Frankenstein:
el monstruo que construimos para ser amados
Hay criaturas que jamás necesitaron un laboratorio
para cobrar vida. Se construyeron en silencio, entre concesiones aparentemente
inocentes, promesas de amor y el miedo a quedarse solas. Algunas llevan nuestro
nombre, duermen en nuestra cama y se parecen tanto a nosotros que resulta
imposible distinguirlas.
El monstruo de Frankenstein tenía un problema
bastante serio: estaba hecho con piezas de otros. Su creador había conseguido
ensamblar un cuerpo, devolverle la vida y producir algo que ni siquiera él
estaba dispuesto a aceptar. Mary Shelley publicó aquella historia en 1818,
cuando todavía faltaba mucho para que la psicología comenzara a estudiar
sistemáticamente la identidad personal. Sin embargo, su criatura terminó
representando una inquietud que conserva toda su vigencia: ¿qué ocurre cuando
aquello que somos ha sido construido con fragmentos que nunca elegimos?
La pregunta adquiere un carácter todavía más
siniestro cuando aparece la novia de Frankenstein. En la película de James
Whale, estrenada en 1935, una mujer es creada para acompañar a la criatura
original. Su existencia responde a una necesidad ajena. Nadie parece
particularmente interesado en averiguar qué desea ella. Cuando finalmente
despierta y conoce al ser para quien fue fabricada, lo rechaza. El experimento
había conseguido producir vida, pero sus responsables cometieron un error
bastante humano: confundieron crear a alguien con tener derecho a decidir quién
debía ser.
Casi un siglo después, seguimos cometiendo
versiones menos espectaculares de ese experimento. La diferencia es que
nuestros laboratorios suelen parecerse a una sala de estar y que las
operaciones se realizan sin anestesia, aunque tampoco dejan cicatrices
visibles. Una persona modifica su forma de vestir porque descubre que a su
pareja le agrada determinada apariencia. Otra aprende a evitar conversaciones
que producen discusiones. Alguien abandona una afición porque resulta difícil
acomodarla a los planes compartidos. Nada de eso demuestra, por sí mismo, que
exista un problema. La convivencia implica ajustes. Lo inquietante aparece
cuando esas modificaciones comienzan a responder al temor de perder el afecto y
terminan formando una personalidad que resulta cada vez más difícil abandonar.
La identidad personal nunca ha sido una propiedad
completamente privada. Desde la infancia incorporamos expectativas familiares y
aprendemos a reconocernos mediante las respuestas que recibimos de otras
personas. Un niño al que constantemente describen como responsable puede
comenzar a organizar su comportamiento alrededor de esa característica. Otro
descubre que recibe mayor atención cuando consigue buenos resultados. Alguien
aprende que expresar enojo genera rechazo y desarrolla una extraordinaria capacidad
para parecer tranquilo, incluso cuando está furioso.
El psicólogo Dan McAdams ha estudiado cómo
construimos nuestra identidad narrativa: la historia que elaboramos sobre
nosotros mismos para dar continuidad y significado a nuestra experiencia. Esa
narración contiene recuerdos seleccionados, interpretaciones y explicaciones
que utilizamos para responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién soy?
El inconveniente es que el narrador también puede equivocarse. Podemos
considerar una característica como parte inmutable de nuestra personalidad
cuando, en realidad, comenzó siendo una adaptación a circunstancias
específicas.
La persona que presume de no necesitar nada de
nadie quizá aprendió que pedir ayuda era inútil. Quien se considera incapaz de
discutir podría haber descubierto que guardar silencio era la manera más segura
de conservar la tranquilidad familiar. Son posibilidades, no explicaciones
universales. La psicología no permite reconstruir la infancia de alguien a
partir de una sola conducta. Pero sí nos invita a examinar cómo ciertos
aprendizajes terminan convertidos en definiciones personales.
