Cuando
Rapunzel se quedó calva
Dicen que Rapunzel dejó de bajar su trenza el día en que se cansó de los lobos disfrazados de príncipes, de los príncipes que resultaban sapos y de los sapos que ni siquiera hacían el esfuerzo mínimo de croar con dignidad. Dicen que un día, harta de tanto visitante dudoso, tomó una decisión radical: cortarse el cabello. No un corte simbólico, no un “me lo recorto un poco para ver qué pasa”. No. Rapunzel se quedó completamente calva. Torre cerrada, acceso denegado, historia pausada. Fin del cuento… o eso creía ella.
Al
principio, la decisión fue celebrada. Sus amigas —esas que ya habían pasado por
dos o tres torres mal administradas— la aplaudieron. “¡Eso, reina! ¡Que nadie
suba! ¡Ya estuvo bueno!” Y durante un tiempo, Rapunzel se sintió poderosa. Ya
no había incertidumbre, ya no había ansiedad, ya no había mensajes sin
responder ni promesas a medio construir. La calma, esa calma gloriosa, se
instaló en su torre como un gato que finalmente encuentra el sillón perfecto.
Pero
como todo en la vida emocional, la calma también empezó a molestar.
Pues
resulta que cuando no dejas subir a nadie, no solo te proteges del caos…
también te pierdes de la experiencia. Entonces apareció una sensación rara,
difícil de nombrar. No era tristeza, no era soledad, no era enojo. Era algo
más: una especie de vacío elegante, de esos que no hacen ruido pero ocupan
espacio.
Es
ahí donde Rapunzel empezó a sospechar algo que no le gustó. Tal vez el problema
nunca había sido quién subía a la torre. Tal vez el problema era que ella no
había aprendido a decidir a quién dejar subir.
Porque
durante años había creído que su historia se trataba de elegir bien entre los
de afuera, cuando en realidad el conflicto estaba adentro. No en el lobo, no en
el príncipe, no en el insistente que tocaba la puerta a deshoras. El problema
era que no sabía exactamente qué estaba buscando, ni qué necesitaba, ni qué
podía sostener.
Aquí
es donde la historia deja de ser un cuento y se convierte en algo
peligrosamente cercano. Nos dice la psicología que, muchas decisiones de pareja
no fallan por mala suerte, sino por falta de claridad interna. Es más fácil
culpar al que sube que preguntarse por qué le abrimos la puerta. Es más
sencillo decir “todos son iguales” que detenerse a pensar “¿qué patrón estoy repitiendo
yo?”. Eso es más cómodo cerrarse por
completo que aprender a elegir con criterio.
Así
que Rapunzel hizo lo que cualquier persona sensata haría en su situación:
empezó a pensar. Lo cual, seamos honestos, no siempre es buena idea… pero lo
hizo.
Se
dio cuenta de que durante mucho tiempo había confundido intensidad con
conexión, atención con interés real y palabras bonitas con hechos consistentes.
Había dejado subir a quien tocaba fuerte, a quien insistía más, a quien
prometía cosas que sonaban bien en su cabeza, aunque no se sostuvieran en la
realidad. No era que eligiera mal… era que elegía desde la emoción del momento,
no desde la claridad de su vida. Entendió algo que nadie le había explicado
cuando de niña le contaban cuentos de hadas: no se trata de encontrar a la
persona correcta. Se trata de convertirse en alguien que sabe elegir.
Porque
elegir no es solo decir “sí”. Elegir implica saber decir “no”. Implica
reconocer qué no es negociable, qué no se justifica, qué no se tolera solo
porque alguien nos gusta mucho. Y eso, querido lector, no viene incluido en el
paquete romántico.
La
psicología lo explica de forma concreta. Cuando no tenemos claro quiénes somos,
qué queremos y qué necesitamos, tendemos a adaptarnos al otro. Nos volvemos
expertos en ajustarnos, en entender, en justificar. Y en ese proceso, dejamos
de elegir… empezamos a reaccionar. Así cualquiera baja la trenza.
Pero
Rapunzel ya no quería reaccionar. Tampoco quería vivir encerrada. Así que
decidió hacer algo diferente. No volvió a dejarse el cabello largo de
inmediato. No volvió a bajar la trenza como si nada hubiera pasado. Primero se
sentó consigo misma.
Sin
distracciones, sin príncipes en fila y sin lobos merodeando, empezó a hacerse
preguntas que nunca se había hecho. No las típicas —“¿me quiere?”, “¿le
gusto?”, “¿esto va a funcionar?”— sino otras mucho más reveladoras: “¿qué tipo
de relación quiero construir?”, “¿qué me hace sentir en paz?”, “¿qué cosas ya
no estoy dispuesta a negociar, aunque me guste mucho alguien?”
Al
principio, las respuestas no fueron claras. No sonaban románticas. No eran
dignas de un cuento. Pero eran reales.
Poco
a poco, algo cambió.
No
en la torre. No en los que esperaban afuera. En ella.
Porque
cuando una persona empieza a conocerse, a observarse y a respetarse, ocurre
algo curioso: ya no necesita cerrar la puerta por miedo… pero tampoco la deja
abierta por costumbre.
Así,
un día cualquiera, sin anuncio previo, Rapunzel volvió a dejar crecer su
cabello.
No
como antes. No con urgencia. No con ilusión desbordada. Lo dejó crecer con
calma. Con intención. Con criterio.
Al
asomarse a la ventana, alguien volvió a aparecer al pie de la torre —porque
siempre aparece alguien— solo que, no bajó la trenza de inmediato. Observó.
Escuchó. Evaluó. No desde la desconfianza, sino desde: la claridad.
Porque
al final del día, el problema nunca fue el que subía. El problema era no saber
quién merecía subir.
Quizá
la lección que nadie nos contó cuando éramos niños es esta: no necesitamos
quedarnos calvos para no equivocarnos. Tampoco necesitamos dejar entrar a todos
para no perdernos algo. Lo que necesitamos —y aquí viene la parte menos
glamorosa, pero realmente transformadora— es aprender a mirarnos antes de mirar
al otro.
Porque
cuando sabes quién eres, qué quieres y qué necesitas… la trenza deja de ser un
impulso. Se convierte en una elección.
Aunque
no suene tan mágico… cambia toda la historia.
Y colorín
colorado el cuento ha comenzado.
Sanar
es amar.



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