jueves, 5 de noviembre de 2026

ONDAS ALFA


 

El día en que el mundo dejó de ser seguro

 

Hay pérdidas que nos dejan extrañando a alguien. Otras también cambian nuestra manera de sentirnos a salvo. Comprender lo que nos ocurre puede ayudarnos a vivir con el dolor sin tener que defendernos continuamente de él.

 

Por Koko Lemus Abreu

Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

 

Hay un momento particularmente cruel después de perder a alguien: descubrir que el mundo continúa funcionando con absoluta indiferencia. Los automóviles siguen circulando, las personas hacen planes para el fin de semana y alguien se queja porque su café está demasiado frío. Todo parece conservar una normalidad que resulta casi ofensiva. Uno quisiera preguntarles si acaso no se han enterado de lo que ocurrió. Cómo pueden seguir con sus vidas cuando la nuestra acaba de cambiar de una manera que todavía no conseguimos comprender. Y, sin embargo, ahí estamos, intentando responder mensajes, resolver asuntos pendientes y aceptar que la ausencia de alguien puede modificar hasta las cosas más pequeñas de nuestra existencia.

 

La muerte de una persona amada tiene una capacidad desconcertante para alterar nuestra relación con lo cotidiano. Una silla vacía puede convertirse en el lugar más difícil de una casa. El teléfono conserva un número al que ya no podemos llamar y, durante algún tiempo, seguimos esperando escuchar una voz que conocemos de memoria. A veces conseguimos recordar con cariño y hasta sonreír. Otras, una canción inesperada nos deja sin palabras. Hay días en los que sentimos que podemos continuar con nuestra vida y otros en los que levantarnos de la cama exige un esfuerzo que nadie alcanza a imaginar. La gente suele llamar a todo esto duelo, una palabra demasiado pequeña para la cantidad de experiencias que intenta describir.

 

Quizá una de las partes más difíciles sea la manera en que los demás comienzan a medir nuestro dolor. Al principio recibimos llamadas, abrazos y ofrecimientos de ayuda. Después las conversaciones recuperan sus temas habituales y aparece una expectativa silenciosa: ya deberíamos estar mejor. Algunos se atreven a decirlo. “Tienes que seguir adelante”, “él o ella no querría verte así”, “debes aceptar lo que pasó”. Son frases que generalmente nacen de la buena intención, aunque pueden dejarnos con la sensación de que estamos haciendo algo mal. Como si existiera una manera correcta de extrañar a alguien y hubiéramos olvidado aprenderla.

 

La psicología lleva décadas intentando comprender cómo respondemos a la pérdida. Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que el duelo debía atravesar determinadas etapas hasta alcanzar la aceptación. La experiencia clínica y la investigación han mostrado una realidad bastante más diversa. Hay personas que experimentan una tristeza intensa durante meses y conservan la capacidad de disfrutar algunos momentos. Otras sienten alivio después de una enfermedad prolongada y posteriormente se culpan por ello. Algunas necesitan hablar constantemente de quien murió, mientras otras prefieren guardar silencio. Ninguna de estas respuestas, considerada de manera aislada, permite determinar cómo está afrontando alguien su pérdida.

 

También existen muertes que dejan algo más que tristeza. Una llamada durante la madrugada, un accidente inesperado o las circunstancias de una despedida pueden quedar asociados con una sensación de amenaza que persiste mucho después de lo ocurrido. La persona sabe que el acontecimiento terminó, pero su cuerpo reacciona ante determinados recuerdos como si todavía hubiera algo que temer. El sonido de una ambulancia puede acelerar el corazón. Un teléfono que suena a una hora inusual puede provocar una angustia inmediata. Incluso la demora de un familiar en regresar a casa puede despertar pensamientos que antes apenas habríamos considerado.

 

Estas reacciones pueden aparecer cuando una experiencia dolorosa ha quedado vinculada con el miedo. Nuestro sistema nervioso aprende a reconocer señales de peligro y, después de determinados acontecimientos, puede responder con demasiada intensidad ante estímulos que recuerdan lo sucedido. La mente comprende que estamos en otro momento de nuestra vida, pero esa información no siempre basta para tranquilizarnos. Algunas personas comienzan a evitar lugares relacionados con la pérdida. Otras necesitan comprobar repetidamente que sus seres queridos están bien. Son intentos comprensibles de recuperar cierta seguridad, aunque pueden terminar restringiendo la vida cotidiana.

