jueves, 8 de octubre de 2026

ONDAS ALFA.


 

Vampiros emocionales ¿Dónde? ... ¡Yo!


La ciencia tiene noticias poco halagadoras para quienes disfrutan identificando personas tóxicas: todos hemos utilizado alguna vez a los demás para sentirnos mejor. El problema comienza cuando confundimos el apoyo emocional con un servicio de atención disponible las veinticuatro horas.

 

Halloween nos ha regalado una colección bastante respetable de monstruos. Algunos tienen colmillos, otros necesitan una buena dosis de maquillaje y unos cuantos sobreviven gracias a una industria cinematográfica que insiste en resucitarlos cada diez años. Sin embargo, existe una criatura que no necesita cementerios, castillos ni permiso de los estudios Universal para seguir apareciendo. Habita en las oficinas, participa en las reuniones familiares y tiene una habilidad extraordinaria para enviar mensajes de WhatsApp justo cuando alguien está intentando dormir. Me refiero al vampiro emocional, ese personaje al que solemos identificar con admirable facilidad siempre que se trate de otra persona.

 

Internet ha convertido la cacería en un deporte de participación masiva. Basta escribir «vampiros emocionales» en cualquier buscador para encontrar artículos que prometen enseñarnos a reconocerlos. Los hay narcisistas, victimistas, controladores y especialistas en convertir un café de veinte minutos en una audiencia judicial de cuatro horas. El diagnóstico popular es sencillo: si alguien te agota, probablemente sea un vampiro. Si además te llama para contarte sus problemas, la sentencia parece definitiva. Lo curioso es que nadie parece preguntarse cuántas veces hemos ocupado nosotros el lugar del acusado.

 

Conviene aclarar algo antes de sacar los ajos. La psicología no reconoce al «vampiro emocional» como una categoría diagnóstica. No aparece en los manuales clínicos como una enfermedad ni existe una prueba científica que permita identificar a estas criaturas. Es una metáfora popular que describe relaciones percibidas como demandantes o agotadoras. Puede resultar útil para hablar de ciertos comportamientos, aunque también permite una operación bastante cómoda: convertir en defecto de personalidad ajena aquello que preferiríamos no examinar en nosotros mismos.

 

Porque todos necesitamos algo de los demás. Aprobación, compañía, consuelo, reconocimiento. Algunas personas requieren escuchar que hicieron bien su trabajo; otras necesitan confirmar que su pareja sigue queriéndolas después de una discusión. También están quienes preguntan cinco veces si alguien está molesto y consideran sospechosa cualquier respuesta que contenga menos de tres signos de admiración. La necesidad de tranquilidad puede adquirir formas bastante creativas. La pregunta interesante es qué ocurre cuando nuestra estabilidad emocional comienza a depender de conseguir una respuesta específica.

 

Durante décadas, buena parte de nuestra cultura psicológica popular ha celebrado la autosuficiencia emocional como si el adulto saludable debiera comportarse como una isla con buena conexión a internet. Se supone que una persona madura controla sus emociones, resuelve sus problemas y recurre a los demás únicamente cuando todo lo anterior ha fracasado. La neurociencia social ofrece una descripción menos heroica y bastante más cercana a nuestra historia evolutiva.

 

James Coan y sus colaboradores desarrollaron la llamada Social Baseline Theory, una propuesta según la cual el cerebro humano funciona bajo la expectativa de contar con recursos sociales disponibles. Las relaciones cercanas pueden modificar la manera en que percibimos las amenazas y el esfuerzo necesario para afrontarlas. Desde esta perspectiva, la presencia de otras personas no constituye simplemente un complemento agradable de nuestra vida. Forma parte de las condiciones en las que nuestro sistema nervioso ha aprendido a funcionar.

 

En un conocido estudio publicado en 2006, Coan, Hillary Schaefer y Richard Davidson observaron mediante resonancia magnética funcional la respuesta de mujeres casadas mientras anticipaban posibles descargas eléctricas. En algunas condiciones estaban solas; en otras sostenían la mano de un desconocido o la de su esposo. El contacto con la pareja se asoció con una menor respuesta en regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento de amenazas, especialmente cuando la calidad matrimonial era mayor. Los resultados no significan que tomar una mano apague el miedo ni que las parejas funcionen como sedantes naturales. Muestran que una relación cercana puede influir sobre la manera en que el cerebro responde a una situación amenazante.

