viernes, 14 de febrero de 2014

Elogio de la Vejez Por Brahim Zamora


Escucho en este instante una canción de Joaquín Sabina. Debe ser una canción de hace unos 10 años. Leo un libro de Francisco Hernández. Me emociono con la voz (y lo que dice) de Leonard Cohen. El último concierto al que fui y brinqué entre el gozo y el éxtasis fue al de Patti Smith. Mi director consentido sigue siendo Woody Allen.
Todas estas personas pasan, hace ya rato, de los 60. O sea, son adultos mayores. Gente vieja.

Vivimos en una trampa. La trampa de lo inmediato, del éxito individual y de sus excesos. De lo desechable, empezando por la vida. De la juventud como valor único e irremplazable. El asunto es que no es único, es parte del correr vital y se reemplaza con los años, con las canas, las arrugas, la experiencia y la sapiencia.

Morir antes de los 30 como ideal romántico que mantiene nuestros cuerpos eternamente ilesos de la decrepitud de la carne. James Dean siempre será un joven apuesto que mira al horizonte y al contrario que Marlon Brando, jamás lo veremos convertirse en un hombre viejo, pero con todos sus talentos posibles plasmados en la pantalla.

La última vez que vi a Ricardo Garibay (al viejo y querido Garibay) hablar fue en el salón Barroco de la UAP y él hacía una reflexión sobre el cuerpo de los atletas, quienes viven casi toda su vida en la nostalgia de lo que fueron cuando jóvenes y el talento de los creadores, quienes aún viejos siguen siendo, muchos aún mejores que lo que fueron, a pesar de los años y el hastío.

Soy un tipo al que le gustan las personas viejas. Me visto como una, mis cercanos mehacen burla sobre ello: guayaberas y playeras de punto o yompas de ferrocarrilero casi inconseguibles, chaquetas de pana, camisas labradas. Uso pañuelo. Soy un viejo de 36 años.
Abrevo y prefiero la música popular vieja, los tangos de Gardel o los boleros de Álvaro Carrillo. Pero me viene de toda la vida. Tal vez la crianza de mis tías abuelas, tal vez mi aferrado amor a la vida, que no quiero que pase nunca. O una cosa que tengo con el siglo XX que no me acabo de explicar. Pero eso no me hace alguien que no aprenda o no se sorprenda, al contrario, mi capacidad de indignación crece con cada nuevo aprendizaje.

Vuelvo sobre la reflexión que hace ya 15 años hacía un muy enfermo pero brillante Ricardo Garibay y que me trae a pensar hoy.

Hay gente vieja que a pesar de vivir de su fama, hace mucho que no produce nada realmente nuevo o poderoso, como el caso de los RollingStones, que son leyenda en sí mismos, pero que no pudieron superarse por vivir en un piso de buen confort, sabiendo que lo que hacen ellos lo inventaron y lo dijeron antes. Y aún así, ¿a quién no le gustaría llegar a los 70 con la vitalidad y los brincos de MickJagger?

Mis héroes literarios, musicales, cinematográficos, sociales, son en su inmensa mayoría gente vieja. Gente vieja que brilla, que aporta con la mirada del tiempo y la integración de la experiencia cosas relevantes, importantes sobre la vida misma.

Mi problema, al final de cuentas, es que he visto morir a muchos de ellos y veré (espero) caer a cada uno, les veré erigirse en leyendas, a secas.

Pienso ahora en Madiba, que lo queríamos eterno, pero vivió para darnos lecciones profundas de vida y congruencia (y frases cínicas de políticos corruptos o mediocres de todo el mundo). Pienso en Pepe Mujica, el presidente que quiero tener, un hombre viejo con fuego en sus ojillos de quien sabe el secreto.
Pienso, una vez más, en Patti Smith cantando con la misma voz, apenas cascada, con la que la descubrí a los 20, haciendo de chamana, de bruja absoluta a una audiencia desconcertada y vibrante, la poeta de una generación que no es la mía, icono de lo que entiendo como feminismo.

Hablando de ello, hace unas semanas tuve la fortuna de acudir a una reunión con Silvia Federci, hablando de feminismos, y de recibir de su voz y de sus años lecciones reflexivas que me traje al trabajo y me llevo a la vivencia cotidiana. Quienes ahí estuvimos, y escuchamos, estoy seguro, nos fuimos con muchos pájaros en la cabeza. Unos días después, en Guatemala, amenazaron a las mujeres indígenas feministas que querían reunirse con Silvia, esa peligrosa mujer de 70 años.

Estos son mis tiempos y son sus tiempos, a pesar de ser mujeres y hombres viejos, han decidido ser vigentes, permanecer con sus voces arrugadas de tanto y tanto decir.

Vigentes como Mafalda y toda la obra de Quino. O como la indignación de Eduardo Galeano.

No confíes en nadie mayor de 30, decía William Burroughs. Afortunadamente nunca seguí su consejo y confíe en él, quien vivió como un huracán contracultural hasta los 83 años. En 2014 celebraremos su centenario. Todos estos viejos se han ganado mi confianza a fuerza de vivir con pasión e intensidad.
Aprendamos, pues.


