Día de la Mujer, lecciones de Águeda Merino
Alberto
Jiménez Merino
Nunca
fue escritora ni oradora, hablaba muy poco, pero pude escucharle grandes joyas
discursivas que en momentos decisivos cambiaron el curso de mi vida. Sus
acciones fueron grandes ejemplos para la construcción de destinos de mis 8
hermanos y 3 hermanas.
Águeda
Merino Córdova, mi madre, nació en Tecomatlán, Puebla, el 5 de febrero de 1940,
de origen humilde, solo pudo estudiar hasta el cuarto año de primaria. Se casó
muy joven con Miguel Jiménez Véliz (qepd), quien se dedicó siempre a
actividades del campo. En ese entorno crecimos, no solo con grandes
limitaciones, sino con el nivel que le sigue a estas. Por eso destaco su
inteligencia y determinación, el valor para responder, adaptarse y actuar ante
cada necesidad.
En
el Día Internacional de la Mujer, establecido por la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) a partir de 1975, para visibilizar la lucha de las
mujeres por la igualdad de derechos, la conquista de mejores oportunidades
laborales, el respeto y la no discriminación, he querido describir algunos
pasajes vividos, con la intención de que puedan servir de orientación para
quienes, como nosotros, no veíamos futuro alguno en razón de nuestro origen y
circunstancias socioeconómicas.
Águeda
Merino, nunca dijo no puedo, y, sin presumirlo, nunca aceptó un no como
respuesta. Siempre nos dio de comer. Un día de mucha escasez, nos dio la comida
más humilde que imaginó y es muy posible que haya sido la inventora: tres
litros de agua, sal, limón, un pedazo de cebolla y 4 chiles chiltepines secos
hasta hervir para hacer el Caldo de “Chilito Capón”. Un plato a cada quien y tortillas. Pero no
nos quedamos sin comer, aunque algunas veces sí sin cenar.
Águeda
me enseñó a uncir, poner el yugo a la yunta de bueyes y amarrar el arado para
preparar la tierra de siembra o laborarla ante la necesidad de eliminar las
malas hierbas en cultivos de cacahuate al maíz. También me enseñó a cuidar los
animales, darles de comer, llevarlos a beber agua, y más de 20 prácticas, entre
las que se cuentan acarrear agua y buscar leña, los cuales aún no se incluyen
en los contenidos de la educación rural.
Mi
madre me enseñó que origen no es destino, aunque la infancia deja marcas
difíciles de superar por el impacto de su aceptación como verdades, ya sea por
la falta de orientación para remediarlas o por el miedo natural inherente a
intentar algo nuevo. Un balonazo en la cara que provocó la risa de mis 20
compañeros en el tercero de primaria fue la causa de ser indeciso y temeroso,
por miedo al ridículo, durante más de 30 años. Hasta que lo autoidentifiqué y
acepté. Perder el miedo, posiblemente sea más del 50% del éxito humano. El
miedo que, en el 90% de los casos es a cosas inexistentes, literalmente
paraliza a las personas igual que una crisis nerviosa.
El
trabajo del campo es muy pesado y, antes de cumplir 11 años, tuve la fortuna de
ir a un internado de educación fundamental en Tlaxcala para cursar el sexto de
primaria. Fue una separación abrupta del seno familiar. Mi madre me fue a
dejar. Bordó mis iniciales en los uniformes. Como a la 5 de la tarde del 2 de
septiembre de 1971, ya para terminar el bordado, despedirse y dejarme, me dijo.
“Ya me voy a regresar a ver a tus hermanos, nos vamos a despedir, no vamos a
llorar, pronto vengo a verte”.
El
15 de diciembre fue por mí por las vacaciones escolares, me volvía absorber
entre mis hermanos y las labores del campo. Ya vivían en Tehuitzingo a donde se
habían mudado desde Tecomatlán, porque mi padre vino a sembrar sandía. Fue el
primer sembrador de este cultivo en este municipio. Para el primero de enero
hice los preparativos para volver al internado, pero por la tarde me dio tristeza
y tuve la idea de ya no volver.
Después
de una hora de llorar, cada quien por su lado, mi madre vino hacia mí y me dijo
“¿qué te pasa?”. Ya no me quiero ir, los extraño”, le dije débilmente."
Mira hijo, a mí me duele más que a ti que te vayas porque yo te tuve. Si
quieres, quédate, pero solo nos vamos a estar mirando, ¡fíjate como estamos de
pobres! ¡Vete, prepárate y ayúdanos!
Esas
palabras reafirmaron el curso de mi destino, se grabaron en el subconsciente y
no tuve más duda de lo que debía hacer...
Pero,
al terminar el sexto año, volví a mi nuevo pueblo Tehuitzingo, sin ninguna
esperanza de seguir estudios. Entonces, una prima de mi mamá la buscó para que
le consiguiera una muchacha para ayudar en las labores domésticas a cambio de
darle escuela. Ahí volvió a aparecer la sabiduría e inteligencia de Águeda
Merino y dijo “no tengo una muchacha, pero tengo a mi muchacho”. Y así, fui a
Panotla, Tlaxcala, a estudiar la secundaria de 1972 a 1975, y también a aprender,
con la bondad de 4 familias, todas las labores domésticas que no había hecho y
que se requerían porque era una comunidad de maestros y maestras.
Allí,
en casa de Rubén Sanluis Meneses e Isabel Torres Zempoalteca, pude concluir la
secundaria y llegar a la Escuela Nacional de Agricultura, actualmente
Universidad Autónoma Chapingo en la que estudié para Ingeniero Agrónomo y pude
vivir extraordinarias experiencias en la docencia, investigación y el servicio
a los demás
Salir
muy temprano del seno familiar, me permitió aprender pronto a tomar decisiones,
reafirmar el carácter, perder el miedo, distinguir lo bueno de lo malo,
fortalecer principios, adaptarme a circunstancias adversas, aprender a no
quejarme, ser acomedido y agradecido, desarrollar una visión, tener iniciativa,
respetar y reconocer a los demás y reafirmar que el mayor sentido de la vida es
servir a nuestros semejantes.
Esto
fue posible por las lecciones de Águeda Merino. Mi reconocimiento a todas las
mujeres que luchan por la igualdad de derechos y la no discriminación.



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