 

La conclusión resulta poco conveniente para los defensores de la independencia absoluta: estamos preparados para apoyarnos en otros. Cuando alguien nos escucha después de una mala noticia, cuando buscamos compañía durante una crisis o cuando una conversación nos ayuda a interpretar un problema, estamos utilizando recursos de regulación emocional interpersonal. Existe toda una línea de investigación dedicada a estudiar estos procesos. Jamil Zaki y Craig Williams propusieron en 2013 un marco para comprender cómo las personas modifican sus estados emocionales mediante la interacción social.

 

Por supuesto, que algo forme parte de nuestro funcionamiento habitual no significa que cualquier manera de hacerlo sea saludable. Comer también es una necesidad humana y nadie recomendaría organizar toda la alimentación alrededor de las máquinas expendedoras de una oficina. Con las relaciones ocurre algo parecido: necesitamos apoyo, pero importa cómo lo buscamos, con qué frecuencia y qué sucede cuando no lo conseguimos.

 

Imagina que envías un mensaje y la otra persona tarda en responder. Al principio no sucede nada extraordinario. Después comienzas a preguntarte si dijiste algo inapropiado. Revisas la conversación anterior. Encuentras una frase que podría interpretarse mal. Envías otro mensaje. Finalmente recibes una respuesta: «Todo bien, estaba ocupado». Sientes alivio y continúas con tus actividades.

 

La escena podría terminar ahí. Pero algunas veces, una hora después, aparece otra pregunta: «¿Y si solamente dijo que todo estaba bien para evitar discutir?». Entonces necesitas una nueva confirmación. Quizá la obtienes. También funciona. Hasta que deja de funcionar.

 

La psicología estudia este comportamiento bajo el concepto de reassurance seeking, búsqueda de reafirmación o tranquilidad. Se trata de solicitar información o confirmaciones para reducir dudas, amenazas percibidas o preocupaciones. Buscar reafirmación puede ser perfectamente razonable. Preguntar si alguien está molesto después de una discusión no constituye una alteración psicológica. El patrón comienza a merecer atención cuando las preguntas se repiten, las respuestas pierden rápidamente su efecto y la persona necesita nuevas comprobaciones para recuperar tranquilidad.

 

Aquí interviene un mecanismo conocido como reforzamiento negativo. El nombre puede resultar engañoso: no significa que alguien nos castigue ni que estemos haciendo algo moralmente negativo. Describe un proceso de aprendizaje en el que una conducta se fortalece porque permite reducir o eliminar una experiencia desagradable. Si preguntar disminuye la ansiedad, aumenta la posibilidad de que volvamos a preguntar cuando aparezca una incertidumbre semejante.

 

El inconveniente es que el alivio inmediato no siempre resuelve la preocupación que lo provocó. Podemos terminar aprendiendo a buscar confirmaciones en lugar de desarrollar mayor tolerancia a la incertidumbre. El cerebro encuentra una solución rápida y, como cualquier administrador que descubre una manera de reducir costos a corto plazo, comienza a utilizarla con entusiasmo, aunque las consecuencias futuras no sean particularmente atractivas.

 

La investigación sobre búsqueda excesiva de reafirmación, especialmente en el contexto de la depresión y las relaciones interpersonales, ha mostrado asociaciones entre estas conductas, el malestar emocional y las dificultades relacionales. La relación es compleja: no todas las personas que solicitan confirmaciones experimentan problemas clínicos, y tampoco puede afirmarse que pedir tranquilidad cause por sí mismo depresión o rechazo. Lo que sí podemos observar es que una conducta destinada a proteger una relación puede terminar desgastándola cuando exige respuestas repetidas que nunca parecen suficientes.

 

Hasta aquí hemos hablado de quien necesita tranquilidad. Falta considerar a quien debe proporcionarla.

 

Las relaciones afectivas implican responsabilidades mutuas. Una pareja que nunca escucha, un amigo que sistemáticamente ignora las necesidades ajenas o una familia que utiliza la indiferencia como castigo no pueden justificar cualquier conducta apelando a los límites personales. El apoyo emocional forma parte de los vínculos cercanos. Sin embargo, también existe una diferencia entre solicitarlo y exigir que alguien esté disponible bajo nuestras condiciones.

