Adóptate.
Hay
una conversación que se ha vuelto cada vez más popular en los últimos años: la
de la infancia herida. Hablamos del niño interior, de las carencias
emocionales, de la falta de validación, de la ausencia afectiva. Y es una
conversación necesaria. Durante demasiado tiempo se normalizó el silencio
emocional, la dureza como forma de crianza, la idea de que sentir era
debilidad. Sin embargo, sabemos que crecer sin ser visto emocionalmente deja
huellas profundas en la forma de vincularnos, en nuestra autoestima, en
nuestros límites y en nuestra manera de entender el amor.
Hasta
ahí, todo bien.
El
problema comienza cuando la conciencia se convierte en excusa y la comprensión
en coartada. Cuando el descubrimiento de nuestras heridas se transforma en una
cómoda explicación para todo lo que no funciona en nuestra vida adulta. El
análisis del pasado se vuelve una trinchera desde la cual seguimos señalando
hacia atrás, esperando —quizá sin admitirlo— que alguien más venga a reparar lo
que faltó.
Porque
hay una trampa silenciosa en el discurso de la orfandad emocional: el riesgo de
quedarnos instalados en el papel de víctimas permanentes de nuestra historia.
Sí,
muchos crecimos con padres emocionalmente ausentes. Existen generaciones que no
supieron nombrar emociones, que confundieron amor con sacrificio o disciplina,
que ofrecieron techo y alimento, pero no contención emocional. Pero entender
por qué ocurrió no cambia nada si seguimos esperando que nuestros padres lo
reparen.
Nuestros
padres no van a regresar convertidos en adultos emocionalmente disponibles. No
van a pedir perdón por cada silencio, por cada invalidación, por cada vez que
dijeron “no es para tanto”. No van a volver al pasado para sostener al niño que
fuimos. Y, aunque suene duro, no es su tarea hacerlo ahora.
La
pregunta incómoda —la única que realmente importa— es otra: ¿cuánto tiempo más
vamos a usar su historia para justificar la nuestra?
Hay
adultos que pueden explicar con detalle clínico cada una de sus heridas de
infancia, pero que siguen reaccionando con la misma dependencia emocional, con
el mismo miedo al abandono, con la misma incapacidad para poner límites.
Personas que saben perfectamente lo que sus padres no hicieron… pero que
tampoco se están haciendo cargo de lo que hoy sí les corresponde. Porque hay
algo que rara vez se dice con suficiente claridad: el conocimiento del origen
no sustituye la responsabilidad del cambio.
Entender
que tus padres no validaron tus emociones no justifica que sigas invalidándote
tú. Comprender que no te enseñaron a poner límites no explica por qué sigues
evitando hacerlo. Saber que creciste en un ambiente emocionalmente frío no es
razón para seguir esperando que otros te den el calor que tú mismo no estás
dispuesto a construir.
Aquí
aparece la verdadera orfandad emocional: no la que proviene de la infancia,
sino la que mantenemos en la adultez cuando seguimos abandonándonos mientras
culpamos a quienes nos abandonaron primero. En algún punto del camino, tus
padres dejan de ser el problema, pues tú te conviertes en la única persona
responsable de tu vida emocional.
Esto
no significa negar el dolor ni minimizar la historia. Significa algo mucho más
incómodo: aceptar que el pasado explica, pero no dirige. Que el origen
condiciona, pero no decide. Que las heridas de la infancia son reales, pero su
permanencia en el tiempo depende, en gran medida, de lo que hacemos con ellas
hoy.
Desde
la psicología sabemos que el cerebro repite lo conocido, incluso cuando duele.
El sistema nervioso prefiere la familiaridad a la salud. Por eso es más fácil
seguir en relaciones donde no nos ven, seguir evitando conflictos, seguir
buscando aprobación o manteniendo una autosuficiencia rígida. No porque no
sepamos que nos hace daño, sino porque ese es el lenguaje emocional que
aprendimos.
Es
muy seductora la narrativa del pasado. Nos permite explicar nuestros miedos,
nuestras inseguridades, nuestras reacciones. Nos ofrece una identidad clara: la
del niño que no recibió lo que necesitaba. El problema es que esa identidad, si
no se cuestiona, se convierte en una jaula “cómoda”. Porque mientras el origen
sea el culpable, nosotros quedamos exentos de la tarea más difícil: cambiar y madurar
emocionalmente. Lo que significa dejar de esperar que alguien te rescate.
Nadie
va a venir a darte la validación que faltó. Nadie va a enseñarte a sentir
seguro si tú no empiezas a construir esa seguridad. Nadie va a poner límites
por ti. Nadie va a reparar tu autoestima. Nadie va a rescatarte de tu historia.
Culpar
eternamente a los padres puede dar alivio momentáneo, pero tiene un costo alto:
nos mantiene psicológicamente dependientes de ellos. Mientras el origen tenga
el poder, el presente queda atrapado.
Y
aquí es donde el título de esta columna cobra sentido.
Adóptate.
La
verdadera sanación comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué no nos
dieron lo que necesitábamos… y empezamos a preguntarnos por qué seguimos sin
dárnoslo nosotros.
Sanar
es amar.



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