El show man
Hay personas que no salen de su casa. Debutan. No se levantan de la cama; hacen una entrada triunfal. No compran pan; aparecen en escena. Uno podría pensar que exagero, pero basta sentarse diez minutos en la recepción de cualquier oficina para asistir a una función de teatro gratuita. Ahí está el hombre que acomoda por quinta vez el saco antes de cruzar la puerta porque imagina que alguien está evaluando el ángulo exacto de sus hombros. La mujer que corrige una y otra vez una frase antes de decirla, convencida de que un error verbal quedará registrado para siempre en la memoria colectiva de la humanidad. El joven que entra al salón con la solemnidad de quien cree que el destino de la clase depende de la forma en que coloque la mochila sobre la silla. Todos actúan como si una cámara invisible siguiera cada uno de sus movimientos. Lo más extraordinario no es que exista esa cámara. Lo extraordinario es que cada quien cree ser el protagonista de una película distinta.
Vivimos convencidos de que los demás
nos observan con una atención que, nosotros jamás les concederíamos. Creemos
que alguien recordará durante años aquel tropiezo en la escalera, aquella
palabra mal pronunciada en una junta o aquella camisa desafortunadamente
combinada con unos zapatos rebeldes. Caminamos por el supermercado sintiendo
que los desconocidos analizan nuestro carrito de compras, como si una comisión
internacional estuviera elaborando un perfil psicológico a partir de la
cantidad de yogures y papel higiénico que adquirimos (aunque éstos resulten el
canon apropiado ante cualquier desastre natural en puerta). Lo fascinante es
que esos desconocidos van haciendo exactamente lo mismo. También están
preocupados porque alguien juzgue que compraron demasiadas galletas, poca fruta
o una botella de vino un martes por la tarde. Nunca una especie había logrado
dedicar tanta energía a imaginar la atención de personas demasiado ocupadas
imaginando exactamente lo mismo.
Pero hay un giro todavía más
perverso. No solo creemos que todos nos están mirando. En el fondo deseamos que
así sea. Nos aterra el reflector y, al mismo tiempo, nos deprime que alguien lo
apague. Queremos pasar inadvertidos cuando nos equivocamos, pero invisibles
jamás. Soñamos con una existencia donde nadie critique nuestras decisiones y,
simultáneamente, donde todos reconozcan nuestras virtudes. Aspiramos a ser
discretos, siempre y cuando la discreción sea ampliamente admirada. Es una
gimnasia emocional verdaderamente agotadora.
Quizá por eso tantas personas viven
como actores que nunca abandonan el escenario. Hablan distinto según quién las
escuche. Ríen con más entusiasmo del que sienten. Fingen interés por
conversaciones que las aburren profundamente. Asienten frente a ideas que
consideran absurdas. Se indignan cuando conviene indignarse. Se entusiasman
cuando la ocasión exige entusiasmo. La autenticidad ha terminado convertida en
un lujo que muchos consideran imprudente. Resulta más rentable interpretar el
personaje adecuado que descubrir quién demonios uno es cuando baja el telón.
Erving Goffman, aquel brillante
sociólogo canadiense, habría disfrutado enormemente caminar por cualquier
edificio corporativo contemporáneo. Él sostenía que la vida social funciona
como una representación teatral. Todos presentamos versiones cuidadosamente
editadas de nosotros mismos dependiendo del público que tengamos enfrente. Hay
un personaje para los compañeros de trabajo, otro para la familia, uno más para
los amigos y, en ocasiones, hasta uno exclusivo para el vecino con quien
coincidimos en el elevador. El problema nunca fue interpretar papeles; el
problema comienza cuando olvidamos que estamos actuando. Entonces el personaje
deja de ser un recurso social y se convierte en una prisión.
