EL PREMIO NOBEL DE LA PAZ PARA UNA JUEZA.
MI VOZ.
POR: ENRIQUE ROMERO RAZO.
Los premios Nobel nacieron de la última voluntad del químico, ingeniero y empresario sueco Alfred Nobel (inventor de la dinamita), en cuyo testamento, signado el 27 de noviembre de 1895, dispuso que el 94 % de su gran fortuna se utilizara para premiar a personas que hicieran grandes contribuciones a la humanidad.
De entre esos galardones, quizá el más importante es el Premio Nobel de la Paz, que es el único que se entrega en Oslo, en presencia del rey de Noruega, cada diez de diciembre para conmemorar el aniversario luctuoso de Alfred Nobel.
El Premio Nobel de la Paz ha sido recibido —entre otras muchas personalidades— por Teodoro Roosevelt, Henry Kissinger, Martin Luther King y Nelson Mandela.
Este año dos mil veintiséis, el Comité del Nobel se decantó por la jurista africana Navy Pillay por sus esfuerzos por promover la paz y el derecho internacional.
La ahora galardonada, Navanethem Pillay, nació en Sudáfrica en 1941, es la quinta de ocho hermanos y su padre se desempeñaba como chofer de autobús y pescaba en su tiempo libre para ganar un poco de dinero extra.
Sin embargo, el apartheid se formalizó en Sudáfrica en 1948 y sus oportunidades de seguir estudiando eran mínimas, como para todos aquellos que compartían el color oscuro de su piel.
Aun así, el director de su escuela, al advertir su enorme capacidad intelectual, hizo una recolección de fondos para que fuera a la universidad y se titulara como abogada y posteriormente estudiara la maestría y el doctorado en Derecho en la prestigiada Universidad de Harvard.
Durante su vida profesional defendió a Nelson Mandela durante su encarcelamiento y ha sido la única mujer en formar parte de tres tribunales internacionales.
En 1995 se desempeñó como magistrada del Tribunal Supremo de Sudáfrica, siendo la primera mujer negra en ocupar dicho cargo.
Asimismo, formó parte del Tribunal Penal Internacional para Ruanda y en 1999 presidió el mismo.
Posteriormente, pasó a formar parte de la Corte Penal Internacional en La Haya para después ser nombrada alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.
Desde esa trinchera internacional se enfrentó a Netanyahu por el genocidio en Gaza, ganándose además la animadversión de Trump y de Putin al afirmar que ni Estados Unidos ni Rusia forman parte de la Corte Penal Internacional y por eso no reconocen su jurisdicción en caso de crímenes de lesa humanidad, pero ambos países forman parte, como miembros permanentes, del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y desde esa posición de poder pueden evadir que se les exijan responsabilidades penales internacionales.
Su contribución a la defensa de los derechos humanos a nivel global ha sido invaluable, ya que basta recordar que gracias a ella muchos responsables de ordenar violaciones masivas a las mujeres en Ruanda fueron acusados de genocidio.
Ni qué decir de su enfrentamiento abierto con Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, por los crímenes cometidos en contra del pueblo palestino en Gaza.
El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz (codiciado por Trump desde hace muchos años) constituye una muestra clara de que la comunidad internacional repudia a quienes hacen uso abusivo del poder e infringen los principios básicos del derecho internacional.
Trump, como siempre, reaccionó violentamente a ese galardón, endureciendo las sanciones en contra de la Corte Penal Internacional.
Acciones que Navy Pillay ha catalogado como arbitrarias e ilegales.
Pero Trump podrá hacer los berrinches que quiera, pero la concesión del Premio Nobel de la Paz a una exjueza de tres diversos tribunales internacionales marca un hito en la historia moderna de la humanidad.



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