jueves, 22 de octubre de 2026

ONDAS ALFA


 

Dr. Jekyll y M. Hyde: El monstruo que se niega a reconocerse

Por Koko Lemus Abreu

Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

¿Quiénes somos cuando pretendemos no ver lo que todos ven?

Hay personas capaces de destruir una relación durante una discusión y, veinte minutos después, sentarse a cenar convencidas de que no hicieron nada extraordinario. Otras humillan a un compañero de trabajo y aseguran que solamente estaban poniendo orden. También conocemos a quienes presumen de honestidad mientras administran cuidadosamente sus mentiras. Lo curioso es que muchas de estas personas creen sinceramente en sus propias virtudes. Cuando alguien les señala la contradicción, responden con una frase que parece diseñada para clausurar cualquier discusión: Yo no soy así.

Todos hemos tenido alguna experiencia semejante. Podemos defender una idea durante años y traicionarla en cuestión de segundos. Basta una crítica inesperada para que el hombre tolerante se convierta en un pequeño tirano. Una humillación puede despertar una agresividad que creíamos superada. Somos falibles y nuestra capacidad para comportarnos de acuerdo con nuestros principios cambia según las circunstancias. Hay días en los que conseguimos responder con sensatez y otros en los que una provocación menor basta para exhibir nuestras contradicciones. Lo verdaderamente inquietante comienza cuando nos empeñamos en negar lo ocurrido.

Robert Louis Stevenson comprendió algo de esta condición humana cuando publicó, en 1886, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Su protagonista es un médico respetable que descubre cómo transformarse en Edward Hyde, un individuo capaz de satisfacer impulsos que Jekyll considera incompatibles con su posición social. La historia suele reducirse a la lucha entre el bien y el mal, pero contiene una observación psicológica más profunda: Jekyll desea conservar intacta su reputación mientras disfruta de una existencia que contradice sus principios. Hyde le ofrece la posibilidad de actuar sin sentirse identificado con las consecuencias.

No necesitamos beber una sustancia misteriosa para conseguir algo parecido. Basta con elaborar una explicación suficientemente convincente sobre nuestro comportamiento. Podemos atribuir una reacción agresiva al cansancio, justificar una mentira por las circunstancias o responsabilizar a otra persona de nuestro enojo. Algunas explicaciones serán razonables. Otras funcionarán como coartadas que nos permiten seguir creyendo que somos exactamente quienes decimos ser.

En 1957, el psicólogo Leon Festinger desarrolló la teoría de la disonancia cognitiva, que explica la tensión que puede surgir cuando nuestras creencias y conductas resultan incompatibles. Nos gusta pensar que somos personas coherentes, aunque la experiencia cotidiana ofrezca abundantes pruebas de lo contrario. Cuando aparece una contradicción importante, podemos modificar nuestro comportamiento o revisar nuestras convicciones. También podemos reinterpretar lo ocurrido hasta encontrar una explicación que resulte menos incómoda.

Imaginemos a un hombre que se considera profundamente respetuoso. Durante una discusión ridiculiza a su pareja y utiliza información íntima para lastimarla. Horas después asegura que fue provocado y que cualquiera habría reaccionado de la misma manera. Quizá estaba molesto y quizá recibió comentarios hirientes. Sin embargo, ninguna de esas circunstancias elimina su participación en lo sucedido. Reconocerlo exigiría aceptar que fue capaz de hacer algo que condena cuando lo observa en otras personas. Resulta más sencillo defender la propia identidad que examinar el comportamiento.

La mente humana tiene una notable capacidad para elaborar explicaciones que preservan una imagen favorable de nosotros mismos. Esto no significa que vivamos engañándonos deliberadamente. Muchas veces creemos en nuestras justificaciones porque las hemos repetido hasta incorporarlas a nuestra historia personal. Encontramos atenuantes donde antes exigíamos responsabilidad y concedemos excepciones a principios que considerábamos innegociables. La disonancia cognitiva ayuda a comprender por qué podemos convertirnos en abogados extraordinariamente hábiles de nuestras propias contradicciones.

Jekyll representa también una aspiración bastante extendida: convertirse en una persona libre de aquellas emociones que considera indignas. La vergüenza resulta especialmente incómoda para quien necesita parecer competente. El miedo puede ser intolerable para alguien que ha construido su identidad alrededor de la fortaleza. La envidia contradice la imagen de quien presume alegrarse siempre por los éxitos ajenos. Entonces intentamos ocultar esas emociones y, en ocasiones, terminamos negándonos a reconocerlas incluso ante nosotros mismos.