En las relaciones de pareja, este fenómeno adquiere
una dimensión particular. Arthur Aron y sus colaboradores han estudiado la
inclusión del otro en el yo, un proceso mediante el cual incorporamos aspectos
de las personas cercanas a nuestra representación personal. Compartimos
intereses, ampliamos nuestras perspectivas y desarrollamos capacidades que
probablemente no habríamos descubierto en soledad. En una relación
satisfactoria, esa influencia puede contribuir al crecimiento personal.
El problema aparece cuando el otro comienza a
ocupar tanto espacio en nuestras decisiones que nuestras preferencias dejan de
participar en ellas. Entonces la identidad compartida puede convertirse en una
habitación donde uno de los habitantes ha ido desapareciendo discretamente.
Existe una diferencia psicológica entre ceder
porque deseamos cuidar una relación y hacerlo porque anticipamos que expresar
nuestras preferencias provocará rechazo. Desde la teoría de la
autodeterminación, Edward Deci y Richard Ryan han estudiado dos necesidades que
pueden entrar en tensión dentro de nuestras relaciones: sentirnos vinculados
afectivamente y experimentar autonomía sobre nuestras decisiones.
La autonomía no exige comportarnos como solitarios
incorregibles. Podemos elegir sacrificarnos por alguien y sentirnos satisfechos
con esa decisión. La dificultad aparece cuando la posibilidad de disentir se
acompaña de una ansiedad tan intensa que terminamos renunciando a nuestras
preferencias antes de expresarlas.
La investigación ofrece algunos datos interesantes.
Una revisión de 2022 sobre el modelo de expansión del yo examinó cómo las
relaciones cercanas pueden ampliar nuestras capacidades y perspectivas, aunque
también reconoció que la incorporación del otro puede relacionarse con
experiencias de pérdida de identidad.
Un
estudio longitudinal publicado en 2025, realizado con 535 adultos, encontró
asociaciones entre el apoyo a la autonomía recibido de personas cercanas, una
mayor satisfacción de necesidades psicológicas y el bienestar subjetivo. Son
asociaciones que no demuestran causalidad, pero ayudan a comprender por qué
sentirse libre para decidir importa incluso dentro de relaciones afectuosas.
La necesidad de aprobación puede adquirir formas
particularmente discretas. A veces nadie exige explícitamente que renunciemos a
algo. Basta con anticipar una mirada de desaprobación, un silencio prolongado o
una discusión desagradable. Entonces comenzamos a corregir nuestra conducta
antes de que el otro tenga oportunidad de reaccionar.
Desde el análisis conductual, parte de este proceso
puede comprenderse mediante el reforzamiento negativo. Si evitar un desacuerdo
reduce inmediatamente nuestra ansiedad, aumenta la probabilidad de que volvamos
a utilizar esa estrategia. El alivio funciona como recompensa, aunque a largo
plazo la conducta termine produciendo frustración.
El resultado tiene algo de relato de terror
doméstico. Una persona comienza a desaparecer de su propia vida mientras todos
a su alrededor continúan felicitándola por lo bien que sabe adaptarse.
Jeffrey Young, creador de la terapia de esquemas,
describió patrones que ayudan a comprender por qué algunas personas subordinan
reiteradamente sus necesidades a las expectativas ajenas. Entre ellos
encontramos la subyugación, el autosacrificio y la búsqueda de aprobación. Son
conceptos clínicos que permiten formular hipótesis sobre el comportamiento; no
autorizan a diagnosticar a nuestra pareja durante la sobremesa.
La subyugación puede manifestarse cuando alguien
inhibe sus preferencias porque teme las consecuencias de expresarlas. El
autosacrificio aparece cuando atender las necesidades de otros adquiere una
prioridad persistente, incluso a costa del propio bienestar. La búsqueda de
aprobación puede llevarnos a organizar nuestras decisiones alrededor de la
imagen que deseamos conservar ante los demás.
Estas conductas pueden resultar socialmente
atractivas. La persona que nunca protesta suele ser considerada madura. Quien
siempre está disponible recibe elogios por su generosidad. Alguien que acepta
todas las decisiones de su pareja puede parecer extraordinariamente
comprensivo. Lo que desconocemos es cuánto esfuerzo emocional necesita realizar
para sostener esa imagen.
