AYUDÓ A VENCER A UN IMPERIO, PERO FUE DERROTADO POR AMOR
MI VOZ
POR: ENRIQUE ROMERO RAZO
El poderoso Imperio francés de Napoleón III invadió territorio nacional en diciembre de 1862.
Ante el avance de las tropas intervencionistas, el presidente Benito Juárez y su gabinete emprendieron una larga travesía por el país para evitar caer en manos de los imperialistas y preservar la legitimidad de la República.
Entre los hombres que acompañaban al mandatario que encarnaba la dignidad nacional y la defensa de la soberanía mexicana se encontraba Sebastián Lerdo de Tejada, uno de los más brillantes ideólogos del liberalismo y uno de los colaboradores más leales de la causa juarista.
El 12 de octubre de 1864, el gobierno republicano llegó a Chihuahua. Allí fue recibido por Bernardo Revilla, quien en dos ocasiones había ocupado la gubernatura de aquella entidad.
Como anfitrión, no sólo brindó protección y respaldo a los integrantes del gobierno itinerante, sino que además organizó reuniones, recepciones y convivios para hacer más llevadera la estancia de los republicanos en tierras chihuahuenses.
Fue precisamente en uno de esos encuentros donde Sebastián Lerdo de Tejada conoció a Manuela Revilla Valenzuela, hija del gobernador.
Aquella joven habría de convertirse en el gran amor de su vida.
Lerdo era un hombre culto, influyente, respetado y con un prometedor futuro político. Soltero y admirado por muchos, difícilmente habría imaginado que recibiría una negativa tan contundente cuando decidió pedirle matrimonio.
La respuesta fue un rotundo no.
Sin embargo, el rechazo no lo desanimó.
Convencido de que podía conquistar su corazón, acudió directamente ante Bernardo Revilla para solicitar formalmente la mano de su hija. La respuesta del gobernador fue tan firme como inusual para la época: no podía concederla sin el consentimiento de Manuela y respetaría plenamente la decisión que ella tomara.
Aquello significó una segunda derrota.
Poco tiempo después, Lerdo de Tejada abandonó Chihuahua, pero no renunció a su esperanza. Durante meses escribió cartas dirigidas a la hermana mayor de Manuela, buscando algún acercamiento, alguna señal favorable, alguna posibilidad de cambiar el destino.
Las respuestas llegaron durante algún tiempo.
Después, simplemente dejaron de llegar.
Mientras tanto, la historia seguía su curso.
La República triunfó. El orden constitucional fue restaurado. Maximiliano de Habsburgo fue fusilado en el Cerro de las Campanas y los liberales consolidaron una de las victorias más importantes de la historia nacional.
Sebastián Lerdo de Tejada participó en aquella gesta y ayudó a derrotar al imperio que pretendía someter a México.
Pero lo hizo solo.
Con el paso de los años alcanzó la Presidencia de la República, convirtiéndose en el único hombre soltero que ha ocupado la titularidad del Poder Ejecutivo Federal en la historia del país.
Más tarde, Porfirio Díaz lo derrocaría mediante el Plan de Tuxtepec, obligándolo a partir al exilio.
Vivió sus últimos doce años lejos de la patria que ayudó a defender.
Murió el 21 de abril de 1889, en la ciudad de Nueva York, a los 65 años de edad.
Nunca se casó.
Nunca formó una familia.
Nunca olvidó a aquella mujer que le negó su amor.
Y así, quien contribuyó a derrotar al que en su tiempo era considerado uno de los imperios más poderosos del mundo, jamás pudo vencer el rechazo de la única mujer que conquistó su corazón.
Porque hay batallas que se ganan con ejércitos.
Y hay derrotas que permanecen para siempre en el alma.
La de Sebastián Lerdo de Tejada fue una de ellas.



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