miércoles, 15 de agosto de 2018

¿Y dónde está el presidente?




¿Dónde está el presidente? —pregunta Leobardo Espinoza. La respuesta es compleja. En México, los relevos presidenciales se caracterizan por la confusión que resulta de la coincidencia del presidente saliente y el presidente entrante. Enrique Krauze lo explica así: —El sistema tiene una falla política localizada justamente en el sexto año de gobierno —escribe. —Una vez destapado su sucesor, el presidente saliente asiste a la disminución ineluctable de su poder frente al poder creciente de aquel. El autor de La presidencia imperial (Tusquets, 1997) lo ilustra con el año en el que coincidieron Adolfo Ruíz Cortines y Adolfo López Mateos. Ese año, dicho sea de paso, pasó todo lo que no pasó los cinco anteriores, se rebelaron los maestros, los electricistas, los telegrafistas, los ferrocarrileros. ¿Por qué? Porque en éstas horas grises del calendario político “existe cierta confusión que favorece el reacomodo de otros poderes ávidos por ganar posiciones para el siguiente sexenio”.

Desde hace tiempo advertíamos una transición de poderes adelantadísima. De ese tiempo a la fecha, ha sido Andrés Manuel López Obrador y no Enrique Peña Nieto quien ha marcado la agenda política nacional. Éste fenómeno fue haciéndose más evidente en la medida en que López Obrador fue consolidándose en el ánimo político y social y en las encuestas como el favorito para ganar la elección presidencial y en que Peña Nieto fue instalándose en mínimos históricos de aprobación. Paulatinamente, pues, pero de manera clara luego de la elección del 1 de julio y de la entrega de su constancia de mayoría el 8 de agosto, López Obrador ha ido ocupando el vacío de poder que ha ido dejando Peña Nieto. Tan suave está siendo la transición que nos hemos librado, hasta ahora, de perturbaciones como las que ocurrieron antes. Peña Nieto no tiene la habilidad política de Ruiz Cortines, por supuesto —no es lo mismo jugar al golf que al dominó—, pero en el juicio histórico habremos de reconocerle que logró recuperar el control del proceso sucesorio justo a tiempo para evitar el hundimiento del sistema.

Físicamente, Peña Nieto, y quizá así respondemos de manera más puntual a las inquietudes de Leobardo, está en Los Pinos. Últimamente, la casa que desde 1935 ha sido el epicentro del poder presidencial luce, dicen, “tranquila y desolada” ante la inminente mudanza que, se espera, ocurra en las próximas semanas. Luego, la que hoy es la residencia oficial del presidente de la República y el centro de mando desde donde se decide el destino del país —en uno de sus sótanos, Felipe Calderón mandó construir no un bar, como algunos sospechábamos, sino un búnker secretísimo equipado con los instrumentos necesarios hacer la guerra, “para ser superiores a los criminales”— se convertirá en museo. Peña Nieto podría ser el último presidente en habitar Los Pinos. Hay algo de ironía en ello.

Políticamente, Peña Nieto, y aquí la cosa se enreda, está en un limbo en el cual sigue y seguirá siendo presidente hasta que concluya el mandato que le otorgamos pero que en sus condiciones es de muy difícil cumplimiento. El presidente, dicen también, está “solo” y los pasillos que conducen a su despacho extrañan el trajín de visitantes, funcionarios y solicitantes de audiencia de antaño —tan solo está, que por ponerse a hacer amigos anda amistando con un tal Chumel Torres—. El poco interés de los demás en visitarle y la decisión suya de reducir sus actividades políticas al mínimo han rematado su capacidad de interlocución, ya lastimada por la falta de confianza y credibilidad que venía arrastrando desde mediados del sexenio. Los acontecimientos del último mes han certificado la muerte técnica de la administración peñista. A Peña Nieto le quedan algunos meses más de (intento) de gobierno. Será un larga, muy larga despedida…

En éste intersticio confuso en el que coinciden dos presidentes, el saliente, que es su verdugo y el entrante, que es su aliado político, ha sido liberada Elba Esther Gordillo. La Maestra fue encarcelada y fue liberada por motivos estrictamente políticos. No hay justicia en su caso.

¡Borrón y cuenta nueva con La Maestra, pues! ¡Plop!

Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 15 de agosto de 2018.

