jueves, 15 de octubre de 2026

ONDAS ALFA.


 

Frankenstein: el monstruo que construimos para ser amados


Hay criaturas que jamás necesitaron un laboratorio para cobrar vida. Se construyeron en silencio, entre concesiones aparentemente inocentes, promesas de amor y el miedo a quedarse solas. Algunas llevan nuestro nombre, duermen en nuestra cama y se parecen tanto a nosotros que resulta imposible distinguirlas.

El monstruo de Frankenstein tenía un problema bastante serio: estaba hecho con piezas de otros. Su creador había conseguido ensamblar un cuerpo, devolverle la vida y producir algo que ni siquiera él estaba dispuesto a aceptar. Mary Shelley publicó aquella historia en 1818, cuando todavía faltaba mucho para que la psicología comenzara a estudiar sistemáticamente la identidad personal. Sin embargo, su criatura terminó representando una inquietud que conserva toda su vigencia: ¿qué ocurre cuando aquello que somos ha sido construido con fragmentos que nunca elegimos?

La pregunta adquiere un carácter todavía más siniestro cuando aparece la novia de Frankenstein. En la película de James Whale, estrenada en 1935, una mujer es creada para acompañar a la criatura original. Su existencia responde a una necesidad ajena. Nadie parece particularmente interesado en averiguar qué desea ella. Cuando finalmente despierta y conoce al ser para quien fue fabricada, lo rechaza. El experimento había conseguido producir vida, pero sus responsables cometieron un error bastante humano: confundieron crear a alguien con tener derecho a decidir quién debía ser.

Casi un siglo después, seguimos cometiendo versiones menos espectaculares de ese experimento. La diferencia es que nuestros laboratorios suelen parecerse a una sala de estar y que las operaciones se realizan sin anestesia, aunque tampoco dejan cicatrices visibles. Una persona modifica su forma de vestir porque descubre que a su pareja le agrada determinada apariencia. Otra aprende a evitar conversaciones que producen discusiones. Alguien abandona una afición porque resulta difícil acomodarla a los planes compartidos. Nada de eso demuestra, por sí mismo, que exista un problema. La convivencia implica ajustes. Lo inquietante aparece cuando esas modificaciones comienzan a responder al temor de perder el afecto y terminan formando una personalidad que resulta cada vez más difícil abandonar.

La identidad personal nunca ha sido una propiedad completamente privada. Desde la infancia incorporamos expectativas familiares y aprendemos a reconocernos mediante las respuestas que recibimos de otras personas. Un niño al que constantemente describen como responsable puede comenzar a organizar su comportamiento alrededor de esa característica. Otro descubre que recibe mayor atención cuando consigue buenos resultados. Alguien aprende que expresar enojo genera rechazo y desarrolla una extraordinaria capacidad para parecer tranquilo, incluso cuando está furioso.

El psicólogo Dan McAdams ha estudiado cómo construimos nuestra identidad narrativa: la historia que elaboramos sobre nosotros mismos para dar continuidad y significado a nuestra experiencia. Esa narración contiene recuerdos seleccionados, interpretaciones y explicaciones que utilizamos para responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién soy? El inconveniente es que el narrador también puede equivocarse. Podemos considerar una característica como parte inmutable de nuestra personalidad cuando, en realidad, comenzó siendo una adaptación a circunstancias específicas.

La persona que presume de no necesitar nada de nadie quizá aprendió que pedir ayuda era inútil. Quien se considera incapaz de discutir podría haber descubierto que guardar silencio era la manera más segura de conservar la tranquilidad familiar. Son posibilidades, no explicaciones universales. La psicología no permite reconstruir la infancia de alguien a partir de una sola conducta. Pero sí nos invita a examinar cómo ciertos aprendizajes terminan convertidos en definiciones personales.

En las relaciones de pareja, este fenómeno adquiere una dimensión particular. Arthur Aron y sus colaboradores han estudiado la inclusión del otro en el yo, un proceso mediante el cual incorporamos aspectos de las personas cercanas a nuestra representación personal. Compartimos intereses, ampliamos nuestras perspectivas y desarrollamos capacidades que probablemente no habríamos descubierto en soledad. En una relación satisfactoria, esa influencia puede contribuir al crecimiento personal.

El problema aparece cuando el otro comienza a ocupar tanto espacio en nuestras decisiones que nuestras preferencias dejan de participar en ellas. Entonces la identidad compartida puede convertirse en una habitación donde uno de los habitantes ha ido desapareciendo discretamente.