 

Conviene distinguir estas experiencias del dolor propio del duelo. Extrañar profundamente a alguien no significa que exista un trauma psicológico. Tampoco una muerte repentina conduce necesariamente a desarrollar un trastorno por estrés postraumático. La diferencia requiere considerar las circunstancias de la pérdida, las reacciones que aparecen y cuánto afectan nuestra vida. Hay personas que sufren intensamente sin presentar un trastorno mental. Reconocerlo importa porque vivimos en una época en la que parece necesario ponerle un diagnóstico a cualquier emoción difícil. El sufrimiento humano merece atención incluso cuando no cumple los criterios de una enfermedad.

 

Después de una muerte también podemos comenzar a desconfiar de nuestra propia memoria. Repasamos conversaciones, recuperamos pequeños desacuerdos y recordamos decisiones que entonces parecían insignificantes. “Debí haber llamado”, “tendría que haber insistido”, “si hubiera llegado antes”. La mente construye versiones alternativas de lo ocurrido y nos coloca dentro de ellas con una capacidad de anticipación que nunca tuvimos. Ahora conocemos el desenlace y juzgamos nuestras decisiones pasadas como si también lo hubiéramos conocido entonces. A veces esa revisión contiene responsabilidades que necesitamos reconocer. En muchas otras ocasiones termina convirtiéndose en una acusación imposible de resolver.

 

La culpa puede ser especialmente dolorosa porque mantiene una conversación permanente con alguien que ya no puede responder. Nos reprochamos una palabra dicha durante una discusión, una visita que pospusimos o una llamada que dejamos para después. Olvidamos que las relaciones humanas transcurren entre obligaciones cotidianas y momentos de cansancio. Nadie vive cada encuentro pensando que podría ser el último. Si lo hiciéramos, probablemente nos resultaría imposible llevar una vida ordinaria. El amor que sentimos por alguien tampoco puede medirse por una decisión aislada, tomada sin conocer lo que estaba por suceder.

 

En ocasiones, detrás de esa culpa aparece una pregunta dolorosa: ¿cómo pudo ocurrir algo así si yo estaba pendiente, si lo amaba, si creía que todo estaba bien? Una pérdida inesperada puede modificar nuestras creencias acerca de la seguridad. Sabemos que la vida es incierta, pero necesitamos confiar en cierta continuidad para hacer planes. Esperamos que nuestros familiares regresen a casa y que las conversaciones interrumpidas puedan retomarse. Cuando una muerte rompe esas expectativas, algunas personas comienzan a vivir con la impresión de que cualquier tranquilidad es provisional. Cuesta volver a confiar en aquello que antes parecía tan natural.

 

La sensación de seguridad también se construye dentro de nuestras relaciones. Hay personas cuya presencia nos ayuda a sentirnos tranquilos sin que seamos plenamente conscientes de ello. Son aquellas a quienes llamamos cuando algo nos preocupa o con quienes compartimos una noticia antes de contársela a nadie más. Cuando mueren, desaparece una forma de compañía que participaba en nuestra manera de afrontar la vida. Por eso podemos sentirnos desorientados incluso en nuestra propia casa. Sabemos dónde están las cosas y cómo funcionan nuestras rutinas, pero falta alguien cuya presencia daba sentido a una parte de ellas.

 

A veces el dolor aparece precisamente cuando intentamos recuperar una actividad agradable. Salimos a cenar, reímos durante una conversación y, por un instante, conseguimos disfrutar. Después llega la culpa. Nos preguntamos cómo pudimos pasar un buen momento cuando esa persona ya no está. Algunas personas interpretan esos instantes de bienestar como una forma de abandono. Sin embargo, nuestra capacidad de experimentar alegría no determina cuánto hemos amado. Podemos conservar una relación afectiva con quien murió mediante los recuerdos y las cosas que seguimos valorando de esa persona. El vínculo cambia porque las circunstancias cambiaron, pero su significado puede continuar formando parte de nuestra vida.