La tragedia del "show man"
moderno consiste precisamente en eso. Empieza fingiendo para ser aceptado y
termina aceptando que ya no sabe quién era antes de comenzar a fingir. Un día
descubre que lleva veinte años sonriendo en fotografías que nunca quiso
tomarse, asistiendo a reuniones que jamás le interesaron, opinando sobre temas
que le resultan indiferentes y sosteniendo amistades que sobreviven únicamente
porque ambos actores temen abandonar la obra al mismo tiempo. Se convierte en
un especialista del aplauso ajeno y un completo analfabeta de sí mismo.
Byung-Chul Han ha escrito que
nuestra época ya no necesita grandes mecanismos de vigilancia porque hemos
aprendido a vigilarnos solos. Quizá habría que añadir algo más espeluznante:
hemos interiorizado al público. Lo llevamos sentado en la cabeza. Antes de
decir una frase consultamos su aprobación.Vivimos rodeados por espectadores
que, en realidad, existen únicamente como una colección de voces imaginarias.
Es un teatro admirablemente eficiente. El costo de producción es mínimo porque
cada actor construye su propia audiencia.
Es así que mientras dedicamos la
vida a representar un papel digno de aplauso, ocurre algo curioso. Nos
convertimos en personajes secundarios de la historia de los demás. El empleado
ejemplar vive para satisfacer la expectativa del jefe. El hijo perfecto
interpreta el libreto que tranquiliza a los padres. La pareja ideal procura no
decepcionar la versión romántica construida por la otra persona. El amigo
incondicional nunca contradice porque teme perder el papel que le asignaron.
Cada uno interpreta con disciplina un personaje escrito por alguien más. Creen
protagonizar su vida cuando, en realidad, apenas participan como reparto de
lujo en historias ajenas.
Resulta paradójico. Cuanto más
luchamos por ser importantes para los demás, menos espacio dejamos para
descubrir qué resulta importante para nosotros. Nos volvemos expertos en
administrar impresiones e incompetentes para administrar deseos. Sabemos perfectamente
qué respuesta hará sonreír al grupo, pero hace años que ignoramos cuál sería
nuestra respuesta si nadie estuviera escuchando. Hemos confundido pertenecer
con obedecer, reconocimiento con identidad y aprobación con afecto. Son
palabras parecidas, pero producen vidas completamente distintas.
Por supuesto, de vez en cuando
culpamos a las redes sociales. Es cómodo hacerlo. Ellas ofrecen un villano
moderno, brillante y perfectamente fotografiable. Sin embargo, el problema
empezó mucho antes de la primera conexión a Internet. Ya existían personas que
vivían pendientes del qué dirán cuando la máxima tecnología doméstica era una
radio de bulbos. Había hombres incapaces de llorar porque alguien podía
considerarlos débiles. Y había familias enteras representando el papel de
familia feliz durante las reuniones dominicales. Las plataformas digitales
únicamente instalaron más espejos en un camerino que llevaba siglos construido.
En la actualidad la verdadera
rebeldía contemporánea no consiste en hablar más fuerte ni en llamar más la
atención. Consiste en algo más silencioso y, precisamente por eso, más
revolucionario: abandonar el escenario de vez en cuando. Atreverse a decepcionar
expectativas razonables. Admitir que no sabemos. Cambiar de opinión sin pedir
disculpas. Permanecer callados cuando el personaje exigiría una frase
brillante. Descubrir que nadie suspendió la función porque decidimos dejar de
actuar unos minutos.
Porque, al final, el gran fraude del
"show man" es simple. Pasó la vida entera intentando conseguir el
papel principal. Ensayó cada gesto, corrigió cada diálogo, buscó el aplauso,
temió el abucheo y jamás faltó a una sola función. Solo descubrió demasiado
tarde que el protagonista nunca fue él. Era el actor favorito en la obra de
todos los demás. Cuando por fin cayó el telón, regresó al camerino con una
ovación impecable... y sin la menor idea de quién era el hombre que se quitaba
el maquillaje frente al espejo.
Sanar es amar.



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