Existe una diferencia psicológica entre ceder porque deseamos cuidar una relación y hacerlo porque anticipamos que expresar nuestras preferencias provocará rechazo. Desde la teoría de la autodeterminación, Edward Deci y Richard Ryan han estudiado dos necesidades que pueden entrar en tensión dentro de nuestras relaciones: sentirnos vinculados afectivamente y experimentar autonomía sobre nuestras decisiones.

La autonomía no exige comportarnos como solitarios incorregibles. Podemos elegir sacrificarnos por alguien y sentirnos satisfechos con esa decisión. La dificultad aparece cuando la posibilidad de disentir se acompaña de una ansiedad tan intensa que terminamos renunciando a nuestras preferencias antes de expresarlas.

La investigación ofrece algunos datos interesantes. Una revisión de 2022 sobre el modelo de expansión del yo examinó cómo las relaciones cercanas pueden ampliar nuestras capacidades y perspectivas, aunque también reconoció que la incorporación del otro puede relacionarse con experiencias de pérdida de identidad.

Un estudio longitudinal publicado en 2025, realizado con 535 adultos, encontró asociaciones entre el apoyo a la autonomía recibido de personas cercanas, una mayor satisfacción de necesidades psicológicas y el bienestar subjetivo. Son asociaciones que no demuestran causalidad, pero ayudan a comprender por qué sentirse libre para decidir importa incluso dentro de relaciones afectuosas.

La necesidad de aprobación puede adquirir formas particularmente discretas. A veces nadie exige explícitamente que renunciemos a algo. Basta con anticipar una mirada de desaprobación, un silencio prolongado o una discusión desagradable. Entonces comenzamos a corregir nuestra conducta antes de que el otro tenga oportunidad de reaccionar.

Desde el análisis conductual, parte de este proceso puede comprenderse mediante el reforzamiento negativo. Si evitar un desacuerdo reduce inmediatamente nuestra ansiedad, aumenta la probabilidad de que volvamos a utilizar esa estrategia. El alivio funciona como recompensa, aunque a largo plazo la conducta termine produciendo frustración.

El resultado tiene algo de relato de terror doméstico. Una persona comienza a desaparecer de su propia vida mientras todos a su alrededor continúan felicitándola por lo bien que sabe adaptarse.

Jeffrey Young, creador de la terapia de esquemas, describió patrones que ayudan a comprender por qué algunas personas subordinan reiteradamente sus necesidades a las expectativas ajenas. Entre ellos encontramos la subyugación, el autosacrificio y la búsqueda de aprobación. Son conceptos clínicos que permiten formular hipótesis sobre el comportamiento; no autorizan a diagnosticar a nuestra pareja durante la sobremesa.

La subyugación puede manifestarse cuando alguien inhibe sus preferencias porque teme las consecuencias de expresarlas. El autosacrificio aparece cuando atender las necesidades de otros adquiere una prioridad persistente, incluso a costa del propio bienestar. La búsqueda de aprobación puede llevarnos a organizar nuestras decisiones alrededor de la imagen que deseamos conservar ante los demás.

Estas conductas pueden resultar socialmente atractivas. La persona que nunca protesta suele ser considerada madura. Quien siempre está disponible recibe elogios por su generosidad. Alguien que acepta todas las decisiones de su pareja puede parecer extraordinariamente comprensivo. Lo que desconocemos es cuánto esfuerzo emocional necesita realizar para sostener esa imagen.

El resentimiento puede aparecer cuando las renuncias acumuladas dejan de parecer voluntarias. Entonces surge una acusación bastante frecuente: “He hecho demasiado por ti”. La respuesta puede ser igualmente desconcertante: “Yo nunca te pedí que hicieras todo eso”.

Ambas afirmaciones pueden contener parte de la verdad. Algunas expectativas se expresan abiertamente; otras se comunican mediante reacciones de desaprobación. También existen renuncias que hacemos anticipando consecuencias que jamás comprobamos. Distinguir esas posibilidades exige observar cómo funciona realmente la relación.

Conviene añadir una advertencia. Cuando existen amenazas, intimidación o castigos por expresar desacuerdos, estamos ante circunstancias que requieren una evaluación diferente. La adaptación puede ser una respuesta a condiciones reales de control. Atribuirla exclusivamente a inseguridades personales sería un error clínico y una manera injusta de responsabilizar a quien está intentando protegerse.

Hay una escena especialmente perturbadora en La novia de Frankenstein. La criatura femenina despierta y descubre que todos esperan algo de ella. Su rechazo desbarata el proyecto de quienes habían decidido su destino.

En nuestras relaciones, el equivalente puede ser mucho menos cinematográfico. Alguien comienza a expresar desacuerdos que antes evitaba. Recupera una actividad personal o reconoce que no desea continuar sosteniendo determinada costumbre. Su pareja puede sorprenderse porque durante años había conocido una versión diferente de esa persona.