 

Tal vez por eso resulte tan difícil responder cuando alguien nos pregunta cómo estamos. Hay mañanas en las que la tristeza parece tolerable y tardes en las que un recuerdo nos desarma. Podemos sentir gratitud por lo vivido y experimentar enojo por lo que ya no tendremos. Estas contradicciones son frecuentes durante el duelo. La recuperación tampoco sigue necesariamente una secuencia ordenada. Algunas personas alternan momentos dedicados a recordar con otros en los que necesitan atender asuntos prácticos o simplemente descansar de la intensidad emocional. Poder hacerlo sin exigirse una reacción determinada puede facilitar la adaptación.

 

Cuando el miedo comienza a gobernar nuestras decisiones, cuando la culpa ocupa buena parte de nuestros pensamientos o cuando el sufrimiento nos impide atender nuestras necesidades cotidianas durante un periodo prolongado, buscar ayuda psicológica puede ofrecernos una oportunidad para comprender lo que está sucediendo. Una intervención adecuada permite distinguir las distintas experiencias relacionadas con la pérdida y trabajar aquellas respuestas que se han vuelto especialmente difíciles. En algunos casos será necesario atender síntomas traumáticos mediante tratamientos específicos. En otros, el trabajo se concentrará en las consecuencias de la ausencia y en la reorganización de la vida cotidiana.

 

Hay algo profundamente humano en necesitar tiempo para acostumbrarnos a que alguien ya no está. Durante años aprendimos a reconocer su presencia y a contar con ella. Su muerte exige modificar expectativas que se construyeron a través de innumerables experiencias compartidas. Por eso podemos descubrirnos buscando su nombre en el teléfono o imaginando lo que habría dicho ante una noticia. La memoria conserva hábitos afectivos que tardan en cambiar. A veces esos pequeños impulsos nos hacen llorar. Otras veces nos permiten recordar con una ternura que creíamos perdida.

 

Quizá lo más difícil de aceptar sea que nadie puede decirnos exactamente cuánto durará el dolor ni cómo deberíamos sentirnos dentro de seis meses. Habrá recuerdos que conservarán su capacidad de entristecernos y otros que adquirirán un significado diferente. Podemos aprender a responder de otra manera ante aquello que nos asusta y examinar con mayor justicia las responsabilidades que nos atribuimos. También podemos necesitar ayuda para recuperar la confianza en nuestra vida cotidiana. Nada de eso exige olvidar a quien murió.

 

Si has perdido a alguien y todavía hay momentos en los que su ausencia te resulta insoportable, no necesitas encontrar inmediatamente una explicación para cada emoción. Puedes sentir tristeza sin tener que justificarla. Puedes recordar con cariño y reconocer que hay cosas que aún te duelen. Si ciertas situaciones te provocan miedo o si la culpa aparece constantemente, esas experiencias merecen ser escuchadas con atención. A veces comprender qué está ocurriendo permite encontrar formas más adecuadas de cuidarnos.

 

El mundo continuará con sus horarios y sus conversaciones, aunque algunas mañanas todavía nos parezca incomprensible. Habrá personas que no sepan qué decir y otras que intenten apresurar nuestra recuperación porque les cuesta presenciar el sufrimiento. Podemos pedirles compañía, incluso cuando no tengamos ganas de hablar. Podemos decirles que necesitamos estar solos un rato. Y podemos reconocer que hay días en los que apenas conseguimos hacer lo que tenemos enfrente.

 

La persona que murió seguirá faltando. Esa es una realidad que ninguna explicación psicológica puede modificar. Con el tiempo, quizá podamos recordar sin sentir que todo vuelve a ocurrir, recuperar cierta tranquilidad cuando alguien tarda en llegar y dejar de juzgarnos por decisiones que tomamos sin conocer el futuro. Habrá días difíciles, seguramente. También habrá momentos en los que la vida vuelva a resultarnos agradable. Cuando eso ocurra, podremos permitirnos disfrutarlos.

 

Seguir viviendo no cancela lo que sentimos por quienes ya no están. Su recuerdo puede acompañarnos mientras aprendemos a sentirnos seguros otra vez.