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viernes, 14 de febrero de 2014

Elogio de la Vejez Por Brahim Zamora


Escucho en este instante una canción de Joaquín Sabina. Debe ser una canción de hace unos 10 años. Leo un libro de Francisco Hernández. Me emociono con la voz (y lo que dice) de Leonard Cohen. El último concierto al que fui y brinqué entre el gozo y el éxtasis fue al de Patti Smith. Mi director consentido sigue siendo Woody Allen.
Todas estas personas pasan, hace ya rato, de los 60. O sea, son adultos mayores. Gente vieja.

Vivimos en una trampa. La trampa de lo inmediato, del éxito individual y de sus excesos. De lo desechable, empezando por la vida. De la juventud como valor único e irremplazable. El asunto es que no es único, es parte del correr vital y se reemplaza con los años, con las canas, las arrugas, la experiencia y la sapiencia.

Morir antes de los 30 como ideal romántico que mantiene nuestros cuerpos eternamente ilesos de la decrepitud de la carne. James Dean siempre será un joven apuesto que mira al horizonte y al contrario que Marlon Brando, jamás lo veremos convertirse en un hombre viejo, pero con todos sus talentos posibles plasmados en la pantalla.

La última vez que vi a Ricardo Garibay (al viejo y querido Garibay) hablar fue en el salón Barroco de la UAP y él hacía una reflexión sobre el cuerpo de los atletas, quienes viven casi toda su vida en la nostalgia de lo que fueron cuando jóvenes y el talento de los creadores, quienes aún viejos siguen siendo, muchos aún mejores que lo que fueron, a pesar de los años y el hastío.

Soy un tipo al que le gustan las personas viejas. Me visto como una, mis cercanos mehacen burla sobre ello: guayaberas y playeras de punto o yompas de ferrocarrilero casi inconseguibles, chaquetas de pana, camisas labradas. Uso pañuelo. Soy un viejo de 36 años.
Abrevo y prefiero la música popular vieja, los tangos de Gardel o los boleros de Álvaro Carrillo. Pero me viene de toda la vida. Tal vez la crianza de mis tías abuelas, tal vez mi aferrado amor a la vida, que no quiero que pase nunca. O una cosa que tengo con el siglo XX que no me acabo de explicar. Pero eso no me hace alguien que no aprenda o no se sorprenda, al contrario, mi capacidad de indignación crece con cada nuevo aprendizaje.

Vuelvo sobre la reflexión que hace ya 15 años hacía un muy enfermo pero brillante Ricardo Garibay y que me trae a pensar hoy.

Hay gente vieja que a pesar de vivir de su fama, hace mucho que no produce nada realmente nuevo o poderoso, como el caso de los RollingStones, que son leyenda en sí mismos, pero que no pudieron superarse por vivir en un piso de buen confort, sabiendo que lo que hacen ellos lo inventaron y lo dijeron antes. Y aún así, ¿a quién no le gustaría llegar a los 70 con la vitalidad y los brincos de MickJagger?

Mis héroes literarios, musicales, cinematográficos, sociales, son en su inmensa mayoría gente vieja. Gente vieja que brilla, que aporta con la mirada del tiempo y la integración de la experiencia cosas relevantes, importantes sobre la vida misma.

Mi problema, al final de cuentas, es que he visto morir a muchos de ellos y veré (espero) caer a cada uno, les veré erigirse en leyendas, a secas.

Pienso ahora en Madiba, que lo queríamos eterno, pero vivió para darnos lecciones profundas de vida y congruencia (y frases cínicas de políticos corruptos o mediocres de todo el mundo). Pienso en Pepe Mujica, el presidente que quiero tener, un hombre viejo con fuego en sus ojillos de quien sabe el secreto.
Pienso, una vez más, en Patti Smith cantando con la misma voz, apenas cascada, con la que la descubrí a los 20, haciendo de chamana, de bruja absoluta a una audiencia desconcertada y vibrante, la poeta de una generación que no es la mía, icono de lo que entiendo como feminismo.

Hablando de ello, hace unas semanas tuve la fortuna de acudir a una reunión con Silvia Federci, hablando de feminismos, y de recibir de su voz y de sus años lecciones reflexivas que me traje al trabajo y me llevo a la vivencia cotidiana. Quienes ahí estuvimos, y escuchamos, estoy seguro, nos fuimos con muchos pájaros en la cabeza. Unos días después, en Guatemala, amenazaron a las mujeres indígenas feministas que querían reunirse con Silvia, esa peligrosa mujer de 70 años.

Estos son mis tiempos y son sus tiempos, a pesar de ser mujeres y hombres viejos, han decidido ser vigentes, permanecer con sus voces arrugadas de tanto y tanto decir.

Vigentes como Mafalda y toda la obra de Quino. O como la indignación de Eduardo Galeano.

No confíes en nadie mayor de 30, decía William Burroughs. Afortunadamente nunca seguí su consejo y confíe en él, quien vivió como un huracán contracultural hasta los 83 años. En 2014 celebraremos su centenario. Todos estos viejos se han ganado mi confianza a fuerza de vivir con pasión e intensidad.
Aprendamos, pues.


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