 

Cuando una persona necesita confirmaciones constantes, la otra puede comenzar a experimentar cansancio o frustración. Quizá responda con menos paciencia, reduzca su disponibilidad o establezca límites. Entonces aparece una complicación: quien busca tranquilidad puede interpretar esa distancia como evidencia de que sus temores eran correctos. La insistencia aumenta precisamente cuando la otra persona comienza a retirarse.

La situación puede adquirir una lógica bastante absurda. Alguien pregunta repetidamente si su pareja está molesta. La pareja termina molesta porque le han preguntado repetidamente si está molesta. La primera persona considera que acaba de comprobar su sospecha. Técnicamente, el sistema funciona. El problema es que produce el resultado que pretendía evitar.

 

Aceptar que otra persona tiene límites no significa resignarse a recibir indiferencia. Significa reconocer que el afecto no garantiza disponibilidad permanente. Una pareja puede querernos y necesitar dormir. Un amigo puede preocuparse por nosotros y no tener disposición para escuchar el mismo problema durante la cuarta llamada del día. La calidad de una relación tampoco debería medirse por la velocidad con la que alguien responde un mensaje.

 

Llegados a este punto, la pregunta empieza a cambiar. Resulta relativamente sencillo identificar a las personas que nos exigen demasiado. Es bastante menos entretenido reconocer las ocasiones en que nuestra tranquilidad depende de conseguir que alguien haga lo que esperamos.

 

Un ejercicio sencillo consiste en recordar una situación reciente de malestar y preguntarse qué respuesta necesitábamos recibir de otra persona para sentirnos mejor. Después conviene observar cuánto duró el alivio y qué hicimos cuando esa respuesta no llegó. Son preguntas de autoobservación, no una prueba diagnóstica. Su utilidad consiste en identificar la función de nuestras conductas.

 

Si descubrimos que buscamos confirmaciones repetidamente, podemos comenzar a diferenciar entre necesitar información y necesitar tranquilidad. Una pregunta puede resolver una duda razonable; la quinta pregunta sobre el mismo asunto quizá esté intentando conseguir otra cosa. Aprender a tolerar cierto grado de incertidumbre permite ampliar nuestras opciones de respuesta. Desde enfoques cognitivo-conductuales, la reducción gradual de comprobaciones innecesarias puede utilizarse para trabajar determinados patrones de ansiedad, siempre considerando las circunstancias particulares de cada persona.

 

También podemos aprender a expresar necesidades emocionales sin convertirlas en exigencias. Decir «me siento inseguro y me ayudaría hablar contigo cuando puedas» ofrece una posibilidad de encuentro. Reclamar «si realmente te importara, sabrías que necesito que me contestes» introduce una obligación difícil de satisfacer. La primera formulación permite conversar sobre lo que ocurre. La segunda puede transformar el malestar propio en una deuda que el otro debe pagar.

 

Drácula tenía una característica que complicaba considerablemente su vida social: no podía verse reflejado en los espejos. La versión emocional de nuestro vampiro parece haber heredado ese inconveniente. Puede reconocer con facilidad las exigencias ajenas, pero le cuesta observar las propias. Sabe cuándo alguien demanda demasiada atención, aunque encuentra explicaciones perfectamente razonables para sus propias llamadas insistentes. Tiene una opinión muy clara sobre los límites que deberían respetar los demás, especialmente cuando no interfieren con sus necesidades.

 

Quizá por eso la metáfora merece conservarse, aunque con algunas modificaciones. En lugar de utilizarla para clasificar personas, puede servirnos para observar comportamientos. Nadie se convierte en vampiro emocional por necesitar apoyo durante una crisis. Tampoco por pedir tranquilidad después de una discusión. La dificultad aparece cuando una forma de regulación se vuelve tan rígida que comienza a condicionar nuestra conducta y la libertad de quienes nos rodean.

 

La próxima vez que escuches hablar de vampiros emocionales, puedes revisar tu lista de contactos si te parece entretenido. Probablemente encuentres varios candidatos. Después considera hacer algo menos habitual: recordar a quién llamas cuando necesitas tranquilidad, qué esperas escuchar y cómo reaccionas cuando esa persona no está disponible.

 

No hace falta comprar ajos ni estacas. Aunque, tratándose de Halloween, quizá convenga conservar el espejo.

