Tareas
pendientes de la enseñanza e investigación
Alberto
Jiménez Merino
Antes y después de ir a la
escuela, ayudábamos en las labores de la casa y el campo. Recuerdo acarrear
agua, buscar leña, llevar nixtamal al molino, cuidar a los animales de la
yunta, traer la comida de los cerdos y aves, sembrar, seguir la yunta, fumigar,
regar, cosechar, desgranar. Pero en las aulas nunca hubo una referencia a ello,
ni a los problemas que vivíamos, como la falta de ingresos. Recuerdo también de
las aulas, la historia universal, la geografía, las tablas de multiplicar, los quebrados
y los jardines de babilonia.
Hablar de la desvinculación
existente entre la enseñanza, la investigación y la realidad de las familias,
comunidades, regiones, el medio ambiente y los sectores productivos, no es algo
nuevo, ni difícil de comprobar, es algo que han olvidado atender, tanto la
vieja como la nueva Escuela Mexicana y sus respectivos libros de texto.
La primera vez que expresé lo
anterior, en 1991, en una reunión de rectores de universidades públicas en
Toluca, Estado de México, fui objeto de crítica y reclamo de varios asistentes,
muy apegados a negar realidades para evitar incomodar al poder, sin saber que
reconocer los problemas es casi la mitad de su solución. No se puede atender
algo que no se ha identificado y reconocido.
Y, actualmente, solo basta ver
que muy pocos de los problemas de familias y comunidades forman parte de los
contenidos educativos, así como el hecho de observar los indicadores de
pobreza, deterioro ambiental, productividad de la economía, problemas de
residuos sólidos y aguas residuales en barrancas y ríos, sobrepeso y obesidad,
enfermedades crónicas, seguridad pública o soberanía alimentaria.
La presidenta de la república,
Claudia Sheinbaum Pardo, ha insistido en la expansión de la educación pública,
gratuita, científica y humanista en sectores estratégicos como la
sostenibilidad, la innovación y la equidad social.
En tanto, el gobernador de
Puebla, Alejandro Armenta, promueve el alineamiento de la educación con
los sectores y vocaciones productivas del
estado, industria, tecnología y sostenibilidad, impulsando alianzas con
universidades para fortalecer el bienestar y el emprendimiento que genere la
creación de riqueza comunitaria a través de los programas de desarrollo de competencias
educativas y laborales con humanismo así
como de fortalecer las capacidades
humanas en el ámbito laboral con un enfoque inclusivo y de bioética social: adoptar
soluciones justas, sostenibles y responsables.
Lo anterior, debido a que “el
desarrollo del ser humano impulsa la productividad, la sostenibilidad
generacional y la reducción de desigualdades estructurales, mediante el
fortalecimiento de las capacidades educativas, laborales y del mejoramiento del
bienestar de la población”.
“El sistema educativo poblano
enfrenta dificultades para integrar un modelo que garantice aprendizajes
significativos y una formación integral del estudiantado, capaz de
vincular la enseñanza con las demandas de desarrollo económico y social del
estado”. Esta es la gran tarea de la escuela, de la política pública
nacional y estatal.
En la investigación, la
situación no es muy diferente. Muchos años hemos escuchado que las bibliotecas
están llenas de investigaciones que no se han podido transferir porque no
existen mecanismos como el extensionismo, tan disminuidos en la política pública
por su relativo costo, sin saber del gran efecto que tienen en el seguimiento,
vigilancia y multiplicación del impacto de los apoyos que se otorgan y que, sin
acompañamiento, se pierden lamentablemente.
Puedo asegurar que muchas
investigaciones seguirán guardadas en las bibliotecas porque no tienen ninguna
aplicación a la realidad de las familias ni a las comunidades o sectores
productivos. Mi tesis profesional es un gran ejemplo, solo sirvió para titularme
y generar información para docencia. Yo conocía bien la problemática de mi
entorno por más de 20 años, pero cometí el error de peguntar sobre un tema de
tesis, y el que me recomendaron, todavía estoy buscando como aplicarlo.
La libertad de cátedra, de
investigación o la autonomía universitaria, por muchos años se ha usado para
decidir internamente qué hacer en las actividades docentes y de investigación
de las instituciones, sin injerencia de gobiernos, pero mucho tiempo han estado
alejadas de las políticas públicas y de los grandes problemas nacionales.
Como muchos, me inicié en la
investigación sin ninguna experiencia. Evalué niveles de fertilización fosfórica
en suelos ácidos y alcalinos en leguminosas forrajeras tropicales. Así me lo
indicó mi tutor que venía regresando de su doctorado en la Universidad de
Florida, en donde investigaban un problema de ganaderos de los Llanos Orientales
de Colombia y Venezuela. Nos faltaba la semilla y al buscarla, me informaron
que sólo había en Australia y Brasil. El próximo barco llegaría en seis meses.
El problema no era la
fertilización sino la semilla. Los ganaderos casi no usan las leguminosas
tropicales por desconocer sus bondades, problemas de suelos ácidos, mayor
dificultad de manejo que las gramíneas y por falta de semilla. Así nació
la línea de investigación Producción de Semillas Forrajeras, de la
Universidad Autónoma Chapingo, en 1984, en donde realizamos más de 40
investigaciones hasta 1991.
La investigación científica
que conocí tenía mucho que ver con problemas supuestos ajenos a la realidad,
hacer currículum, cumplir con reportes ante el Sistema Nacional de Investigadores
(SNI), publicar en el extranjero en revistas prestigiadas y arbitradas,
satisfacer vanidades, atender modas externas, pero tenían poca, muy poca
relación con realidades y con los verdaderos problemas de México. Y si no, solo
basta ver los ríos, los bosques, el campo, la pobreza...
La investigación en los
centros públicos también es una tarea pendiente, está ausente del desarrollo
nacional y, obviamente, poco apoyada por la falta de pertinencia.



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