Educar, no es cosa de juego
Hay una escena cotidiana que se repite en parques,
supermercados y salas de espera: un niño llora, grita, se tira al piso; el
adulto se tensa, mira alrededor buscando aprobación o juicio, y en cuestión de
segundos decide entre dos caminos que parecen opuestos pero que en el fondo comparten
el mismo problema: o impone con dureza para apagar la conducta, o cede con rapidez
para evitar el conflicto. En ambos casos, algo esencial queda fuera de escena:
la comprensión. Porque educar no es reaccionar, educar es comprender. Y
comprender, en materia de infancia, no es intuición espontánea, es una tarea
que exige información, observación y, sobre todo, una profunda revisión de
nosotros mismos.
Hemos heredado una idea: que educar consiste en moldear
conductas visibles. Que si el niño obedece, vamos bien; si no lo hace, algo
está fallando. Pero la psicología del desarrollo y la neurociencia llevan
décadas señalando otra cosa: la conducta es solo la punta del iceberg.
Debajo hay procesos cognitivos en construcción, sistemas
emocionales inmaduros, funciones ejecutivas que apenas comienzan a organizarse.
Un niño pequeño no tiene aún la capacidad de inhibir impulsos como un adulto,
no puede regular su frustración con la misma eficiencia, no logra anticipar
consecuencias de manera consistente. Esperar que lo haga es exigirle un desarrollo
que todavía no tiene. Y sin embargo, lo hacemos todos los días.
Educar, entonces, implica un cambio de foco: dejar de
preguntarnos únicamente “¿por qué se porta así?” y comenzar a preguntarnos
“¿qué puede y qué no puede hacer su cerebro en este momento de su desarrollo?”.
Esta pregunta, que parece técnica, es profundamente ética.
Porque cuando entendemos los alcances reales del niño,
dejamos de interpretar su conducta como un desafío personal y comenzamos a
verla como una expresión de su proceso. Y ahí aparece una verdad necesaria: en
la educación infantil, el que tiene tarea es el adulto. No el niño.
Esto no significa que el niño no deba aprender, que no haya
límites o que todo deba permitirse. Significa que el adulto es quien debe
informarse, ajustar expectativas, traducir el mundo a un lenguaje comprensible
y sostener el proceso incluso cuando se vuelve incómodo.
Porque sí, educar incomoda. Educar exige paciencia,
repetición, tolerancia a la frustración… pero del adulto. Exige la capacidad de
sostener un “no” sin romper el vínculo, de acompañar una emoción sin ceder al
caos, de regularse a uno mismo cuando el otro se desregula. Y aquí es donde
muchos discursos actuales se diluyen en confusión.
En los últimos años se ha popularizado la idea de la
“educación respetuosa”. El concepto, en su origen, es valioso: propone
reconocer al niño como sujeto, validar sus emociones y evitar prácticas
violentas o humillantes. Sin embargo, en su interpretación cotidiana, ha sido deformado.
Se ha confundido respeto con ausencia de límites, validación con complacencia, libertad
con desorientación. Se ha instalado la fantasía de que una infancia feliz es
aquella libre de frustración, de dolor o de conflicto. Y no, eso no es educar.
Eso es dejar crecer sin orientar hacia dónde sea.
El problema de esta confusión no es menor. Un niño sin
límites claros no es un niño libre, es un niño inseguro. El límite no es un
castigo, es una estructura que organiza la experiencia. Es lo que le dice al
niño hasta dónde puede ir, qué es seguro, qué no lo es, qué se espera de él en un
contexto determinado. Cuando el adulto evita poner límites por miedo al
conflicto o por no saber cómo sostenerlo, el niño queda expuesto a un mundo sin
coordenadas claras. Y el caos, lejos de generar bienestar, genera angustia.
Aquí conviene detenernos en una idea que cuestiona nuestra
forma de entender la crianza: la felicidad infantil no consiste en la ausencia
de malestar, sino en la presencia de acompañamiento. Un niño va a frustrarse,
va a enojarse, va a sentirse triste, va a querer cosas que no puede tener. Eso
no es un error del sistema, es parte del desarrollo. La pregunta no es cómo
evitamos esas emociones, sino cómo las acompañamos. Y acompañar no es ceder, es
sostener. Es poder decir “entiendo que estás enojado, pero esto no es posible”
sin retirarse emocionalmente ni imponer desde la violencia.