El psicólogo James Gross ha estudiado ampliamente la regulación emocional. Una de las estrategias que describe es la supresión expresiva, mediante la cual inhibimos las manifestaciones externas de una emoción que ya se encuentra activada. Podemos sentir una intensa tristeza y mantener una expresión neutral durante una reunión. Esta capacidad resulta útil en numerosas circunstancias, pero ocultar una emoción no garantiza que desaparezca. Las investigaciones muestran que podemos reducir sus señales visibles mientras la experiencia emocional continúa presente.

Pensemos en el hombre que nunca admite sentirse herido. Cuando alguien lo critica, responde con sarcasmo. Si su pareja le pregunta por qué está molesto, asegura que no le sucede nada. Cuando un compañero cuestiona su trabajo, interpreta el comentario como una falta de respeto. Es posible que haya aprendido a reconocer la agresividad como una expresión aceptable de autoridad, mientras considera vergonzoso admitir que se sintió humillado. Su dificultad para aceptar determinadas emociones puede limitar las respuestas que considera disponibles.

Hay cierta arrogancia en creer que una persona emocionalmente madura debería experimentar únicamente sentimientos compatibles con sus valores. Podemos amar a alguien y sentir resentimiento hacia esa persona. Podemos alegrarnos por el éxito de un amigo y experimentar envidia. La presencia de esas emociones no determina nuestro comportamiento ni cancela nuestras convicciones. Lo que hacemos con ellas merece una evaluación distinta.

Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso, desarrollada por Steven Hayes y sus colaboradores, encontramos otro fenómeno que ayuda a comprender nuestras contradicciones: la evitación experiencial. Consiste en intentar escapar o controlar experiencias internas desagradables, especialmente cuando esos esfuerzos terminan perjudicándonos. Una persona puede evitar conversaciones porque anticipa sentir vergüenza. Otra posterga decisiones importantes para no experimentar incertidumbre. También podemos mantenernos permanentemente ocupados porque detenernos nos obligaría a reconocer pensamientos que preferimos ignorar.

La evitación suele funcionar a corto plazo. Cuando escapamos de una situación desagradable, experimentamos alivio. Ese alivio puede reforzar nuestra conducta y aumentar la probabilidad de que volvamos a evitar situaciones semejantes. Imaginemos a alguien que lleva meses evitando una conversación con su pareja sobre un comportamiento que ha deteriorado la relación. Cada vez que surge el tema, cambia de conversación o argumenta que no es el momento adecuado. Consigue tranquilidad inmediata, pero el problema permanece. Con el tiempo, la relación comienza a organizarse alrededor de aquello que ninguno de los dos consigue abordar.

Hay algo particularmente interesante en Jekyll: su capacidad para observar las consecuencias de Hyde y continuar imaginando que ambos pueden mantenerse separados. La ficción convierte esa contradicción en una transformación física. Nosotros contamos con una versión menos espectacular y bastante frecuente: insistimos en que nuestras acciones no representan quiénes somos, incluso cuando forman parte de un patrón que otras personas reconocen con facilidad.

La identidad humana necesita cierta continuidad. Resultaría agotador revisar por completo nuestra personalidad después de cada equivocación. También sería injusto definir a alguien exclusivamente por sus peores momentos. Una persona puede cometer un acto egoísta sin que toda su existencia quede reducida al egoísmo. Pero esa consideración no debería convertirse en una licencia permanente para desconocer las consecuencias de sus comportamientos.

Quizá una de las formas más sofisticadas de autoengaño consiste en utilizar nuestras buenas cualidades para justificar las malas acciones. “Soy una buena persona, por eso debieron provocarme demasiado para que reaccionara así”. “Siempre he sido responsable, de modo que esta vez tenía derecho a desentenderme”. “Jamás lastimaría deliberadamente a alguien, así que lo que hice no pudo ser tan grave”. La reputación personal se convierte entonces en una prueba de inocencia que sustituye al examen de los hechos.

También existe una dificultad emocional genuina detrás de muchas de estas respuestas. Reconocer que lastimamos a alguien puede despertar vergüenza. Aceptar que hemos actuado con cobardía amenaza la identidad que construimos durante años. No siempre estamos preparados para enfrentar esas contradicciones. A veces necesitamos tiempo y, en determinadas circunstancias, ayuda profesional para comprenderlas sin caer en una descalificación permanente de nosotros mismos.