 

Sanar es amar.


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El día en que el mundo dejó de ser seguro

 

Hay pérdidas que nos dejan extrañando a alguien. Otras también cambian nuestra manera de sentirnos a salvo. Comprender lo que nos ocurre puede ayudarnos a vivir con el dolor sin tener que defendernos continuamente de él.

 

Por Koko Lemus Abreu

Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

 

Hay un momento particularmente cruel después de perder a alguien: descubrir que el mundo continúa funcionando con absoluta indiferencia. Los automóviles siguen circulando, las personas hacen planes para el fin de semana y alguien se queja porque su café está demasiado frío. Todo parece conservar una normalidad que resulta casi ofensiva. Uno quisiera preguntarles si acaso no se han enterado de lo que ocurrió. Cómo pueden seguir con sus vidas cuando la nuestra acaba de cambiar de una manera que todavía no conseguimos comprender. Y, sin embargo, ahí estamos, intentando responder mensajes, resolver asuntos pendientes y aceptar que la ausencia de alguien puede modificar hasta las cosas más pequeñas de nuestra existencia.

 

La muerte de una persona amada tiene una capacidad desconcertante para alterar nuestra relación con lo cotidiano. Una silla vacía puede convertirse en el lugar más difícil de una casa. El teléfono conserva un número al que ya no podemos llamar y, durante algún tiempo, seguimos esperando escuchar una voz que conocemos de memoria. A veces conseguimos recordar con cariño y hasta sonreír. Otras, una canción inesperada nos deja sin palabras. Hay días en los que sentimos que podemos continuar con nuestra vida y otros en los que levantarnos de la cama exige un esfuerzo que nadie alcanza a imaginar. La gente suele llamar a todo esto duelo, una palabra demasiado pequeña para la cantidad de experiencias que intenta describir.

 

Quizá una de las partes más difíciles sea la manera en que los demás comienzan a medir nuestro dolor. Al principio recibimos llamadas, abrazos y ofrecimientos de ayuda. Después las conversaciones recuperan sus temas habituales y aparece una expectativa silenciosa: ya deberíamos estar mejor. Algunos se atreven a decirlo. “Tienes que seguir adelante”, “él o ella no querría verte así”, “debes aceptar lo que pasó”. Son frases que generalmente nacen de la buena intención, aunque pueden dejarnos con la sensación de que estamos haciendo algo mal. Como si existiera una manera correcta de extrañar a alguien y hubiéramos olvidado aprenderla.

 

La psicología lleva décadas intentando comprender cómo respondemos a la pérdida. Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que el duelo debía atravesar determinadas etapas hasta alcanzar la aceptación. La experiencia clínica y la investigación han mostrado una realidad bastante más diversa. Hay personas que experimentan una tristeza intensa durante meses y conservan la capacidad de disfrutar algunos momentos. Otras sienten alivio después de una enfermedad prolongada y posteriormente se culpan por ello. Algunas necesitan hablar constantemente de quien murió, mientras otras prefieren guardar silencio. Ninguna de estas respuestas, considerada de manera aislada, permite determinar cómo está afrontando alguien su pérdida.

 

También existen muertes que dejan algo más que tristeza. Una llamada durante la madrugada, un accidente inesperado o las circunstancias de una despedida pueden quedar asociados con una sensación de amenaza que persiste mucho después de lo ocurrido. La persona sabe que el acontecimiento terminó, pero su cuerpo reacciona ante determinados recuerdos como si todavía hubiera algo que temer. El sonido de una ambulancia puede acelerar el corazón. Un teléfono que suena a una hora inusual puede provocar una angustia inmediata. Incluso la demora de un familiar en regresar a casa puede despertar pensamientos que antes apenas habríamos considerado.

 

Estas reacciones pueden aparecer cuando una experiencia dolorosa ha quedado vinculada con el miedo. Nuestro sistema nervioso aprende a reconocer señales de peligro y, después de determinados acontecimientos, puede responder con demasiada intensidad ante estímulos que recuerdan lo sucedido. La mente comprende que estamos en otro momento de nuestra vida, pero esa información no siempre basta para tranquilizarnos. Algunas personas comienzan a evitar lugares relacionados con la pérdida. Otras necesitan comprobar repetidamente que sus seres queridos están bien. Son intentos comprensibles de recuperar cierta seguridad, aunque pueden terminar restringiendo la vida cotidiana.

