Río Mixteco y Puyacatengo, lecciones de vida
Alberto
Jiménez Merino
Dos
ríos han sido determinantes en mi vida: el Mixteco, en Puebla, que me dio
alimentos, aprendizajes y lecciones que me han servido en la toma de decisiones;
y el Puyacatengo, en Tabasco, que me perdonó la vida en 1983 cuando en un lance
de audacia, lo crucé nadando abajo de la cascada frente a la Unidad Regional
Académica Sureste de la Universidad Autónoma Chapingo (UACH).
Hay
quien ve los ríos como obstáculos que impiden el viaje, el comercio o visitar a
sus familiares y amigos. Otros, los ven como límites de territorios,
comunidades, países, vías de navegación, transporte de materias primas. Son una
gran fuente de agua y riqueza, en sus márgenes se han desarrollado las más
grandes culturas y miles de centros poblacionales. Para mí, son una gran fuente
de riqueza, energía, alimentos, lecciones de vida y sabiduría.
En
Xantoxtla, Tecomatlán, el río Mixteco me dio agua durante la infancia. La tomábamos de la corriente y la acarreábamos
en cántaros, filtrábamos con una manta y se guardaba en una tinaja de barro. En
el campo regamos maíz, frijol, calabaza, sandía, melón, mango, papaya, mamey,
guaje y zapote negro. Nos bañamos adentro del cauce. Aprendí a pescar con
anzuelo el pez bagre del Balsas. El ganado bebía directo en el río. Este río me
enseñó grandes lecciones de vida.
Aquí
aprendí que cuando no hay otras fuentes de energía, la fuerza del agua se puede
utilizar para mover máquinas como molinos de granos o la noria mixteca, que es una
rueda de la fortuna hecha de varas insertadas a un tronco giratorio, a las que
se ponían cubetas o cántaros periféricos movidos por la fuerza del río para
subir el agua a canoas y llevarla al terreno de cultivo. Se usaron antes de la
llegada de bombas de gasolina o motores eléctricos.
El
río era muy abundante en pescado bagre y mojarra. También había camarón de río.
Muchas familias obtenían alimento e ingreso de la pesca. Cada año en las
primeras lluvias el río “mataba”, aturdía a los peces durante 30 minutos, se
concentraban en las orillas donde eran capturados. La falta de capacitación los
llevó a utilizar artes de pesca inadecuadas como legías, descargas eléctricas,
o pólvora, que matan masivamente los peces.
Dos
grandes lecciones de vida obtuve del río Mixteco, en Xantoxotla, Tecomatlán.
Nunca
menosprecies nada. Lo aprendí en una jornada dominguera de pesca en la que, a
los 30 segundos de haber lanzado mi anzuelo, saqué una mojarrita de 40 gramos cuando
en días anteriores había pescado un bagre de 7 kilos. La desgarré con enojo y la
aventé al río, con muy mala actitud. Y ya no pesqué nada en las 5 horas
siguientes, sólo insolación, sed y hambre. Nunca menosprecies nada, una gran
lección a los 8 años de edad.
En
otra ocasión, en el mismo año, había pescado durante 10 días seguidos, peces de
diferente tamaño, lo que hizo creerme el mejor pescador del mundo. La tarde del
día 10 le dije y prometí a mi mamá como 4 veces, en intervalos de media hora
“maña traigo otro pescado, cómo lo vas a preparar, en qué olla lo vas a cocer”.
Y me respondió: “primero tráelo, ya veré, no estés molestando”; y la última vez
me dijo: “ya duérmete, ya Dios dirá”. Al
amanecer me levanté y me fui al río a ver mi anzuelo. El único día que lo
prometí, no tuvo nada. Allí aprendí que “nada es tuyo hasta que no lo tienes en
la mano”. Desde entonces y como creyente, todo es “primero Dios”.
El
río Puyacatengo, en Teapa, Tabasco, me perdonó la vida en 1983. Y me enseñó el
valor de la perseverancia, la toma de decisiones en milésimas de segundo y a
refirmar la determinación para lograr metas.
Cuando
llegué a Chapingo en 1975, nunca había estado en una alberca. Una mañana de
1976 fui a la alberca semiolímpica que allí existe. Me aventé como a la mitad y
por poco me ahogo. No sabía nadar y desconocía que tenía desnivel. Salí con
gran esfuerzo y ya no lo volví a intentar. Anduve convencido de que no podría
nadar.
Pero
en 1983 ya como profesor de la UACH, me tocó atender los viajes de estudio de
los estudiantes de zootecnia a Tabasco, en la sede del Centro Regional
Universitario de San José Puyacatengo. En un día de descanso me fui al río. Me
quedé en la orilla, aprendiendo a flotar y luego a avanzar, sin la más mínima
técnica. Cuando ya podía flotar y avanzar, decidí cruzar el río. Serían
aproximadamente 14 metros de ancho y 4 de profundidad en lo más hondo. Quería convencerme
de que sí podía nadar. No había testigos, era una prueba contra mí.
Inicié
el nado y cuando iba como a la mitad empecé a ponerme nervioso y a cansarme.
Ahí valoré que regresar o seguir daba lo mismo en distancia y esfuerzo, pero
regresar significaría confirmar que no podría. Decidí avanzar y logré salir unos
15 metros más abajo de lo planeado. Descansé 10 min y me puse a nadar de
regreso. Nunca más volví a nadar así, la natación no era lo mío.
Solo
quería eliminar de la mente un intento fallido para que ya no formara parte de
otros, que con el paso del tiempo van limitando tu capacidad de intentar y
arriesgar. Con ese logro me liberé de varios miedos.
Lo
digo con humildad, en esto no se puede ni debe presumir. Si algo no resultó, si
algo no se logró, vuelve a intentarlo lo más pronto. Nunca se pierde porque siempre se aprende. Las
lecciones de estos grandes ríos me han permitido ser mejor.



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