lunes, 29 de diciembre de 2025

Nuevos Horizontes


 

Experiencias de los años viejos, feliz año 2026

                                                                                             Alberto Jiménez Merino

A los 8 años, curioseando en un bote de tornillos, clavos y rondanas oxidados por la lluvia, me encontré un hilo de plástico que tenía una bolita de plomo y, como a 10 centímetros, un ganchito de metal con punta. Mi papá me dijo que era un anzuelo, el gancho se cubría con una lombriz de tierra y servía para pescar.

A esta edad fui pescador de bagre en el río Mixteco, en Xantoxtla, Tecomatlán. Aunque varias veces comimos pescado y tuve mis primeros ingresos por su venta, la gran cantidad de tareas en la casa no permitieron dedicarme a pescar, en un tiempo en el que predominaba la costumbre de “cuevear”, es decir, meterse al río y buscar las cuevas para sacar los peces que se capturaban en redes. En tal caso no vi a la pesca como una opción de ingreso y desarrollo económico, ni personal ni familiar.

En estos años la gente esperaba que el río matara los peces en las primeras lluvias de la temporada. El agua se revolvía y los peces salían a la orilla buscando oxígeno, producto de la saturación de lodo en las branquias. Este fenómeno duraba como 30 a 40 minutos, suficientes para pescar grandes cantidades de peces. No imaginábamos que los peces se podían criar en estanques. El primero que lo hizo fue Augusto Hernández en los años 90´s. Después, lo hicimos en Tehuitzingo, en el año 2003.

Según el Libro de Eclesiastés de la Biblia, capítulo 1 versículo 9, “no hay nada nuevo bajo el sol”. Su significado es que, a pesar de que las cosas pueden parecer nuevas, en realidad, la historia se repite y todo tiene un precedente.

Entre las mayores necesidades que padecimos en la infancia fueron la falta de ingresos, agua, leña combustible, alimento para el ganado, maquinaria para las labores agrícolas y apoyos para dar valor agregado a los productos del campo. No había más servicios públicos para la producción que un molino de nixtamal.

Esto motivó en mucho la decisión de estudiar para ingeniero agrónomo, pero durante la vida de la escuela no se incluyeron estos problemas, seguramente por considerarlos obvios y hasta insignificantes. Hablar del campo durante la formación profesional en Chapingo, estaba muy orientado a las grandes unidades productivas y a las condiciones favorables: grandes superficies, riego, maquinaria, financiamiento. Nadie se ocupaba de las condiciones adversas: dependencia de lluvias, parcelas pequeñas, falta de capacitación ni asesoría, sin maquinaria ni acceso a mercados, como ocurre en el 85% de las unidades productivas de México. 

Los problemas de México, los reales, no se están abordando en el sistema educativo nacional y se puede comprobar fácilmente por las estadísticas de pobreza, de deterioro ambiental y contaminación, de inseguridad pública, de obesidad, desnutrición, enfermedades, precariedad de la vivienda y en la migración existente.

De acuerdo con datos del Banco Mundial, entre 2016 y 2023, Argentina, Brasil, Republica Dominicana, Perú y El Salvador, mantienen niveles de pobreza entre 57% y 76%; México cerca de 60%.

A pesar de que acarreaba agua para las necesidades familiares, nunca se me ocurrió juntar la lluvia. Tardé muchos años para comprender que la única fuente de agua es la lluvia gracias al ciclo hidrológico; que Dios da el agua, pero no la entuba y tampoco paga el recibo. Entendí el concepto de cuenca hidrológica 15 años después de haber egresado y, creo como muchos, que debe ser el elemento básico de planeación más que otras unidades territoriales.

Más de 40 años tardé en darme cuenta de que muchas de mis inseguridades tenían como origen malas experiencias de la infancia. No tuve acceso a una verdadera orientación vocacional, nadie me ayudó a identificar mis talentos y convertirlos en fortalezas. Desarrollar una visión personal o el emprendimiento temprano que tiene una curva de aprendizaje insalvable de tres años. Nadie lo mencionó en la vida de la escuela.

Elegí mi destino sin conocimiento personal, dejando a las circunstancias esa decisión. No hubo metas preestablecidas y los logros que considero muy abundantes, fueron más producto de seguir caminando, haciendo un poco más de lo que tocaba y del apoyo generoso e incondicional de muchas personas que fueron mis superiores y a quienes mucho les agradezco. Aprender todos los días fue una decisión muy temprana. Y entre las primeras, el control emocional que hoy me acompaña, además de reconocer a los demás, saber que todos somos diferentes, ayudar siempre que se pueda, y, hacer el mayor bien posible en todo lo que haga.

Los años viejos, propios y de otros, las épocas pasadas son muy abundantes en experiencias y conocimientos. Todo está escrito y al leer se puede encontrar para fortalecer nuestro proceso personal de aprendizaje que es normalmente lento y más cuando no tenemos el cuidado de registrar las experiencias vividas o medir los efectos.

Al inicio de un nuevo año, es muy importante construir una visión de los años futuros, con metas más allá de perder peso o aprender un idioma. Necesitamos transformar realidades que hoy afectan la vida de millones de personas. Cosas que se recuerden por 500 o mil años. Cosas que no se hayan hecho o intentado. Y dejar el mundo, mejor que como lo encontramos.