El resentimiento puede aparecer cuando las
renuncias acumuladas dejan de parecer voluntarias. Entonces surge una acusación
bastante frecuente: “He hecho demasiado por ti”. La respuesta puede ser
igualmente desconcertante: “Yo nunca te pedí que hicieras todo eso”.
Ambas afirmaciones pueden contener parte de la
verdad. Algunas expectativas se expresan abiertamente; otras se comunican
mediante reacciones de desaprobación. También existen renuncias que hacemos
anticipando consecuencias que jamás comprobamos. Distinguir esas posibilidades
exige observar cómo funciona realmente la relación.
Conviene añadir una advertencia. Cuando existen
amenazas, intimidación o castigos por expresar desacuerdos, estamos ante
circunstancias que requieren una evaluación diferente. La adaptación puede ser
una respuesta a condiciones reales de control. Atribuirla exclusivamente a
inseguridades personales sería un error clínico y una manera injusta de
responsabilizar a quien está intentando protegerse.
Hay una escena especialmente perturbadora en La
novia de Frankenstein. La criatura femenina despierta y descubre que todos
esperan algo de ella. Su rechazo desbarata el proyecto de quienes habían
decidido su destino.
En nuestras relaciones, el equivalente puede ser
mucho menos cinematográfico. Alguien comienza a expresar desacuerdos que antes
evitaba. Recupera una actividad personal o reconoce que no desea continuar
sosteniendo determinada costumbre. Su pareja puede sorprenderse porque durante
años había conocido una versión diferente de esa persona.
La psicología no propone que debamos recuperar una
identidad original, pura e intacta. Esa versión probablemente tampoco existe.
Nuestra personalidad y nuestra historia continúan modificándose a través de las
experiencias. La cuestión consiste en examinar si conservamos capacidad de
elección sobre aquello que hacemos.
Desde la terapia de aceptación y compromiso podemos
trabajar con los valores que deseamos expresar mediante nuestra conducta. La
terapia cognitivo-conductual permite examinar predicciones sobre las
consecuencias del desacuerdo y contrastarlas cuidadosamente con los hechos. Las
habilidades de efectividad interpersonal de la terapia dialéctico-conductual
ofrecen procedimientos para comunicar necesidades sin renunciar automáticamente
a ellas.
Nada garantiza que una relación permanezca igual
cuando sus integrantes comienzan a mostrar preferencias que habían mantenido
ocultas. Algunas parejas encuentran nuevas formas de negociar. Otras descubren
incompatibilidades que llevaban demasiado tiempo evitando. La autenticidad
tampoco concede permiso para ignorar acuerdos o desentenderse de las
necesidades ajenas.
Lo que sí podemos cuestionar es esa creencia según
la cual amar correctamente exige convertirnos en alguien que jamás decepciona.
Frankenstein deseaba controlar el resultado de su
creación. La criatura original quería una compañera que resolviera su soledad.
La novia apareció en medio de expectativas que nunca había elegido. Cuando
finalmente manifestó su voluntad, el experimento dejó de funcionar como sus
creadores esperaban.
Quizá exista algo profundamente perturbador en
descubrir que la persona que duerme a nuestro lado está enamorada de una
versión de nosotros que hemos dedicado años a fabricar. Más inquietante todavía
sería reconocer que también nosotros hemos aprendido a querer esa versión
porque nos permite sentirnos aceptados.
El monstruo no siempre aparece cuando alguien
cambia. A veces lleva años viviendo entre nosotros, alimentado por pequeñas
renuncias que hemos terminado confundiendo con nuestra personalidad.
Y entonces queda una pregunta que ningún
laboratorio ha conseguido resolver:
Si dejaras de comportarte como crees que tu pareja
necesita, ¿seguirías reconociéndote? ¿Ella seguiría reconociéndote a ti?
Sanar es amar.



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