jueves, 19 de marzo de 2026

ONDAS ALFA.


 

En un mundo de sapos


 

Había una vez —porque todas las historias importantes comienzan así, aunque nos empeñemos en negarlo— un mundo lleno de sapos. No uno o dos, no los necesarios para un cuento romántico bien contado, sino un ecosistema entero. Charcos por todos lados, croares nocturnos y una constante sensación de humedad emocional que nadie terminaba de explicar, pero que todos, en el fondo, reconocían.

 

En ese mundo, como en todos los mundos, también existían historias de princesas, de encuentros, de besos que prometían transformación. Pero había un pequeño detalle que no aparecía en los cuentos: los sapos no se engendran solos. Nadie se detenía a preguntar, ¿de dónde venían? ¿quién los criaba? ¿quién los moldeaba? ¿quién les enseñaba a croar en lugar de hablar?

 

En medio de ese paisaje vivía un sapo distinto. No porque fuera perfecto —de hecho, era torpe, inseguro y a ratos se encontraba ¡profundamente confundido! — porque tenía una sospecha. Algo dentro de él, muy adentro, le decía que tal vez no estaba condenado a ser sapo para siempre.

 

Al principio fue apenas un pensamiento incómodo, de esos que aparecen cuando todo está en silencio. Luego se convirtió en una inquietud. Después, en una pequeña decisión: tal vez, si intentaba algo distinto. Así fue cuando ocurrió lo inesperado.

 

Una mañana, mientras intentaba hacer las cosas de otra manera —escuchar en lugar de imponerse, pensar antes de reaccionar, reconocer que no siempre sabía— sus patas comenzaron a cambiar. No de golpe, no con magia escandalosa. Fue algo sutil, casi imperceptible. Pero ahí estaban: un poco menos patas, un poco más pies. Un presagio de transformación.

 

El sapo, sorprendido, sonrió. No como sonríen los príncipes de los cuentos, sino como alguien que por primera vez siente que algo dentro de sí tiene sentido.

 

Pero la historia no termina ahí.

 

Cuando volvió a su casa, alguien lo miró con desconfianza.

—¿Y tú por qué caminas así? —le dijeron—. No te ves bien.

 

En la siguiente reunión con sus amigos, intentó hablar distinto. Escuchar más, interrumpir menos. Y entonces alguien soltó la frase que en ese mundo se decía casi sin pensar:

—Ya no eres el mismo… ¿qué te pasa?

 

El sapo dudó. Se miró. Y, como si el entorno tuviera un poder invisible sobre él, sus pies comenzaron a encogerse. Lentamente. Silenciosamente. Hasta volver a ser patas. ¡Otra vez sapo!

 

No fue la última vez que ocurrió. Cada intento de cambio venía acompañado de una reacción. A veces era burla, otras era incomodidad, pero al final era ese silencio incómodo el que decía más que mil palabras. En cada una de esas reacciones había un mensaje claro, aunque nadie lo pronunciara en voz alta: “así ¡NO!”.

 

De a poco, el sapo entendió algo que no venía escrito en ningún cuento de hadas. No basta con querer cambiar. Hay que poder hacerlo en un entorno que lo permita.

 

Pues mientras él intentaba convertirse en príncipe, el mundo que lo rodeaba seguía premiando a los sapos de siempre. Los que croaban fuerte, los que no dudaban, los que se imponían sin preguntarse demasiado. A esos nadie los cuestionaba. A esos nadie les decía “ya no eres el mismo”, “ya no eres como nosotros”.

 

Aquí la historia deja de ser un cuento y se convierte en algo incómodo. Porque ese mundo no es tan lejano. Todos los días lo visitamos con solo abrir los ojos. La psicología social nos dice que las conductas se aprenden y se refuerzan. Aquello que una sociedad celebra se repite. Aquello que apenas tolera se mantiene en silencio. Y aquello que cuestiona o ridiculiza… termina desapareciendo. ¿Dónde creen que se educan los sapos?

 

Así se construyen muchas de las formas de ser hombre. No solo por lo que los hombres hacen, sino por lo que el entorno permite, exige o castiga.

 

Durante años se ha hablado de nuevas masculinidades como si fueran una decisión individual, como si bastara con que un hombre dijera “quiero cambiar” —es el principio, sí—para que todo se acomodara a su alrededor. Pero la historia del sapo nos recuerda algo fundamental: nadie cambia en el vacío.

 

Cambiar implica enfrentar no solo la propia historia, sino también la reacción del entorno. También desafiar las reglas invisibles del grupo al que pertenece.

 

Esas reglas, aunque no se escriban, se sienten. Se sienten en la risa incómoda. En el comentario que minimiza. En la frase que parece inocente, pero que empuja de vuelta al molde.

 

Por eso, en un mundo de sapos, no es extraño que los sapos sigan existiendo. El sistema completo, muchas veces sin darse cuenta, sigue sosteniendo la forma en que fueron creados.

 

Si queremos príncipes —no de cuento, sino hombres más completos, más conscientes, más capaces de construir relaciones sanas— no basta con esperarlos. Tampoco basta con exigirlos. Es posible que debamos preguntarnos ¿qué estamos haciendo, como sociedad, para que cuando alguien intente cambiar… no tenga que volver a ser sapo?

 

Porque tal vez el problema nunca fue que hubiera demasiados sapos. El problema es que cada vez que uno intenta dejar de serlo… el mundo le recuerda, de mil formas distintas, que no debería hacerlo.

 

Porque en un mundo de sapos… la verdadera magia no es el beso.

 

Es el contexto que permite que la transformación ocurra… y que, esta vez, no se revierta.

