jueves, 26 de marzo de 2026

ONDAS ALFA


 

Cuando Rapunzel se quedó calva


Dicen que Rapunzel dejó de bajar su trenza el día en que se cansó de los lobos disfrazados de príncipes, de los príncipes que resultaban sapos y de los sapos que ni siquiera hacían el esfuerzo mínimo de croar con dignidad. Dicen que un día, harta de tanto visitante dudoso, tomó una decisión radical: cortarse el cabello. No un corte simbólico, no un “me lo recorto un poco para ver qué pasa”. No. Rapunzel se quedó completamente calva. Torre cerrada, acceso denegado, historia pausada. Fin del cuento… o eso creía ella.

 

Al principio, la decisión fue celebrada. Sus amigas —esas que ya habían pasado por dos o tres torres mal administradas— la aplaudieron. “¡Eso, reina! ¡Que nadie suba! ¡Ya estuvo bueno!” Y durante un tiempo, Rapunzel se sintió poderosa. Ya no había incertidumbre, ya no había ansiedad, ya no había mensajes sin responder ni promesas a medio construir. La calma, esa calma gloriosa, se instaló en su torre como un gato que finalmente encuentra el sillón perfecto.

 

Pero como todo en la vida emocional, la calma también empezó a molestar.

 

Pues resulta que cuando no dejas subir a nadie, no solo te proteges del caos… también te pierdes de la experiencia. Entonces apareció una sensación rara, difícil de nombrar. No era tristeza, no era soledad, no era enojo. Era algo más: una especie de vacío elegante, de esos que no hacen ruido pero ocupan espacio.

 

Es ahí donde Rapunzel empezó a sospechar algo que no le gustó. Tal vez el problema nunca había sido quién subía a la torre. Tal vez el problema era que ella no había aprendido a decidir a quién dejar subir.

 

Porque durante años había creído que su historia se trataba de elegir bien entre los de afuera, cuando en realidad el conflicto estaba adentro. No en el lobo, no en el príncipe, no en el insistente que tocaba la puerta a deshoras. El problema era que no sabía exactamente qué estaba buscando, ni qué necesitaba, ni qué podía sostener.

 

Aquí es donde la historia deja de ser un cuento y se convierte en algo peligrosamente cercano. Nos dice la psicología que, muchas decisiones de pareja no fallan por mala suerte, sino por falta de claridad interna. Es más fácil culpar al que sube que preguntarse por qué le abrimos la puerta. Es más sencillo decir “todos son iguales” que detenerse a pensar “¿qué patrón estoy repitiendo yo?”. Eso es  más cómodo cerrarse por completo que aprender a elegir con criterio.

 

Así que Rapunzel hizo lo que cualquier persona sensata haría en su situación: empezó a pensar. Lo cual, seamos honestos, no siempre es buena idea… pero lo hizo.

 

Se dio cuenta de que durante mucho tiempo había confundido intensidad con conexión, atención con interés real y palabras bonitas con hechos consistentes. Había dejado subir a quien tocaba fuerte, a quien insistía más, a quien prometía cosas que sonaban bien en su cabeza, aunque no se sostuvieran en la realidad. No era que eligiera mal… era que elegía desde la emoción del momento, no desde la claridad de su vida. Entendió algo que nadie le había explicado cuando de niña le contaban cuentos de hadas: no se trata de encontrar a la persona correcta. Se trata de convertirse en alguien que sabe elegir.

 

Porque elegir no es solo decir “sí”. Elegir implica saber decir “no”. Implica reconocer qué no es negociable, qué no se justifica, qué no se tolera solo porque alguien nos gusta mucho. Y eso, querido lector, no viene incluido en el paquete romántico.

 

La psicología lo explica de forma concreta. Cuando no tenemos claro quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos, tendemos a adaptarnos al otro. Nos volvemos expertos en ajustarnos, en entender, en justificar. Y en ese proceso, dejamos de elegir… empezamos a reaccionar. Así cualquiera baja la trenza.

 

Pero Rapunzel ya no quería reaccionar. Tampoco quería vivir encerrada. Así que decidió hacer algo diferente. No volvió a dejarse el cabello largo de inmediato. No volvió a bajar la trenza como si nada hubiera pasado. Primero se sentó consigo misma.

