viernes, 14 de febrero de 2014

Mi violencia y yo Por Brahim Zamora

 

Quiero hablar de la violencia. Pero no desde esa mirada cómoda desde el asiento del espectador experto que señala y se indigna. Sino de la mía propia. Sirva pues para entender lo que he entendido y sirva para aquellos varones que piensan que “así somos y nada nos va a cambiar”.
Desde que nací, como a todas las personas, el género me cruzó. Yo nací con pene y testículos y a partir de ese hecho fui construido como un hombre. Como un niño primero. Un niño muy sensible decía y dice mi madre, un niño que se dormía en los partidos de futbol que los adultos le obligaban a ver y que siempre prefirió los cochecitos a los balones.
Pero el futbol debía gustarme, así que durante mis primeros seis años de educación lasallista debí jugar futbol cada sábado. Quisiera o no quisiera, porque soy hombre y a eso jugamos los hombres. Jamás lo disfruté.
Aprendí a leer muy joven, a los 3. Ese hábito me salvó de otras cosas, pero no de ejercer la violencia de esa manera reptiliana y sutil que he visto en tantos varones.
Viví metido en una casa de mujeres educado en una escuela de puros varones.
Los más grandes abusaban de los más pequeños, pero pronto aprendí a vivir mi privilegio de ser pariente de una respetada maestra para evitar la violencia de los mayores.
En casa no me enseñaron a lavar los platos o a barrer y el amor a la cocina me vino de compartir mucho tiempo con mi abuela. A mí me servían la comida y me retiraban el plato, porque era el hombre de la casa.
En la escuela me forjé a golpes. Aprendí que una manera de resolver conflictos era golpeando a mis compañeros y, aunque nunca fui un bravucón, cuando alguno intentaba molestarme, podía crecerme en mi ser violento. A pesar de ello siempre preferí estar del lado de los ñoños y los débiles, precisamente porque el juego se volvía mucho más interesante y rico para mí. Hubo maestros golpeadores, aún la SEP no se angustiaba por el tema, y los padres de los niños agredidos, a su vez, golpeaban a los docentes agresores, quienes llegaban a dar clases con el ojo morado. Crecí, como muchos de mis compañeros, pensando que eso era justicia.
En casa no fui golpeado. Sólo recuerdo una vez que colmé el plato de mi madre y me dio unas nalgadas por romper algo. Por ese, lado, la violencia física fue cosa rara. Pero vi muchísima televisión.
Y veía de todo, indiscriminadamente; aún hoy la TV es algo que disfruto muchísimo, pero tengo otros filtros para verla y jamás desconecto el cerebro ¬¬--ya no puedo.
Pero también leía de todo y podía contrastar, porque por alguna razón dudaba, dudo, de todo.
Pero ahí aprendí “cómo hay que tratar a una dama”. Aprendí “cómo darme a respetar”, aprendí, junto con las canciones de Timbiriche, “cómo es el amor”. Nadie me lo enseñó formalmente. Entre novelas amorosas, cine cursi y telenovelas me forjé una idea, muy común desgraciadamente, de lo que el amor debe ser.
Después la adolescencia.
Y con la bomba de hormonas un yo muy violento se despertó.
Me sentía incomprendido, roto, desencajado de cualquier sitio, me volví un outsider en la secundaria, un paria dudoso de Dios en una escuela de dogma religioso; un oidor de Pink Floyd en una disco manejada por Raúl Velasco y sus secuaces. Nada. Estaba furioso por las mentiras sociales, por cómo se hablaba del 68 en el aula.
Y esa rabia se acrecentaba porque me hacía blanco fácil de los abusadores.
Durante ese verano trabajé como mandadero (office boy decían en mi chamba), en Bancomer del centro.