Somos personas distintas según el contexto, aunque esa variabilidad no nos convierte en individuos separados. Nuestra capacidad de regulación emocional cambia con el cansancio y con la manera en que interpretamos una situación. Podemos responder con serenidad ante una dificultad considerable y perder la paciencia por un comentario aparentemente insignificante. La conducta humana no siempre confirma las explicaciones que ofrecemos sobre nosotros mismos.

La naturaleza humana es equivocarnos. Sentir vergüenza cuando reconocemos lo sucedido. Lo abominable comienza a aparecer cuando convertimos nuestra identidad en una coartada permanente y exigimos que los demás ignoren aquello que nuestras acciones han dejado suficientemente claro. Podemos insistir en que somos respetuosos mientras humillamos a alguien. Podemos proclamarnos comprensivos mientras castigamos cualquier desacuerdo. La contradicción adquiere otra dimensión cuando pretendemos que quienes reciben las consecuencias de nuestros actos acepten nuestra versión de los hechos.

Quizá el monstruo contemporáneo se parezca menos a Hyde de lo que imaginamos. Puede tener la apariencia impecable de Jekyll, hablar con absoluta seguridad sobre sus principios y conservar una reputación admirable. Incluso puede indignarse cuando alguien cuestiona su comportamiento. Su característica más inquietante sería la incapacidad de reconocer una evidencia que todos los demás han comenzado a observar.

Todos podemos tener un mal momento. Todos somos capaces de actuar de una manera que después lamentamos. La diferencia empieza a manifestarse en lo que hacemos cuando alguien nos enfrenta con lo sucedido. Podemos escuchar, examinar nuestra participación y asumir las consecuencias. También podemos continuar defendiendo una versión de nosotros mismos que requiere negar la experiencia de quienes nos rodean.

Al final, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde tal vez no sea acerca de cómo pudo un hombre respetable convertirse en un monstruo. La pregunta es cuánto tiempo puede alguien contemplar sus propias acciones y seguir convencido de que pertenecen a otra persona.

Yo no soy así, decía Jekyll. Hyde, mientras tanto, seguía haciendo exactamente lo mismo ¿Quién dices ser tú, pero no ven los demás?

Sanar es amar.


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Dr. Jekyll y M. Hyde: El monstruo que se niega a reconocerse

Por Koko Lemus Abreu

Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

¿Quiénes somos cuando pretendemos no ver lo que todos ven?

Hay personas capaces de destruir una relación durante una discusión y, veinte minutos después, sentarse a cenar convencidas de que no hicieron nada extraordinario. Otras humillan a un compañero de trabajo y aseguran que solamente estaban poniendo orden. También conocemos a quienes presumen de honestidad mientras administran cuidadosamente sus mentiras. Lo curioso es que muchas de estas personas creen sinceramente en sus propias virtudes. Cuando alguien les señala la contradicción, responden con una frase que parece diseñada para clausurar cualquier discusión: Yo no soy así.

Todos hemos tenido alguna experiencia semejante. Podemos defender una idea durante años y traicionarla en cuestión de segundos. Basta una crítica inesperada para que el hombre tolerante se convierta en un pequeño tirano. Una humillación puede despertar una agresividad que creíamos superada. Somos falibles y nuestra capacidad para comportarnos de acuerdo con nuestros principios cambia según las circunstancias. Hay días en los que conseguimos responder con sensatez y otros en los que una provocación menor basta para exhibir nuestras contradicciones. Lo verdaderamente inquietante comienza cuando nos empeñamos en negar lo ocurrido.

Robert Louis Stevenson comprendió algo de esta condición humana cuando publicó, en 1886, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Su protagonista es un médico respetable que descubre cómo transformarse en Edward Hyde, un individuo capaz de satisfacer impulsos que Jekyll considera incompatibles con su posición social. La historia suele reducirse a la lucha entre el bien y el mal, pero contiene una observación psicológica más profunda: Jekyll desea conservar intacta su reputación mientras disfruta de una existencia que contradice sus principios. Hyde le ofrece la posibilidad de actuar sin sentirse identificado con las consecuencias.

No necesitamos beber una sustancia misteriosa para conseguir algo parecido. Basta con elaborar una explicación suficientemente convincente sobre nuestro comportamiento. Podemos atribuir una reacción agresiva al cansancio, justificar una mentira por las circunstancias o responsabilizar a otra persona de nuestro enojo. Algunas explicaciones serán razonables. Otras funcionarán como coartadas que nos permiten seguir creyendo que somos exactamente quienes decimos ser.