 

Sin distracciones, sin príncipes en fila y sin lobos merodeando, empezó a hacerse preguntas que nunca se había hecho. No las típicas —“¿me quiere?”, “¿le gusto?”, “¿esto va a funcionar?”— sino otras mucho más reveladoras: “¿qué tipo de relación quiero construir?”, “¿qué me hace sentir en paz?”, “¿qué cosas ya no estoy dispuesta a negociar, aunque me guste mucho alguien?”

 

Al principio, las respuestas no fueron claras. No sonaban románticas. No eran dignas de un cuento. Pero eran reales.

 

Poco a poco, algo cambió.

 

No en la torre. No en los que esperaban afuera. En ella.

 

Porque cuando una persona empieza a conocerse, a observarse y a respetarse, ocurre algo curioso: ya no necesita cerrar la puerta por miedo… pero tampoco la deja abierta por costumbre.

 

Así, un día cualquiera, sin anuncio previo, Rapunzel volvió a dejar crecer su cabello.

 

No como antes. No con urgencia. No con ilusión desbordada. Lo dejó crecer con calma. Con intención. Con criterio.

 

Al asomarse a la ventana, alguien volvió a aparecer al pie de la torre —porque siempre aparece alguien— solo que, no bajó la trenza de inmediato. Observó. Escuchó. Evaluó. No desde la desconfianza, sino desde: la claridad.

 

Porque al final del día, el problema nunca fue el que subía. El problema era no saber quién merecía subir.

 

Quizá la lección que nadie nos contó cuando éramos niños es esta: no necesitamos quedarnos calvos para no equivocarnos. Tampoco necesitamos dejar entrar a todos para no perdernos algo. Lo que necesitamos —y aquí viene la parte menos glamorosa, pero realmente transformadora— es aprender a mirarnos antes de mirar al otro.

 

Porque cuando sabes quién eres, qué quieres y qué necesitas… la trenza deja de ser un impulso. Se convierte en una elección.

 

Aunque no suene tan mágico… cambia toda la historia.

 

Y colorín colorado el cuento ha comenzado.

 

Sanar es amar.


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ONDAS ALFA


 

Cuando Rapunzel se quedó calva


Dicen que Rapunzel dejó de bajar su trenza el día en que se cansó de los lobos disfrazados de príncipes, de los príncipes que resultaban sapos y de los sapos que ni siquiera hacían el esfuerzo mínimo de croar con dignidad. Dicen que un día, harta de tanto visitante dudoso, tomó una decisión radical: cortarse el cabello. No un corte simbólico, no un “me lo recorto un poco para ver qué pasa”. No. Rapunzel se quedó completamente calva. Torre cerrada, acceso denegado, historia pausada. Fin del cuento… o eso creía ella.

 

Al principio, la decisión fue celebrada. Sus amigas —esas que ya habían pasado por dos o tres torres mal administradas— la aplaudieron. “¡Eso, reina! ¡Que nadie suba! ¡Ya estuvo bueno!” Y durante un tiempo, Rapunzel se sintió poderosa. Ya no había incertidumbre, ya no había ansiedad, ya no había mensajes sin responder ni promesas a medio construir. La calma, esa calma gloriosa, se instaló en su torre como un gato que finalmente encuentra el sillón perfecto.

 

Pero como todo en la vida emocional, la calma también empezó a molestar.

 

Pues resulta que cuando no dejas subir a nadie, no solo te proteges del caos… también te pierdes de la experiencia. Entonces apareció una sensación rara, difícil de nombrar. No era tristeza, no era soledad, no era enojo. Era algo más: una especie de vacío elegante, de esos que no hacen ruido pero ocupan espacio.

 

Es ahí donde Rapunzel empezó a sospechar algo que no le gustó. Tal vez el problema nunca había sido quién subía a la torre. Tal vez el problema era que ella no había aprendido a decidir a quién dejar subir.

 

Porque durante años había creído que su historia se trataba de elegir bien entre los de afuera, cuando en realidad el conflicto estaba adentro. No en el lobo, no en el príncipe, no en el insistente que tocaba la puerta a deshoras. El problema era que no sabía exactamente qué estaba buscando, ni qué necesitaba, ni qué podía sostener.

