Psicólogo, Maestro
en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación
¿Se acuerdan de esa época en que el tiempo no existía y la única regla
era pasársela bien? Los videojuegos, las escondidillas, un partido de fútbol en
la calle... para nosotros, el juego era tan vital como respirar. Y aunque no lo
sabíamos, estábamos liberando una energía que, si se quedaba estancada, nos
causaría un cortocircuito.
A medida que crecemos, la vida nos pone una coraza de responsabilidades,
y el juego se nos va de las manos. Nos convencemos de que ser adulto es
sinónimo de ser serios y productivos. El tiempo libre se convierte en un lujo,
y si hacemos algo “improductivo”, nos sentimos culpables. Pero ¿qué pasaría si
les dijera que esta mentalidad es la principal fuente de estrés en nuestras
vidas? El estrés es esa energía acumulada por la presión del día a día, y si no
encontramos una válvula de escape, nos pasará factura. Es como una olla exprés
a la que nunca le quitamos la presión.
El juego y las generaciones: un choque de mundos
Ahora que he concluido con la emisión del programa de Ondas Alfa, me he
puesto a reflexionar sobre las diferencias generacionales en torno al juego.
Las nuevas generaciones tienen una visión mucho más conciliada sobre dedicar
tiempo al juego, mientras que la mía, la Generación X y los Baby Boomers, lo
veíamos como una pérdida de tiempo o un rasgo de inmadurez. Con algunas
excepciones, como el deporte, para muchos el juego (especialmente los
videojuegos) era considerado algo infantil.
Esta postura de que el juego es sinónimo de inmadurez ha sido seriamente
cuestionada por la psicología y la neurociencia. Las investigaciones alrededor
del estrés demuestran que las normas sociales que rechazaron el juego
contribuyeron a la rigidez y el aumento de la presión en la vida adulta. Fue
por esto que me di a la tarea de investigar qué mecanismos cerebrales causan
una sobrecarga que se manifiesta en la pérdida de la calidad de vida de los adultos,
y cómo la falta de juego es un factor clave en este proceso.
La teoría de la olla exprés y el cerebro
En el siglo XIX, un filósofo llamado Herbert Spencer se dio
cuenta de algo muy simple, pero profundo: los humanos, una vez que tienen
cubiertas sus necesidades básicas (comida, techo, seguridad), acumulan un
excedente de energía. Y, para no estancarse, necesitan liberarla. Para Spencer,
el juego era esa forma natural de soltar esa energía, tanto en
niños como en adultos. En el mundo moderno, el estrés se puede ver como esa
energía estancada que necesita ser liberada.
Cuando el estrés se vuelve crónico, el cerebro activa el sistema de
"lucha o huida", un estado de alerta que nos prepara para cualquier
peligro. El problema es que esta alarma no se apaga, y esa sobrecarga afecta
directamente a partes clave del cerebro, como la corteza prefrontal, que
se encarga de la toma de decisiones y la planificación, y el hipocampo, que es crucial para la memoria y el aprendizaje.
A la larga, es como si tuviéramos un disco duro con demasiados programas
abiertos a la vez: todo se vuelve lento y caótico.
El juego como antídoto a la seriedad
Afortunadamente, el cerebro es sabio y busca siempre el equilibrio.
Cuando por fin logramos "soltar" esa energía acumulada, el cerebro
nos premia con una descarga de dopamina, serotonina y
endorfinas. Estas hormonas son como un analgésico natural que nos hacen
sentir bien y nos ayudan a recuperar el equilibrio físico y mental. En esencia,
el juego es un mecanismo de descarga que restablece nuestro balance.
Así que, la próxima vez que te sientas abrumado, date permiso para
“perder el tiempo” y juega. Sal a caminar sin rumbo, pinta algo, arma un
rompecabezas, juega con tu perro e incluso aprovecha el celular para los
videojuegos. Dale rienda suelta a esa energía y verás cómo tu mente y tu cuerpo
te lo agradecen. ¿De verdad vale la pena vivir una vida tan rígida? ¿O es hora
de que el adulto que somos, y el niño que fuimos, se den la mano?
Sanar es amar.



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