 

Conviene distinguir estas experiencias del dolor propio del duelo. Extrañar profundamente a alguien no significa que exista un trauma psicológico. Tampoco una muerte repentina conduce necesariamente a desarrollar un trastorno por estrés postraumático. La diferencia requiere considerar las circunstancias de la pérdida, las reacciones que aparecen y cuánto afectan nuestra vida. Hay personas que sufren intensamente sin presentar un trastorno mental. Reconocerlo importa porque vivimos en una época en la que parece necesario ponerle un diagnóstico a cualquier emoción difícil. El sufrimiento humano merece atención incluso cuando no cumple los criterios de una enfermedad.

 

Después de una muerte también podemos comenzar a desconfiar de nuestra propia memoria. Repasamos conversaciones, recuperamos pequeños desacuerdos y recordamos decisiones que entonces parecían insignificantes. “Debí haber llamado”, “tendría que haber insistido”, “si hubiera llegado antes”. La mente construye versiones alternativas de lo ocurrido y nos coloca dentro de ellas con una capacidad de anticipación que nunca tuvimos. Ahora conocemos el desenlace y juzgamos nuestras decisiones pasadas como si también lo hubiéramos conocido entonces. A veces esa revisión contiene responsabilidades que necesitamos reconocer. En muchas otras ocasiones termina convirtiéndose en una acusación imposible de resolver.

 

La culpa puede ser especialmente dolorosa porque mantiene una conversación permanente con alguien que ya no puede responder. Nos reprochamos una palabra dicha durante una discusión, una visita que pospusimos o una llamada que dejamos para después. Olvidamos que las relaciones humanas transcurren entre obligaciones cotidianas y momentos de cansancio. Nadie vive cada encuentro pensando que podría ser el último. Si lo hiciéramos, probablemente nos resultaría imposible llevar una vida ordinaria. El amor que sentimos por alguien tampoco puede medirse por una decisión aislada, tomada sin conocer lo que estaba por suceder.

 

En ocasiones, detrás de esa culpa aparece una pregunta dolorosa: ¿cómo pudo ocurrir algo así si yo estaba pendiente, si lo amaba, si creía que todo estaba bien? Una pérdida inesperada puede modificar nuestras creencias acerca de la seguridad. Sabemos que la vida es incierta, pero necesitamos confiar en cierta continuidad para hacer planes. Esperamos que nuestros familiares regresen a casa y que las conversaciones interrumpidas puedan retomarse. Cuando una muerte rompe esas expectativas, algunas personas comienzan a vivir con la impresión de que cualquier tranquilidad es provisional. Cuesta volver a confiar en aquello que antes parecía tan natural.

 

La sensación de seguridad también se construye dentro de nuestras relaciones. Hay personas cuya presencia nos ayuda a sentirnos tranquilos sin que seamos plenamente conscientes de ello. Son aquellas a quienes llamamos cuando algo nos preocupa o con quienes compartimos una noticia antes de contársela a nadie más. Cuando mueren, desaparece una forma de compañía que participaba en nuestra manera de afrontar la vida. Por eso podemos sentirnos desorientados incluso en nuestra propia casa. Sabemos dónde están las cosas y cómo funcionan nuestras rutinas, pero falta alguien cuya presencia daba sentido a una parte de ellas.

 

A veces el dolor aparece precisamente cuando intentamos recuperar una actividad agradable. Salimos a cenar, reímos durante una conversación y, por un instante, conseguimos disfrutar. Después llega la culpa. Nos preguntamos cómo pudimos pasar un buen momento cuando esa persona ya no está. Algunas personas interpretan esos instantes de bienestar como una forma de abandono. Sin embargo, nuestra capacidad de experimentar alegría no determina cuánto hemos amado. Podemos conservar una relación afectiva con quien murió mediante los recuerdos y las cosas que seguimos valorando de esa persona. El vínculo cambia porque las circunstancias cambiaron, pero su significado puede continuar formando parte de nuestra vida.

