EL FUNERAL DEL BARÓN ROJO
POR: ENRIQUE ROMERO RAZO
Diez millones de muertos y más de veinte millones de heridos fueron parte del macabro saldo de la conflagración bélica desarrollada entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918, históricamente conocida como la Primera Guerra Mundial o, simplemente, la “Gran Guerra”.
En ella contendieron, por una parte, el Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro, a los que posteriormente se sumarían el Imperio otomano y Bulgaria; y, por la otra, Reino Unido, Francia, Rusia y Serbia, entre otras naciones. Más tarde, Estados Unidos entraría también en el conflicto.
Fue una guerra de trincheras, hambre, lodo y muerte.
Una carnicería humana en la que apareció una nueva y aterradora forma de combatir: la guerra en el aire.
Y en medio de aquella barbarie surgió el piloto alemán más temido de su tiempo: Manfred von Richthofen, quien pasaría a la historia bajo un sobrenombre que todavía hoy provoca fascinación:
“El Barón Rojo”.
Ochenta victorias aéreas oficialmente acreditadas durante su participación como piloto de caza de la aviación alemana.
Sin lugar a dudas, uno de los combatientes más certeros y letales de una época en la que la supervivencia en el aire dependía, más que de sofisticados sistemas tecnológicos, del instinto, la destreza y los nervios de acero del piloto.
Pero existe una faceta del Barón Rojo de la que poco se habla.
Richthofen entendía la guerra como un combate entre soldados y profesaba un profundo respeto por sus adversarios. Existen testimonios sobre el trato caballeroso que dispensaba a pilotos enemigos capturados o heridos, una conducta que contribuyó a construir su fama incluso entre aquellos que combatían contra él.
En una guerra marcada por el odio, la muerte y la deshumanización, el piloto más temido del cielo era capaz de reconocer la dignidad de quien, minutos antes, había intentado matarlo.
Por ello fue respetado por sus adversarios.
El 21 de abril de 1918, cuando apenas tenía veinticinco años de edad, Manfred von Richthofen murió en combate después de que su avión cayera detrás de las líneas aliadas, en territorio francés.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Fueron sus enemigos quienes recogieron su cuerpo.
Fueron sus enemigos quienes prepararon su funeral.
Y fueron sus enemigos quienes lo sepultaron con honores militares.
Soldados australianos formaron una guardia de honor y seis aviadores cargaron su féretro. Sobre su tumba fue colocada una corona con una inscripción que resumía el respeto que había despertado entre quienes combatieron contra él:
“A nuestro valiente y digno enemigo”.
No estaban despidiendo únicamente al más célebre piloto de caza de la Gran Guerra.
Rendían honores a un adversario que, aun en medio de la más brutal de las confrontaciones, comprendió que las diferencias, incluso aquellas que se dirimen con las armas, no necesariamente deben destruir el respeto por la dignidad humana.
Porque cualquiera puede sentirse grande cuando vence.
Lo verdaderamente difícil es conservar la humildad en la victoria.
Quizá esa fue la mayor hazaña del Barón Rojo.
No sus ochenta victorias aéreas.
No su avión rojo.
No la leyenda que construyó en los cielos de Europa.
Sino haber conseguido que, al morir, sus propios enemigos inclinaran la cabeza ante él.
Lección, sin duda, valiosa en estos tiempos convulsos, en los que muchos se dedican a denostar, insultar y destruir a otros por el simple hecho de pensar diferente.
Mucho hay que aprender de este tipo de historias.



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