 

Sanar es amar.


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Vampiros emocionales ¿Dónde? ... ¡Yo!


La ciencia tiene noticias poco halagadoras para quienes disfrutan identificando personas tóxicas: todos hemos utilizado alguna vez a los demás para sentirnos mejor. El problema comienza cuando confundimos el apoyo emocional con un servicio de atención disponible las veinticuatro horas.

 

Halloween nos ha regalado una colección bastante respetable de monstruos. Algunos tienen colmillos, otros necesitan una buena dosis de maquillaje y unos cuantos sobreviven gracias a una industria cinematográfica que insiste en resucitarlos cada diez años. Sin embargo, existe una criatura que no necesita cementerios, castillos ni permiso de los estudios Universal para seguir apareciendo. Habita en las oficinas, participa en las reuniones familiares y tiene una habilidad extraordinaria para enviar mensajes de WhatsApp justo cuando alguien está intentando dormir. Me refiero al vampiro emocional, ese personaje al que solemos identificar con admirable facilidad siempre que se trate de otra persona.

 

Internet ha convertido la cacería en un deporte de participación masiva. Basta escribir «vampiros emocionales» en cualquier buscador para encontrar artículos que prometen enseñarnos a reconocerlos. Los hay narcisistas, victimistas, controladores y especialistas en convertir un café de veinte minutos en una audiencia judicial de cuatro horas. El diagnóstico popular es sencillo: si alguien te agota, probablemente sea un vampiro. Si además te llama para contarte sus problemas, la sentencia parece definitiva. Lo curioso es que nadie parece preguntarse cuántas veces hemos ocupado nosotros el lugar del acusado.

 

Conviene aclarar algo antes de sacar los ajos. La psicología no reconoce al «vampiro emocional» como una categoría diagnóstica. No aparece en los manuales clínicos como una enfermedad ni existe una prueba científica que permita identificar a estas criaturas. Es una metáfora popular que describe relaciones percibidas como demandantes o agotadoras. Puede resultar útil para hablar de ciertos comportamientos, aunque también permite una operación bastante cómoda: convertir en defecto de personalidad ajena aquello que preferiríamos no examinar en nosotros mismos.

 

Porque todos necesitamos algo de los demás. Aprobación, compañía, consuelo, reconocimiento. Algunas personas requieren escuchar que hicieron bien su trabajo; otras necesitan confirmar que su pareja sigue queriéndolas después de una discusión. También están quienes preguntan cinco veces si alguien está molesto y consideran sospechosa cualquier respuesta que contenga menos de tres signos de admiración. La necesidad de tranquilidad puede adquirir formas bastante creativas. La pregunta interesante es qué ocurre cuando nuestra estabilidad emocional comienza a depender de conseguir una respuesta específica.

 

Durante décadas, buena parte de nuestra cultura psicológica popular ha celebrado la autosuficiencia emocional como si el adulto saludable debiera comportarse como una isla con buena conexión a internet. Se supone que una persona madura controla sus emociones, resuelve sus problemas y recurre a los demás únicamente cuando todo lo anterior ha fracasado. La neurociencia social ofrece una descripción menos heroica y bastante más cercana a nuestra historia evolutiva.

 

James Coan y sus colaboradores desarrollaron la llamada Social Baseline Theory, una propuesta según la cual el cerebro humano funciona bajo la expectativa de contar con recursos sociales disponibles. Las relaciones cercanas pueden modificar la manera en que percibimos las amenazas y el esfuerzo necesario para afrontarlas. Desde esta perspectiva, la presencia de otras personas no constituye simplemente un complemento agradable de nuestra vida. Forma parte de las condiciones en las que nuestro sistema nervioso ha aprendido a funcionar.

 

En un conocido estudio publicado en 2006, Coan, Hillary Schaefer y Richard Davidson observaron mediante resonancia magnética funcional la respuesta de mujeres casadas mientras anticipaban posibles descargas eléctricas. En algunas condiciones estaban solas; en otras sostenían la mano de un desconocido o la de su esposo. El contacto con la pareja se asoció con una menor respuesta en regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento de amenazas, especialmente cuando la calidad matrimonial era mayor. Los resultados no significan que tomar una mano apague el miedo ni que las parejas funcionen como sedantes naturales. Muestran que una relación cercana puede influir sobre la manera en que el cerebro responde a una situación amenazante.

