miércoles, 8 de marzo de 2017

Cambiar con responsabilidad Por Francisco Baeza

Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 7 de marzo de 2017.

—Veo un México con hambre y sed de justicia —reconoció el candidato del PRI a la presidencia de la República, el 6 de marzo de 1994. En el imaginario popular, aquellas palabras significaron el rompimiento entre Luis Donaldo Colosio y Carlos Salinas de Gortari. El candidato describía un México agraviado, desempleado, empobrecido, injusto; un país muy diferente al que el presidente presumía por todo el mundo. El discurso, en efecto, significó un rompimiento, pero no entre Colosio y Salinas, pues el reinado de uno pasaba por la conveniente regencia del otro, sino entre Colosio y el PRI-gobierno y el sistema político que lo hacía posible. —La única continuidad que propongo es la del cambio —dijo también el sonorense. —Un cambio con responsabilidad, un cambio democrático. La sociedad lo demanda

Luis Donaldo Colosio miraba la Luna que señalaban Carlos Salinas de Gortari y Manuel Camacho Solís, quien, para la fecha, rehusaba disciplinarse. Entre las caobas y los cedros de la Lacandona, donde hacía una campaña paralela, en la imaginación de Camacho ya asomaba Cambio sin ruptura (Alianza Editorial, 1994). En ella, Camacho abogaba por el desmantelamiento del régimen monopartidista que concentraba todo el poder, controlaba todos los espacios y bloqueaba la circulación y la renovación de las élites, y el establecimiento de un nuevo régimen que permitiera la competencia política plena. Solo así, pensaba, disminuiría la polarización social y política, habría estabilidad, crecimiento económico.

El régimen de entonces, en efecto, sería desmantelado, pero sólo para dar paso a su facsímil bipartidista. El amasiato entre el PRI y el PAN se remonta al salinismo pero ha sido durante los dos últimos sexenios que ha alcanzado su apogeo. Ateniéndonos a la definición clásica de Gianfranco Pasquino, el PRI y el PAN, además de sus socios habituales y de ocasión, conforman una partidocracia en la cual la relación entre los partidos políticos es tan estrecha que la coordinación de sus estrategias electorales y de gobierno es inevitable. En tales condiciones, el propósito de estos no es transformar a la sociedad sino conservar y repartirse el poder, y, consecuentemente, obstaculizar a cualquiera que se lo dispute…

Dos décadas después del discurso histórico de Luis Donaldo Colosio, el México “con hambre y sed de justicia” es visible todavía. Y también lo son nuestros rezagos democráticos.


A propósito del proceso electoral de 1997-2000, Manuel Camacho Solís exigió al gobierno federal “garantías de imparcialidad y equidad”. El mismo reclamo es válido hoy. El Ejecutivo peñista debe fijar un marco de confianza de cara a la cita electoral más importante de nuestra historia.

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miércoles, 8 de marzo de 2017

Cambiar con responsabilidad Por Francisco Baeza

Francisco Baeza [@paco_baeza_]. 7 de marzo de 2017.

—Veo un México con hambre y sed de justicia —reconoció el candidato del PRI a la presidencia de la República, el 6 de marzo de 1994. En el imaginario popular, aquellas palabras significaron el rompimiento entre Luis Donaldo Colosio y Carlos Salinas de Gortari. El candidato describía un México agraviado, desempleado, empobrecido, injusto; un país muy diferente al que el presidente presumía por todo el mundo. El discurso, en efecto, significó un rompimiento, pero no entre Colosio y Salinas, pues el reinado de uno pasaba por la conveniente regencia del otro, sino entre Colosio y el PRI-gobierno y el sistema político que lo hacía posible. —La única continuidad que propongo es la del cambio —dijo también el sonorense. —Un cambio con responsabilidad, un cambio democrático. La sociedad lo demanda

Luis Donaldo Colosio miraba la Luna que señalaban Carlos Salinas de Gortari y Manuel Camacho Solís, quien, para la fecha, rehusaba disciplinarse. Entre las caobas y los cedros de la Lacandona, donde hacía una campaña paralela, en la imaginación de Camacho ya asomaba Cambio sin ruptura (Alianza Editorial, 1994). En ella, Camacho abogaba por el desmantelamiento del régimen monopartidista que concentraba todo el poder, controlaba todos los espacios y bloqueaba la circulación y la renovación de las élites, y el establecimiento de un nuevo régimen que permitiera la competencia política plena. Solo así, pensaba, disminuiría la polarización social y política, habría estabilidad, crecimiento económico.

El régimen de entonces, en efecto, sería desmantelado, pero sólo para dar paso a su facsímil bipartidista. El amasiato entre el PRI y el PAN se remonta al salinismo pero ha sido durante los dos últimos sexenios que ha alcanzado su apogeo. Ateniéndonos a la definición clásica de Gianfranco Pasquino, el PRI y el PAN, además de sus socios habituales y de ocasión, conforman una partidocracia en la cual la relación entre los partidos políticos es tan estrecha que la coordinación de sus estrategias electorales y de gobierno es inevitable. En tales condiciones, el propósito de estos no es transformar a la sociedad sino conservar y repartirse el poder, y, consecuentemente, obstaculizar a cualquiera que se lo dispute…

Dos décadas después del discurso histórico de Luis Donaldo Colosio, el México “con hambre y sed de justicia” es visible todavía. Y también lo son nuestros rezagos democráticos.


A propósito del proceso electoral de 1997-2000, Manuel Camacho Solís exigió al gobierno federal “garantías de imparcialidad y equidad”. El mismo reclamo es válido hoy. El Ejecutivo peñista debe fijar un marco de confianza de cara a la cita electoral más importante de nuestra historia.

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