 

Sanar es amar


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ONDAS ALFA.


 

En un mundo de sapos


 

Había una vez —porque todas las historias importantes comienzan así, aunque nos empeñemos en negarlo— un mundo lleno de sapos. No uno o dos, no los necesarios para un cuento romántico bien contado, sino un ecosistema entero. Charcos por todos lados, croares nocturnos y una constante sensación de humedad emocional que nadie terminaba de explicar, pero que todos, en el fondo, reconocían.

 

En ese mundo, como en todos los mundos, también existían historias de princesas, de encuentros, de besos que prometían transformación. Pero había un pequeño detalle que no aparecía en los cuentos: los sapos no se engendran solos. Nadie se detenía a preguntar, ¿de dónde venían? ¿quién los criaba? ¿quién los moldeaba? ¿quién les enseñaba a croar en lugar de hablar?

 

En medio de ese paisaje vivía un sapo distinto. No porque fuera perfecto —de hecho, era torpe, inseguro y a ratos se encontraba ¡profundamente confundido! — porque tenía una sospecha. Algo dentro de él, muy adentro, le decía que tal vez no estaba condenado a ser sapo para siempre.

 

Al principio fue apenas un pensamiento incómodo, de esos que aparecen cuando todo está en silencio. Luego se convirtió en una inquietud. Después, en una pequeña decisión: tal vez, si intentaba algo distinto. Así fue cuando ocurrió lo inesperado.

 

Una mañana, mientras intentaba hacer las cosas de otra manera —escuchar en lugar de imponerse, pensar antes de reaccionar, reconocer que no siempre sabía— sus patas comenzaron a cambiar. No de golpe, no con magia escandalosa. Fue algo sutil, casi imperceptible. Pero ahí estaban: un poco menos patas, un poco más pies. Un presagio de transformación.

 

El sapo, sorprendido, sonrió. No como sonríen los príncipes de los cuentos, sino como alguien que por primera vez siente que algo dentro de sí tiene sentido.

 

Pero la historia no termina ahí.

 

Cuando volvió a su casa, alguien lo miró con desconfianza.

—¿Y tú por qué caminas así? —le dijeron—. No te ves bien.

 

En la siguiente reunión con sus amigos, intentó hablar distinto. Escuchar más, interrumpir menos. Y entonces alguien soltó la frase que en ese mundo se decía casi sin pensar:

—Ya no eres el mismo… ¿qué te pasa?

 

El sapo dudó. Se miró. Y, como si el entorno tuviera un poder invisible sobre él, sus pies comenzaron a encogerse. Lentamente. Silenciosamente. Hasta volver a ser patas. ¡Otra vez sapo!

 

No fue la última vez que ocurrió. Cada intento de cambio venía acompañado de una reacción. A veces era burla, otras era incomodidad, pero al final era ese silencio incómodo el que decía más que mil palabras. En cada una de esas reacciones había un mensaje claro, aunque nadie lo pronunciara en voz alta: “así ¡NO!”.

 

De a poco, el sapo entendió algo que no venía escrito en ningún cuento de hadas. No basta con querer cambiar. Hay que poder hacerlo en un entorno que lo permita.

 

Pues mientras él intentaba convertirse en príncipe, el mundo que lo rodeaba seguía premiando a los sapos de siempre. Los que croaban fuerte, los que no dudaban, los que se imponían sin preguntarse demasiado. A esos nadie los cuestionaba. A esos nadie les decía “ya no eres el mismo”, “ya no eres como nosotros”.

 

Aquí la historia deja de ser un cuento y se convierte en algo incómodo. Porque ese mundo no es tan lejano. Todos los días lo visitamos con solo abrir los ojos. La psicología social nos dice que las conductas se aprenden y se refuerzan. Aquello que una sociedad celebra se repite. Aquello que apenas tolera se mantiene en silencio. Y aquello que cuestiona o ridiculiza… termina desapareciendo. ¿Dónde creen que se educan los sapos?

 

Así se construyen muchas de las formas de ser hombre. No solo por lo que los hombres hacen, sino por lo que el entorno permite, exige o castiga.

 

Durante años se ha hablado de nuevas masculinidades como si fueran una decisión individual, como si bastara con que un hombre dijera “quiero cambiar” —es el principio, sí—para que todo se acomodara a su alrededor. Pero la historia del sapo nos recuerda algo fundamental: nadie cambia en el vacío.

 

Cambiar implica enfrentar no solo la propia historia, sino también la reacción del entorno. También desafiar las reglas invisibles del grupo al que pertenece.

 

Esas reglas, aunque no se escriban, se sienten. Se sienten en la risa incómoda. En el comentario que minimiza. En la frase que parece inocente, pero que empuja de vuelta al molde.

 

Por eso, en un mundo de sapos, no es extraño que los sapos sigan existiendo. El sistema completo, muchas veces sin darse cuenta, sigue sosteniendo la forma en que fueron creados.

 

Si queremos príncipes —no de cuento, sino hombres más completos, más conscientes, más capaces de construir relaciones sanas— no basta con esperarlos. Tampoco basta con exigirlos. Es posible que debamos preguntarnos ¿qué estamos haciendo, como sociedad, para que cuando alguien intente cambiar… no tenga que volver a ser sapo?

 

Porque tal vez el problema nunca fue que hubiera demasiados sapos. El problema es que cada vez que uno intenta dejar de serlo… el mundo le recuerda, de mil formas distintas, que no debería hacerlo.

 

Porque en un mundo de sapos… la verdadera magia no es el beso.

 

Es el contexto que permite que la transformación ocurra… y que, esta vez, no se revierta.

 

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