 

Tal vez por eso resulte tan difícil responder cuando alguien nos pregunta cómo estamos. Hay mañanas en las que la tristeza parece tolerable y tardes en las que un recuerdo nos desarma. Podemos sentir gratitud por lo vivido y experimentar enojo por lo que ya no tendremos. Estas contradicciones son frecuentes durante el duelo. La recuperación tampoco sigue necesariamente una secuencia ordenada. Algunas personas alternan momentos dedicados a recordar con otros en los que necesitan atender asuntos prácticos o simplemente descansar de la intensidad emocional. Poder hacerlo sin exigirse una reacción determinada puede facilitar la adaptación.

 

Cuando el miedo comienza a gobernar nuestras decisiones, cuando la culpa ocupa buena parte de nuestros pensamientos o cuando el sufrimiento nos impide atender nuestras necesidades cotidianas durante un periodo prolongado, buscar ayuda psicológica puede ofrecernos una oportunidad para comprender lo que está sucediendo. Una intervención adecuada permite distinguir las distintas experiencias relacionadas con la pérdida y trabajar aquellas respuestas que se han vuelto especialmente difíciles. En algunos casos será necesario atender síntomas traumáticos mediante tratamientos específicos. En otros, el trabajo se concentrará en las consecuencias de la ausencia y en la reorganización de la vida cotidiana.

 

Hay algo profundamente humano en necesitar tiempo para acostumbrarnos a que alguien ya no está. Durante años aprendimos a reconocer su presencia y a contar con ella. Su muerte exige modificar expectativas que se construyeron a través de innumerables experiencias compartidas. Por eso podemos descubrirnos buscando su nombre en el teléfono o imaginando lo que habría dicho ante una noticia. La memoria conserva hábitos afectivos que tardan en cambiar. A veces esos pequeños impulsos nos hacen llorar. Otras veces nos permiten recordar con una ternura que creíamos perdida.

 

Quizá lo más difícil de aceptar sea que nadie puede decirnos exactamente cuánto durará el dolor ni cómo deberíamos sentirnos dentro de seis meses. Habrá recuerdos que conservarán su capacidad de entristecernos y otros que adquirirán un significado diferente. Podemos aprender a responder de otra manera ante aquello que nos asusta y examinar con mayor justicia las responsabilidades que nos atribuimos. También podemos necesitar ayuda para recuperar la confianza en nuestra vida cotidiana. Nada de eso exige olvidar a quien murió.

 

Si has perdido a alguien y todavía hay momentos en los que su ausencia te resulta insoportable, no necesitas encontrar inmediatamente una explicación para cada emoción. Puedes sentir tristeza sin tener que justificarla. Puedes recordar con cariño y reconocer que hay cosas que aún te duelen. Si ciertas situaciones te provocan miedo o si la culpa aparece constantemente, esas experiencias merecen ser escuchadas con atención. A veces comprender qué está ocurriendo permite encontrar formas más adecuadas de cuidarnos.

 

El mundo continuará con sus horarios y sus conversaciones, aunque algunas mañanas todavía nos parezca incomprensible. Habrá personas que no sepan qué decir y otras que intenten apresurar nuestra recuperación porque les cuesta presenciar el sufrimiento. Podemos pedirles compañía, incluso cuando no tengamos ganas de hablar. Podemos decirles que necesitamos estar solos un rato. Y podemos reconocer que hay días en los que apenas conseguimos hacer lo que tenemos enfrente.

 

La persona que murió seguirá faltando. Esa es una realidad que ninguna explicación psicológica puede modificar. Con el tiempo, quizá podamos recordar sin sentir que todo vuelve a ocurrir, recuperar cierta tranquilidad cuando alguien tarda en llegar y dejar de juzgarnos por decisiones que tomamos sin conocer el futuro. Habrá días difíciles, seguramente. También habrá momentos en los que la vida vuelva a resultarnos agradable. Cuando eso ocurra, podremos permitirnos disfrutarlos.

 

Seguir viviendo no cancela lo que sentimos por quienes ya no están. Su recuerdo puede acompañarnos mientras aprendemos a sentirnos seguros otra vez.

 

Sanar es amar.


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