A
mediados del s. XIV a. C., Egipto vivió en una crisis política sin precedentes.
Durante el reinado de Ajenatón, hijo de Amenhotep III y de Yiye, hija del
bíblico José, se llevó a cabo la llamada Revolución de Amarná, la cual implicó
—y seamos breves para no aburrir al lector con extrabíblicos rodeos— reemplazar
el culto al conjunto de dioses antropomórficos egipcios por el culto al dios
abstracto, único y omnipotente de los israelitas, representado por el disco solar.
Al morir Ajenatón, se desató una la lucha por el poder entre egipcios e
israelitas, que culminó con el triunfo de los primeros y con la expulsión de
los segundos. El líder de los derrotados era Tutmosis, primogénito de Ajenatón
y de Kiya, su primera esposa. El sufijomses o mosis puede traducirse como nacido
de o formado
de o, si se prefiere,
como heredero. Mses. Mosis.
Moisés.
El
éxodo de Tutmosis/Moisés y los israelitas, un periplo que duraría décadas y que
los llevaría desde Egipto hacia Canaan, no fue ordenado. En el camino, los
huidos se corrompieron, empezaron a alabar dioses paganos, abandonaron la
práctica de la circuncisión, olvidaron los holocaustos y, peor —¡oh, perversos
israelitas!—, empezaron a cuestionar la autoridad de su líder. En esa hora
crítica, Jehová se habría manifestado y habría entregado a Moisés el decálogo,
advirtiéndole que “no toleraría desobediencia”. Los diez mandamientos no son
normas religiosas sino de comportamiento social que los israelitas tarde o
temprano y aún sin el dictado del todopoderoso habrían acordado. La rigurosa
normatividad que, a partir de entonces, regiría a la comunidad tenía como
propósito, a corto plazo, controlar a un grupo de nómadas que vagaba por el
desierto y, a largo plazo, sentar los cimientos morales del nuevo país que
fundarían allende el Sinaí.
Escribe Pedro Ferriz Hijar que Andrés Manuel López Obrador se ha
revelado como nuestro Moisés. Más allá de las formas
burlescas del comunicador, en el fondo, lleva algo de razón. Igual que Moisés,
López Obrador se nos presenta como el portavoz de un personaje superior y de
reputación intachable: la Constitución moral, el texto no vinculante que el
presidente electo ha ordenado redactar con el propósito de “contribuir a la formación de hombres y mujeres buenos”,
estaría basada en la Cartilla moral de Alfonso Reyes. La moral alfonsina es
particular —de inspiración cristiana, para más señas— pero “es válida para
todos, sean o no creyentes”. Ésta definiría el comportamiento político de la
nueva clase gobernante y, por extensión, de todos los ciudadanos. A juzgar por
las últimas instrucciones que ha dado la dirigencia de MORENA a sus
representantes electos, definiría especialmente la actuación de los nuevos
servidores públicos. Quien se desvíe de la línea trazada por el partido,
aseguran, será castigado con el destierro.
Ferriz
Hijar no ha leído a Reyes, o no recuerda haberlo leído, y eso
lo descalifica como debatiente serio, pero como tuitero, insistimos, lleva algo
de razón. Igual que Moisés, López Obrador se ve a sí mismo como el guía que
conduce al pueblo mexicano hacia la tierra de la leche y la miel. La Cartilla
moral de Reyes sentaría los cimientos morales de la República amorosa, el país
ideal e inalcanzable en el que los ciudadanos obrarían el bien sin necesidad de
ser obligados a ello. En Fundamentos para una república amorosa, publicado en
La Jornada el 6 de diciembre de 2011, López Obrador, muy alfonsino, proponía el
renacimiento de México a partir “del
amor a la familia, al prójimo, a la patria, a la naturaleza”.
—En el futuro —escribía —la convivencia social se sustentará en el amor y en
hacer el bien para alcanzar la verdadera felicidad. ¡Amén!…
Alfonso
Reyes escribió la Cartilla moral en una época en la que los despachos del
antiguo convento de la Encarnación eran habitados por filósofos y poetas. Uno
de ellos, Jaime Torres Bodet, tuvo la idea de distribuir por todo el país un
texto que le enseñara a los mexicanos a leer y escribir y a ser buenas
personas. O viceversa.
Seguramente,
entonces, la idea de inculcar a los mexicanos valores morales no fue tan
controvertida.



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