—Veo un México con
hambre y sed de justicia —reconoció el candidato del PRI a la presidencia de la
República, el 6 de marzo de 1994. En el imaginario popular, aquellas palabras
significaron el rompimiento entre Luis Donaldo Colosio y Carlos Salinas de
Gortari. El candidato describía un México agraviado, desempleado, empobrecido,
injusto; un país muy diferente al que el presidente presumía por todo el mundo.
El discurso, en efecto, significó un rompimiento, pero no entre Colosio y
Salinas, pues el reinado de uno pasaba por la conveniente regencia del otro,
sino entre Colosio y el PRI-gobierno y el sistema político que lo hacía
posible. —La única continuidad que propongo es la del cambio —dijo también el
sonorense. —Un cambio con responsabilidad, un cambio democrático. La sociedad
lo demanda…
Luis Donaldo Colosio miraba la Luna que
señalaban Carlos Salinas de Gortari y Manuel Camacho Solís, quien, para la fecha, rehusaba disciplinarse. Entre las caobas y los
cedros de la Lacandona, donde hacía una campaña paralela, en la imaginación de
Camacho ya asomaba Cambio sin ruptura (Alianza Editorial, 1994). En ella,
Camacho abogaba por el desmantelamiento del régimen monopartidista que concentraba
todo el poder, controlaba todos los espacios y bloqueaba la circulación y la
renovación de las élites, y el establecimiento de un nuevo régimen que
permitiera la competencia política plena. Solo así, pensaba, disminuiría la
polarización social y política, habría estabilidad, crecimiento económico.
El régimen de
entonces, en efecto, sería desmantelado, pero sólo para dar paso a su facsímil
bipartidista. El amasiato entre el PRI y el PAN se
remonta al salinismo pero ha sido durante los dos últimos sexenios que ha
alcanzado su apogeo. Ateniéndonos a la definición clásica de Gianfranco Pasquino, el PRI y el PAN, además de sus socios habituales y de ocasión, conforman
una partidocracia en la cual la relación entre los partidos políticos es tan
estrecha que la coordinación de sus estrategias electorales y de gobierno es
inevitable. En tales condiciones, el propósito de estos no es transformar
a la sociedad sino conservar y repartirse el poder, y, consecuentemente,
obstaculizar a cualquiera que se lo dispute…
Dos décadas después
del discurso histórico de Luis Donaldo Colosio, el México “con hambre y sed de
justicia” es visible todavía. Y también lo son nuestros rezagos democráticos.
A propósito del
proceso electoral de 1997-2000, Manuel Camacho Solís exigió al gobierno federal
“garantías de imparcialidad y equidad”. El mismo reclamo es válido hoy. El
Ejecutivo peñista debe fijar un marco de confianza de cara a la cita
electoral más importante de nuestra historia.



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