La psicología no propone que debamos recuperar una identidad original, pura e intacta. Esa versión probablemente tampoco existe. Nuestra personalidad y nuestra historia continúan modificándose a través de las experiencias. La cuestión consiste en examinar si conservamos capacidad de elección sobre aquello que hacemos.

Desde la terapia de aceptación y compromiso podemos trabajar con los valores que deseamos expresar mediante nuestra conducta. La terapia cognitivo-conductual permite examinar predicciones sobre las consecuencias del desacuerdo y contrastarlas cuidadosamente con los hechos. Las habilidades de efectividad interpersonal de la terapia dialéctico-conductual ofrecen procedimientos para comunicar necesidades sin renunciar automáticamente a ellas.

Nada garantiza que una relación permanezca igual cuando sus integrantes comienzan a mostrar preferencias que habían mantenido ocultas. Algunas parejas encuentran nuevas formas de negociar. Otras descubren incompatibilidades que llevaban demasiado tiempo evitando. La autenticidad tampoco concede permiso para ignorar acuerdos o desentenderse de las necesidades ajenas.

Lo que sí podemos cuestionar es esa creencia según la cual amar correctamente exige convertirnos en alguien que jamás decepciona.

Frankenstein deseaba controlar el resultado de su creación. La criatura original quería una compañera que resolviera su soledad. La novia apareció en medio de expectativas que nunca había elegido. Cuando finalmente manifestó su voluntad, el experimento dejó de funcionar como sus creadores esperaban.

Quizá exista algo profundamente perturbador en descubrir que la persona que duerme a nuestro lado está enamorada de una versión de nosotros que hemos dedicado años a fabricar. Más inquietante todavía sería reconocer que también nosotros hemos aprendido a querer esa versión porque nos permite sentirnos aceptados.

El monstruo no siempre aparece cuando alguien cambia. A veces lleva años viviendo entre nosotros, alimentado por pequeñas renuncias que hemos terminado confundiendo con nuestra personalidad.

Y entonces queda una pregunta que ningún laboratorio ha conseguido resolver:

Si dejaras de comportarte como crees que tu pareja necesita, ¿seguirías reconociéndote? ¿Ella seguiría reconociéndote a ti?

Sanar es amar.


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Frankenstein: el monstruo que construimos para ser amados


Hay criaturas que jamás necesitaron un laboratorio para cobrar vida. Se construyeron en silencio, entre concesiones aparentemente inocentes, promesas de amor y el miedo a quedarse solas. Algunas llevan nuestro nombre, duermen en nuestra cama y se parecen tanto a nosotros que resulta imposible distinguirlas.

El monstruo de Frankenstein tenía un problema bastante serio: estaba hecho con piezas de otros. Su creador había conseguido ensamblar un cuerpo, devolverle la vida y producir algo que ni siquiera él estaba dispuesto a aceptar. Mary Shelley publicó aquella historia en 1818, cuando todavía faltaba mucho para que la psicología comenzara a estudiar sistemáticamente la identidad personal. Sin embargo, su criatura terminó representando una inquietud que conserva toda su vigencia: ¿qué ocurre cuando aquello que somos ha sido construido con fragmentos que nunca elegimos?

La pregunta adquiere un carácter todavía más siniestro cuando aparece la novia de Frankenstein. En la película de James Whale, estrenada en 1935, una mujer es creada para acompañar a la criatura original. Su existencia responde a una necesidad ajena. Nadie parece particularmente interesado en averiguar qué desea ella. Cuando finalmente despierta y conoce al ser para quien fue fabricada, lo rechaza. El experimento había conseguido producir vida, pero sus responsables cometieron un error bastante humano: confundieron crear a alguien con tener derecho a decidir quién debía ser.

Casi un siglo después, seguimos cometiendo versiones menos espectaculares de ese experimento. La diferencia es que nuestros laboratorios suelen parecerse a una sala de estar y que las operaciones se realizan sin anestesia, aunque tampoco dejan cicatrices visibles. Una persona modifica su forma de vestir porque descubre que a su pareja le agrada determinada apariencia. Otra aprende a evitar conversaciones que producen discusiones. Alguien abandona una afición porque resulta difícil acomodarla a los planes compartidos. Nada de eso demuestra, por sí mismo, que exista un problema. La convivencia implica ajustes. Lo inquietante aparece cuando esas modificaciones comienzan a responder al temor de perder el afecto y terminan formando una personalidad que resulta cada vez más difícil abandonar.

