Experiencias de los años viejos, feliz año 2026
Alberto
Jiménez Merino
A
los 8 años, curioseando en un bote de tornillos, clavos y rondanas oxidados por
la lluvia, me encontré un hilo de plástico que tenía una bolita de plomo y,
como a 10 centímetros, un ganchito de metal con punta. Mi papá me dijo que era
un anzuelo, el gancho se cubría con una lombriz de tierra y servía para pescar.
A
esta edad fui pescador de bagre en el río Mixteco, en Xantoxtla, Tecomatlán.
Aunque varias veces comimos pescado y tuve mis primeros ingresos por su venta,
la gran cantidad de tareas en la casa no permitieron dedicarme a pescar, en un
tiempo en el que predominaba la costumbre de “cuevear”, es decir, meterse al
río y buscar las cuevas para sacar los peces que se capturaban en redes. En tal
caso no vi a la pesca como una opción de ingreso y desarrollo económico, ni personal
ni familiar.
En
estos años la gente esperaba que el río matara los peces en las primeras
lluvias de la temporada. El agua se revolvía y los peces salían a la orilla
buscando oxígeno, producto de la saturación de lodo en las branquias. Este
fenómeno duraba como 30 a 40 minutos, suficientes para pescar grandes
cantidades de peces. No imaginábamos que los peces se podían criar en
estanques. El primero que lo hizo fue Augusto Hernández en los años 90´s.
Después, lo hicimos en Tehuitzingo, en el año 2003.
Según
el Libro de Eclesiastés de la Biblia, capítulo 1 versículo 9, “no hay nada
nuevo bajo el sol”. Su significado es que, a pesar de que las cosas pueden
parecer nuevas, en realidad, la historia se repite y todo tiene un precedente.
Entre
las mayores necesidades que padecimos en la infancia fueron la falta de
ingresos, agua, leña combustible, alimento para el ganado, maquinaria para las
labores agrícolas y apoyos para dar valor agregado a los productos del campo. No
había más servicios públicos para la producción que un molino de nixtamal.
Esto
motivó en mucho la decisión de estudiar para ingeniero agrónomo, pero durante
la vida de la escuela no se incluyeron estos problemas, seguramente por
considerarlos obvios y hasta insignificantes. Hablar del campo durante la
formación profesional en Chapingo, estaba muy orientado a las grandes unidades
productivas y a las condiciones favorables: grandes superficies, riego,
maquinaria, financiamiento. Nadie se ocupaba de las condiciones adversas:
dependencia de lluvias, parcelas pequeñas, falta de capacitación ni asesoría,
sin maquinaria ni acceso a mercados, como ocurre en el 85% de las unidades
productivas de México.
Los
problemas de México, los reales, no se están abordando en el sistema educativo
nacional y se puede comprobar fácilmente por las estadísticas de pobreza, de
deterioro ambiental y contaminación, de inseguridad pública, de obesidad, desnutrición,
enfermedades, precariedad de la vivienda y en la migración existente.
De
acuerdo con datos del Banco Mundial, entre 2016 y 2023, Argentina, Brasil,
Republica Dominicana, Perú y El Salvador, mantienen niveles de pobreza entre
57% y 76%; México cerca de 60%.
A
pesar de que acarreaba agua para las necesidades familiares, nunca se me
ocurrió juntar la lluvia. Tardé muchos años para comprender que la única fuente
de agua es la lluvia gracias al ciclo hidrológico; que Dios da el agua, pero no
la entuba y tampoco paga el recibo. Entendí el concepto de cuenca hidrológica
15 años después de haber egresado y, creo como muchos, que debe ser el elemento
básico de planeación más que otras unidades territoriales.
Más
de 40 años tardé en darme cuenta de que muchas de mis inseguridades tenían como
origen malas experiencias de la infancia. No tuve acceso a una verdadera
orientación vocacional, nadie me ayudó a identificar mis talentos y
convertirlos en fortalezas. Desarrollar una visión personal o el emprendimiento
temprano que tiene una curva de aprendizaje insalvable de tres años. Nadie lo
mencionó en la vida de la escuela.
Elegí
mi destino sin conocimiento personal, dejando a las circunstancias esa
decisión. No hubo metas preestablecidas y los logros que considero muy
abundantes, fueron más producto de seguir caminando, haciendo un poco más de lo
que tocaba y del apoyo generoso e incondicional de muchas personas que fueron
mis superiores y a quienes mucho les agradezco. Aprender todos los días fue una
decisión muy temprana. Y entre las primeras, el control emocional que hoy me
acompaña, además de reconocer a los demás, saber que todos somos diferentes,
ayudar siempre que se pueda, y, hacer el mayor bien posible en todo lo que haga.
Los
años viejos, propios y de otros, las épocas pasadas son muy abundantes en
experiencias y conocimientos. Todo está escrito y al leer se puede encontrar
para fortalecer nuestro proceso personal de aprendizaje que es normalmente
lento y más cuando no tenemos el cuidado de registrar las experiencias vividas o
medir los efectos.
Al
inicio de un nuevo año, es muy importante construir una visión de los años
futuros, con metas más allá de perder peso o aprender un idioma. Necesitamos
transformar realidades que hoy afectan la vida de millones de personas. Cosas
que se recuerden por 500 o mil años. Cosas que no se hayan hecho o intentado. Y
dejar el mundo, mejor que como lo encontramos.
¡Feliz
año 2026 para todas y todos!



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