jueves, 29 de enero de 2026

ONDAS ALFA.


 

Mi voz interna quiere ser influencer

 

 

Mi voz interna no es mala persona. Al contrario, es entusiasta, creativa, ingeniosa y muy participativa. El problema no es su intención, sino su ambición. Porque, claramente, mi voz interna no quiere ser solo una voz: quiere ser influencer de mi vida. Quiere opinar de todo, reaccionar a todo y transmitir en vivo cada pensamiento como si hubiera una audiencia esperando su contenido exclusivo.

 

Tiene energía de sobra. Si algo pasa, ella ya hizo un análisis, un resumen, una conclusión y un “story” mental con música dramática incluida. Si no pasa nada, lo inventa. Si estoy tranquilo, sospecha. Si estoy feliz, me recuerda que eso no dura mucho. Y si intento concentrarme, aparece con un comentario urgente que, según ella, no puede esperar ni treinta segundos.

 

Al principio fue una gran aliada. Siempre estaba ahí para advertirme, explicarme y protegerme. Si algo salía mal, ella lo analizaba con detalle. Si algo podía salir peor, lo anticipaba con gráficos imaginarios. Si alguien me miraba raro, ya tenía una teoría completa en menos de tres segundos. Era mi voz interna, mi comentarista personal, mi mejor amiga… esa que parece muy inteligente y siempre tiene algo que decir.

 

Con el tiempo, esa amiga empezó a hablar más. Ya no solo cuando yo la necesitaba, sino cuando ella quería. Me despertaba por la mañana con una transmisión especial titulada “Todo lo que tienes pendiente hoy”. Opinaba mientras me bañaba, narraba mis errores pasados mientras intentaba desayunar en paz y ensayaba discusiones futuras mientras yo solo quería manejar sin pensar en nada. No gritaba. No insultaba. Solo hablaba. Todo el tiempo. Como influencer en pleno “en vivo”.

 

Recuerdo una escena muy clara. Estaba en una cafetería, café en mano, por primera vez en semanas, sin prisa. De pronto, mi voz interna apareció con tono entusiasta:
“Atención, seguidores, aquí estamos disfrutando un momento de calma… aunque deberíamos estar resolviendo lo de la semana pasada, pensando en lo que sigue y analizando por qué dijiste eso ayer”. Yo solo quería tomar café. Ella quería mi engagement.

 

Intenté seguir con mi día, pero competía por mi atención como ese amigo entrañable que necesita ser el centro de la conversación. Si le prestaba oído, se emocionaba. Si la ignoraba, subía el volumen. Y así, sin darme cuenta, pasé de pensar de vez en cuando… a vivir pensando. Vivir narrado. Vivir comentado. Vivir con subtítulos mentales.

 

Desde la psicología sabemos que esta voz no es un defecto ni una falla. Es el resultado de una mente entrenada para narrar, anticipar y dar sentido. Nuestro cerebro tiene una red dedicada a contar historias sobre quiénes somos, qué nos pasó y qué podría pasar. Gracias a ella tenemos identidad, memoria y creatividad. El problema no es que exista, sino que no sepa retirarse del escenario cuando ya dio suficiente contenido.

 

Lo curioso es que cuanto más reflexivos, sensibles o analíticos somos, más material le damos a esta influencer interna. Más recuerdos, más hipótesis, más interpretaciones. Y sin darnos cuenta, terminamos creyendo que somos esa narración incesante, cuando en realidad solo es una función mental trabajando horas extra sin que nadie le haya pedido turno doble.

 

Otra escena cotidiana: estoy en una junta. Todo va bien. Nadie dijo nada raro. Silencio normal. Mi voz interna, micrófono en mano, susurra:
—“¿Notaste cómo te miraron? Seguro pensaron algo. Vamos a analizarlo”. Yo quería escuchar la reunión. Ella quería likes.

 

El día que dejé de discutir con mi voz interna, algo cambió. Me di cuenta de que discutir con un influencer solo aumenta su alcance. Así que empecé a tratarla como a ese amigo que siempre quiere hablar, pero al que puedo decirle con cariño: “ahorita no”. No callarla a la fuerza, no pelearme con ella, solo no seguirle el hilo.

 

Descubrí algo curioso: cuando dejo de seguir cada pensamiento, aparece algo más simple y más vivo. La experiencia directa de estar aquí. El sonido del café, el cuerpo respirando, el momento ocurriendo sin narrador. Mi voz interna sigue ahí, claro, pero ya no está transmitiendo en vivo todo el tiempo. A veces solo observa desde la banca.

 

Cuando esa voz interna no descansa, la concentración se diluye. La mente se va hacia adentro justo cuando necesitamos estar afuera. El cuerpo está presente, pero la atención está atrapada en una conversación invisible. Y cuanto más luchamos por callarla, más se empeña en demostrar que tiene algo importante que decir, como influencer defendiendo su relevancia.

 

Un día entendí que no necesitaba pelear con ese amigo. Necesitaba ponerle límites. Escucharlo cuando era útil, agradecerle su intención protectora… y recordarle que no siempre tiene que conducir. A veces puede sentarse en el asiento de atrás, guardar el celular y mirar el paisaje conmigo.

 

¿Qué pasaría si dejaras de darle el micrófono todo el tiempo y te permitieras vivir sin narrarlo?

