jueves, 26 de febrero de 2026

ONDAS ALFA.


 

Adóptate.

 

Hay una conversación que se ha vuelto cada vez más popular en los últimos años: la de la infancia herida. Hablamos del niño interior, de las carencias emocionales, de la falta de validación, de la ausencia afectiva. Y es una conversación necesaria. Durante demasiado tiempo se normalizó el silencio emocional, la dureza como forma de crianza, la idea de que sentir era debilidad. Sin embargo, sabemos que crecer sin ser visto emocionalmente deja huellas profundas en la forma de vincularnos, en nuestra autoestima, en nuestros límites y en nuestra manera de entender el amor.

 

Hasta ahí, todo bien.

 

El problema comienza cuando la conciencia se convierte en excusa y la comprensión en coartada. Cuando el descubrimiento de nuestras heridas se transforma en una cómoda explicación para todo lo que no funciona en nuestra vida adulta. El análisis del pasado se vuelve una trinchera desde la cual seguimos señalando hacia atrás, esperando —quizá sin admitirlo— que alguien más venga a reparar lo que faltó.

 

Porque hay una trampa silenciosa en el discurso de la orfandad emocional: el riesgo de quedarnos instalados en el papel de víctimas permanentes de nuestra historia.

 

Sí, muchos crecimos con padres emocionalmente ausentes. Existen generaciones que no supieron nombrar emociones, que confundieron amor con sacrificio o disciplina, que ofrecieron techo y alimento, pero no contención emocional. Pero entender por qué ocurrió no cambia nada si seguimos esperando que nuestros padres lo reparen.

 

Nuestros padres no van a regresar convertidos en adultos emocionalmente disponibles. No van a pedir perdón por cada silencio, por cada invalidación, por cada vez que dijeron “no es para tanto”. No van a volver al pasado para sostener al niño que fuimos. Y, aunque suene duro, no es su tarea hacerlo ahora.

 

La pregunta incómoda —la única que realmente importa— es otra: ¿cuánto tiempo más vamos a usar su historia para justificar la nuestra?

 

Hay adultos que pueden explicar con detalle clínico cada una de sus heridas de infancia, pero que siguen reaccionando con la misma dependencia emocional, con el mismo miedo al abandono, con la misma incapacidad para poner límites. Personas que saben perfectamente lo que sus padres no hicieron… pero que tampoco se están haciendo cargo de lo que hoy sí les corresponde. Porque hay algo que rara vez se dice con suficiente claridad: el conocimiento del origen no sustituye la responsabilidad del cambio.

 

Entender que tus padres no validaron tus emociones no justifica que sigas invalidándote tú. Comprender que no te enseñaron a poner límites no explica por qué sigues evitando hacerlo. Saber que creciste en un ambiente emocionalmente frío no es razón para seguir esperando que otros te den el calor que tú mismo no estás dispuesto a construir.

 

Aquí aparece la verdadera orfandad emocional: no la que proviene de la infancia, sino la que mantenemos en la adultez cuando seguimos abandonándonos mientras culpamos a quienes nos abandonaron primero. En algún punto del camino, tus padres dejan de ser el problema, pues tú te conviertes en la única persona responsable de tu vida emocional.

 

Esto no significa negar el dolor ni minimizar la historia. Significa algo mucho más incómodo: aceptar que el pasado explica, pero no dirige. Que el origen condiciona, pero no decide. Que las heridas de la infancia son reales, pero su permanencia en el tiempo depende, en gran medida, de lo que hacemos con ellas hoy.

 

Desde la psicología sabemos que el cerebro repite lo conocido, incluso cuando duele. El sistema nervioso prefiere la familiaridad a la salud. Por eso es más fácil seguir en relaciones donde no nos ven, seguir evitando conflictos, seguir buscando aprobación o manteniendo una autosuficiencia rígida. No porque no sepamos que nos hace daño, sino porque ese es el lenguaje emocional que aprendimos.

 

Es muy seductora la narrativa del pasado. Nos permite explicar nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras reacciones. Nos ofrece una identidad clara: la del niño que no recibió lo que necesitaba. El problema es que esa identidad, si no se cuestiona, se convierte en una jaula “cómoda”. Porque mientras el origen sea el culpable, nosotros quedamos exentos de la tarea más difícil: cambiar y madurar emocionalmente. Lo que significa dejar de esperar que alguien te rescate.

 

Nadie va a venir a darte la validación que faltó. Nadie va a enseñarte a sentir seguro si tú no empiezas a construir esa seguridad. Nadie va a poner límites por ti. Nadie va a reparar tu autoestima. Nadie va a rescatarte de tu historia.

 

Culpar eternamente a los padres puede dar alivio momentáneo, pero tiene un costo alto: nos mantiene psicológicamente dependientes de ellos. Mientras el origen tenga el poder, el presente queda atrapado.

 

Y aquí es donde el título de esta columna cobra sentido.

 

Adóptate.

 

La verdadera sanación comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué no nos dieron lo que necesitábamos… y empezamos a preguntarnos por qué seguimos sin dárnoslo nosotros.

