Déjame solo un rato
Hay una frase que puede sonar peor de lo que
significa: “quiero estar solo”. La escuchamos después de una discusión y
pensamos que alguien está huyendo. La dice un compañero que rechaza una
invitación y sospechamos que algo le pasa. Si una persona disfruta comer sola,
caminar sin compañía o cerrar la puerta durante media hora al llegar a casa,
tarde o temprano alguien preguntará si está bien. Hemos aprendido a mirar con
cierta desconfianza a quien se aparta. Existen buenas razones para preocuparnos
por algunas formas de desconexión social, pero esa preocupación ha terminado
mezclando experiencias psicológicamente distintas.
Aislamiento, soledad y solitud suelen utilizarse
como si describieran lo mismo. El aislamiento se refiere a una reducción
objetiva del contacto social y puede ser voluntario o impuesto. La soledad es
una experiencia subjetiva: sentimos que nuestras relaciones o conexiones no
corresponden con aquello que necesitamos. Por eso podemos sentirnos
profundamente solos rodeados de gente. La solitud describe algo diferente:
estar voluntariamente sin interacción social inmediata. Puede durar una tarde o
apenas quince minutos y, bajo ciertas condiciones, convertirse en un espacio
para regular nuestro estado emocional. Ninguna de estas experiencias es
saludable o perjudicial por definición. Hay que observar su función. No toda
persona que está sola se siente sola. Pero tampoco toda persona que elige estar
sola se está regulando.
La preocupación científica por la soledad tiene
sustento. Una revisión publicada en septiembre de 2026 por Christine Dworschak
analiza su relación con la regulación emocional y recupera una metaanálisis de
61 estudios que reunió datos de 40,641 participantes. La asociación entre
soledad y dificultades generales de regulación emocional alcanzó r = 0.49;
también aparecieron asociaciones con rumiación y supresión expresiva.
Correlación no significa causalidad: esos datos no demuestran que una mala
regulación produzca soledad ni que sentirse solo provoque necesariamente
dificultades regulatorias. Sí sugieren que ambos fenómenos mantienen una
relación que merece atención. La misma revisión señala que las intervenciones
dirigidas a disminuir la soledad suelen obtener efectos modestos, lo que obliga
a pensar que aumentar el contacto social por sí mismo no resuelve
necesariamente la experiencia subjetiva de desconexión.
Quizá esa evidencia explique parte de nuestra
prevención cultural frente a estar solos. Sabemos que el aislamiento
persistente puede asociarse con problemas de salud y terminamos sospechando
también de la decisión voluntaria de apartarnos durante un rato. Sin embargo,
conviene hacerse una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que estuviste
realmente solo? No cuenta permanecer en una habitación mientras respondes
mensajes. Tampoco conducir escuchando una reunión del trabajo o acostarte
revisando redes sociales. Piensa en un periodo breve durante el cual nadie
esperaba una respuesta inmediata de ti y tú tampoco llenaste automáticamente
ese espacio con nuevas entradas. ¿Cuánto tiempo tardarías en sentir la
necesidad de hacer algo?
Nuestra capacidad para ocupar cada minuto
disponible hace difícil responder. Esperamos y miramos el teléfono. Comemos
solos y ponemos un video. Caminamos escuchando un podcast. Ninguna de esas
conductas es necesariamente problemática. La pregunta aparece cuando
descubrimos que nos resulta extraño permanecer unos minutos sin responder a
algo exterior. Podemos estar cansados y continuar atendiendo pendientes.
Podemos reconocer irritación y seguir conversando. Sentimos que necesitamos
apartarnos y pensamos: “después descanso”. Ese después suele llegar cuando
nuestro estado ya está afectando la manera en que tratamos a los demás.
Una investigación publicada el 21 de septiembre de
2026 en BMC Psychology permite mirar esa experiencia desde otro ángulo.
Yi-Hsin Lai, Dong-Ling Jhu y Kun-Hua Lee estudiaron a 392 adultos taiwaneses y
desarrollaron el Assessment of Solitude as Emotion Regulation (ASER). Su
propuesta consiste en observar la solitud como un proceso temporal de
regulación emocional: qué ocurre antes de buscar estar solos, qué hacemos
durante ese periodo y qué sucede después. Los resultados iniciales mostraron
que las asociaciones con bienestar afectivo aparecían principalmente en lo
ocurrido durante la solitud y después de ella. La frecuencia de estar solo, por
sí misma, aportaba mucha menos información. Los autores son prudentes: el
estudio utiliza autoinformes, corresponde a una población específica y no
demuestra que retirarse durante cierto tiempo produzca bienestar. Tampoco
presenta la solitud como tratamiento. Su aportación resulta interesante
precisamente porque desplaza la atención desde cuánto tiempo estamos solos
hacia qué hacemos psicológicamente con ese tiempo.