Tal vez fue la primera vez que me hice consciente de que la manera en que me relacionaba en la escuela o con los chicos del barrio no era del todo la más efectiva. Era casi un niño en un mundo de adultos jóvenes. Aún se fumaba en las oficinas y aprendí un hábito mortal que me duró 18 años. Aprendí a alburear, a mirar las nalgas de las mujeres, a ser coqueto y galante. A no ser yo. Pero a encajar. A pesar de ello, golpeaba a mis compañeros y compañeras de trabajo como lo hacía con mis pares de afuera o descalificaba y hería a la gente, me burlaba con crueldad.
Me dieron una lección.
Hablaron conmigo, destacaron mis cosas valiosas, me pidieron contundentemente que no fuera así como solía ser. Y pude hacerlo.
Pero los veranos son cortos y se acaban.
En la cristiana escuela solían resolver los conflictos muy álgidos mediante una pelea de box solicitada por las partes en disputa. Eso sí, después del combate ya no se valía volver a pelear o discutir o acosar al otro. Un tipo apodado “El Chango” era mi cruz. Toda la vida se la pasaba jodiendo la borrega. Mi padre me enseñó a responderle de manera verbal, pero muy violenta. Eso me llevó a pedir los guantes.
Salí con el tabique desviado y casi al borde del desmayo al segundo round. Era un tipo enorme en ese momento y muy fuerte. Yo era un bicho de la biblioteca que andaba de huaraches para provocarles.
Fue mi última pelea a golpes. Luego vino otra forma de violencia horrible: la ley del hielo. Mis compañeros de aula decidieron dejar de hablarme.
Entonces yo hice lo que años después aprendí que es una acción noviolenta y que me resultó efectiva.
Me puse en huelga de libros.
Nada de apuntes, nada de tareas, nada de exámenes. Hasta que reprobé todo y mi familia decidió mi cambio de escuela.
El amor ya estaba presente en mi vida, las relaciones sexuales, los conflictos. Era celoso hasta la médula. Pensé muchos años que eso era amor.
Controlaba a mis parejas y no me gustaba que usaran cierta ropa o hicieran ciertas cosas. Gritaba.
Gritaba mucho.
Manoteaba. Gritaba y era grosero con todo mundo. Intolerante. Un día hice tal berrinchazo en la nueva secundaria, que me agarré a golpes contra la pared y las puertas. Aún hoy tengo chuecos los dedos de aquella golpiza que me propiné.
Pero todo mundo decía: “así es, déjenlo”.
Y así me toleraban.
Llegué a una prepa que cambió mi vida y aún hoy recuerdo esa época como una de las más plenas de mi vida.
Oír otras canciones, acceder a otras miradas. Pero los celos, las inseguridades, el género que me cruzaba todo el tiempo me ponía en jaque. Fui lo que hoy llamo un homófobo social, o sea, decía chistes o comentarios homofóbicos, pensaba que ciertas cosas eran mariconadas y jamás me paraba por un lugar gay. Pero sabía que eso era solo para encajar, una vez más.
Viví una traición amorosa que me llevó mucho tiempo superar. Comencé a escribir. Y en ese trance me convertí en un micromacho, retomando el concepto de micromachismos de Luis Bonino.
O sea, dejé de gritar, pero seguía descalificando, aunque el tema de los celos lo trabajé desde mi dolor, aún gustaba de ser controlador o de seguir siendo el reyecito en casa. Gozaba de los privilegios que el sistema patriarcal me daba.
Salir de casa, aprender, integrarme. Aprender a lavar ropa, a trapear o a limpiar el baño. Al final eso me también me resultó muy productivo.
Di tropezones fuertes y terribles en este caminar hacia lo que me imagino de mí mismo, lastimé a muchísima gente, a algunas personas no he tenido la oportunidad de pedirles una disculpa, pero también fui incorporando cosas nuevas a mi vida y desechando muchísimas.
