Alberto
Jiménez Merino
Ex
Rector de la Universidad Autónoma Chapingo
Todo gobierno debe decidir
en algún momento, previo al inicio de su responsabilidad, entre sólo
administrar o cambiar las cosas, entre atender la demanda cotidiana o
reorientar los recursos y entre atender los deseos y/o las necesidades de los
gobernados.
También deberá decidir si
pone en sus prioridades, algo por demás inútil pero atractivo para un
rápido posicionamiento, descalificar a
gobiernos precedentes, es decir, a los
que se van, y llegar con las consabidas frases de “me dejaron un desorden”,
“nunca hicieron nada” y “ahora sí vamos a trabajar”.
Podrán decidir si revisan lo
realizado y aprovechan lo bueno o si, de plano, establecen nuevos programas,
proyectos y acciones sin ninguna valoración previa. Los mexicanos nos distinguimos
por reconocer las ideas de los demás, apoyar sus proyectos y por la cortesía
política entre ciudadanos y en los tres órdenes de gobierno.
Cuando inicien funciones las
nuevas autoridades ya no habrá tiempo para revisar qué hacer, porque la cantidad de peticiones, gestiones y
trámites ciudadanos o la atención a los llamados “bomberazos”, no deja tiempo
para este ejercicio elemental en toda administración que tenga como meta hacer
un gran gobierno.
Conocer cuáles son las
principales necesidades, los mayores
problemas de los territorios y sectores, lo que es más urgente y/o lo
más importante, así como la prioridad de cada caso, es algo elemental para
tener éxito en la administración pública.
Conocer lo que se ha hecho y
lo que falta, la situación actual de lo realizado, lo que aún está en proceso.
Hay cientos de obras que ya cumplieron su vida útil, otras se hicieron y no
tienen equipo o personal, otras más no tienen mantenimiento o recursos para su
operación porque esto correspondía a municipios y nunca se les asignó recurso
para ello.
Un ejercicio de planeación
básica es identificar, priorizar y cuantificar todas las necesidades existentes
en el territorio y en cada uno de sus sectores. Luego, definir el plazo en que
cada necesidad y problema debe quedar atendida. Para lograr esto, un referente
ha sido las metas de desarrollo sostenible establecidas al 2030 por la
Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Una vez que hemos definido
el plazo en que deben atenderse los problemas y las necesidades, hay que saber
con cuántos recursos presupuestales o de otras fuentes se cuenta, para definir lo que podría hacerse
realmente en el periodo de la responsabilidad federal, estatal o municipal.
Destaco esto último porque
muchos creen que los problemas se pueden o deben resolverse en un trienio o
sexenio. He visto que las transformaciones sociales, las mejoras reales en la
economía o en el medio ambiente, requieren de por lo menos 6 a 8 años para
empezar a notarse.
Resolver la pobreza podría
hacerse en 18 años; revertir el deterioro ambiental necesita por lo menos 12
años; elevar la productividad, bien puede lograrse en 6 años; siempre y cuando
nos pongamos de acuerdo en cómo hacerlo, porque la visión de las principales
corrientes políticas existentes es excluyente.
Lo grave es que ninguno de
los principales problemas de México tiene un plazo para resolverse. Por eso se
inventan, el país y los estados, cada sexenio, y los municipios cada trienio o
cuatrienio. Y más grave es, que no se vea a corto plazo como vincular estos
problemas con la educación, la formación de recursos humanos y la formación de
líderes.
Los gobernantes deberían
tener claro lo que van a hacer porque han escuchado o escucharán a la sociedad,
y con base en ello crear realmente sus planes de desarrollo y no solo cumplir con foros de simulación. Si adoptan las
mejores soluciones técnicas, tecnológicas y sociales, seguramente podrán hacer
una ampliación de metas y hacer más con el presupuesto siempre escaso.
Asimismo, si establecen
plazos para resolver las necesidades, conocen los recursos con que cuentan y
tienen claro lo que pueden hacer en su periodo, sin atormentarse por no
resolver todo, entonces estaremos arribando a grandes resultados en favor de la
población.
No me imagino, por el bien
de México y por el bien de Puebla, tener en tres años en los municipios, o seis
en la federación y los estados, la sensación degradable de más de lo mismo.
Fallar al Planear sin duda es Planear-Fallar.



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