 

Sanar es amar.


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ONDAS ALFA.


 

Adóptate.

 

Hay una conversación que se ha vuelto cada vez más popular en los últimos años: la de la infancia herida. Hablamos del niño interior, de las carencias emocionales, de la falta de validación, de la ausencia afectiva. Y es una conversación necesaria. Durante demasiado tiempo se normalizó el silencio emocional, la dureza como forma de crianza, la idea de que sentir era debilidad. Sin embargo, sabemos que crecer sin ser visto emocionalmente deja huellas profundas en la forma de vincularnos, en nuestra autoestima, en nuestros límites y en nuestra manera de entender el amor.

 

Hasta ahí, todo bien.

 

El problema comienza cuando la conciencia se convierte en excusa y la comprensión en coartada. Cuando el descubrimiento de nuestras heridas se transforma en una cómoda explicación para todo lo que no funciona en nuestra vida adulta. El análisis del pasado se vuelve una trinchera desde la cual seguimos señalando hacia atrás, esperando —quizá sin admitirlo— que alguien más venga a reparar lo que faltó.

 

Porque hay una trampa silenciosa en el discurso de la orfandad emocional: el riesgo de quedarnos instalados en el papel de víctimas permanentes de nuestra historia.

 

Sí, muchos crecimos con padres emocionalmente ausentes. Existen generaciones que no supieron nombrar emociones, que confundieron amor con sacrificio o disciplina, que ofrecieron techo y alimento, pero no contención emocional. Pero entender por qué ocurrió no cambia nada si seguimos esperando que nuestros padres lo reparen.

 

Nuestros padres no van a regresar convertidos en adultos emocionalmente disponibles. No van a pedir perdón por cada silencio, por cada invalidación, por cada vez que dijeron “no es para tanto”. No van a volver al pasado para sostener al niño que fuimos. Y, aunque suene duro, no es su tarea hacerlo ahora.

 

La pregunta incómoda —la única que realmente importa— es otra: ¿cuánto tiempo más vamos a usar su historia para justificar la nuestra?

 

Hay adultos que pueden explicar con detalle clínico cada una de sus heridas de infancia, pero que siguen reaccionando con la misma dependencia emocional, con el mismo miedo al abandono, con la misma incapacidad para poner límites. Personas que saben perfectamente lo que sus padres no hicieron… pero que tampoco se están haciendo cargo de lo que hoy sí les corresponde. Porque hay algo que rara vez se dice con suficiente claridad: el conocimiento del origen no sustituye la responsabilidad del cambio.

 

Entender que tus padres no validaron tus emociones no justifica que sigas invalidándote tú. Comprender que no te enseñaron a poner límites no explica por qué sigues evitando hacerlo. Saber que creciste en un ambiente emocionalmente frío no es razón para seguir esperando que otros te den el calor que tú mismo no estás dispuesto a construir.

 

Aquí aparece la verdadera orfandad emocional: no la que proviene de la infancia, sino la que mantenemos en la adultez cuando seguimos abandonándonos mientras culpamos a quienes nos abandonaron primero. En algún punto del camino, tus padres dejan de ser el problema, pues tú te conviertes en la única persona responsable de tu vida emocional.

 

Esto no significa negar el dolor ni minimizar la historia. Significa algo mucho más incómodo: aceptar que el pasado explica, pero no dirige. Que el origen condiciona, pero no decide. Que las heridas de la infancia son reales, pero su permanencia en el tiempo depende, en gran medida, de lo que hacemos con ellas hoy.

 

Desde la psicología sabemos que el cerebro repite lo conocido, incluso cuando duele. El sistema nervioso prefiere la familiaridad a la salud. Por eso es más fácil seguir en relaciones donde no nos ven, seguir evitando conflictos, seguir buscando aprobación o manteniendo una autosuficiencia rígida. No porque no sepamos que nos hace daño, sino porque ese es el lenguaje emocional que aprendimos.

 

Es muy seductora la narrativa del pasado. Nos permite explicar nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras reacciones. Nos ofrece una identidad clara: la del niño que no recibió lo que necesitaba. El problema es que esa identidad, si no se cuestiona, se convierte en una jaula “cómoda”. Porque mientras el origen sea el culpable, nosotros quedamos exentos de la tarea más difícil: cambiar y madurar emocionalmente. Lo que significa dejar de esperar que alguien te rescate.

 

Nadie va a venir a darte la validación que faltó. Nadie va a enseñarte a sentir seguro si tú no empiezas a construir esa seguridad. Nadie va a poner límites por ti. Nadie va a reparar tu autoestima. Nadie va a rescatarte de tu historia.

 

Culpar eternamente a los padres puede dar alivio momentáneo, pero tiene un costo alto: nos mantiene psicológicamente dependientes de ellos. Mientras el origen tenga el poder, el presente queda atrapado.

 

Y aquí es donde el título de esta columna cobra sentido.

 

Adóptate.

 

La verdadera sanación comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué no nos dieron lo que necesitábamos… y empezamos a preguntarnos por qué seguimos sin dárnoslo nosotros.

 

Sanar es amar.


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