 

Sanar es amar.


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ONDAS ALFA.


 

Mi voz interna quiere ser influencer

 

 

Mi voz interna no es mala persona. Al contrario, es entusiasta, creativa, ingeniosa y muy participativa. El problema no es su intención, sino su ambición. Porque, claramente, mi voz interna no quiere ser solo una voz: quiere ser influencer de mi vida. Quiere opinar de todo, reaccionar a todo y transmitir en vivo cada pensamiento como si hubiera una audiencia esperando su contenido exclusivo.

 

Tiene energía de sobra. Si algo pasa, ella ya hizo un análisis, un resumen, una conclusión y un “story” mental con música dramática incluida. Si no pasa nada, lo inventa. Si estoy tranquilo, sospecha. Si estoy feliz, me recuerda que eso no dura mucho. Y si intento concentrarme, aparece con un comentario urgente que, según ella, no puede esperar ni treinta segundos.

 

Al principio fue una gran aliada. Siempre estaba ahí para advertirme, explicarme y protegerme. Si algo salía mal, ella lo analizaba con detalle. Si algo podía salir peor, lo anticipaba con gráficos imaginarios. Si alguien me miraba raro, ya tenía una teoría completa en menos de tres segundos. Era mi voz interna, mi comentarista personal, mi mejor amiga… esa que parece muy inteligente y siempre tiene algo que decir.

 

Con el tiempo, esa amiga empezó a hablar más. Ya no solo cuando yo la necesitaba, sino cuando ella quería. Me despertaba por la mañana con una transmisión especial titulada “Todo lo que tienes pendiente hoy”. Opinaba mientras me bañaba, narraba mis errores pasados mientras intentaba desayunar en paz y ensayaba discusiones futuras mientras yo solo quería manejar sin pensar en nada. No gritaba. No insultaba. Solo hablaba. Todo el tiempo. Como influencer en pleno “en vivo”.

 

Recuerdo una escena muy clara. Estaba en una cafetería, café en mano, por primera vez en semanas, sin prisa. De pronto, mi voz interna apareció con tono entusiasta:
“Atención, seguidores, aquí estamos disfrutando un momento de calma… aunque deberíamos estar resolviendo lo de la semana pasada, pensando en lo que sigue y analizando por qué dijiste eso ayer”. Yo solo quería tomar café. Ella quería mi engagement.

 

Intenté seguir con mi día, pero competía por mi atención como ese amigo entrañable que necesita ser el centro de la conversación. Si le prestaba oído, se emocionaba. Si la ignoraba, subía el volumen. Y así, sin darme cuenta, pasé de pensar de vez en cuando… a vivir pensando. Vivir narrado. Vivir comentado. Vivir con subtítulos mentales.

 

Desde la psicología sabemos que esta voz no es un defecto ni una falla. Es el resultado de una mente entrenada para narrar, anticipar y dar sentido. Nuestro cerebro tiene una red dedicada a contar historias sobre quiénes somos, qué nos pasó y qué podría pasar. Gracias a ella tenemos identidad, memoria y creatividad. El problema no es que exista, sino que no sepa retirarse del escenario cuando ya dio suficiente contenido.

 

Lo curioso es que cuanto más reflexivos, sensibles o analíticos somos, más material le damos a esta influencer interna. Más recuerdos, más hipótesis, más interpretaciones. Y sin darnos cuenta, terminamos creyendo que somos esa narración incesante, cuando en realidad solo es una función mental trabajando horas extra sin que nadie le haya pedido turno doble.

 

Otra escena cotidiana: estoy en una junta. Todo va bien. Nadie dijo nada raro. Silencio normal. Mi voz interna, micrófono en mano, susurra:
—“¿Notaste cómo te miraron? Seguro pensaron algo. Vamos a analizarlo”. Yo quería escuchar la reunión. Ella quería likes.

 

El día que dejé de discutir con mi voz interna, algo cambió. Me di cuenta de que discutir con un influencer solo aumenta su alcance. Así que empecé a tratarla como a ese amigo que siempre quiere hablar, pero al que puedo decirle con cariño: “ahorita no”. No callarla a la fuerza, no pelearme con ella, solo no seguirle el hilo.

 

Descubrí algo curioso: cuando dejo de seguir cada pensamiento, aparece algo más simple y más vivo. La experiencia directa de estar aquí. El sonido del café, el cuerpo respirando, el momento ocurriendo sin narrador. Mi voz interna sigue ahí, claro, pero ya no está transmitiendo en vivo todo el tiempo. A veces solo observa desde la banca.

 

Cuando esa voz interna no descansa, la concentración se diluye. La mente se va hacia adentro justo cuando necesitamos estar afuera. El cuerpo está presente, pero la atención está atrapada en una conversación invisible. Y cuanto más luchamos por callarla, más se empeña en demostrar que tiene algo importante que decir, como influencer defendiendo su relevancia.

 

Un día entendí que no necesitaba pelear con ese amigo. Necesitaba ponerle límites. Escucharlo cuando era útil, agradecerle su intención protectora… y recordarle que no siempre tiene que conducir. A veces puede sentarse en el asiento de atrás, guardar el celular y mirar el paisaje conmigo.

 

¿Qué pasaría si dejaras de darle el micrófono todo el tiempo y te permitieras vivir sin narrarlo?

 

Sanar es amar.


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