La identidad personal nunca ha sido una propiedad completamente privada. Desde la infancia incorporamos expectativas familiares y aprendemos a reconocernos mediante las respuestas que recibimos de otras personas. Un niño al que constantemente describen como responsable puede comenzar a organizar su comportamiento alrededor de esa característica. Otro descubre que recibe mayor atención cuando consigue buenos resultados. Alguien aprende que expresar enojo genera rechazo y desarrolla una extraordinaria capacidad para parecer tranquilo, incluso cuando está furioso.

El psicólogo Dan McAdams ha estudiado cómo construimos nuestra identidad narrativa: la historia que elaboramos sobre nosotros mismos para dar continuidad y significado a nuestra experiencia. Esa narración contiene recuerdos seleccionados, interpretaciones y explicaciones que utilizamos para responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién soy? El inconveniente es que el narrador también puede equivocarse. Podemos considerar una característica como parte inmutable de nuestra personalidad cuando, en realidad, comenzó siendo una adaptación a circunstancias específicas.

La persona que presume de no necesitar nada de nadie quizá aprendió que pedir ayuda era inútil. Quien se considera incapaz de discutir podría haber descubierto que guardar silencio era la manera más segura de conservar la tranquilidad familiar. Son posibilidades, no explicaciones universales. La psicología no permite reconstruir la infancia de alguien a partir de una sola conducta. Pero sí nos invita a examinar cómo ciertos aprendizajes terminan convertidos en definiciones personales.

En las relaciones de pareja, este fenómeno adquiere una dimensión particular. Arthur Aron y sus colaboradores han estudiado la inclusión del otro en el yo, un proceso mediante el cual incorporamos aspectos de las personas cercanas a nuestra representación personal. Compartimos intereses, ampliamos nuestras perspectivas y desarrollamos capacidades que probablemente no habríamos descubierto en soledad. En una relación satisfactoria, esa influencia puede contribuir al crecimiento personal.

El problema aparece cuando el otro comienza a ocupar tanto espacio en nuestras decisiones que nuestras preferencias dejan de participar en ellas. Entonces la identidad compartida puede convertirse en una habitación donde uno de los habitantes ha ido desapareciendo discretamente.

Existe una diferencia psicológica entre ceder porque deseamos cuidar una relación y hacerlo porque anticipamos que expresar nuestras preferencias provocará rechazo. Desde la teoría de la autodeterminación, Edward Deci y Richard Ryan han estudiado dos necesidades que pueden entrar en tensión dentro de nuestras relaciones: sentirnos vinculados afectivamente y experimentar autonomía sobre nuestras decisiones.

La autonomía no exige comportarnos como solitarios incorregibles. Podemos elegir sacrificarnos por alguien y sentirnos satisfechos con esa decisión. La dificultad aparece cuando la posibilidad de disentir se acompaña de una ansiedad tan intensa que terminamos renunciando a nuestras preferencias antes de expresarlas.

La investigación ofrece algunos datos interesantes. Una revisión de 2022 sobre el modelo de expansión del yo examinó cómo las relaciones cercanas pueden ampliar nuestras capacidades y perspectivas, aunque también reconoció que la incorporación del otro puede relacionarse con experiencias de pérdida de identidad.

Un estudio longitudinal publicado en 2025, realizado con 535 adultos, encontró asociaciones entre el apoyo a la autonomía recibido de personas cercanas, una mayor satisfacción de necesidades psicológicas y el bienestar subjetivo. Son asociaciones que no demuestran causalidad, pero ayudan a comprender por qué sentirse libre para decidir importa incluso dentro de relaciones afectuosas.

La necesidad de aprobación puede adquirir formas particularmente discretas. A veces nadie exige explícitamente que renunciemos a algo. Basta con anticipar una mirada de desaprobación, un silencio prolongado o una discusión desagradable. Entonces comenzamos a corregir nuestra conducta antes de que el otro tenga oportunidad de reaccionar.

Desde el análisis conductual, parte de este proceso puede comprenderse mediante el reforzamiento negativo. Si evitar un desacuerdo reduce inmediatamente nuestra ansiedad, aumenta la probabilidad de que volvamos a utilizar esa estrategia. El alivio funciona como recompensa, aunque a largo plazo la conducta termine produciendo frustración.

El resultado tiene algo de relato de terror doméstico. Una persona comienza a desaparecer de su propia vida mientras todos a su alrededor continúan felicitándola por lo bien que sabe adaptarse.

Jeffrey Young, creador de la terapia de esquemas, describió patrones que ayudan a comprender por qué algunas personas subordinan reiteradamente sus necesidades a las expectativas ajenas. Entre ellos encontramos la subyugación, el autosacrificio y la búsqueda de aprobación. Son conceptos clínicos que permiten formular hipótesis sobre el comportamiento; no autorizan a diagnosticar a nuestra pareja durante la sobremesa.