Investigaciones experimentales anteriores ya habían
encontrado que periodos breves de solitud pueden reducir estados emocionales de
alta activación. En algunos experimentos, aproximadamente quince minutos a
solas produjeron un efecto de desactivación tanto sobre emociones positivas
intensas como sobre algunas negativas. Otros trabajos han encontrado resultados
más variables según el contexto y las características de las personas. La
conclusión razonable está lejos de recomendar quince minutos diarios de aislamiento
como nueva receta de bienestar. Estar solo cambia las condiciones en las que
nuestro sistema nervioso está respondiendo; lo que ocurra después depende de
muchas otras variables.
Ahí aparece el retiro regulatorio. Pensemos en
alguien que llega a casa después de varias horas atendiendo demandas. Está
cansado, comienza a irritarse con facilidad y nota que cada nueva petición le
cuesta más. Podría continuar respondiendo hasta que una pregunta perfectamente
razonable provoque una contestación desproporcionada. También podría reconocer
su nivel de activación y reducir durante unos minutos las demandas externas.
Esa retirada no elimina la emoción. Crea condiciones para observarla antes de
continuar actuando desde ella.
La dificultad es que muchas personas interpretan
ese espacio como una falta. Si alguien nos necesita, permanecemos disponibles.
Si queda trabajo pendiente, seguimos. Si estamos en casa, siempre parece
existir algo que podríamos hacer. Reconocemos el cansancio, pero no
consideramos que sea razón suficiente para interrumpir temporalmente nuestra
disponibilidad. Nos damos permiso para estar solos cuando ya terminamos todo,
una condición bastante difícil de alcanzar.
La neurociencia tampoco necesita explicarse
mediante la vieja imagen de una amígdala que secuestra al cerebro mientras la
corteza prefrontal deja de funcionar. La regulación emocional implica redes
distribuidas relacionadas con atención, valoración de relevancia, control
cognitivo y procesamiento de señales procedentes del propio organismo. Antes de
decir conscientemente “estoy saturado”, pueden aparecer cambios en la
respiración, tensión muscular, dificultades para concentrarnos o mayor
sensibilidad a estímulos que minutos antes tolerábamos. Esas señales no
constituyen un diagnóstico ni indican automáticamente qué emoción sentimos. Son
información sobre nuestro estado. La cuestión es si hacemos algo con ella.
Retirarnos tampoco garantiza regulación. Podemos
cerrar una puerta y pasar cuarenta minutos reconstruyendo una discusión,
revisando mensajes o imaginando lo que deberíamos haber respondido. Físicamente
abandonamos la situación; nuestra atención continúa completamente atrapada en
ella. Podemos utilizar el teléfono para distraernos y sentir alivio temporal.
También podemos descubrir que debajo de aquello que llamábamos enojo había
cansancio, vergüenza o tristeza. Desde afuera todas estas personas están haciendo
exactamente lo mismo: están solas. Psicológicamente están haciendo cosas muy
diferentes.
Por eso la secuencia propuesta por Lai y sus
colegas resulta tan útil fuera del laboratorio: antes, durante y después. ¿Cómo
estaba cuando decidí apartarme? ¿Qué hice realmente durante ese tiempo? ¿Cómo
regresé? La última pregunta quizá sea la más reveladora. Si después de veinte
minutos puedo escuchar mejor, disminuyó la urgencia por reaccionar y entiendo
un poco más lo que estaba sintiendo, aquel espacio probablemente tuvo alguna
función regulatoria. Si salgo todavía más irritado o necesito aislarme
indefinidamente, ocurrió otra cosa.
La solitud tampoco necesita convertirse en una
nueva obligación de autocuidado. Algunas personas buscan demasiado refugio en
ella y otras apenas pueden tolerarla. También están quienes desean unos minutos
a solas y nunca consideran legítimo concedérselos. Quizá pertenezcas a ese
último grupo. Sabes que estás saturado, reconoces que preferirías que nadie te
hablara durante un rato y, aun así, continúas disponible hasta que tu propia
conducta anuncia aquello que llevabas tiempo sintiendo.
“Déjame solo un rato” puede expresar rechazo,
evitación o cansancio. También puede ser una petición bastante sensata:
necesito dejar de responder durante unos minutos para recuperar capacidad de
elegir cómo quiero responder después. La diferencia no está únicamente en
cerrar la puerta. Está en aquello que hacemos mientras permanece cerrada.
Tal vez por eso la pregunta interesante no sea
cuánto tiempo deberíamos pasar solos. Tampoco necesitamos decidir si la solitud
es buena o mala. Podemos comprobar algo bastante más concreto la próxima vez
que necesitemos apartarnos: cuando
regreso, ¿estoy en mejores condiciones para volver?
Sanar es amar.



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