lunes, 20 de abril de 2026

Nuevos Horizontes


 

Educación insuficiente, universitarios con oficio

                                                                                             Alberto Jiménez Merino

Un ingeniero agrónomo zootecnista se encontró con un pastor de ovejas: “Si adivinas cuantos animales tengo, te regalo uno”, le dijo el pastor; y, el agrónomo adivinó, tomó su regalo y cuando ya se iba, le dijo el pastor: “oye, te estás llevando mi perro”.

La formación recibida en la carrera de ingeniero agrónomo zootecnista, en la Universidad Autónoma Chapingo (UACH), fue abundante en información, con más teoría que práctica, y fraccionada en bloques con poca relación entre estos. Por un lado, las disciplinas de ciencias exactas y por otro, las agronómicas y las de producción pecuaria, con un toque de medicina veterinaria.

Aunque la UACH tiene el nivel bachillerato a través de la preparatoria agrícola, que bien podría ser una etapa terminal para formar un técnico medio, es hasta el primer año de especialidad que se otorga un Diploma de media carrera, con el único propósito de satisfacer el ego, porque no tiene validez ni equivalencia a algún otro nivel semiprofesional.

Con el pase automático a las más de 22 licenciaturas existentes, todos cumplimos nuestra ilusión de ser ingenieros agrónomos. Nadie pensó en los oficios del sector agropecuario, todos menospreciamos cualquier fase que no fuera la licenciatura, ser universitarios. Así nos dijeron.

Ser universitario en México es una ilusión de los padres y madres, contagiada a los hijos para que no tengan las limitaciones que ellos vivieron. Pero, el estado mexicano no tiene capacidad para recibir a todos, ni los padres tienen los recursos para que sus hijos estudien los niveles superiores, y, es posible, que muchos jóvenes ni siquiera busquen seguir, pero tampoco hay opciones por el menosprecio que se ha dado a los oficios que sustentan la economía del país.

El resultado de esta forma de ver el desarrollo profesional es que la mayoría de las carreras se encaminaron a formar profesionistas para el gobierno o para esperar una oportunidad de empleo. Se olvidó el impulso a emprendedores. La palabra agronegocios no estaba en el diccionario universitario, al menos hasta 1991, y pensar en atender un problema de las comunidades de origen de los estudiantes aún está “a millones de kilómetros”, como la película de José Hernández.

Describo lo anterior, porque en estos días he leído a Enrique Hillman (www.enriquehillman.com) quien relata lo que considera un engaño que por décadas hemos admitido en México y Latinoamérica: que solo contando con un título universitario podríamos ser alguien importante en la vida, cómo llenamos universidades y vaciamos talleres, transmitiendo a nuestros hijos el menosprecio por niveles profesionales menores a la licenciatura. La educación técnica es el motor de la economía aquí y en China, donde por cierto hay una política para este sector.

“Hemos creado una cultura donde el papel importa más que la capacidad, donde el marco colgado en la pared vale más que la herramienta en la mano; lo cual es una forma de pobreza. La riqueza está en la producción no en el estatus o el “qué dirán” nuestros vecinos. No es culpa de los hijos, es culpa de los padres que confundimos educación con escolaridad. El éxito económico no viene del título o del currículum, viene de la capacidad de resolver necesidades de la vida a los demás. El ingreso económico no lo da un diploma, lo da la habilidad de hacer “algo”.

La mejor herencia es lograr que mientras un estudiante cursa una carrera, aprenda un oficio de la propia carrera o de alguna actividad alterna. Esto es que la carrera profesional no es suficiente, hoy se requiere también un oficio.

En 1983 ya como profesor de la UACH recuerdo que un día me llamó el director de zootecnia y me preguntó si podría hacerme cargo de la Jefatura de la granja experimental. Le dije que si tenía una mejor opción, que la tomara. Seguramente notó el temor que la propuesta me provocó, me dijo que sí y que nos veríamos al día siguiente. Al otro día me dijo que no me preocupara porque ya había encontrado a quien atendería esa responsabilidad. Había desarrollado algo de práctica en la parte agrícola, la producción de forrajes, pero no en el manejo de las especies pecuarias ni en la administración de unidades productivas.

Y, no obstante que contaba con cierto grado de conocimiento, el primer ensilado que hice se pudrió por falta de compactación y exceso de humedad por una lluvia que se presentó antes de tapar los silos. La primera pradera de alfalfa que sembré en Chapingo la tuve que voltear porque nació mucha malva y ahogó a la alfalfa. Y, la primera pradera de pasto orchard que logré en Valle de Bravo, Estado de México, la hice bien, pero con una gran inseguridad.

En nuestra formación tuvimos mucha información, logramos diez de calificación en los cursos, pero no tuvimos un “cara a cara” con la realidad del ejercicio agronómico.  No desarrollamos los oficios de la profesión porque para eso hay vaqueros, ordeñadores, descornadores, veterinarios, inseminadores, curtidores, queseros, carniceros, sembradores de praderas, ensiladores. Nosotros como agrónomos solo estamos para las grandes decisiones, la planeación estratégica, la dirección, el mando y la supervisión. Al menos eso pensamos, pero no es así.

Con este relato pretendo destacar la importancia de la práctica en la formación profesional, lo indispensable que es conocer los problemas y necesidades de las familias y comunidades para integrarlos y atenderlos como parte de los programas académicos y de investigación. Resaltar la necesidad de agregar al menos un oficio a la formación profesional universitaria, como condición para asegurar el éxito profesional; reducir el desempleo, subempleo; así como dignificar el autoempleo e impulsar el emprendimiento y la generación de riqueza que ayude a revertir la pobreza.


