¿ES LA FELICIDAD
SINTÉTICA UN ARTIFICIO O LA CAJA DE PANDORA?
Autor: Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología,
Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación
Después de terminar la
emisión del programa dedicado a la felicidad sintética, me vinieron a la mente
un sinnúmero de situaciones cotidianas en las que este maravilloso “sistema
inmune psicológico” actúa silenciosamente en nuestra vida.
Se trata de esa
extraordinaria facultad de adaptación emocional y cognitiva que ajusta
pensamientos y emociones a nuestras circunstancias, permitiéndonos
sobreponernos a las adversidades: desde las más triviales hasta las más
dramáticas, como aquellas que ponen en juego la vida misma.
¿Cuántas historias de
supervivencia hemos escuchado en las que los protagonistas no sólo debieron
recurrir a sus recursos físicos para preservar la vida, sino que, más allá del
cuerpo, fue su fortaleza mental lo que los llevó al éxito? Esa obsesión
pertinaz de vivir, de volver a casa con los seres queridos, de no rendirse aun
cuando todas las probabilidades apuntaban a una muerte segura.
Ese es, quizá, el gran
don de la humanidad: su resiliencia. Una palabra tan de moda que todavía a
muchos les cuesta pronunciar o escribir, pero que en otros tiempos se llamaba
simplemente esperanza. Somos un auténtico milagro evolutivo: a pesar de
nuestras desventajas físicas frente a otras especies, hemos persistido, y estoy
convencido de que lo hemos logrado gracias a nuestra tenacidad y obstinación
por sobrevivir.
Las especies con mayor éxito
evolutivo deben su permanencia a la capacidad de adaptación. Algunas lo logran
manteniendo estructuras primitivas y lo esencial para la vida; la humanidad, en
cambio, ha sobrevivido gracias a su ingenio, creando herramientas, generando
alianzas, apoyándose unos a otros. Pero sobre todo, gracias a ese sistema
inmune psicológico que nos protege de quedar atrapados en el fracaso y nos
empuja, una y otra vez, hacia la esperanza de vivir un día más.
Aquí conviene recordar
uno de los mitos más poderosos de la cultura occidental: la caja de Pandora.
Según la leyenda griega, al abrirla se liberaron todos los males que azotarían
a la humanidad: la enfermedad, el dolor, la vejez, la injusticia. Sin embargo,
al final, quedó dentro un último elemento: la esperanza. Esa chispa que, aun en
medio del caos, permite al ser humano seguir adelante.
El sistema inmune
psicológico se asemeja a esa esperanza que quedó en el fondo de la caja: aunque
rodeados de sufrimiento o dificultades, en lo más profundo de nuestra mente permanece
una reserva de energía, fe y deseo de vivir que impide que nos rindamos. Así
como la esperanza fue el regalo que equilibró los males del mundo, nuestro
sistema inmune psicológico es la respuesta evolutiva que equilibra las cargas
de la vida y nos orienta hacia la superación.
Somos la suma de nuestras
habilidades, pero sobre todo de nuestras experiencias. Y esas experiencias se
han construido en gran medida sobre ese blindaje invisible que nos permite
enfrentar obstáculos, sortear fracasos y transformar el dolor sin perder el
rumbo: la búsqueda constante de mejores condiciones para la felicidad.
En ese sentido,
sintetizar la felicidad no es un artificio, sino una tarea natural inscrita en
nuestra programación como especie. Una tarea silenciosa, pero vital, que nos
recuerda cada día que vivir es resistir… y que resistir, en última instancia,
es aprender a ser felices.
La próxima vez que
sientas que no puedes más, recuerda la caja de Pandora: incluso cuando todos
los males parecen haberse liberado en tu vida, siempre quedará contigo la
esperanza. Ese es tu sistema inmune psicológico, ese aliado silencioso que te
impulsa a levantarte, adaptarte y seguir. Porque la felicidad, más que un
destino, es la manera en que nuestra mente nos enseña a vivir un día más con fe
y resiliencia.
Sanar es amar.



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