resultar más útil que una interpretación
espectacular.
Conviene
poner límites a esta clase de trabajo. Las pesadillas recurrentes, el insomnio
persistente, los despertares frecuentes o los sueños vinculados con
experiencias traumáticas pueden requerir evaluación profesional. Existen
intervenciones específicas para problemas de sueño y para pesadillas
recurrentes. El significado subjetivo de un sueño y la calidad del descanso
pertenecen a terrenos relacionados, aunque no son exactamente el mismo
problema.
Quizá
por eso la pregunta “¿qué significa mi sueño?” empieza a quedarse corta. Podemos
intentar otra: ¿Qué emoción sobrevivió cuando desperté? Después una más: ¿Dónde
conozco esa sensación en mi vida despierta? No hace falta fabricar una
conclusión.
En
algún punto entre lo que soñamos, lo que decimos y lo que hacemos puede
aparecer información que todavía no habíamos considerado.
Paty
comenzó buscando el significado de unos lobos. Lo que terminó encontrando es
otra historia.
Tal
vez el interés de mirar hacia nuestro mundo inconsciente no esté en descubrir
una versión secreta de nosotros mismos, sino en reconocer aquello que ya está
ocurriendo y todavía no hemos conseguido nombrar. Un sueño puede dejarnos una
emoción que persiste durante la mañana; una conversación aparentemente trivial
puede quedarse dando vueltas durante horas; podemos reaccionar con una
intensidad que después nos cuesta explicar o repetir una conducta que
contradice lo que aseguramos querer. Ninguna de estas experiencias demuestra
por sí sola la existencia de un conflicto oculto, pero juntas pueden señalar
una temática que merece atención. El inconsciente, entendido desde esta
perspectiva, deja de parecer un territorio reservado para símbolos extraños y
comienza a reconocerse en algo bastante cotidiano: la distancia que a veces
existe entre la historia que contamos sobre nosotros mismos y lo que nuestras
emociones, asociaciones y conductas siguen expresando.
Sanar
es amar.


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