Mi voz interna
quiere ser influencer
Mi voz interna
no es mala persona. Al contrario, es entusiasta, creativa, ingeniosa y muy
participativa. El problema no es su intención, sino su ambición. Porque,
claramente, mi voz interna no quiere ser solo una voz: quiere ser influencer de
mi vida. Quiere opinar de todo, reaccionar a todo y transmitir en vivo cada
pensamiento como si hubiera una audiencia esperando su contenido exclusivo.
Tiene energía
de sobra. Si algo pasa, ella ya hizo un análisis, un resumen, una conclusión y
un “story” mental con música dramática incluida. Si no pasa nada, lo inventa.
Si estoy tranquilo, sospecha. Si estoy feliz, me recuerda que eso no dura
mucho. Y si intento concentrarme, aparece con un comentario urgente que, según
ella, no puede esperar ni treinta segundos.
Al principio
fue una gran aliada. Siempre estaba ahí para advertirme, explicarme y
protegerme. Si algo salía mal, ella lo analizaba con detalle. Si algo podía
salir peor, lo anticipaba con gráficos imaginarios. Si alguien me miraba raro,
ya tenía una teoría completa en menos de tres segundos. Era mi voz interna, mi
comentarista personal, mi mejor amiga… esa que parece muy inteligente y siempre
tiene algo que decir.
Con el tiempo,
esa amiga empezó a hablar más. Ya no solo cuando yo la necesitaba, sino cuando ella
quería. Me despertaba por la mañana con una transmisión especial titulada “Todo
lo que tienes pendiente hoy”. Opinaba mientras me bañaba, narraba mis
errores pasados mientras intentaba desayunar en paz y ensayaba discusiones
futuras mientras yo solo quería manejar sin pensar en nada. No gritaba. No
insultaba. Solo hablaba. Todo el tiempo. Como influencer en pleno “en vivo”.
Recuerdo una
escena muy clara. Estaba en una cafetería, café en mano, por primera vez en
semanas, sin prisa. De pronto, mi voz interna apareció con tono entusiasta:
“Atención, seguidores, aquí estamos disfrutando un momento de calma… aunque
deberíamos estar resolviendo lo de la semana pasada, pensando en lo que sigue y
analizando por qué dijiste eso ayer”. Yo solo quería tomar café. Ella quería mi
engagement.
Intenté seguir
con mi día, pero competía por mi atención como ese amigo entrañable que
necesita ser el centro de la conversación. Si le prestaba oído, se emocionaba.
Si la ignoraba, subía el volumen. Y así, sin darme cuenta, pasé de pensar de
vez en cuando… a vivir pensando. Vivir narrado. Vivir comentado. Vivir con
subtítulos mentales.
Desde la
psicología sabemos que esta voz no es un defecto ni una falla. Es el resultado
de una mente entrenada para narrar, anticipar y dar sentido. Nuestro cerebro
tiene una red dedicada a contar historias sobre quiénes somos, qué nos pasó y
qué podría pasar. Gracias a ella tenemos identidad, memoria y creatividad. El
problema no es que exista, sino que no sepa retirarse del escenario cuando ya
dio suficiente contenido.
Lo curioso es
que cuanto más reflexivos, sensibles o analíticos somos, más material le damos
a esta influencer interna. Más recuerdos, más hipótesis, más interpretaciones.
Y sin darnos cuenta, terminamos creyendo que somos esa narración incesante,
cuando en realidad solo es una función mental trabajando horas extra sin que
nadie le haya pedido turno doble.
Otra escena
cotidiana: estoy en una junta. Todo va bien. Nadie dijo nada raro. Silencio
normal. Mi voz interna, micrófono en mano, susurra:
—“¿Notaste cómo te miraron? Seguro pensaron algo. Vamos a analizarlo”. Yo
quería escuchar la reunión. Ella quería likes.
El día que dejé
de discutir con mi voz interna, algo cambió. Me di cuenta de que discutir con
un influencer solo aumenta su alcance. Así que empecé a tratarla como a ese
amigo que siempre quiere hablar, pero al que puedo decirle con cariño: “ahorita
no”. No callarla a la fuerza, no pelearme con ella, solo no seguirle el hilo.
Descubrí algo
curioso: cuando dejo de seguir cada pensamiento, aparece algo más simple y más
vivo. La experiencia directa de estar aquí. El sonido del café, el cuerpo
respirando, el momento ocurriendo sin narrador. Mi voz interna sigue ahí,
claro, pero ya no está transmitiendo en vivo todo el tiempo. A veces solo
observa desde la banca.
Cuando esa voz
interna no descansa, la concentración se diluye. La mente se va hacia adentro
justo cuando necesitamos estar afuera. El cuerpo está presente, pero la
atención está atrapada en una conversación invisible. Y cuanto más luchamos por
callarla, más se empeña en demostrar que tiene algo importante que decir, como
influencer defendiendo su relevancia.
Un día entendí
que no necesitaba pelear con ese amigo. Necesitaba ponerle límites. Escucharlo
cuando era útil, agradecerle su intención protectora… y recordarle que no
siempre tiene que conducir. A veces puede sentarse en el asiento de atrás,
guardar el celular y mirar el paisaje conmigo.
¿Qué pasaría si
dejaras de darle el micrófono todo el tiempo y te permitieras vivir sin
narrarlo?
Sanar es amar.



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