Pero me hago cargo: la violencia que he ejercido es MI violencia. Si bien entiendo que en muchos momentos está tan integrada a mi cotidianidad que pienso que no hay otro modo de resolver o relacionarme, no me engaño: si violento a otra persona es porque así lo decido.
Aprendí mucho sobre la violencia, sobre cómo no la vemos, no nos la enseñan, pero la aprendemos muy bien, todo el tiempo, toda la vida y por ello la normalizamos y nos decimos cosas imbéciles como “así soy, y te aguantas” o “toda la vida he sido así, por qué voy a cambiar”.
Aprendí también que la violencia mata.
He visto a queridísimas amigas temblando de miedo, de rabia, contándome sus íntimas experiencias con hombres golpeadores, amenazantes que en la vida pública son encantadores personajes que no le harían daño ni a una mosca.
Un imbecilidad también es pensar que ellas han sido tontas por no alejarse de esos machazos de mierda.
Pero al final es un sistema que nos enseña a amar y vincularnos así, al que hay que tirar por el caño de la historia para construirnos de otro modo.
He visto a muchísimas parejas de amigos gays golpearse y amenazarse en el nombre del amor que se tienen. Porque es la norma. Los hombres, gays, bis o heteros, hemos sido educados para ser hombrecitos, machitos privilegiados en un mundo que no nos da alternativa; no nos dice así puede ser, nos dice así DEBE ser.
Y bueno, eso lleva a lo macro.
A los feminicidios, por ejemplo.
A matar mujeres por el hecho de ser mujeres, de parecer mujeres de significar mujeres.
En el nombre del amor, en el nombre del orgullo, en el nombre de la dignidad, en el nombre del odio, matamos; las estamos matando. Y como la vida de las mujeres parece desde este aparato patriarcal menos importante, pues nada hacemos, porque justificamos. Normalizamos.
En el 2013 se han asesinado a 47 mujeres en el estado de Puebla. Y la respuesta gubernamental, mediática, social ha sido hablar de las lucecitas de Navidad del Centro Histórico.
Uno de esos casos es la historia de Belén Robledo Rodríguez, quien fue asesinada por su ex de una puñalada y después le pasó el auto encima para rematarla. Sus vecinos vieron todo. Nadie hizo nada. Ese es el horror de normalizar la violencia.
Yo, ante ese panorama, ya no quiero ser hombre. Quiero decir que no quiero construirme más como eso que llamamos “hombre”. Ni nuevo, ni hegemónico, ni otro. Sino otra cosa. En eso estoy.
A pesar de esto, puedo decir que he aprendido a vivir el amor de otro modo.
He aprendido a vivir mi relación con el mundo de otro modo.
Y he aprendido a tomar una postura política al respecto.
¿Podemos ser hombres de otra manera?
Podemos, pues. Pero no es cosa fácil.
Decía yo que es algo que aprendemos pero que formalmente nadie nos enseña. Y esos aprendizajes toman tanto significado que se anidan en la parte más profunda de nuestro corazón. No se convierte en algo que sabemos, sino en algo en lo que creemos, algo que sentimos. Y sacarnos eso del pecho cuesta, puede costarnos toda la vida hacerlo, porque se trata de entender muchas cosas, y que nada está dado porque sí, sino que somos producto de un proceso en el espacio y el tiempo, así que podemos cambiar el rumbo. Asumir nuestro rol de sujetos históricos, pues, y cambiarnos.
¿Podemos renunciar a aquello de lo que gozamos y sentir que perdemos algo particular por una ganancia colectiva, pero que vale la pena?
Podemos.
Es cosa de que queramos hacerlo.
Perder el miedo a lo que pobremente tenemos que es un mundo desintegrado y sangrante. Una historia de puros vencidos ante su propia trampa.

