Alberto
Jiménez Merino
Ex
Rector de la Universidad Autónoma Chapingo
Una revisión de las
estaciones meteorológicas de Puebla indica que la canícula 2018 ha sido la más
seca desde 1941 y, este mes de julio, tuvo un faltante de lluvia de casi 100
milímetros, siendo éste el más seco desde el año 2005.
Ya hemos tenido varios
anuncios relacionados con la alteración de los fenómenos meteorológicos:
lluvias adelantadas, granizadas, heladas fuera de temporada, lluvias intensas
de corta duración, mayor actividad eléctrica, ciclones y huracanes, sequías y
nevadas.
Los ciclos naturales que le
dan viabilidad al mundo están alterados y, en mucho, se relacionan al uso tan
intenso de combustibles derivados del petróleo que generan bióxido de carbono,
un gas que al ser más abundante de lo normal en la atmósfera, atrapa los rayos térmicos
y el calor que estos generan provocando un aumento de la temperatura cercano a
los dos grados centígrados a nivel mundial.
Esta situación se ha
agravado con la pérdida de la vegetación, la desaparición de bosques y selvas
que ayudarían a atrapar el bióxido de carbono. La pérdida de vegetación provoca
erosión del suelo y en consecuencia se reduce la capacidad de éste para retener
agua lo que da lugar al agotamiento de los acuíferos.
El crecimiento de la población
demanda una mayor cantidad de agua y recursos naturales tales como los
productos forestales. Por eso, no es raro ver como cerca de los pueblos y
comunidades ya no hay árboles, ni fauna ni manantiales.
Pero además, esa población
generó aguas residuales y residuos sólidos. Si hay consumo de agua, por
consecuencia hay aguas sucias que, al no sanearse, provocan inconvenientes
contra la salud, el medio ambiente y la economía de las regiones.
Los residuos sólidos producidos
en cantidades de un kilogramo por cada mexicano por día son hoy la causa de que,
en el mar la cantidad de peces tienda a igualarse con la cantidad de basura.
Cuando no hay centros de confinamiento de la basura, su principal destino son
las barrancas y los ríos en detrimento de la calidad del agua y las especies
acuícolas que también sufren ya de sobre explotación pesquera.
Actividades agropecuarias
como la agricultura tradicional de mucho movimiento innecesario de tierras,
altas cantidades de agroquímicos, la quema tradicional de la caña de azúcar
para facilitar su cosecha o el pastoreo incontrolado de ganado en los montes y
sobrepastoreo de los pastizales, también están haciendo su parte en el deterioro
ambiental.
Hay quienes señalan que
necesitamos ya otro planeta porque este se está acabando. El pago por
afectaciones derivado de fenómenos naturales se ha incrementado por siete de
los años 60 del siglo pasado a la fecha.
Pese a lo anterior, el cambio
climático no forma parte aún de las políticas públicas prioritarias en México.
Tampoco lo veo en las agendas políticas de los partidos y, aunque no he tenido
acceso a ver las agendas legislativas del Congreso de la Unión que inicia, dudo
mucho que ello ocurra a juzgar por las prioridades tradicionales.
Para mitigar o revertir la
situación de deterioro ambiental que enfrentamos, necesitamos importantes
programas de reforestación para recuperar la cubierta vegetal más rápido tal
como lo es la vía aérea con semilla recubierta, utilizando drones, para rescatar las cuencas y promover la recarga natural de
acuíferos.
Asimismo, es necesario impulsar
áreas de exclusión del pastoreo y acciones de tecnificación básica ganadera
para elevar la productividad sustentable, así como programas de praderas y
rehabilitación de pastizales; apoyar a programas de captación de lluvia para la
recarga artificial de acuíferos en las partes altas de las cuencas.
Se debe promover también la
agricultura de conservación para la recuperación de suelos, la capacidad de
retención de agua y elevar la productividad en zonas de temporal.
De igual forma, se debe
apoyar la cosecha mecanizada de la caña de azúcar así como eliminar la quema
con aprovechamiento parcial de subproductos; fomentar también la producción y
uso de energías limpias tales como eólica y solar, entre otras; tratar y rehusar
las aguas residuales que permitan revertir la contaminación de acuíferos;
clasificación y reutilización de la basura para garantizar ríos limpios.
Pero, posiblemente lo que más
se requiere, es tener conciencia ambiental y voluntad política para proteger
los recursos naturales de las futuras generaciones.



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