En
un mundo de sapos
Había
una vez —porque todas las historias importantes comienzan así, aunque nos
empeñemos en negarlo— un mundo lleno de sapos. No uno o dos, no los necesarios
para un cuento romántico bien contado, sino un ecosistema entero. Charcos por
todos lados, croares nocturnos y una constante sensación de humedad emocional
que nadie terminaba de explicar, pero que todos, en el fondo, reconocían.
En
ese mundo, como en todos los mundos, también existían historias de princesas,
de encuentros, de besos que prometían transformación. Pero había un pequeño
detalle que no aparecía en los cuentos: los sapos no se engendran solos. Nadie
se detenía a preguntar, ¿de dónde venían? ¿quién los criaba? ¿quién los
moldeaba? ¿quién les enseñaba a croar en lugar de hablar?
En
medio de ese paisaje vivía un sapo distinto. No porque fuera perfecto —de
hecho, era torpe, inseguro y a ratos se encontraba ¡profundamente confundido! —
porque tenía una sospecha. Algo dentro de él, muy adentro, le decía que tal vez
no estaba condenado a ser sapo para siempre.
Al
principio fue apenas un pensamiento incómodo, de esos que aparecen cuando todo
está en silencio. Luego se convirtió en una inquietud. Después, en una pequeña
decisión: tal vez, si intentaba algo distinto. Así fue cuando ocurrió lo
inesperado.
Una
mañana, mientras intentaba hacer las cosas de otra manera —escuchar en lugar de
imponerse, pensar antes de reaccionar, reconocer que no siempre sabía— sus
patas comenzaron a cambiar. No de golpe, no con magia escandalosa. Fue algo
sutil, casi imperceptible. Pero ahí estaban: un poco menos patas, un poco más
pies. Un presagio de transformación.
El
sapo, sorprendido, sonrió. No como sonríen los príncipes de los cuentos, sino
como alguien que por primera vez siente que algo dentro de sí tiene sentido.
Pero
la historia no termina ahí.
Cuando
volvió a su casa, alguien lo miró con desconfianza.
—¿Y
tú por qué caminas así? —le dijeron—. No te ves bien.
En
la siguiente reunión con sus amigos, intentó hablar distinto. Escuchar más,
interrumpir menos. Y entonces alguien soltó la frase que en ese mundo se decía
casi sin pensar:
—Ya
no eres el mismo… ¿qué te pasa?
El
sapo dudó. Se miró. Y, como si el entorno tuviera un poder invisible sobre él,
sus pies comenzaron a encogerse. Lentamente. Silenciosamente. Hasta volver a
ser patas. ¡Otra vez sapo!
No
fue la última vez que ocurrió. Cada intento de cambio venía acompañado de una
reacción. A veces era burla, otras era incomodidad, pero al final era ese
silencio incómodo el que decía más que mil palabras. En cada una de esas
reacciones había un mensaje claro, aunque nadie lo pronunciara en voz alta:
“así ¡NO!”.
De a
poco, el sapo entendió algo que no venía escrito en ningún cuento de hadas. No
basta con querer cambiar. Hay que poder hacerlo en un entorno que lo permita.
Pues
mientras él intentaba convertirse en príncipe, el mundo que lo rodeaba seguía
premiando a los sapos de siempre. Los que croaban fuerte, los que no dudaban,
los que se imponían sin preguntarse demasiado. A esos nadie los cuestionaba. A
esos nadie les decía “ya no eres el mismo”, “ya no eres como nosotros”.
Aquí
la historia deja de ser un cuento y se convierte en algo incómodo. Porque ese
mundo no es tan lejano. Todos los días lo visitamos con solo abrir los ojos. La
psicología social nos dice que las conductas se aprenden y se refuerzan.
Aquello que una sociedad celebra se repite. Aquello que apenas tolera se
mantiene en silencio. Y aquello que cuestiona o ridiculiza… termina
desapareciendo. ¿Dónde creen que se educan los sapos?
Así
se construyen muchas de las formas de ser hombre. No solo por lo que los
hombres hacen, sino por lo que el entorno permite, exige o castiga.
Durante
años se ha hablado de nuevas masculinidades como si fueran una decisión
individual, como si bastara con que un hombre dijera “quiero cambiar” —es el
principio, sí—para que todo se acomodara a su alrededor. Pero la historia del
sapo nos recuerda algo fundamental: nadie cambia en el vacío.
Cambiar
implica enfrentar no solo la propia historia, sino también la reacción del
entorno. También desafiar las reglas invisibles del grupo al que pertenece.
Esas
reglas, aunque no se escriban, se sienten. Se sienten en la risa incómoda. En
el comentario que minimiza. En la frase que parece inocente, pero que empuja de
vuelta al molde.
Por
eso, en un mundo de sapos, no es extraño que los sapos sigan existiendo. El
sistema completo, muchas veces sin darse cuenta, sigue sosteniendo la forma en
que fueron creados.
Si
queremos príncipes —no de cuento, sino hombres más completos, más conscientes,
más capaces de construir relaciones sanas— no basta con esperarlos. Tampoco
basta con exigirlos. Es posible que debamos preguntarnos ¿qué estamos haciendo,
como sociedad, para que cuando alguien intente cambiar… no tenga que volver a
ser sapo?
Porque
tal vez el problema nunca fue que hubiera demasiados sapos. El problema es que
cada vez que uno intenta dejar de serlo… el mundo le recuerda, de mil formas
distintas, que no debería hacerlo.
Porque
en un mundo de sapos… la verdadera magia no es el beso.
Es
el contexto que permite que la transformación ocurra… y que, esta vez, no se
revierta.
Sanar
es amar



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