El Arte de Fluir: Redefiniendo el Cambio
entre el Tao y la Voluntad Occidental
Cada mes de enero, Occidente se sumerge en un ritual de renovación que, aunque cargado de buenas intenciones, suele nacer de una profunda insatisfacción con el ser actual. Nos hemos acostumbrado a ver el calendario como un tribunal donde con un juez implacable que, al marcar la medianoche del 31 de diciembre, nos exige cuentas o una metamorfosis radical. La tradición occidental, heredera de una visión lineal del tiempo y de una fe inquebrantable en la voluntad individual, nos invita a reinventarnos mediante decretos y metas de hierro. Sin embargo, esta búsqueda de la "mejor versión de uno mismo" a menudo se convierte en una carrera agotadora contra nuestra propia naturaleza, ignorando que el cambio, para ser sostenible, no puede ser una ruptura violenta, sino un proceso de integración.
Frente a esta rigidez, la sabiduría oriental,
específicamente la filosofía taoísta, nos ofrece una perspectiva refrescante y
profundamente compasiva. El Tao no es un manual de instrucciones para el éxito,
sino el reconocimiento del flujo imperceptible de la transformación. Para el
taoísmo, el cambio no es algo que debamos "provocar" mediante un
esfuerzo heroico de la voluntad; el cambio es la esencia misma de la realidad.
Mientras que en Occidente nos obsesionamos con "hacer corriente el cambio"
a través de resoluciones anuales, el Tao nos recuerda que ya estamos inmersos
en esa corriente. El error de nuestra argumentación moderna suele residir en
creer que la reinvención es una adición de capas de éxito, cuando la verdadera
sabiduría radica en el retorno a la simplicidad y en el despojo de lo
artificial.
Proponer un puente entre estas dos cosmovisiones no solo es
posible, sino necesario para cultivar una salud mental equilibrada. La
coexistencia surge cuando aprendemos a utilizar las convenciones del calendario
—años, meses y días— no como metas de productividad, sino como umbrales de
reflexión. Podemos imaginar el año nuevo no como el inicio de una competencia,
sino como una "intención semilla". Esta es una propuesta más amable y
empática: en lugar de exigirnos resultados cuantificables, podemos definir una
orientación general para nuestro flujo vital. Al adoptar la noción de Ziran
(por sí mismo) o espontaneidad natural, permitimos que nuestras acciones nazcan
de una armonía interna y no de una presión externa.
Este enfoque transforma las micrometas diarias en espacios
de conciencia del cambio. Si nuestro objetivo es, por ejemplo, cultivar el
bienestar integral, la aplicación del puente filosófico nos enseña que un día
de descanso no es un fracaso del plan anual, sino una adaptación necesaria al
flujo de nuestra energía actual. Aquí es donde la filosofía de Heráclito se
encuentra con Lao Tsé: si "todo fluye" y "nadie se baña dos
veces en el mismo río", es absurdo pretender que un propósito formulado en
la euforia de enero se mantenga estático ante las tormentas de marzo. La
compasión hacia uno mismo nace de aceptar que somos seres en constante devenir,
y que la rigidez es, en última instancia, una forma de resistencia al Tao que
solo produce sufrimiento.
Al final del día, la propuesta de una "Ritualidad
Orgánica" —en estrecha relación con la idiosincrasia de los pueblos
originarios latinoamericanos— nos invita a habitar el tiempo de una manera más
humana. Las fuentes de esta reflexión, desde el Tao Te King hasta las críticas
contemporáneas de Byung-Chul Han sobre la sociedad del rendimiento, coinciden
en un punto fundamental: hemos perdido la capacidad de esperar y de observar el
crecimiento silencioso. La verdadera transformación es como el agua que erosiona
la piedra; no lo hace por la fuerza de un solo golpe, sino por la persistencia
de su presencia diaria y su capacidad de adaptarse a la forma del cauce. Al
integrar la estructura occidental con la fluidez oriental, convertimos el
calendario en un aliado que nos recuerda, mes a mes, que siempre tenemos la
oportunidad de volver al centro.
Este cambio de perspectiva nos permite dejar de ser
arquitectos obsesionados con planos rígidos para convertirnos en jardineros de
nuestra propia vida. El jardinero no fuerza a la planta a crecer; prepara el
suelo, asegura el agua y confía en el proceso natural. Al abrazar nuestras
micrometas con esta mentalidad, cada día se convierte en un acto de presencia y
cada mes en una pausa para calibrar nuestra alineación con lo que realmente
valoramos. Es una invitación a dejar de luchar contra la corriente y empezar a
navegar con la curiosidad de quien sabe que el camino es tan importante como el
destino, y que la transformación más profunda es aquella que ocurre sin que nos
demos cuenta, en el silencio de lo cotidiano.
Tras haber reflexionado sobre la diferencia entre forzar un
cambio y permitir que éste florezca con el tiempo, ¿qué pasaría si este año, en
lugar de intentar convertirte en alguien nuevo, te dieras el permiso de
simplemente descubrir quién eres bajo el flujo de tu propia naturaleza?
Sanar es amar.



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