¡Feliz año 2026 para todas y todos!


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Experiencias de los años viejos, feliz año 2026

                                                                                             Alberto Jiménez Merino

A los 8 años, curioseando en un bote de tornillos, clavos y rondanas oxidados por la lluvia, me encontré un hilo de plástico que tenía una bolita de plomo y, como a 10 centímetros, un ganchito de metal con punta. Mi papá me dijo que era un anzuelo, el gancho se cubría con una lombriz de tierra y servía para pescar.

A esta edad fui pescador de bagre en el río Mixteco, en Xantoxtla, Tecomatlán. Aunque varias veces comimos pescado y tuve mis primeros ingresos por su venta, la gran cantidad de tareas en la casa no permitieron dedicarme a pescar, en un tiempo en el que predominaba la costumbre de “cuevear”, es decir, meterse al río y buscar las cuevas para sacar los peces que se capturaban en redes. En tal caso no vi a la pesca como una opción de ingreso y desarrollo económico, ni personal ni familiar.

En estos años la gente esperaba que el río matara los peces en las primeras lluvias de la temporada. El agua se revolvía y los peces salían a la orilla buscando oxígeno, producto de la saturación de lodo en las branquias. Este fenómeno duraba como 30 a 40 minutos, suficientes para pescar grandes cantidades de peces. No imaginábamos que los peces se podían criar en estanques. El primero que lo hizo fue Augusto Hernández en los años 90´s. Después, lo hicimos en Tehuitzingo, en el año 2003.

Según el Libro de Eclesiastés de la Biblia, capítulo 1 versículo 9, “no hay nada nuevo bajo el sol”. Su significado es que, a pesar de que las cosas pueden parecer nuevas, en realidad, la historia se repite y todo tiene un precedente.

Entre las mayores necesidades que padecimos en la infancia fueron la falta de ingresos, agua, leña combustible, alimento para el ganado, maquinaria para las labores agrícolas y apoyos para dar valor agregado a los productos del campo. No había más servicios públicos para la producción que un molino de nixtamal.

Esto motivó en mucho la decisión de estudiar para ingeniero agrónomo, pero durante la vida de la escuela no se incluyeron estos problemas, seguramente por considerarlos obvios y hasta insignificantes. Hablar del campo durante la formación profesional en Chapingo, estaba muy orientado a las grandes unidades productivas y a las condiciones favorables: grandes superficies, riego, maquinaria, financiamiento. Nadie se ocupaba de las condiciones adversas: dependencia de lluvias, parcelas pequeñas, falta de capacitación ni asesoría, sin maquinaria ni acceso a mercados, como ocurre en el 85% de las unidades productivas de México. 

Los problemas de México, los reales, no se están abordando en el sistema educativo nacional y se puede comprobar fácilmente por las estadísticas de pobreza, de deterioro ambiental y contaminación, de inseguridad pública, de obesidad, desnutrición, enfermedades, precariedad de la vivienda y en la migración existente.

De acuerdo con datos del Banco Mundial, entre 2016 y 2023, Argentina, Brasil, Republica Dominicana, Perú y El Salvador, mantienen niveles de pobreza entre 57% y 76%; México cerca de 60%.

A pesar de que acarreaba agua para las necesidades familiares, nunca se me ocurrió juntar la lluvia. Tardé muchos años para comprender que la única fuente de agua es la lluvia gracias al ciclo hidrológico; que Dios da el agua, pero no la entuba y tampoco paga el recibo. Entendí el concepto de cuenca hidrológica 15 años después de haber egresado y, creo como muchos, que debe ser el elemento básico de planeación más que otras unidades territoriales.

Más de 40 años tardé en darme cuenta de que muchas de mis inseguridades tenían como origen malas experiencias de la infancia. No tuve acceso a una verdadera orientación vocacional, nadie me ayudó a identificar mis talentos y convertirlos en fortalezas. Desarrollar una visión personal o el emprendimiento temprano que tiene una curva de aprendizaje insalvable de tres años. Nadie lo mencionó en la vida de la escuela.

Elegí mi destino sin conocimiento personal, dejando a las circunstancias esa decisión. No hubo metas preestablecidas y los logros que considero muy abundantes, fueron más producto de seguir caminando, haciendo un poco más de lo que tocaba y del apoyo generoso e incondicional de muchas personas que fueron mis superiores y a quienes mucho les agradezco. Aprender todos los días fue una decisión muy temprana. Y entre las primeras, el control emocional que hoy me acompaña, además de reconocer a los demás, saber que todos somos diferentes, ayudar siempre que se pueda, y, hacer el mayor bien posible en todo lo que haga.

Los años viejos, propios y de otros, las épocas pasadas son muy abundantes en experiencias y conocimientos. Todo está escrito y al leer se puede encontrar para fortalecer nuestro proceso personal de aprendizaje que es normalmente lento y más cuando no tenemos el cuidado de registrar las experiencias vividas o medir los efectos.

Al inicio de un nuevo año, es muy importante construir una visión de los años futuros, con metas más allá de perder peso o aprender un idioma. Necesitamos transformar realidades que hoy afectan la vida de millones de personas. Cosas que se recuerden por 500 o mil años. Cosas que no se hayan hecho o intentado. Y dejar el mundo, mejor que como lo encontramos.

¡Feliz año 2026 para todas y todos!


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