Aquí les dejo una excelente alternativa si quieren mirarse en el espejo de la violencia y trabajarse:

Y la nueva canción de Bebe, que viene muy a cuento: 
http://www.youtube.com/watch?v=ZmgyYWfSfPU

0 comentarios:

Publicar un comentario

viernes, 14 de febrero de 2014

Mi violencia y yo Por Brahim Zamora

 

Quiero hablar de la violencia. Pero no desde esa mirada cómoda desde el asiento del espectador experto que señala y se indigna. Sino de la mía propia. Sirva pues para entender lo que he entendido y sirva para aquellos varones que piensan que “así somos y nada nos va a cambiar”.
Desde que nací, como a todas las personas, el género me cruzó. Yo nací con pene y testículos y a partir de ese hecho fui construido como un hombre. Como un niño primero. Un niño muy sensible decía y dice mi madre, un niño que se dormía en los partidos de futbol que los adultos le obligaban a ver y que siempre prefirió los cochecitos a los balones.
Pero el futbol debía gustarme, así que durante mis primeros seis años de educación lasallista debí jugar futbol cada sábado. Quisiera o no quisiera, porque soy hombre y a eso jugamos los hombres. Jamás lo disfruté.
Aprendí a leer muy joven, a los 3. Ese hábito me salvó de otras cosas, pero no de ejercer la violencia de esa manera reptiliana y sutil que he visto en tantos varones.
Viví metido en una casa de mujeres educado en una escuela de puros varones.
Los más grandes abusaban de los más pequeños, pero pronto aprendí a vivir mi privilegio de ser pariente de una respetada maestra para evitar la violencia de los mayores.
En casa no me enseñaron a lavar los platos o a barrer y el amor a la cocina me vino de compartir mucho tiempo con mi abuela. A mí me servían la comida y me retiraban el plato, porque era el hombre de la casa.
En la escuela me forjé a golpes. Aprendí que una manera de resolver conflictos era golpeando a mis compañeros y, aunque nunca fui un bravucón, cuando alguno intentaba molestarme, podía crecerme en mi ser violento. A pesar de ello siempre preferí estar del lado de los ñoños y los débiles, precisamente porque el juego se volvía mucho más interesante y rico para mí. Hubo maestros golpeadores, aún la SEP no se angustiaba por el tema, y los padres de los niños agredidos, a su vez, golpeaban a los docentes agresores, quienes llegaban a dar clases con el ojo morado. Crecí, como muchos de mis compañeros, pensando que eso era justicia.
En casa no fui golpeado. Sólo recuerdo una vez que colmé el plato de mi madre y me dio unas nalgadas por romper algo. Por ese, lado, la violencia física fue cosa rara. Pero vi muchísima televisión.
Y veía de todo, indiscriminadamente; aún hoy la TV es algo que disfruto muchísimo, pero tengo otros filtros para verla y jamás desconecto el cerebro ¬¬--ya no puedo.
Pero también leía de todo y podía contrastar, porque por alguna razón dudaba, dudo, de todo.
Pero ahí aprendí “cómo hay que tratar a una dama”. Aprendí “cómo darme a respetar”, aprendí, junto con las canciones de Timbiriche, “cómo es el amor”. Nadie me lo enseñó formalmente. Entre novelas amorosas, cine cursi y telenovelas me forjé una idea, muy común desgraciadamente, de lo que el amor debe ser.
Después la adolescencia.
Y con la bomba de hormonas un yo muy violento se despertó.
Me sentía incomprendido, roto, desencajado de cualquier sitio, me volví un outsider en la secundaria, un paria dudoso de Dios en una escuela de dogma religioso; un oidor de Pink Floyd en una disco manejada por Raúl Velasco y sus secuaces. Nada. Estaba furioso por las mentiras sociales, por cómo se hablaba del 68 en el aula.
Y esa rabia se acrecentaba porque me hacía blanco fácil de los abusadores.
Durante ese verano trabajé como mandadero (office boy decían en mi chamba), en Bancomer del centro.