 

La conclusión resulta poco conveniente para los defensores de la independencia absoluta: estamos preparados para apoyarnos en otros. Cuando alguien nos escucha después de una mala noticia, cuando buscamos compañía durante una crisis o cuando una conversación nos ayuda a interpretar un problema, estamos utilizando recursos de regulación emocional interpersonal. Existe toda una línea de investigación dedicada a estudiar estos procesos. Jamil Zaki y Craig Williams propusieron en 2013 un marco para comprender cómo las personas modifican sus estados emocionales mediante la interacción social.

 

Por supuesto, que algo forme parte de nuestro funcionamiento habitual no significa que cualquier manera de hacerlo sea saludable. Comer también es una necesidad humana y nadie recomendaría organizar toda la alimentación alrededor de las máquinas expendedoras de una oficina. Con las relaciones ocurre algo parecido: necesitamos apoyo, pero importa cómo lo buscamos, con qué frecuencia y qué sucede cuando no lo conseguimos.

 

Imagina que envías un mensaje y la otra persona tarda en responder. Al principio no sucede nada extraordinario. Después comienzas a preguntarte si dijiste algo inapropiado. Revisas la conversación anterior. Encuentras una frase que podría interpretarse mal. Envías otro mensaje. Finalmente recibes una respuesta: «Todo bien, estaba ocupado». Sientes alivio y continúas con tus actividades.

 

La escena podría terminar ahí. Pero algunas veces, una hora después, aparece otra pregunta: «¿Y si solamente dijo que todo estaba bien para evitar discutir?». Entonces necesitas una nueva confirmación. Quizá la obtienes. También funciona. Hasta que deja de funcionar.

 

La psicología estudia este comportamiento bajo el concepto de reassurance seeking, búsqueda de reafirmación o tranquilidad. Se trata de solicitar información o confirmaciones para reducir dudas, amenazas percibidas o preocupaciones. Buscar reafirmación puede ser perfectamente razonable. Preguntar si alguien está molesto después de una discusión no constituye una alteración psicológica. El patrón comienza a merecer atención cuando las preguntas se repiten, las respuestas pierden rápidamente su efecto y la persona necesita nuevas comprobaciones para recuperar tranquilidad.

 

Aquí interviene un mecanismo conocido como reforzamiento negativo. El nombre puede resultar engañoso: no significa que alguien nos castigue ni que estemos haciendo algo moralmente negativo. Describe un proceso de aprendizaje en el que una conducta se fortalece porque permite reducir o eliminar una experiencia desagradable. Si preguntar disminuye la ansiedad, aumenta la posibilidad de que volvamos a preguntar cuando aparezca una incertidumbre semejante.

 

El inconveniente es que el alivio inmediato no siempre resuelve la preocupación que lo provocó. Podemos terminar aprendiendo a buscar confirmaciones en lugar de desarrollar mayor tolerancia a la incertidumbre. El cerebro encuentra una solución rápida y, como cualquier administrador que descubre una manera de reducir costos a corto plazo, comienza a utilizarla con entusiasmo, aunque las consecuencias futuras no sean particularmente atractivas.

 

La investigación sobre búsqueda excesiva de reafirmación, especialmente en el contexto de la depresión y las relaciones interpersonales, ha mostrado asociaciones entre estas conductas, el malestar emocional y las dificultades relacionales. La relación es compleja: no todas las personas que solicitan confirmaciones experimentan problemas clínicos, y tampoco puede afirmarse que pedir tranquilidad cause por sí mismo depresión o rechazo. Lo que sí podemos observar es que una conducta destinada a proteger una relación puede terminar desgastándola cuando exige respuestas repetidas que nunca parecen suficientes.

 

Hasta aquí hemos hablado de quien necesita tranquilidad. Falta considerar a quien debe proporcionarla.

 

Las relaciones afectivas implican responsabilidades mutuas. Una pareja que nunca escucha, un amigo que sistemáticamente ignora las necesidades ajenas o una familia que utiliza la indiferencia como castigo no pueden justificar cualquier conducta apelando a los límites personales. El apoyo emocional forma parte de los vínculos cercanos. Sin embargo, también existe una diferencia entre solicitarlo y exigir que alguien esté disponible bajo nuestras condiciones.