 

Aquí es donde la historia deja de ser un cuento y se convierte en algo peligrosamente cercano. Nos dice la psicología que, muchas decisiones de pareja no fallan por mala suerte, sino por falta de claridad interna. Es más fácil culpar al que sube que preguntarse por qué le abrimos la puerta. Es más sencillo decir “todos son iguales” que detenerse a pensar “¿qué patrón estoy repitiendo yo?”. Eso es  más cómodo cerrarse por completo que aprender a elegir con criterio.

 

Así que Rapunzel hizo lo que cualquier persona sensata haría en su situación: empezó a pensar. Lo cual, seamos honestos, no siempre es buena idea… pero lo hizo.

 

Se dio cuenta de que durante mucho tiempo había confundido intensidad con conexión, atención con interés real y palabras bonitas con hechos consistentes. Había dejado subir a quien tocaba fuerte, a quien insistía más, a quien prometía cosas que sonaban bien en su cabeza, aunque no se sostuvieran en la realidad. No era que eligiera mal… era que elegía desde la emoción del momento, no desde la claridad de su vida. Entendió algo que nadie le había explicado cuando de niña le contaban cuentos de hadas: no se trata de encontrar a la persona correcta. Se trata de convertirse en alguien que sabe elegir.

 

Porque elegir no es solo decir “sí”. Elegir implica saber decir “no”. Implica reconocer qué no es negociable, qué no se justifica, qué no se tolera solo porque alguien nos gusta mucho. Y eso, querido lector, no viene incluido en el paquete romántico.

 

La psicología lo explica de forma concreta. Cuando no tenemos claro quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos, tendemos a adaptarnos al otro. Nos volvemos expertos en ajustarnos, en entender, en justificar. Y en ese proceso, dejamos de elegir… empezamos a reaccionar. Así cualquiera baja la trenza.

 

Pero Rapunzel ya no quería reaccionar. Tampoco quería vivir encerrada. Así que decidió hacer algo diferente. No volvió a dejarse el cabello largo de inmediato. No volvió a bajar la trenza como si nada hubiera pasado. Primero se sentó consigo misma.

 

Sin distracciones, sin príncipes en fila y sin lobos merodeando, empezó a hacerse preguntas que nunca se había hecho. No las típicas —“¿me quiere?”, “¿le gusto?”, “¿esto va a funcionar?”— sino otras mucho más reveladoras: “¿qué tipo de relación quiero construir?”, “¿qué me hace sentir en paz?”, “¿qué cosas ya no estoy dispuesta a negociar, aunque me guste mucho alguien?”

 

Al principio, las respuestas no fueron claras. No sonaban románticas. No eran dignas de un cuento. Pero eran reales.

 

Poco a poco, algo cambió.

 

No en la torre. No en los que esperaban afuera. En ella.

 

Porque cuando una persona empieza a conocerse, a observarse y a respetarse, ocurre algo curioso: ya no necesita cerrar la puerta por miedo… pero tampoco la deja abierta por costumbre.

 

Así, un día cualquiera, sin anuncio previo, Rapunzel volvió a dejar crecer su cabello.

 

No como antes. No con urgencia. No con ilusión desbordada. Lo dejó crecer con calma. Con intención. Con criterio.

 

Al asomarse a la ventana, alguien volvió a aparecer al pie de la torre —porque siempre aparece alguien— solo que, no bajó la trenza de inmediato. Observó. Escuchó. Evaluó. No desde la desconfianza, sino desde: la claridad.

 

Porque al final del día, el problema nunca fue el que subía. El problema era no saber quién merecía subir.

 

Quizá la lección que nadie nos contó cuando éramos niños es esta: no necesitamos quedarnos calvos para no equivocarnos. Tampoco necesitamos dejar entrar a todos para no perdernos algo. Lo que necesitamos —y aquí viene la parte menos glamorosa, pero realmente transformadora— es aprender a mirarnos antes de mirar al otro.

 

Porque cuando sabes quién eres, qué quieres y qué necesitas… la trenza deja de ser un impulso. Se convierte en una elección.

 

Aunque no suene tan mágico… cambia toda la historia.

 

Y colorín colorado el cuento ha comenzado.

 

Sanar es amar.


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