DE ALCALDES Y COSAS PEORES
El artículo 115 de la Constitución Política de los Estados
Unidos Mexicanos no deja espacio a la interpretación caprichosa: establece con
absoluta claridad que los Ayuntamientos son el primer frente de gobierno y, por
tanto, responsables directos de los servicios públicos más elementales.
No es una sugerencia. Es un mandato.
Alumbrado público, limpia, mercados, panteones, calles en
condiciones transitables y, desde luego, la seguridad pública preventiva, son
atribuciones exclusivas de los municipios. Así lo refuerza, sin ambigüedades,
la Ley Orgánica Municipal del Estado de Puebla.
Sin embargo, en la práctica, ese marco normativo parece
letra muerta.
En buena parte del territorio poblano —y de forma
particularmente visible en la Angelópolis, la cuarta ciudad más importante del
país— lo que predomina es el abandono. No se trata de percepciones, sino de
hechos cotidianos que cualquier ciudadano puede constatar.
Circular por zonas como La Noria no es un traslado: es una
prueba de resistencia mecánica. Los baches han dejado de ser incidentes
aislados para convertirse en una constante estructural del paisaje urbano. Hay
calles donde transitar sin dañar el vehículo es, literalmente, cuestión de
suerte.
El manejo de residuos sólidos tampoco escapa a esta lógica
de omisión. Montoneras de basura en avenidas principales exhiben no sólo la
ineficiencia del servicio, sino el fracaso de un modelo concesionado desde
administraciones pasadas que hoy evidencia su agotamiento. La ciudad, en muchos
puntos, luce abandonada a su propia inercia.
Y en materia de seguridad, la narrativa oficial municipal
suele ir por un lado, mientras la realidad circula en redes sociales. El
reciente video de un asalto a plena luz del día en la zona de Boulevard
Valsequillo —un domingo por la mañana, con total impunidad— no es un hecho
aislado, sino un síntoma más de la fragilidad del orden público en ciertas
zonas.
Frente a este escenario, lo preocupante no es sólo la
ineficiencia, sino la normalización de la misma.
Porque mientras algunos gobiernos municipales parecen haber
optado por la comodidad de la inacción o la administración de la excusa, el
vacío no permanece vacío: alguien termina ocupándolo.
Y es ahí donde el Ejecutivo estatal ha tenido que asumir, de
facto, tareas que constitucionalmente no le corresponden. No como un gesto
político, sino como una respuesta pragmática ante la urgencia.
El programa de bacheo en miles de calles de la capital,
apoyado en esquemas de coordinación y aprovechamiento de insumos como el
material pétreo, no sólo atiende una necesidad inmediata, sino que exhibe —sin
necesidad de decirlo— la ausencia de quienes debieron haber actuado primero.
Lo mismo ocurre con las labores de limpieza urbana, donde
brigadas estatales han comenzado a hacer visible lo que debería ser una función
ordinaria de los municipios.
Incluso en materia de seguridad, la presencia y supervisión
constante desde el gobierno estatal contrasta con la pasividad de algunas
autoridades locales que, en los hechos, han cedido el control de la agenda
pública.
No es menor el mensaje.
Mientras algunos ediles optaron por el descanso en periodos
vacacionales, el titular del Ejecutivo recorrió la entidad, supervisando
personalmente condiciones de seguridad y operación. Más allá del simbolismo,
hay una diferencia de enfoque: unos administran tiempos políticos; otros
enfrentan realidades.
Por ello, el llamado reciente a los 217 alcaldes del estado
no debe entenderse como un exhorto más, sino como una advertencia
institucional: gobernar implica responsabilidad, no simulación.
Resulta, por decir lo menos, prematuro —y en algunos casos
francamente cínico— que haya quienes ya piensen en la reelección cuando no han
sido capaces de garantizar lo más básico.
Porque en política, como en el derecho, hay principios
elementales que no admiten atajos: primero se cumple, luego se aspira.
Y hoy, en muchos municipios, lo primero sigue pendiente.



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