El 26
de agosto de 1978, Albino Luciani fue elegido papa. El cónclave había durado
apenas dos días y cuatro votaciones. Por tercera ocasión, Giussepe Siri partía
como el favorito y por tercera ocasión se habría o lo habrían retirado de la
contienda. La desorganización de los cardenales italianos, los más
tradicionalistas, anclados al genovés, habría facilitado que Aloísio
Lorscheider, el más joven de los cardenales latinoamericanos, tomara la
iniciativa e impulsara a un candidato muy del tercer mundo, uno que fuera,
decía, “buen pastor, cercano a los pobres, sensible a los problemas sociales”.
En cierto sentido, pues, Luciani fue el primer papa latinoamericano.
El desenlace trágico de ésta historia es bien sabido —y si no, léase In God’s name, de
David Yallop o
véase El
Padrino III, de Francis Ford Coppola—.
No es
casualidad que la publicación de la carta en la que Carlo María Viganó pide la
renuncia de Jorge Mario Bergoglio ocurriera justo el día en que se cumplieron
40 años de la elección de Luciani —¿un
messaggio siciliano, acaso?—; calculado para tener el mayor eco
mediático posible, ocurrió, además, cuando el papa se encontraba de visita en
Irlanda, epicentro del escándalo de abusos sexuales en el seno de la Iglesia
católica, y pocas horas antes de que abordara el vuelo de regreso a Ciudad del
Vaticano, durante el cual ofrecería su tradicional conferencia de prensa. En la carta, el arzobispo Viganó, un amante de la intriga con
una reputación ganada destapando las cloacas vaticanas, exsecretario general
del Governatore de la Santa Sede y exnuncio apostólico
en Estados Unidos, acusa a Bergoglio de encubrir personalmente los crímenes del
cardenal Theodore McCarrick, Uncle Ted.
Las acusaciones son la parte más visible aunque menos trascendental de una
guerra abierta declarada por la curia estadounidense, muy tradicionalista y muy
ligada al Tea Party y a Breibart News. Correctio filialis, le llaman a la intentona golpista disfrazada de
controversia teológica. El objetivo: derrocar al papa.
La
carta de Viganó a Bergoglio, por la gravedad de las acusaciones y por la
jerarquía del firmante, es insólita, aunque, claro, es inevitable hallar
similitudes en las postrimerías del papado de Joseph Ratzinger. El propio Viganó, ajonjolí de todos los moles conspiratorios,
protagonizó Vatileaks, el escándalo derivado de la filtración a la prensa de
documentos secretos que relacionaban a la Santa Sede con casos de corrupción,
lavado de dinero, chantaje sexual. La
correspondencia filtrada por un mayordomo “de frágil personalidad y tendiente a
la paranoia” proyectó al mundo la imagen cierta de una Iglesia dividida cuyas
facciones se disputaban cínicamente el poder y cuyo líder era incapaz de
imponer el orden. Si bien es cierto que Ratzinger ya venía política y
físicamente disminuido, es indiscutible que el escándalo si no provocó sí, al
menos, precipitó su caída.
La
dimisión de Ratzinger marcó un precedente que los conspiradores han de tomar
muy en cuenta. La decisión histórica del alemán vulneró el principio de
supremacía papal, el cual, en esencia, impediría que el papa fuera removido de
su oficina por la fuerza, al añadir al poder “supremo, total, inmediato y
universal” de éste el carácter de perecedero. Ningún papa había dimitido en los
últimos 598 años: en 1415, Angelo Corraro renunció obligado por los acuerdos de
Constanza, los cuales pusieron fin al cisma occidental; antes, en 1294, Pietro
Angelerio renunció voluntariamente porque echaba de menos “la tranquilidad de
su antigua vida”. La renuncia de Ratzinger recordó a propios y extraños que los
papas son solo hombres a los que puede quebrárseles si se ejerce sobre ellos
suficiente presión política, un cóctel que, por supuesto, no estaría completo
si no le agregáramos otros factores como la edad, la salud o la personalidad
del vapuleado…
Veni
Creator spiritus. Dice el himno que los cardenales eligen
al papa en un estado de gracia en el que el Espíritu Santo “enciende con su luz
sus sentidos e infunde amor en sus corazones”. Joseph Ratzinger, más humano,
admitirá que “seguramente, muchos papas no han sido los que él hubiera
preferido”.
La
lucha por el poder detrás de las murallas vaticanas, en realidad, no es muy
diferente que en otros palacios.



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