Tal vez fue la primera vez que me hice consciente de que la manera en que me relacionaba en la escuela o con los chicos del barrio no era del todo la más efectiva. Era casi un niño en un mundo de adultos jóvenes. Aún se fumaba en las oficinas y aprendí un hábito mortal que me duró 18 años. Aprendí a alburear, a mirar las nalgas de las mujeres, a ser coqueto y galante. A no ser yo. Pero a encajar. A pesar de ello, golpeaba a mis compañeros y compañeras de trabajo como lo hacía con mis pares de afuera o descalificaba y hería a la gente, me burlaba con crueldad.
Me dieron una lección.
Hablaron conmigo, destacaron mis cosas valiosas, me pidieron contundentemente que no fuera así como solía ser. Y pude hacerlo.
Pero los veranos son cortos y se acaban.
En la cristiana escuela solían resolver los conflictos muy álgidos mediante una pelea de box solicitada por las partes en disputa. Eso sí, después del combate ya no se valía volver a pelear o discutir o acosar al otro. Un tipo apodado “El Chango” era mi cruz. Toda la vida se la pasaba jodiendo la borrega. Mi padre me enseñó a responderle de manera verbal, pero muy violenta. Eso me llevó a pedir los guantes.
Salí con el tabique desviado y casi al borde del desmayo al segundo round. Era un tipo enorme en ese momento y muy fuerte. Yo era un bicho de la biblioteca que andaba de huaraches para provocarles.
Fue mi última pelea a golpes. Luego vino otra forma de violencia horrible: la ley del hielo. Mis compañeros de aula decidieron dejar de hablarme.
Entonces yo hice lo que años después aprendí que es una acción noviolenta y que me resultó efectiva.
Me puse en huelga de libros.
Nada de apuntes, nada de tareas, nada de exámenes. Hasta que reprobé todo y mi familia decidió mi cambio de escuela.
El amor ya estaba presente en mi vida, las relaciones sexuales, los conflictos. Era celoso hasta la médula. Pensé muchos años que eso era amor.
Controlaba a mis parejas y no me gustaba que usaran cierta ropa o hicieran ciertas cosas. Gritaba.
Gritaba mucho.
Manoteaba. Gritaba y era grosero con todo mundo. Intolerante. Un día hice tal berrinchazo en la nueva secundaria, que me agarré a golpes contra la pared y las puertas. Aún hoy tengo chuecos los dedos de aquella golpiza que me propiné.
Pero todo mundo decía: “así es, déjenlo”.
Y así me toleraban.
Llegué a una prepa que cambió mi vida y aún hoy recuerdo esa época como una de las más plenas de mi vida.
Oír otras canciones, acceder a otras miradas. Pero los celos, las inseguridades, el género que me cruzaba todo el tiempo me ponía en jaque. Fui lo que hoy llamo un homófobo social, o sea, decía chistes o comentarios homofóbicos, pensaba que ciertas cosas eran mariconadas y jamás me paraba por un lugar gay. Pero sabía que eso era solo para encajar, una vez más.
Viví una traición amorosa que me llevó mucho tiempo superar. Comencé a escribir. Y en ese trance me convertí en un micromacho, retomando el concepto de micromachismos de Luis Bonino.
O sea, dejé de gritar, pero seguía descalificando, aunque el tema de los celos lo trabajé desde mi dolor, aún gustaba de ser controlador o de seguir siendo el reyecito en casa. Gozaba de los privilegios que el sistema patriarcal me daba.
Salir de casa, aprender, integrarme. Aprender a lavar ropa, a trapear o a limpiar el baño. Al final eso me también me resultó muy productivo.
Di tropezones fuertes y terribles en este caminar hacia lo que me imagino de mí mismo, lastimé a muchísima gente, a algunas personas no he tenido la oportunidad de pedirles una disculpa, pero también fui incorporando cosas nuevas a mi vida y desechando muchísimas.