Para hacer esto, el adulto necesita algo que rara vez se
enseña: autorregulación. No podemos pretender que un niño aprenda a gestionar
sus emociones si el adulto que lo guía se desborda ante la primera señal de
incomodidad. El sistema nervioso del adulto es el principal referente del niño.
Si el adulto grita, amenaza o se desorganiza, eso es lo que el niño aprende
sobre cómo se manejan las emociones. Por el contrario, cuando el adulto logra
sostener la calma —no perfecta, pero sí consciente— está ofreciendo un modelo
de regulación que el niño irá internalizando con el tiempo.
Esto nos lleva a otro punto clave: educar implica codificar
el mundo en un lenguaje que el niño pueda comprender. No basta con decir
“pórtate bien” o “eso está mal”. El niño necesita que le traduzcamos la
experiencia: que nombremos emociones, que expliquemos límites, que anticipemos
lo que ocurrirá, que demos sentido a lo que vive. El lenguaje no solo comunica,
organiza la mente. Un niño que puede entender lo que le pasa tiene más
herramientas para regularse que uno que solo recibe órdenes o reproches.
Sin embargo, en la práctica cotidiana, muchas veces
esperamos que el niño entienda sin haberle enseñado a entender. Esperamos que
tolere sin haberle acompañado a tolerar.
Esperamos que se regule sin haberle mostrado cómo hacerlo. Y
cuando no lo logra, interpretamos su dificultad como falta de voluntad o de
carácter. Es aquí donde la educación se convierte en exigencia desmedida en
lugar de guía consciente.
Educar no es cosa de juego porque implica un compromiso
sostenido. No basta con amar a los hijos, hay que comprenderlos. No basta con
querer hacerlo bien, hay que informarse. No basta con tener buenas intenciones,
hay que desarrollar habilidades. Sí, esto implica esfuerzo, implica tiempo,
implica cuestionar lo aprendido y, en muchos casos, implica atravesar nuestro
propio caos, malestar y deficiencias. Porque el berrinche del niño no solo
activa su sistema nervioso, activa el nuestro. Nos confronta con nuestra
historia, con nuestra tolerancia al caos, con nuestra capacidad de sostener sin
escapar.
Tal vez por eso resulta más fácil optar por soluciones
rápidas: el grito que silencia, la concesión que evita el conflicto, la
distracción que posterga el problema. Pero educar no se trata de apagar
incendios momentáneos, sino de construir capacidades a largo plazo. Eso requiere
presencia, consistencia y una dosis importante de resiliencia adulta. Porque
sí, habrá días en que parezca que nada funciona, en que el cansancio pese más
que la paciencia, en que el niño vuelva a hacer exactamente lo que ayer
intentamos enseñar que no hiciera. Es ahí, justamente ahí, donde juega la
educación.
No en el momento en que todo fluye, sino en el momento en
que todo se complica. No cuando el niño obedece, sino cuando se resiste. No
cuando el adulto tiene control, sino cuando está a punto de perderlo. Educar es
sostener el proceso incluso cuando no hay resultados inmediatos. Es confiar en
que la repetición de experiencias coherentes va dejando huella, aunque no se
vea de forma instantánea.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos como sociedad no
es si los niños de hoy son más difíciles, sino si los adultos de hoy estamos
dispuestos a asumir la complejidad de educar.
Porque educar no es improvisar, no es delegar completamente,
no es reaccionar sobre la marcha. Educar es comprender etapas, ajustar
expectativas, regularse a uno mismo y traducir el mundo para otro ser humano en
desarrollo.
Y solo tal vez, si cambiamos la mirada, dejemos de ver a los
niños como el problema y empecemos a ver la educación como lo que realmente es:
una responsabilidad adulta que no admite atajos. Porque al final, cada límite
bien puesto, cada emoción acompañada, cada palabra que da sentido, no solo
organiza el presente del niño… construye el adulto que será.
Educar, definitivamente, no es cosa de juego. Pero
entenderlo puede ser el primer paso para hacerlo mejor.
Sanar es amar.



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