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Educación insuficiente, universitarios con oficio

                                                                                             Alberto Jiménez Merino

Un ingeniero agrónomo zootecnista se encontró con un pastor de ovejas: “Si adivinas cuantos animales tengo, te regalo uno”, le dijo el pastor; y, el agrónomo adivinó, tomó su regalo y cuando ya se iba, le dijo el pastor: “oye, te estás llevando mi perro”.

La formación recibida en la carrera de ingeniero agrónomo zootecnista, en la Universidad Autónoma Chapingo (UACH), fue abundante en información, con más teoría que práctica, y fraccionada en bloques con poca relación entre estos. Por un lado, las disciplinas de ciencias exactas y por otro, las agronómicas y las de producción pecuaria, con un toque de medicina veterinaria.

Aunque la UACH tiene el nivel bachillerato a través de la preparatoria agrícola, que bien podría ser una etapa terminal para formar un técnico medio, es hasta el primer año de especialidad que se otorga un Diploma de media carrera, con el único propósito de satisfacer el ego, porque no tiene validez ni equivalencia a algún otro nivel semiprofesional.

Con el pase automático a las más de 22 licenciaturas existentes, todos cumplimos nuestra ilusión de ser ingenieros agrónomos. Nadie pensó en los oficios del sector agropecuario, todos menospreciamos cualquier fase que no fuera la licenciatura, ser universitarios. Así nos dijeron.

Ser universitario en México es una ilusión de los padres y madres, contagiada a los hijos para que no tengan las limitaciones que ellos vivieron. Pero, el estado mexicano no tiene capacidad para recibir a todos, ni los padres tienen los recursos para que sus hijos estudien los niveles superiores, y, es posible, que muchos jóvenes ni siquiera busquen seguir, pero tampoco hay opciones por el menosprecio que se ha dado a los oficios que sustentan la economía del país.

El resultado de esta forma de ver el desarrollo profesional es que la mayoría de las carreras se encaminaron a formar profesionistas para el gobierno o para esperar una oportunidad de empleo. Se olvidó el impulso a emprendedores. La palabra agronegocios no estaba en el diccionario universitario, al menos hasta 1991, y pensar en atender un problema de las comunidades de origen de los estudiantes aún está “a millones de kilómetros”, como la película de José Hernández.

Describo lo anterior, porque en estos días he leído a Enrique Hillman (www.enriquehillman.com) quien relata lo que considera un engaño que por décadas hemos admitido en México y Latinoamérica: que solo contando con un título universitario podríamos ser alguien importante en la vida, cómo llenamos universidades y vaciamos talleres, transmitiendo a nuestros hijos el menosprecio por niveles profesionales menores a la licenciatura. La educación técnica es el motor de la economía aquí y en China, donde por cierto hay una política para este sector.

“Hemos creado una cultura donde el papel importa más que la capacidad, donde el marco colgado en la pared vale más que la herramienta en la mano; lo cual es una forma de pobreza. La riqueza está en la producción no en el estatus o el “qué dirán” nuestros vecinos. No es culpa de los hijos, es culpa de los padres que confundimos educación con escolaridad. El éxito económico no viene del título o del currículum, viene de la capacidad de resolver necesidades de la vida a los demás. El ingreso económico no lo da un diploma, lo da la habilidad de hacer “algo”.

La mejor herencia es lograr que mientras un estudiante cursa una carrera, aprenda un oficio de la propia carrera o de alguna actividad alterna. Esto es que la carrera profesional no es suficiente, hoy se requiere también un oficio.

En 1983 ya como profesor de la UACH recuerdo que un día me llamó el director de zootecnia y me preguntó si podría hacerme cargo de la Jefatura de la granja experimental. Le dije que si tenía una mejor opción, que la tomara. Seguramente notó el temor que la propuesta me provocó, me dijo que sí y que nos veríamos al día siguiente. Al otro día me dijo que no me preocupara porque ya había encontrado a quien atendería esa responsabilidad. Había desarrollado algo de práctica en la parte agrícola, la producción de forrajes, pero no en el manejo de las especies pecuarias ni en la administración de unidades productivas.

Y, no obstante que contaba con cierto grado de conocimiento, el primer ensilado que hice se pudrió por falta de compactación y exceso de humedad por una lluvia que se presentó antes de tapar los silos. La primera pradera de alfalfa que sembré en Chapingo la tuve que voltear porque nació mucha malva y ahogó a la alfalfa. Y, la primera pradera de pasto orchard que logré en Valle de Bravo, Estado de México, la hice bien, pero con una gran inseguridad.

En nuestra formación tuvimos mucha información, logramos diez de calificación en los cursos, pero no tuvimos un “cara a cara” con la realidad del ejercicio agronómico.  No desarrollamos los oficios de la profesión porque para eso hay vaqueros, ordeñadores, descornadores, veterinarios, inseminadores, curtidores, queseros, carniceros, sembradores de praderas, ensiladores. Nosotros como agrónomos solo estamos para las grandes decisiones, la planeación estratégica, la dirección, el mando y la supervisión. Al menos eso pensamos, pero no es así.

Con este relato pretendo destacar la importancia de la práctica en la formación profesional, lo indispensable que es conocer los problemas y necesidades de las familias y comunidades para integrarlos y atenderlos como parte de los programas académicos y de investigación. Resaltar la necesidad de agregar al menos un oficio a la formación profesional universitaria, como condición para asegurar el éxito profesional; reducir el desempleo, subempleo; así como dignificar el autoempleo e impulsar el emprendimiento y la generación de riqueza que ayude a revertir la pobreza.


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