La subyugación puede manifestarse cuando alguien inhibe sus preferencias porque teme las consecuencias de expresarlas. El autosacrificio aparece cuando atender las necesidades de otros adquiere una prioridad persistente, incluso a costa del propio bienestar. La búsqueda de aprobación puede llevarnos a organizar nuestras decisiones alrededor de la imagen que deseamos conservar ante los demás.

Estas conductas pueden resultar socialmente atractivas. La persona que nunca protesta suele ser considerada madura. Quien siempre está disponible recibe elogios por su generosidad. Alguien que acepta todas las decisiones de su pareja puede parecer extraordinariamente comprensivo. Lo que desconocemos es cuánto esfuerzo emocional necesita realizar para sostener esa imagen.

El resentimiento puede aparecer cuando las renuncias acumuladas dejan de parecer voluntarias. Entonces surge una acusación bastante frecuente: “He hecho demasiado por ti”. La respuesta puede ser igualmente desconcertante: “Yo nunca te pedí que hicieras todo eso”.

Ambas afirmaciones pueden contener parte de la verdad. Algunas expectativas se expresan abiertamente; otras se comunican mediante reacciones de desaprobación. También existen renuncias que hacemos anticipando consecuencias que jamás comprobamos. Distinguir esas posibilidades exige observar cómo funciona realmente la relación.

Conviene añadir una advertencia. Cuando existen amenazas, intimidación o castigos por expresar desacuerdos, estamos ante circunstancias que requieren una evaluación diferente. La adaptación puede ser una respuesta a condiciones reales de control. Atribuirla exclusivamente a inseguridades personales sería un error clínico y una manera injusta de responsabilizar a quien está intentando protegerse.

Hay una escena especialmente perturbadora en La novia de Frankenstein. La criatura femenina despierta y descubre que todos esperan algo de ella. Su rechazo desbarata el proyecto de quienes habían decidido su destino.

En nuestras relaciones, el equivalente puede ser mucho menos cinematográfico. Alguien comienza a expresar desacuerdos que antes evitaba. Recupera una actividad personal o reconoce que no desea continuar sosteniendo determinada costumbre. Su pareja puede sorprenderse porque durante años había conocido una versión diferente de esa persona.

La psicología no propone que debamos recuperar una identidad original, pura e intacta. Esa versión probablemente tampoco existe. Nuestra personalidad y nuestra historia continúan modificándose a través de las experiencias. La cuestión consiste en examinar si conservamos capacidad de elección sobre aquello que hacemos.

Desde la terapia de aceptación y compromiso podemos trabajar con los valores que deseamos expresar mediante nuestra conducta. La terapia cognitivo-conductual permite examinar predicciones sobre las consecuencias del desacuerdo y contrastarlas cuidadosamente con los hechos. Las habilidades de efectividad interpersonal de la terapia dialéctico-conductual ofrecen procedimientos para comunicar necesidades sin renunciar automáticamente a ellas.

Nada garantiza que una relación permanezca igual cuando sus integrantes comienzan a mostrar preferencias que habían mantenido ocultas. Algunas parejas encuentran nuevas formas de negociar. Otras descubren incompatibilidades que llevaban demasiado tiempo evitando. La autenticidad tampoco concede permiso para ignorar acuerdos o desentenderse de las necesidades ajenas.

Lo que sí podemos cuestionar es esa creencia según la cual amar correctamente exige convertirnos en alguien que jamás decepciona.

Frankenstein deseaba controlar el resultado de su creación. La criatura original quería una compañera que resolviera su soledad. La novia apareció en medio de expectativas que nunca había elegido. Cuando finalmente manifestó su voluntad, el experimento dejó de funcionar como sus creadores esperaban.

Quizá exista algo profundamente perturbador en descubrir que la persona que duerme a nuestro lado está enamorada de una versión de nosotros que hemos dedicado años a fabricar. Más inquietante todavía sería reconocer que también nosotros hemos aprendido a querer esa versión porque nos permite sentirnos aceptados.

El monstruo no siempre aparece cuando alguien cambia. A veces lleva años viviendo entre nosotros, alimentado por pequeñas renuncias que hemos terminado confundiendo con nuestra personalidad.

Y entonces queda una pregunta que ningún laboratorio ha conseguido resolver:

Si dejaras de comportarte como crees que tu pareja necesita, ¿seguirías reconociéndote? ¿Ella seguiría reconociéndote a ti?

Sanar es amar.


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