Pero me hago cargo: la violencia que he ejercido es MI violencia. Si bien entiendo que en muchos momentos está tan integrada a mi cotidianidad que pienso que no hay otro modo de resolver o relacionarme, no me engaño: si violento a otra persona es porque así lo decido.
Aprendí mucho sobre la violencia, sobre cómo no la vemos, no nos la enseñan, pero la aprendemos muy bien, todo el tiempo, toda la vida y por ello la normalizamos y nos decimos cosas imbéciles como “así soy, y te aguantas” o “toda la vida he sido así, por qué voy a cambiar”.
Aprendí también que la violencia mata.
He visto a queridísimas amigas temblando de miedo, de rabia, contándome sus íntimas experiencias con hombres golpeadores, amenazantes que en la vida pública son encantadores personajes que no le harían daño ni a una mosca.
Un imbecilidad también es pensar que ellas han sido tontas por no alejarse de esos machazos de mierda.
Pero al final es un sistema que nos enseña a amar y vincularnos así, al que hay que tirar por el caño de la historia para construirnos de otro modo.
He visto a muchísimas parejas de amigos gays golpearse y amenazarse en el nombre del amor que se tienen. Porque es la norma. Los hombres, gays, bis o heteros, hemos sido educados para ser hombrecitos, machitos privilegiados en un mundo que no nos da alternativa; no nos dice así puede ser, nos dice así DEBE ser.
Y bueno, eso lleva a lo macro.
A los feminicidios, por ejemplo.
A matar mujeres por el hecho de ser mujeres, de parecer mujeres de significar mujeres.
En el nombre del amor, en el nombre del orgullo, en el nombre de la dignidad, en el nombre del odio, matamos; las estamos matando. Y como la vida de las mujeres parece desde este aparato patriarcal menos importante, pues nada hacemos, porque justificamos. Normalizamos.
En el 2013 se han asesinado a 47 mujeres en el estado de Puebla. Y la respuesta gubernamental, mediática, social ha sido hablar de las lucecitas de Navidad del Centro Histórico.
Uno de esos casos es la historia de Belén Robledo Rodríguez, quien fue asesinada por su ex de una puñalada y después le pasó el auto encima para rematarla. Sus vecinos vieron todo. Nadie hizo nada. Ese es el horror de normalizar la violencia.
Yo, ante ese panorama, ya no quiero ser hombre. Quiero decir que no quiero construirme más como eso que llamamos “hombre”. Ni nuevo, ni hegemónico, ni otro. Sino otra cosa. En eso estoy.
A pesar de esto, puedo decir que he aprendido a vivir el amor de otro modo.
He aprendido a vivir mi relación con el mundo de otro modo.
Y he aprendido a tomar una postura política al respecto.
¿Podemos ser hombres de otra manera?
Podemos, pues. Pero no es cosa fácil.
Decía yo que es algo que aprendemos pero que formalmente nadie nos enseña. Y esos aprendizajes toman tanto significado que se anidan en la parte más profunda de nuestro corazón. No se convierte en algo que sabemos, sino en algo en lo que creemos, algo que sentimos. Y sacarnos eso del pecho cuesta, puede costarnos toda la vida hacerlo, porque se trata de entender muchas cosas, y que nada está dado porque sí, sino que somos producto de un proceso en el espacio y el tiempo, así que podemos cambiar el rumbo. Asumir nuestro rol de sujetos históricos, pues, y cambiarnos.
¿Podemos renunciar a aquello de lo que gozamos y sentir que perdemos algo particular por una ganancia colectiva, pero que vale la pena?
Podemos.
Es cosa de que queramos hacerlo.
Perder el miedo a lo que pobremente tenemos que es un mundo desintegrado y sangrante. Una historia de puros vencidos ante su propia trampa.

Aquí les dejo una excelente alternativa si quieren mirarse en el espejo de la violencia y trabajarse:

Y la nueva canción de Bebe, que viene muy a cuento: 
http://www.youtube.com/watch?v=ZmgyYWfSfPU

No hay comentarios:

Publicar un comentario