EL ABOGADO QUE CAMBIÓ EL JUEGO
En 1984, hace ya cuarenta y dos años, la empresa japonesa
Nintendo estaba muy lejos de convertirse en el gigante tecnológico que hoy
domina buena parte de la industria mundial del entretenimiento. Era apenas una
compañía nipona de videojuegos que intentaba abrirse paso en el competitivo y
despiadado mercado de los Estados Unidos.
Del otro lado se encontraba nada menos que Universal
Studios, el gran coloso cinematográfico de aquella época. Producciones icónicas
como Tiburón y E.T. habían salido de sus estudios en Los Ángeles, California,
consolidando una posición de poder prácticamente incontestable dentro del
entretenimiento global.
Entonces ocurrió lo impensable: Universal Studios demandó a
Nintendo por cien millones de dólares, acusándola de haber creado, sin
autorización, al personaje de videojuegos Donkey Kong, al que consideraban una
copia evidente de King Kong, personaje sobre el cual afirmaban tener derechos
exclusivos.
Era, literalmente, David contra Goliat en los tribunales.
Si Nintendo perdía aquella demanda, no sólo desaparecerían
sus planes de expansión en América; la propia supervivencia de la empresa
quedaría seriamente comprometida. El pago de cien millones de dólares
equivalía, en términos prácticos, a una sentencia de muerte corporativa.
Ante semejante escenario, los empresarios japoneses
contrataron a un abogado estadounidense llamado John Joseph Kirby Jr., un
jurista que años atrás había trabajado en el Departamento de Estado
norteamericano y que había participado en importantes procesos relacionados con
las primeras legislaciones de derechos civiles en favor de las familias
afroamericanas durante la turbulenta década de los sesenta.
Kirby entendió rápidamente la dimensión del conflicto.
Primero intentó negociar con Universal Studios, buscando una salida
conciliatoria. Sin embargo, la empresa rechazó cualquier posibilidad de
acuerdo. Su intención no era únicamente obtener una indemnización
multimillonaria; buscaba aplastar a Nintendo y dejar claro quién controlaba el
mercado del entretenimiento en Estados Unidos.
Pero Kirby llegó a la Corte con un argumento demoledor.
Descubrió que, en un litigio previo, la propia Universal
Studios había sostenido que King Kong era un personaje de dominio público y
que, por tanto, no existían derechos exclusivos sobre él. En otras palabras: la
compañía intentaba ahora reclamar una exclusividad que antes había negado
jurídicamente.
Ese detalle cambió la historia.
Los tribunales estadounidenses no sólo fallaron en favor de
Nintendo, sino que además condenaron a Universal Studios a pagar alrededor de
un millón ochocientos mil dólares por haber promovido una demanda sin
fundamento legal suficiente.
Aquella victoria judicial salvó a Nintendo de la bancarrota
y modificó para siempre la industria de los videojuegos. Como muestra de
gratitud, la empresa japonesa obsequió a Kirby un lujoso yate llamado Donkey
Kong. Años más tarde, en 1992, Nintendo creó uno de sus personajes más
entrañables y populares: Kirby, el pequeño héroe rosado y esférico cuya
habilidad consiste en absorber los poderes de sus adversarios para utilizarlos
en su contra.
La metáfora era perfecta.
Tal como lo hizo aquel abogado en los tribunales, Kirby
derrotó a un gigante utilizando precisamente sus propios argumentos. Su
inteligencia jurídica, su estrategia y su capacidad para comprender el fondo
del litigio no sólo salvaron a una empresa, sino que contribuyeron al
nacimiento de una industria que transformaría la cultura popular de
generaciones enteras.
John Kirby falleció en 2019, a los setenta y nueve años de
edad. Sin embargo, su legado permanece intacto como ejemplo del enorme poder
que puede tener un abogado preparado, capaz de cambiar el rumbo de la historia
con la fuerza de la razón y el dominio del derecho.



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