Amar, un sitio en construcción
(continua)
Si el amor tuviera una imagen
realista, probablemente no sería un atardecer perfecto ni una escena de
película. Sería más bien un terreno con planos sobre la mesa, herramientas por
todos lados, algunas paredes ya levantadas… y otras todavía en obra. Porque la
verdad es que una relación de pareja no es un lugar terminado. Es un proyecto
vivo. Un sitio en construcción continua.
Aunque a veces no lo parezca, es una
excelente noticia.
Durante mucho tiempo nos vendieron la
idea de que el amor ocurre, aparece, se siente… y ya. Como si encontrar a la
persona correcta fuera suficiente para que todo funcionara. Pero desde la
psicología sabemos algo distinto: el amor no es un estado, es un proceso. No es
un destino, es una construcción. Y como toda construcción importante, necesita
tiempo, ajustes, mantenimiento… y, sobre todo, intención.
Al inicio de una relación, todo se
siente fácil. El cerebro está en modo enamoramiento: dopamina alta, emoción
intensa, energía, idealización. Es como si el terreno viniera ya nivelado y los
primeros pisos se levantaran casi solos. Todo fluye, todo parece compatible,
todo promete altura. Pero ese estado no dura para siempre.
La neurociencia es clara: el
enamoramiento es una fase temporal. La intensidad baja, la química cambia, y lo
que antes parecía perfecto empieza a mostrar detalles. Aparecen las
diferencias, los hábitos reales, los desacuerdos. Y es justo ahí donde muchas
parejas creen que “algo se rompió”. En realidad, lo que terminó fue la fase
automática.
El amor maduro no se sostiene en la
emoción intensa, sino en algo más profundo: la seguridad. Cuando la relación
evoluciona de forma sana, el cerebro pasa del sistema de recompensa al sistema
de apego. Aumenta la oxitocina, disminuye el estrés y el otro deja de ser solo
una fuente de emoción para convertirse en algo mucho más valioso: una base
segura.
En términos simples, el amor maduro se
siente menos como una montaña rusa y más como un lugar donde puedes respirar
tranquilo.
Y aquí aparece el concepto más
importante en la psicología de pareja: el nosotros.
Ese rascacielos del amor no se
construye con un “yo” que se pierde en el otro, ni con dos personas viviendo
vidas paralelas. Se construye cuando aparece un tercer espacio: el nosotros. No
significa dejar de ser quien eres, sino integrar dos individualidades que
deciden funcionar como equipo.
El nosotros se nota en los detalles
cotidianos. En la forma en que se toman decisiones. En ese “¿cómo lo
resolvemos?” en lugar de “esto es tu problema”. En celebrar los logros del otro
como si fueran propios. En entender que el conflicto no es una amenaza, sino un
ajuste de planos.
Las relaciones que fracasan no son las
que tienen problemas. Son las que dejan de trabajar en ellos. Las que se quedan
esperando que el edificio se levante solo. Las que confunden el amor con la
emoción inicial y no con el cuidado diario.
He aquí una verdad: un buen “nosotros”
no se construye sacrificando el yo. Para que el edificio sea sólido, cada
persona necesita su propia estructura. La psicología lo llama diferenciación:
tener identidad, intereses, espacios propios, y aun así elegir compartir la
vida. Cuando esto no ocurre, el edificio se vuelve inestable. Aparecen la
dependencia, los celos, el control o el desgaste.
El amor sano no es fusión. Es
interdependencia. Es poder decir: “Soy alguien completo… y contigo construyo
algo más grande”.
Las relaciones maduras e
interdependientes se sienten estables. Predecibles. Confiables. Puede ser que a
veces la rutina pueda parecer aburrida, en realidad esa estabilidad es el
cemento del edificio.
Claro, no todo es calma y estructura.
Un buen proyecto también necesita espacios de luz, momentos de complicidad,
pequeñas experiencias que recuerden por qué vale la pena seguir construyendo.
El problema no es la rutina. El problema es dejar de habitar el edificio
juntos.
Porque el amor no se cae por un gran
error. Se desgasta por falta de mantenimiento: pequeñas desconexiones,
conversaciones pendientes, afecto no expresado, tiempo que se pospone. Piso a
piso, sin darnos cuenta, dejamos de construir.
Pero aquí está lo alentador: mientras
haya voluntad, siempre se puede retomar la obra. Ajustar, reparar, reforzar. El
amor maduro no es perfecto. Es flexible. Aprende. Se adapta. Cada dificultad
superada se convierte en un nuevo nivel de profundidad.
Con el tiempo, ese rascacielos deja de
ser solo una estructura emocional. Se convierte en historia compartida. En
memoria. En confianza acumulada. En esa sensación silenciosa de equipo que
aparece cuando la vida se pone difícil.
Tal vez esa sea la verdadera meta del
amor: no la emoción constante, sino la certeza de que no estás construyendo
solo.
Si el amor es una construcción
continua… si siempre hay un nuevo piso por levantar…
si el proyecto nunca se termina… ¿Hasta dónde llega la plenitud en pareja?
Tal vez la plenitud no sea llegar a la
cima. Tal vez la plenitud sea mirar alrededor y descubrir que, piso a piso,
discusión a discusión, risa a risa, han construido algo que los hace más
seguros, más libres y más ustedes mismos.
Porque el amor no es un lugar
terminado, es un sitio en obra. Así que la pregunta no es si ya llegaron a la
cima, la pregunta es: ¿siguen construyendo?
Sanar
es amar.



0 comentarios:
Publicar un comentario