Educación insuficiente, universitarios con oficio
Alberto
Jiménez Merino
Un
ingeniero agrónomo zootecnista se encontró con un pastor de ovejas: “Si
adivinas cuantos animales tengo, te regalo uno”, le dijo el pastor; y, el
agrónomo adivinó, tomó su regalo y cuando ya se iba, le dijo el pastor: “oye,
te estás llevando mi perro”.
La
formación recibida en la carrera de ingeniero agrónomo zootecnista, en la
Universidad Autónoma Chapingo (UACH), fue abundante en información, con más
teoría que práctica, y fraccionada en bloques con poca relación entre estos.
Por un lado, las disciplinas de ciencias exactas y por otro, las agronómicas y
las de producción pecuaria, con un toque de medicina veterinaria.
Aunque
la UACH tiene el nivel bachillerato a través de la preparatoria agrícola, que
bien podría ser una etapa terminal para formar un técnico medio, es hasta el
primer año de especialidad que se otorga un Diploma de media carrera, con el
único propósito de satisfacer el ego, porque no tiene validez ni equivalencia a
algún otro nivel semiprofesional.
Con
el pase automático a las más de 22 licenciaturas existentes, todos cumplimos
nuestra ilusión de ser ingenieros agrónomos. Nadie pensó en los oficios del
sector agropecuario, todos menospreciamos cualquier fase que no fuera la
licenciatura, ser universitarios. Así nos dijeron.
Ser
universitario en México es una ilusión de los padres y madres, contagiada a los
hijos para que no tengan las limitaciones que ellos vivieron. Pero, el estado
mexicano no tiene capacidad para recibir a todos, ni los padres tienen los
recursos para que sus hijos estudien los niveles superiores, y, es posible, que
muchos jóvenes ni siquiera busquen seguir, pero tampoco hay opciones por el
menosprecio que se ha dado a los oficios que sustentan la economía del
país.
El
resultado de esta forma de ver el desarrollo profesional es que la mayoría de
las carreras se encaminaron a formar profesionistas para el gobierno o para
esperar una oportunidad de empleo. Se olvidó el impulso a emprendedores. La
palabra agronegocios no estaba en el diccionario universitario, al menos hasta
1991, y pensar en atender un problema de las comunidades de origen de los
estudiantes aún está “a millones de kilómetros”, como la película de José
Hernández.
Describo
lo anterior, porque en estos días he leído a Enrique Hillman (www.enriquehillman.com)
quien relata lo que considera un engaño que por décadas hemos admitido en
México y Latinoamérica: que solo contando con un título universitario podríamos
ser alguien importante en la vida, cómo llenamos universidades y vaciamos
talleres, transmitiendo a nuestros hijos el menosprecio por niveles
profesionales menores a la licenciatura. La educación técnica es el motor de la
economía aquí y en China, donde por cierto hay una política para este sector.
“Hemos
creado una cultura donde el papel importa más que la capacidad, donde el marco
colgado en la pared vale más que la herramienta en la mano; lo cual es una
forma de pobreza. La riqueza está en la producción no en el estatus o el “qué
dirán” nuestros vecinos. No es culpa de los hijos, es culpa de los padres que
confundimos educación con escolaridad. El éxito económico no viene del título o
del currículum, viene de la capacidad de resolver necesidades de la vida a los demás.
El ingreso económico no lo da un diploma, lo da la habilidad de hacer “algo”.
La
mejor herencia es lograr que mientras un estudiante cursa una carrera,
aprenda un oficio de la propia carrera o de alguna actividad alterna.
Esto es que la carrera profesional no es suficiente, hoy se
requiere también un oficio.
En
1983 ya como profesor de la UACH recuerdo que un día me llamó el director de zootecnia
y me preguntó si podría hacerme cargo de la Jefatura de la granja experimental.
Le dije que si tenía una mejor opción, que la tomara. Seguramente notó el temor
que la propuesta me provocó, me dijo que sí y que nos veríamos al día
siguiente. Al otro día me dijo que no me preocupara porque ya había encontrado a
quien atendería esa responsabilidad. Había desarrollado algo de práctica en la
parte agrícola, la producción de forrajes, pero no en el manejo de las especies
pecuarias ni en la administración de unidades productivas.
Y,
no obstante que contaba con cierto grado de conocimiento, el primer ensilado
que hice se pudrió por falta de compactación y exceso de humedad por una lluvia
que se presentó antes de tapar los silos. La primera pradera de alfalfa que
sembré en Chapingo la tuve que voltear porque nació mucha malva y ahogó a la
alfalfa. Y, la primera pradera de pasto orchard que logré en Valle de Bravo,
Estado de México, la hice bien, pero con una gran inseguridad.
En
nuestra formación tuvimos mucha información, logramos diez de calificación en los
cursos, pero no tuvimos un “cara a cara” con la realidad del ejercicio
agronómico. No desarrollamos los oficios
de la profesión porque para eso hay vaqueros, ordeñadores, descornadores,
veterinarios, inseminadores, curtidores, queseros, carniceros, sembradores de
praderas, ensiladores. Nosotros como agrónomos solo estamos para las grandes
decisiones, la planeación estratégica, la dirección, el mando y la supervisión.
Al menos eso pensamos, pero no es así.
Con
este relato pretendo destacar la importancia de la práctica en la
formación profesional, lo indispensable que es conocer los problemas y necesidades
de las familias y comunidades para integrarlos y atenderlos como parte de los
programas académicos y de investigación. Resaltar la necesidad de agregar al
menos un oficio a la formación profesional universitaria, como
condición para asegurar el éxito profesional; reducir el desempleo, subempleo;
así como dignificar el autoempleo e impulsar el emprendimiento y
la generación de riqueza que ayude a revertir la pobreza.



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