 

Cuando una persona necesita confirmaciones constantes, la otra puede comenzar a experimentar cansancio o frustración. Quizá responda con menos paciencia, reduzca su disponibilidad o establezca límites. Entonces aparece una complicación: quien busca tranquilidad puede interpretar esa distancia como evidencia de que sus temores eran correctos. La insistencia aumenta precisamente cuando la otra persona comienza a retirarse.

La situación puede adquirir una lógica bastante absurda. Alguien pregunta repetidamente si su pareja está molesta. La pareja termina molesta porque le han preguntado repetidamente si está molesta. La primera persona considera que acaba de comprobar su sospecha. Técnicamente, el sistema funciona. El problema es que produce el resultado que pretendía evitar.

 

Aceptar que otra persona tiene límites no significa resignarse a recibir indiferencia. Significa reconocer que el afecto no garantiza disponibilidad permanente. Una pareja puede querernos y necesitar dormir. Un amigo puede preocuparse por nosotros y no tener disposición para escuchar el mismo problema durante la cuarta llamada del día. La calidad de una relación tampoco debería medirse por la velocidad con la que alguien responde un mensaje.

 

Llegados a este punto, la pregunta empieza a cambiar. Resulta relativamente sencillo identificar a las personas que nos exigen demasiado. Es bastante menos entretenido reconocer las ocasiones en que nuestra tranquilidad depende de conseguir que alguien haga lo que esperamos.

 

Un ejercicio sencillo consiste en recordar una situación reciente de malestar y preguntarse qué respuesta necesitábamos recibir de otra persona para sentirnos mejor. Después conviene observar cuánto duró el alivio y qué hicimos cuando esa respuesta no llegó. Son preguntas de autoobservación, no una prueba diagnóstica. Su utilidad consiste en identificar la función de nuestras conductas.

 

Si descubrimos que buscamos confirmaciones repetidamente, podemos comenzar a diferenciar entre necesitar información y necesitar tranquilidad. Una pregunta puede resolver una duda razonable; la quinta pregunta sobre el mismo asunto quizá esté intentando conseguir otra cosa. Aprender a tolerar cierto grado de incertidumbre permite ampliar nuestras opciones de respuesta. Desde enfoques cognitivo-conductuales, la reducción gradual de comprobaciones innecesarias puede utilizarse para trabajar determinados patrones de ansiedad, siempre considerando las circunstancias particulares de cada persona.

 

También podemos aprender a expresar necesidades emocionales sin convertirlas en exigencias. Decir «me siento inseguro y me ayudaría hablar contigo cuando puedas» ofrece una posibilidad de encuentro. Reclamar «si realmente te importara, sabrías que necesito que me contestes» introduce una obligación difícil de satisfacer. La primera formulación permite conversar sobre lo que ocurre. La segunda puede transformar el malestar propio en una deuda que el otro debe pagar.

 

Drácula tenía una característica que complicaba considerablemente su vida social: no podía verse reflejado en los espejos. La versión emocional de nuestro vampiro parece haber heredado ese inconveniente. Puede reconocer con facilidad las exigencias ajenas, pero le cuesta observar las propias. Sabe cuándo alguien demanda demasiada atención, aunque encuentra explicaciones perfectamente razonables para sus propias llamadas insistentes. Tiene una opinión muy clara sobre los límites que deberían respetar los demás, especialmente cuando no interfieren con sus necesidades.

 

Quizá por eso la metáfora merece conservarse, aunque con algunas modificaciones. En lugar de utilizarla para clasificar personas, puede servirnos para observar comportamientos. Nadie se convierte en vampiro emocional por necesitar apoyo durante una crisis. Tampoco por pedir tranquilidad después de una discusión. La dificultad aparece cuando una forma de regulación se vuelve tan rígida que comienza a condicionar nuestra conducta y la libertad de quienes nos rodean.

 

La próxima vez que escuches hablar de vampiros emocionales, puedes revisar tu lista de contactos si te parece entretenido. Probablemente encuentres varios candidatos. Después considera hacer algo menos habitual: recordar a quién llamas cuando necesitas tranquilidad, qué esperas escuchar y cómo reaccionas cuando esa persona no está disponible.

 

No hace falta comprar ajos ni estacas. Aunque, tratándose de Halloween, quizá convenga conservar el espejo.

 

Sanar es amar.


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