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miércoles, 15 de agosto de 2018

¿Y dónde está el presidente?




¿Dónde está el presidente? —pregunta Leobardo Espinoza. La respuesta es compleja. En México, los relevos presidenciales se caracterizan por la confusión que resulta de la coincidencia del presidente saliente y el presidente entrante. Enrique Krauze lo explica así: —El sistema tiene una falla política localizada justamente en el sexto año de gobierno —escribe. —Una vez destapado su sucesor, el presidente saliente asiste a la disminución ineluctable de su poder frente al poder creciente de aquel. El autor de La presidencia imperial (Tusquets, 1997) lo ilustra con el año en el que coincidieron Adolfo Ruíz Cortines y Adolfo López Mateos. Ese año, dicho sea de paso, pasó todo lo que no pasó los cinco anteriores, se rebelaron los maestros, los electricistas, los telegrafistas, los ferrocarrileros. ¿Por qué? Porque en éstas horas grises del calendario político “existe cierta confusión que favorece el reacomodo de otros poderes ávidos por ganar posiciones para el siguiente sexenio”.

Desde hace tiempo advertíamos una transición de poderes adelantadísima. De ese tiempo a la fecha, ha sido Andrés Manuel López Obrador y no Enrique Peña Nieto quien ha marcado la agenda política nacional. Éste fenómeno fue haciéndose más evidente en la medida en que López Obrador fue consolidándose en el ánimo político y social y en las encuestas como el favorito para ganar la elección presidencial y en que Peña Nieto fue instalándose en mínimos históricos de aprobación. Paulatinamente, pues, pero de manera clara luego de la elección del 1 de julio y de la entrega de su constancia de mayoría el 8 de agosto, López Obrador ha ido ocupando el vacío de poder que ha ido dejando Peña Nieto. Tan suave está siendo la transición que nos hemos librado, hasta ahora, de perturbaciones como las que ocurrieron antes. Peña Nieto no tiene la habilidad política de Ruiz Cortines, por supuesto —no es lo mismo jugar al golf que al dominó—, pero en el juicio histórico habremos de reconocerle que logró recuperar el control del proceso sucesorio justo a tiempo para evitar el hundimiento del sistema.

Físicamente, Peña Nieto, y quizá así respondemos de manera más puntual a las inquietudes de Leobardo, está en Los Pinos. Últimamente, la casa que desde 1935 ha sido el epicentro del poder presidencial luce, dicen, “tranquila y desolada” ante la inminente mudanza que, se espera, ocurra en las próximas semanas. Luego, la que hoy es la residencia oficial del presidente de la República y el centro de mando desde donde se decide el destino del país —en uno de sus sótanos, Felipe Calderón mandó construir no un bar, como algunos sospechábamos, sino un búnker secretísimo equipado con los instrumentos necesarios hacer la guerra, “para ser superiores a los criminales”— se convertirá en museo. Peña Nieto podría ser el último presidente en habitar Los Pinos. Hay algo de ironía en ello.

Políticamente, Peña Nieto, y aquí la cosa se enreda, está en un limbo en el cual sigue y seguirá siendo presidente hasta que concluya el mandato que le otorgamos pero que en sus condiciones es de muy difícil cumplimiento. El presidente, dicen también, está “solo” y los pasillos que conducen a su despacho extrañan el trajín de visitantes, funcionarios y solicitantes de audiencia de antaño —tan solo está, que por ponerse a hacer amigos anda amistando con un tal Chumel Torres—. El poco interés de los demás en visitarle y la decisión suya de reducir sus actividades políticas al mínimo han rematado su capacidad de interlocución, ya lastimada por la falta de confianza y credibilidad que venía arrastrando desde mediados del sexenio. Los acontecimientos del último mes han certificado la muerte técnica de la administración peñista. A Peña Nieto le quedan algunos meses más de (intento) de gobierno. Será un larga, muy larga despedida…

En éste intersticio confuso en el que coinciden dos presidentes, el saliente, que es su verdugo y el entrante, que es su aliado político, ha sido liberada Elba Esther Gordillo. La Maestra fue encarcelada y fue liberada por motivos estrictamente políticos. No hay justicia en su caso.

¡Borrón y cuenta nueva con La Maestra, pues! ¡Plop!

Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 15 de agosto de 2018.

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