—¿Dónde está el presidente? —pregunta
Leobardo Espinoza. La respuesta es compleja. En México, los relevos
presidenciales se caracterizan por la confusión que resulta de la coincidencia
del presidente saliente y el presidente entrante. Enrique Krauze lo explica
así: —El sistema tiene una falla política localizada justamente en el sexto año
de gobierno —escribe. —Una vez destapado su sucesor, el presidente saliente
asiste a la disminución ineluctable de su poder frente al poder creciente de
aquel. El autor de La presidencia imperial (Tusquets, 1997) lo ilustra con el
año en el que coincidieron Adolfo Ruíz Cortines y Adolfo López Mateos. Ese año,
dicho sea de paso, pasó todo lo que no pasó los cinco anteriores, se rebelaron
los maestros, los electricistas, los telegrafistas, los ferrocarrileros. ¿Por
qué? Porque en éstas horas grises del calendario político “existe cierta
confusión que favorece el reacomodo de otros poderes ávidos por ganar
posiciones para el siguiente sexenio”.
Desde
hace tiempo advertíamos una transición de poderes adelantadísima. De ese tiempo
a la fecha, ha sido Andrés Manuel López Obrador y no Enrique Peña Nieto quien
ha marcado la agenda política nacional. Éste fenómeno fue haciéndose más
evidente en la medida en que López Obrador fue consolidándose en el ánimo político
y social y en las encuestas como el favorito para ganar la elección
presidencial y en que Peña Nieto fue instalándose en mínimos históricos de
aprobación. Paulatinamente, pues, pero de manera clara luego de la elección del
1 de julio y de la entrega de su constancia de mayoría el 8 de agosto, López
Obrador ha ido ocupando el vacío de poder que ha ido dejando Peña Nieto. Tan
suave está siendo la transición que nos hemos librado, hasta ahora, de
perturbaciones como las que ocurrieron antes. Peña Nieto no tiene la habilidad
política de Ruiz Cortines, por supuesto —no es lo mismo jugar al golf que al
dominó—, pero en el juicio histórico habremos de reconocerle que logró
recuperar el control del proceso sucesorio justo a tiempo para evitar el
hundimiento del sistema.
Físicamente,
Peña Nieto, y quizá así respondemos de manera más puntual a las inquietudes de
Leobardo, está en Los Pinos. Últimamente, la casa que desde 1935 ha sido el
epicentro del poder presidencial luce, dicen, “tranquila y desolada” ante
la inminente mudanza que, se espera, ocurra en las próximas semanas. Luego, la
que hoy es la residencia oficial del presidente de la República y el centro de
mando desde donde se decide el destino del país —en uno de sus sótanos, Felipe
Calderón mandó construir no un bar, como algunos sospechábamos, sino un búnker
secretísimo equipado con los instrumentos necesarios hacer la guerra, “para
ser superiores a los criminales”— se
convertirá en museo. Peña Nieto podría ser el último presidente en habitar Los
Pinos. Hay algo de ironía en ello.
Políticamente,
Peña Nieto, y aquí la cosa se enreda, está en un limbo en el cual sigue y
seguirá siendo presidente hasta que concluya el mandato que le otorgamos pero
que en sus condiciones es de muy difícil cumplimiento. El presidente, dicen
también, está “solo” y los pasillos que conducen a su despacho extrañan el
trajín de visitantes, funcionarios y solicitantes de audiencia de antaño —tan solo está, que por ponerse a hacer amigos anda amistando con
un tal Chumel Torres—. El poco interés de los demás
en visitarle y la decisión suya de reducir sus actividades políticas al mínimo
han rematado su capacidad de interlocución, ya lastimada por la falta de
confianza y credibilidad que venía arrastrando desde mediados del sexenio. Los
acontecimientos del último mes han certificado la muerte técnica de la
administración peñista. A Peña Nieto le quedan algunos meses más de (intento)
de gobierno. Será un larga, muy larga despedida…
En éste
intersticio confuso en el que coinciden dos presidentes, el saliente, que es su
verdugo y el entrante, que es su aliado político, ha sido liberada Elba Esther
Gordillo. La Maestra fue encarcelada y fue liberada por motivos estrictamente
políticos. No hay justicia en su caso.
¡Borrón
y cuenta nueva con La Maestra, pues! ¡Plop!



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