Los hombres que ya no reparaban nada
La caja estaba donde siempre había estado.
Arriba del armario metálico del taller, cubierta por una capa de polvo tan
uniforme que parecía haber sido colocada ahí por alguien meticuloso. Martín la
descubrió tres semanas después del funeral de su padre, mientras vaciaba la
casa para venderla. Durante varios días se había dedicado a tareas prácticas:
clasificar documentos, separar ropa, revisar recibos, cancelar contratos. Todo
aquello que los vivos hacen para poner orden después de que la muerte deja de ser
una noticia y comienza a convertirse en administración.
La caja contenía herramientas.
No eran muchas. Un martillo con el mango
desgastado, un nivel, varias llaves españolas, una cinta métrica amarillenta y
un destornillador de punta plana que parecía haber sobrevivido a varias
décadas. Entre los objetos había también una libreta de tapas negras. Martín la
abrió esperando encontrar algo importante. Algún secreto. Una confesión tardía.
Tal vez una explicación que justificara tantas conversaciones pendientes.
Pero no.
Las páginas estaban llenas de notas pequeñas.
“Cambiar foco del patio. Ajustar bisagra de la cocina. Reparar fuga del lavabo.
Pintar reja antes de lluvias.”
Nada más.
Durante algunos minutos permaneció sentado
sobre un banco de madera observando aquellas anotaciones. Afuera, el viento
movía las ramas del limonero del patio. El mismo árbol que su padre había
plantado cuando Martín tenía ocho años. Recordó algo extraño: jamás lo había
visto descansar.
No trabajar. Descansar. Había una diferencia
enorme entre ambas cosas.
Su padre sabía quedarse inmóvil mirando la
lluvia. Podía pasar una tarde completa arreglando una silla rota. Escuchaba
béisbol por la radio mientras limpiaba herramientas. Pero incluso en esos
momentos había una especie de conversación silenciosa entre él y el mundo
material. Como si entendiera que las cosas merecían tiempo.
Martín no. Él pertenecía a otra especie.
Cuando una lámpara dejaba de funcionar
compraba otra. Cuando una silla se rompía la reemplazaba. Cuando una cafetera
fallaba simplemente la tiraba.
Era más fácil. Más rápido. Más eficiente.
Sin embargo, mientras sostenía el viejo
destornillador de su padre, tuvo la sensación incómoda de que esa palabra
—eficiencia— ocultaba algo triste.
Aquella noche regresó a su departamento en la
ciudad. Un lugar amplio, impecable y extrañamente silencioso. Encendió la luz
de la cocina y observó los objetos que lo rodeaban. Todo parecía nuevo. La
mesa. Las sillas. Los electrodomésticos. Nada tenía más de tres años.
No existían marcas de reparación. Ninguna
cicatriz. Ninguna evidencia de permanencia.
Abrió el refrigerador y encontró exactamente
lo que esperaba encontrar: comida para dos días y varias botellas de agua
mineral. Cerró la puerta lentamente.
Por primera vez sintió que vivía dentro de una
sala de espera. Durante las semanas siguientes comenzó a notar cosas que antes
le parecían normales. La rapidez con la que desaparecían los objetos. La
facilidad con la que cambiaba de teléfono, de ropa o incluso de amistades.
Personas entrando y saliendo de su vida sin dejar demasiada huella.
Pensó en una frase que había leído alguna vez
de Byung-Chul Han. Decía que la sociedad contemporánea había reemplazado la
permanencia por la circulación. Nada permanecía suficiente tiempo para
desarrollar profundidad.
Quizá ocurría lo mismo con las personas. Quizá
habían aprendido a sustituir vínculos igual que sustituían tostadoras.
Una tarde encontró una vieja silla de madera
en el sótano del edificio. Tenía una pata rota. La administración la había
dejado junto a otros objetos destinados a la basura. Sin saber muy bien por qué
decidió subirla a su departamento.
La observó durante varios días. No tenía idea
de cómo arreglarla. Buscó videos, compró pegamento para madera y pasó una tarde
entera intentando entender algo que para su padre habría resultado obvio.
Mientras trabajaba, comenzó a recordar. Recordó
tardes enteras observándolo reparar cosas. El sonido metálico de las
herramientas chocando entre sí. El olor de la madera recién cortada. Las
conversaciones breves que ocurrían mientras trabajaban juntos.
No hablaban de emociones. Aquella generación
casi nunca lo hacía. Pero compartían algo distinto. Compartían tiempo.
De pronto comprendió algo que jamás había
entendido. Las reparaciones nunca fueron solamente reparaciones. Eran una forma
de permanecer. Una forma de decir: esto todavía merece atención. Esto todavía
vale el esfuerzo. Esto no será reemplazado tan fácilmente.
La silla quedó torcida. Horriblemente torcida.
Pero cuando terminó sintió una satisfacción absurda.
No por el resultado. Por el proceso. Hacía
años que no dedicaba cuatro horas consecutivas a una sola tarea.
El tiempo, pensó, se había convertido en otra
cosa. Un recurso que debía optimizarse constantemente. Un enemigo que debía ser
derrotado. Una mercancía demasiado valiosa para desperdiciarla contemplando una
silla rota.
Sin embargo, allí estaba. Más tranquilo que en
mucho tiempo. Aquella noche soñó con su padre.
No era un sueño espectacular. No había
mensajes trascendentales ni revelaciones profundas. Simplemente estaba sentado
en el taller limpiando una llave inglesa con un trapo azul. “Todavía sirve”,
decía mientras observaba alguna pieza invisible. Eso era todo. Todavía sirve.
Al despertar permaneció varios minutos mirando el techo.
Pensó en las casas, las amistades, los
matrimonios, en las familias. Se preguntó cuántas cosas habían dejado de
repararse porque resultaba más cómodo reemplazarlas.
Meses después volvió a la casa familiar para
terminar algunos trámites pendientes. Encontró nuevamente la libreta negra de
su padre. Esta vez la observó con otros ojos.
No era un inventario de reparaciones, era un
registro de cuidado. Cada anotación representaba algo que se había negado a
abandonar: una puerta, una fuga, una ventana, una cerradura. Pequeños gestos de
resistencia contra la lógica del descarte.
Cuando salió de la casa comenzó a llover. La
lluvia golpeaba suavemente el techo de lámina del viejo taller.
Por un instante imaginó a su padre dentro,
revisando herramientas, acomodando tornillos en frascos de vidrio, escuchando
la radio mientras el mundo seguía girando afuera.
Entonces comprendió algo que lo acompañaría
durante mucho tiempo. Su generación había aprendido a comprar casi cualquier
cosa. Pero estaba olvidando cómo cuidar.
La verdadera crisis de Occidente no es
económica, tecnológica ni política. Tal vez esta crisis es la incapacidad
creciente para permanecer el tiempo suficiente junto a algo —o junto a alguien—
como para intentar repararlo.
Martín miró el taller una última vez antes de
cerrar la puerta.
Después guardó el viejo destornillador en la
mochila.
No porque lo necesitara. Sino porque algunas
herramientas sirven para arreglar objetos, y otras, sirven para recordar
quiénes fuimos antes de empezar a reemplazarlo todo.
Sanar es amar.



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