Cuando la puerta del abuso es la que
dejamos abierta
Hay violencias que no gritan. No dejan moretones
visibles ni obligan a bajar la mirada en público. Son abusos silenciosos,
pulcros, casi educados. Se cuelan en la vida cotidiana con la forma de la
indiferencia, del desinterés sistemático, de la invalidación constante. No
llegan rompiendo la puerta: entran porque alguien, poco a poco, la fue dejando
abierta.
Nos enseñaron a pensar el abuso como algo
evidente, exagerado, extremo. Pero pocas veces nos hablaron de ese otro abuso
que se disfraza de normalidad, que se sostiene con frases aparentemente
inocentes, con silencios prolongados, con la negación repetida de lo que uno
siente. Ese abuso que no empieza con un golpe, sino con un “estás exagerando”,
un “no es para tanto”, un “siempre haces drama”.
En muchas relaciones, el problema no comienza con
la maldad del otro, sino con la ausencia de límites propios. No porque la
persona quiera ser lastimada, sino porque aprendió —desde muy temprano— que
amar implica adaptarse, callar, ceder, entender más de lo que es sano. La
puerta del abuso no siempre la empuja el agresor; a veces la deja abierta quien
teme que cerrarla signifique quedarse solo.
Ella se despierta antes que él. Prepara café. Le
cuenta una idea que la entusiasmó durante la noche, algo que pensó para su
trabajo, algo que la hizo sentirse viva. Él no responde. Mira el teléfono.
Asiente sin mirarla. Ella insiste, busca sus ojos, repite la idea con otras
palabras. Él suspira. “No empieces tan temprano”, dice. Algo se apaga. No es la
primera vez. No será la última.
Más tarde, ella se siente triste. Se atreve a
decirlo. Él responde con ironía: “Siempre estás mal por algo”. Cuando ella
llora, él se vuelve distante. No la insulta, no la golpea, no levanta la voz.
Simplemente se va emocionalmente. Se encierra en el silencio. Y ese silencio
pesa más que cualquier grito. Ella empieza a dudar de sí misma. Tal vez
exagera. Tal vez siente demasiado. Tal vez el problema es ella.
Ese es el abuso que no se reconoce a tiempo: la
invalidación emocional. La negación constante de la experiencia interna del
otro. Cuando tus emociones no son escuchadas, cuando tus ideas son minimizadas,
cuando tu dolor es tratado como una molestia, algo profundo se rompe. Y lo más
peligroso es que, con el tiempo, ya no hace falta que el otro invalide: uno
aprende a hacerlo solo.
En muchas mujeres —aunque no exclusivamente— este
tipo de abuso se sostiene sobre una educación emocional que premia la
complacencia y castiga el límite. Aprendieron que decir “no” es egoísta, que
retirarse es abandono, que poner una frontera es una amenaza. Así, el abuso no
entra de golpe: entra porque nadie le dijo que tenía derecho a cerrar la
puerta.
Desde la psicología de pareja sabemos que los
vínculos sin límites claros se organizan desde el miedo, no desde el amor.
Miedo a perder, miedo a incomodar, miedo a ser reemplazada, miedo a no ser
suficiente. Ese miedo lleva a tolerar lo intolerable. A justificar lo
injustificable. A esperar que, si se aguanta un poco más, el otro cambie.
Pero el abuso no se corrige con paciencia
infinita. Se sostiene con ella.
Cuando una persona invalida sistemáticamente a su
pareja, cuando ignora sus necesidades emocionales, cuando responde con frialdad
ante el dolor, no estamos ante una simple “diferencia de carácter”. Estamos
ante una dinámica que erosiona la identidad del otro. Y esa erosión solo es
posible cuando no hay límites que la detengan.
Poner límites no es endurecerse. Es dejar de
desaparecer. Un límite no dice “ya no te amo”, dice “así puedo seguir amándote
sin destruirme”. Cuando alguien expresa un límite y el otro lo ridiculiza, lo
ignora o lo castiga con distancia emocional, la relación deja de ser un espacio
seguro.
La pregunta incómoda no es solo por qué el otro
lastima. La pregunta más difícil es: ¿qué he normalizado?, ¿qué he
justificado?, ¿qué he callado para que esto continúe? No desde la culpa, sino
desde la responsabilidad personal. Porque nadie merece abuso, pero sí tenemos
la tarea —dolorosa, valiente— de reconocer cuándo estamos permitiendo que
continúe.
Cerrar la puerta del abuso no siempre implica
irse de inmediato. A veces implica nombrar lo que duele, poner palabras donde
antes había silencio, establecer consecuencias cuando los límites no son
respetados. Implica entender que el amor adulto no se sostiene con aguante,
sino con reciprocidad emocional.
Un límite sano protege. No castiga. No humilla.
No amenaza. Protege la dignidad, la integridad emocional, la posibilidad de
seguir siendo uno mismo dentro del vínculo. Cuando una emoción es invalidada,
el límite puede ser retirarse de la conversación. Cuando hay indiferencia
constante, el límite puede ser dejar de exponerse sin respuesta. Cuando no hay
respeto, el límite puede ser reorganizar la relación… o terminarla.
Esta no es una invitación a señalar culpables,
sino a abrir los ojos. Porque el abuso más peligroso no siempre es el que
irrumpe con violencia, sino el que se instala lentamente mientras aprendemos a
no sentir, a no pedir, a no molestar.
Si al leer esto algo en ti se movió, si
reconociste escenas, silencios o frases, tal vez sea momento de preguntarte con
honestidad: ¿qué puerta dejé abierta por miedo a quedarme sola o solo?, ¿qué
parte de mí he estado sacrificando para sostener este vínculo?
El amor no debería pedirte que te apagues para
que el otro esté cómodo. Y ningún vínculo vale el precio de perderte a ti. A
veces, el acto más amoroso no es aguantar un poco más, sino cerrar la puerta
que nunca debió quedar abierta.
Sanar es amar.



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