Tal vez sea cierto que la poesía no importe. Y los poetas mucho menos. Es cierto, y sobre eso reflexionó mucho José Emilio Pacheco, que la inmortalidad es una falacia y que el único territorio final es el olvido. Incluso un día los clásicos griegos, Cervantes o Lorca, serán olvidados por los humanos futuros.
¿Para qué sirven los versos?
Para lo mismo que los abrazos o las miradas furtivas, la taza de café en el lugar favorito o la sala de cine, para nada y para vivir.
Hoy quería hablar de los abrazos y la calidez, porque Gerardo y Reyna, quienes en los últimos meses me han ayudado a mirarme las entrañas y la persona, vivirán unas semanas difíciles, quería, pues, abrazarles con mis palabras y exhibiéndome, como cada lunes.
Y ayer, mientras vivía mi cada vez más rara cotidianidad, después de un domingo de quehaceres y cocina, Miss V entró a la habitación donde estaba y me dio la noticia.
Enmudecí. Un altero de recuerdos se agolpó en mi pecho. Más que ningún otro autor de nuestro país, José Emilio Pacheco me acompañó en mi juventud. Conquisté el corazón o partes menos nobles de personas con sus palabras, lo copié torpemente, lloré. Crecí. Lo devoré, me contagió su pesimismo, fui a oírle cada vez que pude (aunque odiaba los recitales y leer sus versos, era un hombre generoso y lo hacía).
José Emilio Pacheco, lo dije alguna vez, fue mi Jaime Sabines (a quien Ricardo Garibay calificó como un poeta ignorante). Me explico. En la pubertad de mi generación Sabines era el recurrido, el brillante, el poeta que sabía cómo hacerlo, decirlo. Pero yo era escéptico, había algo que no me gustaba nada en él: era priista.
En cambio, cuando leía a Pacheco, encontraba a un hombre atormentado por su realidad, angustiado como yo, por la historia, indignado y en la medida que un hombre puede serlo, congruente con su tiempo. Y aprendí a respetar y defender sus palabras. Me ayudó a crecer.
Hace apenas unos días un grupo de intelectuales inició una acción judcial contra la reforma energética, el nombre de José Emilio Pacheco estaba ahí. Pocos, poquísimos artistas de su altura e investidura se meten en este país a tomar postura contra el poder. Pues eso.
Ayer, publiqué esto en mi muro de Facebook:
Los libros tienen algo de magia.
Escucho la terrible noticia, corro al librero donde están los libros de poesía, tomo la vieja edición de Fin de Siglo, lo abro en la página 22 y leo para mí y el silencio:
9
Hoy, esta noche, me reúno a solas
con todo lo perdido y sin embargo
lo futuro también.
Y mientras pasa
la hora junto a mí
va oscureciendo:
en un fuego de sombra se confunden
luz y noche, pasado que no ha muerto,
y el instante sin nadie que recorren
la ociosidad viscosa de la araña,
la mosca y su hociquito devastador.
Entre el ave y su canto fluye el cielo.
Fluye sí, fluyendo, todo fluye:
el camino que lentan las mañanas,
los planetas errantes, calcinados
que cumplen su condena desgastándose
al hendir sin reposo las tinieblas.
Adiós José Emilio Pacheco y gracias, gracias por todo lo que de ti tengo en mi palabra y mi ser.
La poesía no tiene valor de cambio. La palabra ha perdido valor. En un planeta donde lo que importan son los indicadores financieros, la corrupción de los políticos y sobrevivir al día a día, la poesía se abre paso porque antes que todo ello, ella estuvo en el mundo.
Los humanos aprendimos a hablar con metáforas y símbolos. Así son nuestras lenguas viejas, poéticas. Fuimos poetas antes que cualquier otra cosa y así dimos la batalla evolutiva. Y aquí estamos, olvidando la raíz.
Uno lee al poeta y arde.
Uno lee al poeta y entiende.
Uno lee al poeta y una corriente le eriza el espinazo.
Uno lee al poeta y vive.
Cuando recomencemos la vida, después de la destrucción, recordaremos apenas unos versos, las estrofas de pocas canciones parafraseo a Jim Morrison. De esos resabios de cultura volveremos a construirnos la vida. Para eso sirve la poesía. Para levantar puentes (culturas) y vida.
Gracias José Emilio Pacheco, que el olvido de tu voz nos llegue aún después de que muera la última estrella.



0 comentarios:
Publicar un comentario