En 1957, el psicólogo Leon Festinger desarrolló la teoría de la disonancia cognitiva, que explica la tensión que puede surgir cuando nuestras creencias y conductas resultan incompatibles. Nos gusta pensar que somos personas coherentes, aunque la experiencia cotidiana ofrezca abundantes pruebas de lo contrario. Cuando aparece una contradicción importante, podemos modificar nuestro comportamiento o revisar nuestras convicciones. También podemos reinterpretar lo ocurrido hasta encontrar una explicación que resulte menos incómoda.

Imaginemos a un hombre que se considera profundamente respetuoso. Durante una discusión ridiculiza a su pareja y utiliza información íntima para lastimarla. Horas después asegura que fue provocado y que cualquiera habría reaccionado de la misma manera. Quizá estaba molesto y quizá recibió comentarios hirientes. Sin embargo, ninguna de esas circunstancias elimina su participación en lo sucedido. Reconocerlo exigiría aceptar que fue capaz de hacer algo que condena cuando lo observa en otras personas. Resulta más sencillo defender la propia identidad que examinar el comportamiento.

La mente humana tiene una notable capacidad para elaborar explicaciones que preservan una imagen favorable de nosotros mismos. Esto no significa que vivamos engañándonos deliberadamente. Muchas veces creemos en nuestras justificaciones porque las hemos repetido hasta incorporarlas a nuestra historia personal. Encontramos atenuantes donde antes exigíamos responsabilidad y concedemos excepciones a principios que considerábamos innegociables. La disonancia cognitiva ayuda a comprender por qué podemos convertirnos en abogados extraordinariamente hábiles de nuestras propias contradicciones.

Jekyll representa también una aspiración bastante extendida: convertirse en una persona libre de aquellas emociones que considera indignas. La vergüenza resulta especialmente incómoda para quien necesita parecer competente. El miedo puede ser intolerable para alguien que ha construido su identidad alrededor de la fortaleza. La envidia contradice la imagen de quien presume alegrarse siempre por los éxitos ajenos. Entonces intentamos ocultar esas emociones y, en ocasiones, terminamos negándonos a reconocerlas incluso ante nosotros mismos.

El psicólogo James Gross ha estudiado ampliamente la regulación emocional. Una de las estrategias que describe es la supresión expresiva, mediante la cual inhibimos las manifestaciones externas de una emoción que ya se encuentra activada. Podemos sentir una intensa tristeza y mantener una expresión neutral durante una reunión. Esta capacidad resulta útil en numerosas circunstancias, pero ocultar una emoción no garantiza que desaparezca. Las investigaciones muestran que podemos reducir sus señales visibles mientras la experiencia emocional continúa presente.

Pensemos en el hombre que nunca admite sentirse herido. Cuando alguien lo critica, responde con sarcasmo. Si su pareja le pregunta por qué está molesto, asegura que no le sucede nada. Cuando un compañero cuestiona su trabajo, interpreta el comentario como una falta de respeto. Es posible que haya aprendido a reconocer la agresividad como una expresión aceptable de autoridad, mientras considera vergonzoso admitir que se sintió humillado. Su dificultad para aceptar determinadas emociones puede limitar las respuestas que considera disponibles.

Hay cierta arrogancia en creer que una persona emocionalmente madura debería experimentar únicamente sentimientos compatibles con sus valores. Podemos amar a alguien y sentir resentimiento hacia esa persona. Podemos alegrarnos por el éxito de un amigo y experimentar envidia. La presencia de esas emociones no determina nuestro comportamiento ni cancela nuestras convicciones. Lo que hacemos con ellas merece una evaluación distinta.

Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso, desarrollada por Steven Hayes y sus colaboradores, encontramos otro fenómeno que ayuda a comprender nuestras contradicciones: la evitación experiencial. Consiste en intentar escapar o controlar experiencias internas desagradables, especialmente cuando esos esfuerzos terminan perjudicándonos. Una persona puede evitar conversaciones porque anticipa sentir vergüenza. Otra posterga decisiones importantes para no experimentar incertidumbre. También podemos mantenernos permanentemente ocupados porque detenernos nos obligaría a reconocer pensamientos que preferimos ignorar.

La evitación suele funcionar a corto plazo. Cuando escapamos de una situación desagradable, experimentamos alivio. Ese alivio puede reforzar nuestra conducta y aumentar la probabilidad de que volvamos a evitar situaciones semejantes. Imaginemos a alguien que lleva meses evitando una conversación con su pareja sobre un comportamiento que ha deteriorado la relación. Cada vez que surge el tema, cambia de conversación o argumenta que no es el momento adecuado. Consigue tranquilidad inmediata, pero el problema permanece. Con el tiempo, la relación comienza a organizarse alrededor de aquello que ninguno de los dos consigue abordar.

Hay algo particularmente interesante en Jekyll: su capacidad para observar las consecuencias de Hyde y continuar imaginando que ambos pueden mantenerse separados. La ficción convierte esa contradicción en una transformación física. Nosotros contamos con una versión menos espectacular y bastante frecuente: insistimos en que nuestras acciones no representan quiénes somos, incluso cuando forman parte de un patrón que otras personas reconocen con facilidad.

La identidad humana necesita cierta continuidad. Resultaría agotador revisar por completo nuestra personalidad después de cada equivocación. También sería injusto definir a alguien exclusivamente por sus peores momentos. Una persona puede cometer un acto egoísta sin que toda su existencia quede reducida al egoísmo. Pero esa consideración no debería convertirse en una licencia permanente para desconocer las consecuencias de sus comportamientos.

Quizá una de las formas más sofisticadas de autoengaño consiste en utilizar nuestras buenas cualidades para justificar las malas acciones. “Soy una buena persona, por eso debieron provocarme demasiado para que reaccionara así”. “Siempre he sido responsable, de modo que esta vez tenía derecho a desentenderme”. “Jamás lastimaría deliberadamente a alguien, así que lo que hice no pudo ser tan grave”. La reputación personal se convierte entonces en una prueba de inocencia que sustituye al examen de los hechos.

También existe una dificultad emocional genuina detrás de muchas de estas respuestas. Reconocer que lastimamos a alguien puede despertar vergüenza. Aceptar que hemos actuado con cobardía amenaza la identidad que construimos durante años. No siempre estamos preparados para enfrentar esas contradicciones. A veces necesitamos tiempo y, en determinadas circunstancias, ayuda profesional para comprenderlas sin caer en una descalificación permanente de nosotros mismos.

Somos personas distintas según el contexto, aunque esa variabilidad no nos convierte en individuos separados. Nuestra capacidad de regulación emocional cambia con el cansancio y con la manera en que interpretamos una situación. Podemos responder con serenidad ante una dificultad considerable y perder la paciencia por un comentario aparentemente insignificante. La conducta humana no siempre confirma las explicaciones que ofrecemos sobre nosotros mismos.

La naturaleza humana es equivocarnos. Sentir vergüenza cuando reconocemos lo sucedido. Lo abominable comienza a aparecer cuando convertimos nuestra identidad en una coartada permanente y exigimos que los demás ignoren aquello que nuestras acciones han dejado suficientemente claro. Podemos insistir en que somos respetuosos mientras humillamos a alguien. Podemos proclamarnos comprensivos mientras castigamos cualquier desacuerdo. La contradicción adquiere otra dimensión cuando pretendemos que quienes reciben las consecuencias de nuestros actos acepten nuestra versión de los hechos.

Quizá el monstruo contemporáneo se parezca menos a Hyde de lo que imaginamos. Puede tener la apariencia impecable de Jekyll, hablar con absoluta seguridad sobre sus principios y conservar una reputación admirable. Incluso puede indignarse cuando alguien cuestiona su comportamiento. Su característica más inquietante sería la incapacidad de reconocer una evidencia que todos los demás han comenzado a observar.

Todos podemos tener un mal momento. Todos somos capaces de actuar de una manera que después lamentamos. La diferencia empieza a manifestarse en lo que hacemos cuando alguien nos enfrenta con lo sucedido. Podemos escuchar, examinar nuestra participación y asumir las consecuencias. También podemos continuar defendiendo una versión de nosotros mismos que requiere negar la experiencia de quienes nos rodean.

Al final, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde tal vez no sea acerca de cómo pudo un hombre respetable convertirse en un monstruo. La pregunta es cuánto tiempo puede alguien contemplar sus propias acciones y seguir convencido de que pertenecen a otra persona.

Yo no soy así, decía Jekyll. Hyde, mientras tanto, seguía haciendo exactamente lo mismo ¿Quién dices ser tú, pero no ven los demás?

Sanar es amar.


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